domingo, 10 de octubre de 2010

Sabado de la 27ª semana de tiempo ordinario. Somos hijos de Dios por la fe, y la Virgen es el modelo más perfecto de llevar a las obras lo que escuchó de Dios, por eso cuando alguien dijo a Jesús el piropo “Dichoso el vientre que te llevó”, contestó

Sabado de la 27ª semana de tiempo ordinario. Somos hijos de Dios por
la fe, y la Virgen es el modelo más perfecto de llevar a las obras lo
que escuchó de Dios, por eso cuando alguien dijo a Jesús el piropo
"Dichoso el vientre que te llevó", contestó para su madre: "Mejor,
dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la llevan a la
práctica".

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3, 22-29:
Hermanos: La Escritura presenta al mundo entero prisionero del pecado,
para que lo prometido se dé por la fe en Jesucristo a todo el que
cree. Antes de que llegara la fe estábamos prisioneros, custodiados
por la ley, esperando que la fe se revelase. Así, la ley fue nuestro
pedagogo hasta que llegara Cristo y Dios nos justificara por la fe.
Una vez que la fe ha llegado, ya no estamos sometidos al pedagogo,
porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. Los que os
habéis incorporado a Cristo por el bautismo os habéis vestido de
Cristo. Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y
libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno en Cristo Jesús. Y,
si sois de Cristo, sois descendencia de Abrahán y herederos de la
promesa.

Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7: R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.
Cantadle al son de instrumentos, / hablad de sus maravillas; /
gloriaos de su nombre santo, / que se alegren los que buscan al Señor.
Recurrid al Señor y a su poder, / buscad continuamente su rostro. /
Recordad las maravillas que hizo, / sus prodigios, las sentencias de
su boca.
¡Estirpe de Abrahán, su siervo; / hijos de Jacob, su elegido! / El
Señor es nuestro Dios, / él gobierna toda la tierra.

Evangelio según san Lucas 11, 27-28: En aquel tiempo, mientras Jesús
hablaba a las gentes, una mujer de entre el gentío levantó la voz,
diciendo: -«Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te
criaron.» Pero él repuso: -«Mejor, dichosos los que escuchan la
palabra de Dios y la cumplen. »

COMENTARIO: 1.- Comentaba Ratzinger que Pablo escribe a
judeocristianos que habían comenzado a dudar sobre si no sería una
obligación seguir observando toda la Torá, tal como ésta se había
comprendido hasta entonces. Esta incertidumbre se refería sobre todo a
la circuncisión, a los preceptos sobre los alimentos, a todo lo
concerniente a la purificación y a la forma de observar el sábado.
Pablo ve en esto un retroceso respecto a la novedad mesiánica, con el
cual se pierde lo fundamental del cambio que se ha producido: la
universalización del pueblo de Dios, en virtud de la cual Israel puede
abarcar ahora a todos los pueblos del mundo y el Dios de Israel ha
sido llevado realmente —según las promesas— a todos los pueblos, se
manifiesta como el Dios de todos ellos, como el único Dios. Ya no es
decisiva la «carne» —la descendencia física de Abraham—, sino el
«espíritu»: el participar en la herencia de fe y de vida de Israel
mediante la comunión con Jesucristo, el cual «espiritualiza» la Ley
convirtiéndola así en camino de vida abierto a todos. En el Sermón de
la Montaña Jesús habla a su pueblo, a Israel, en cuanto primer
portador de la promesa. Pero al entregarle la nueva Torá lo amplía, de
modo que ahora, tanto de Israel como de los demás pueblos, pueda nacer
una nueva gran familia de Dios.

2. La alegría estalla en este canto, es un canto de liberación, por
las maravillas que Dios ha hecho. El Amor "misericordioso" de Dios,
"matricial", como traduce Chouraqui, es decir elabora sin cesar la
vida como una fantástica matriz vital... maternal, que se inclina
hacia nosotros, "fuerte", "poderoso", "todopoderoso"… "más fuerte que
la muerte, que reclama tu vida a la muerte", "capaz no solamente de
crearte", ¡sino de re-crearte! Un Amor "que suscita una respuesta
alegre y libre". La sumisión que Dios quiere no es la de un esclavo
que tiembla, sino la de un hijo feliz (Noel Quesson). Es Dios Alguien
"que sale al encuentro del hombre, y en este momento la soledad última
del hombre queda poblada por la presencia, las lágrimas humanas se
evaporan, sus miedos huyen, y la consolación, como un río delicioso,
inunda sus valles. El problema es uno solo: dejarse amar, saberse
amado. Qué mal se siente el hombre cuando es dominado por la sensación
de que nadie lo ama, de que nadie está con él, y, peor todavía, cuando
percibe que alguien está en contra de él. El problema original,
repetimos, y la necesidad fundamental del ser humano es el del amor.
Por eso, las relaciones del hombre con Dios no podían desenvolverse
sino en la órbita del amor, y, en esta relación, fue Dios quien marcó
el paso y dio el tono, quien amó primero". En la larga peregrinación
de la fe, "Dios fue desvelándose lentamente de mil formas pero, en
todo caso, de manera fragmentaria, mediante acontecimientos, prodigios
de salvación, revelaciones inesperadas hasta que, llegada la plenitud
de los tiempos, se nos dio la certeza total: Dios es Amor. Y ¿qué es
el amor? ¿Concepto? ¿Emoción? ¿Convicción? ¿Energía? Nada de eso; otra
cosa. Es el movimiento de Dios hacia el hombre. Es Dios mismo en
cuanto se aproxima y se inclina sobre el hombre, y lo abraza. En suma,
es el fluido vital que mueve las entrañas, el corazón y los brazos de
Dios Padre, y todo lo llena de alegría. Dios-es-Amor, es la flor y
fruto, y la espiga dorada, de cuanto el Señor ha venido actuando y
hablándonos desde los tiempos antiguos y últimamente a través de su
Hijo (Hb 1,1); y, ciertamente, esta afirmación va iluminando
retrospectivamente el contenido general de la revelación, y
concretamente, los relatos de la creación y de las alianzas. La
avalancha de las ternuras divinas que viene desplegándose por los
torrentes de la Biblia desemboca finalmente y se condensa en la
síntesis de Juan: Dios-es-Amor".
En el contexto general de la ternura divina está el salmo anterior
102, en que se han condensado todas las vibraciones de la ternura
humana, transferidas esta vez a los espacios divinos. Viene a decirnos
que la caducidad y fugacidad humanas invocan, por contraste, y
provocan la misericordia eterna. "El hombre no vale nada. Es tan solo
un sueño. Su vida pasa como una comedia. Sus días son como la risa que
se enciende y se apaga, como el heno del campo que por la mañana
aparece y por la tarde desaparece. Es, el hombre, una estatua de humo,
la roza el viento y ya no existe (v. 16). Una calamidad.
Pero la misericordia brillará como las estrellas eternas por encima de
los huesos quemados y las cenizas, y se arremolinará en torno de los
débiles, y ceñirá, como un abrazo, esa estatua de sombra que es el
hombre para darle vida, y llenar de risa su rostro, y de consistencia
sus huesos, y, como una corriente vital irá encendiendo por contacto
todas las generaciones hasta que las estrellas se apaguen (vv. 17-18).
¡Hurras, pues, para nuestro compasivo Dios! (vv. 19-22). Formemos una
orquesta sinfónica y cósmica con todas las voces del universo, vengan
los ejércitos de arriba y los servidores de abajo (v. 21), aproxímense
los poderosos ejecutores de sus órdenes, los ángeles (vv. 20),
prestemos la voz a los minerales y a los manantiales, a las cumbres
nevadas y a las estrellas apagadas para gritar, brazos en alto, todos
a una: ¡Aleluya para el que era, es y será! ¡Honor, esplendor y
alabanza para Aquel que cabalga eternamente sobre la nube blanca de la
Misericordia! ¡Gloria en lo más alto de los cielos!" ("Salmos para la
vida", Claret).
Como aquel otro salmo, es bendicional, de alabanza, que nos invita a
una actitud de admiración y alegría, sobre todo por el amor que Dios
nos muestra. Empieza y acaba de la misma manera: "bendice, alma mia,
al Señor". Es, pues, una autoinvitación a la alabanza, desde lo más
profundo del ser, Al final, en el himno solemne con que concluye,
invitará también a los ángeles, a los "ejércitos" de Dios (los mismos
ángeles) y a la creación entera (las obras de Dios) a bendecir al Dios
a quien sirven. Pero lo principal es que cada uno de nosotros -"alma
mía"- se decida a esta bendición.
Veo una relación con el otro, que nos muestra cómo es Dios: retrato de
Dios: "perdona, cura, rescata, colma de gracia, sacia de bienes, hace
justicia, defiende, enseña...". Pero sobre todo, siguiendo la idea de
Moisés (Ex 34,6), llega a la definición: "el Señor es compasivo y
misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia"; y hace suyo el
comentario del profeta (Is 57,16): "no está siempre acusando, ni
guarda rencor perpetuo"... Es una imagen entrañable de un Dios que se
muestra perdonador, magnánimo, paciente, Padre. La experiencia la ha
tenido el salmista y todo el pueblo de Israel. La cita de Moisés está
en el contexto del perdón que Dios ha concedido a su pueblo después de
su grave pecado: el becerro de oro.
Por encima de toda nuestra historia, que no es nada gloriosa, está el
amor y la misericordia de Dios. El Salmo, por tanto, nos invita
también a nosotros a ver la vida desde esta perspectiva de admiración
y de confianza: estamos en las manos de un Dios que muestra su
grandeza no sólo en las obras magnificas de la creación sino sobre
todo en su ternura de Padre que siempre está cerca para ayudar y
perdonar.

Dentro de este comentario-meditación, como el Salmo 102 lo tenemos que
decir desde la nueva clave en que nos encontramos los cristianos.

Ante todo, cabe preguntarse en qué pasajes evangélicos se nos ha
mostrado Dios con esa imagen que el Salmo había descrito:
-la persona misma de su Hijo, Cristo Jesús, la prueba mejor de la
cercania y del amor de Dios, sobre todo en el misterio de su Muerte y
Resurrección;
-el retrato que Jesús nos hace de Dios: que perdona, que se cuida de
los suyos, que se alegra con nosotros;
-Cristo nos ha enseñado a llamar "Padre" a Dios; somos hijos, y no
esclavos, en la casa de Dios;
-y él mismo, Cristo, ha aparecido entre nosotros como el que perdona y
cura y devuelve la vida.

Junto al Evangelio de hoy, también sería útil mirar algunos pasajes
del N. T. que muestran el mismo entusiasmo y admiración por la
misericordia de Dios:
-"por la entrañable misericordia de nuestro Dios, nos visitará el sol
que nace de lo alto" (Lc 1,78 = esta es la frase que la Liturgia de
las horas antepone al Señor 102);
-"se hizo visible la bondad de Dios y su amor por los hombres" (Tit 3,4);
-"Bendito sea Dios, que nos ha bendecido desde el cielo con toda
bendición; la derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido, el
cual, con su sangre, nos ha obtenido la liberación, el perdón de los
pecados: muestra de su inagotable generosidad" (Ef 1,3.7);
-pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor que nos tuvo, nos
dio vida con el Mesías: estáis salvados por pura generosidad" (Ef
2,4-5);
-"el Mesías murió por nosotros cuando éramos aún pecadores: así
demuestra Dios el amor que nos tiene" (Rm 5,8);
-"todo lo superamos de sobra gracias al que nos amó; porque estoy
convencido de que ni muerte ni vida, ni ángeles ni soberanías, ni lo
presente ni lo futuro, ni poderes, ni alturas, ni abismos, ni ninguna
otra criatura podrá privarnos de este amor de Dios, presente en Cristo
Jesús, Señor nuestro" (Rm. 8,37-39);
-"si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se quema en el
horno, la viste Dios así, ¿no hará mucho más por vosotros?" (Mt 6,30);
-"el amor que Dios mantiene entre nosotros ya lo conocemos y nos
fiamos de él; Dios es amor: quien permanece en el amor permanece en
Dios y Dios con él" (1 Jn 4,16)...
Salmo "cristiano". Si el salmista pudo decir con verdad esta alabanza
a Dios, nosotros los cristianos, en unión con Cristo Jesús tenemos
muchos más motivos para proclamarlo. Porque en Cristo Jesús hemos
experimentado en concreto el amor de Dios. Y porque todavía hoy, en la
Iglesia, estamos de lleno sumergidos en los dones de su misericordia.
Como la Virgen María podemos recitar nuestra alabanza, verdadera glosa
cristiana de los Salmos; "proclama mi alma la grandeza del Señor... su
misericordia llega a sus fieles de generación en generación".

Cada vez que celebramos la Eucaristía (= bendición, acción de gracias)
estamos ejercitando esta actitud de admiración y alabanza a la que el
salmo nos invita. Cada vez que celebramos el sacramento de la
Reconciliación experimentamos el perdón de Dios y la alegría de una
nueva vida: la juventud del águila que remonta de nuevo el vuelo.

"Dios rico en misericordia" (Juan Pablo II) nos da unas notas para
completar este recorrido: "En Cristo y por Cristo se hace
particularmente visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de
relieve el atributo de la divinidad que ya en el A.T., sirviéndose de
diversos conceptos y términos, definió "misericordia". Cristo no sólo
habla de ella, y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que
además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica. El mismo es,
en cierto modo, la misericordia. A quien la ve y la encuentra en él,
Dios se hace concretamente visible como Padre rico en misericordia.
La mentalidad contemporánea, quizás en mayor medida que la del hombre
del pasado, parece oponerse al Dios de la misericordia y tiende además
a orillar de la vida y arrancar del corazón humano la idea misma de la
misericordia. Es una palabra que parece producir una cierta desazón en
el hombre, quien, gracias a los adelantos tan enormes de la ciencia y
de la técnica, se ha hecho dueño y ha dominado la tierra mucho más que
en el pasado. Y este hecho parece no dejar espacio a la misericordia.
Pero tenemos que leer la Constitución "Gaudium et Spes", del Concilio,
cuando traza la imagen del mundo contemporáneo: "el mundo moderno
aparece a la vez poderoso y débil, capaz de lo mejor y lo peor".
Revelada en Cristo, la verdad acerca de Dios como Padre de la
misericordia, nos permite verlo especialmente cercano al hombre, sobre
todo cuando sufre, cuando está amenazado en el núcleo mismo de su
existencia y de su dignidad.
Jesús, sobre todo con su estilo de vida y con sus acciones, ha
demostrado cómo en el mundo en que vivimos está presente el amor, el
amor operante, el amor que se dirige al hombre y abraza todo lo que
forma su humanidad, con toda su fragilidad, bien sea física, bien sea
moral. Cristo nos revela que Dios es Padre, que es amor, rico en
misericordia. Hacer presente al Padre en cuanto amor y misericordia es
en la conciencia de Cristo la prueba fundamental de su misión de
Mesías"".
«Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. El perdona
todas tus culpas y cura todas tus enfermedades».
Hoy canto tu misericordia, Señor; tu misericordia, que tanto mi alma
como mi cuerpo conocen bien. Tú has perdonado mis culpas y has curado
mis enfermedades. Tú has vencido al mal en mí, mal que se mostraba
como rebelión en mi alma y corrupción en mi cuerpo. Las dos cosas van
juntas. Mi ser es uno e indivisible, y todo cuanto hay en mí, cuerpo y
alma, reacciona, ante mis decisiones y mis actos, con dolor o con gozo
físico y moral a lo largo del camino de mis días.
Sobre todo ese ser mío se ha extendido ahora tu mano que cura, Señor,
con gesto de perdón y de gracia que restaura mi vida y revitaliza mi
cuerpo. Hasta mis huesos se alegran cuando siento la presencia de tu
bendición en el fondo de mi ser. Gracias, Señor, por tu infinita
bondad.
«Como se levanta el cielo sobre la tierra, así se levanta su bondad
sobre sus fieles; como dista el oriente del ocaso, así aleja de
nosotros nuestros delitos; como un padre siente ternura por sus hijos,
así siente el Señor ternura por sus fieles, porque él conoce nuestra
masa, se acuerda de que somos barro».
Tú conoces mis flaquezas, porque tú eres quien me has hecho. He
fallado muchas veces, y seguiré fallando. Y mi cuerpo reflejará los
fallos de mi alma en las averías de sus funciones. Espero que tu
misericordia me visite de nuevo, Señor, y sanes mi cuerpo y mi alma
como siempre lo has hecho y lo volverás a hacer, porque nunca fallas a
los que te aman.
«Él rescata, alma mía, tu vida de la fosa y te colma de gracia y de
ternura; él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva
tu juventud».
Mi vida es vuelo de águila sobre los horizontes de tu gracia. Firme y
decidido, sublime y mayestático. Siento que se renueva mi juventud y
se afirma mi fortaleza. El cielo entero es mío, porque es tuyo en
primer término, y ahora me lo das a mí en mi vuelo. Mi juventud surge
en mis venas mientras oteo el mundo con serena alegría y recatado
orgullo. ¡Qué grande eres, Señor, que has creado todo esto y a mí con
ello! Te bendigo para siempre con todo el agradecimiento de mi alma.
«Bendice, alma mía, al Señor» (Carlos G. Vallés).
3. Encontramos la aclamación de una mujer que representa al resto de
Israel: « ¡Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te
criaron!» (11,27). Se trata de la pequeña parte del pueblo que se
escapa de la destrucción y constituye el núcleo del pueblo salvado por
Dios, según el lenguaje profético. Son los que con sinceridad siguen
creyendo en los privilegios históricos de Israel. Pero Jesús no va en
absoluto en esta dirección. El proclama una sociedad alternativa, en
la que todo hombre tenga cabida: «Pero él repuso: "Mejor: ¡dichosos
los que escuchan el mensaje de Dios y lo cumplen!"» (11,28). No hay
fronteras de ascendencia de sangre para Jesús. Para entrar a formar
parte de la comunidad del reino es suficiente -¡como quien no dice
nada!- 'escuchar el mensaje' que él proclama y 'ponerlo en práctica'.
Dicho y hecho. Este es el núcleo de toda la secuencia. Quien hace
fructificar en hechos palpables y experiencias reales lo que ha
escuchado, éste es verdaderamente "dichoso".
Una mujer de entre la multitud, en voz alta y en público se dirige a
Jesús; detengámonos en estos dos detalles. No es común que las mujeres
hablen en publico y se dirijan al maestro de esa manera. Esto indica
el modo de relación de Jesús y su grupo para con las mujeres en
general. Podemos suponer que la mujer que alzó la voz era una mujer
cercana a Jesús y a su grupo. Es sabido que es bien probable que
Jesús, camino a Jerusalén, iba acompañado también de discípulas.
La expresión de la mujer aclude a dos figuras maternales por
excelencia: el seno materno que le llevó y los pechos que le
amamantaron. Esta sentencia hace referencia a la relación maternal
directa de Jesús hacia su madre, María, pero él, muy hábilmente, da la
vuelta a la expresión y amplía el círculo de filiación al discipulado,
Para ser parte de la familia de Jesús es necesario seguirlo, ser
discípulo suyo. Se rompe con el círculo familiar y se da un paso hacia
la comunidad de hermanos y hermanas, a quienes se proclama dichosos.
"Dichosos más bien los que oyen y ponen en práctica la Palabra de
Dios". La escucha y la práctica de la palabra de Dios: dos condiciones
sin las cuales no es posible hacer el camino. Por eso Jesús responde
en voz alta al elogio de la mujer con una sentencia que nos desafía e
interpela. En este breve evangelio la comunidad de Lucas nos pone
frente a una realidad que no es imposible evadir; estamos llamados a
confrontar nuestra realidad histórica con la palabra de Dios, que es
la verdadera causa de nuestra alegría y de nuestra fuerza (Josep Rius
Camps / Diario Bíblico). Llucià Pou Sabaté, 10.10.10

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