lunes, 11 de octubre de 2010

Domingo XVIII, año C: la fe y obediencia llevan al abandono confiado en las manos de Dios, que ofrece a todos la salvación

Domingo XVIII, año C: la fe y obediencia llevan al abandono confiado
en las manos de Dios, que ofrece a todos la salvación

Lectura del segundo libro de los Reyes 5,14-17.
En aquellos días, Naamán el sirio bajó y se bañó siete veces en el
Jordán, como se lo había mandado Eliseo, el hombre de Dios, y su carne
quedó limpia de la lepra, como la de un niño. Volvió con su comitiva
al hombre de Dios y se le presentó diciendo:
-Ahora reconozco que no hay dios en toda la tierra más que el de
Israel. Y tú acepta un presente de tu servidor.
Contestó Eliseo: -Juro por Dios, a quien sirvo, que no aceptaré nada.
Y aunque le insistía, lo rehusó. Naamán dijo: -Entonces, que entreguen
a tu servidor una carga de tierra, que pueda llevar un par de mulas;
porque en adelante tu servidor no ofrecerá holocaustos ni sacrificios
de comunión a otro dios que no sea el Señor.


Salmo 97,1.2-3ab.3cd-4 R/. El Señor revela a las naciones su justicia.
Cantad al Señor un cántico nuevo, / porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria, / su santo brazo; / el Señor da a
conocer su victoria, / revela a las naciones su justicia: / se acordó
de su misericordia y su fidelidad / en favor de la casa de Israel.
Los confines de la tierra han contemplado / la victoria de nuestro
Dios. / Aclama al Señor, tierra entera, / gritad, vitoread, tocad.

Lectura de la segunda carta del Apóstol San Pablo a Timoteo 2,8-13.

Querido hermano: Haz memoria de Jesucristo el Señor, resucitado de
entre los muertos, nacido del linaje de David. Este ha sido mi
Evangelio, por el que sufro hasta llevar cadenas, como un malhechor.

Pero la palabra de Dios no está encadenada. Por eso lo aguanto todo
por los elegidos, para que ellos también alcancen su salvación,
lograda por Cristo Jesús, con la gloria eterna:

Es doctrina segura: Si morimos con él, viviremos con él. Si
perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí
mismo.

Evangelio según San Lucas 17,11-19.

Yendo Jesús camino de Jerusalén, pasaba entre Samaria y Galilea.
Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez
leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían:

-Jesús, maestro, ten compasión de nosotros.

Al verlos, les dijo:

-Id a presentaros a los sacerdotes.

Y mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que
estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos, y se echó
por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias.

Este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo:

-¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No
ha vuelto más que este extranjero para dar gloria Dios?

Y le dijo: -Levántate, vete: tu fe te ha salvado.


COMENTARIO: 1. 2 R 5,14-17. Naamán, el pagano, ha sido curado en el
Jordán de una enfermedad que las aguas de su país no podían curar. Las
ideas naturalistas de la época vinculan la eficacia de las aguas a las
divinidades que las hacen brotar. Para ellos, los dioses ejercen su
imperio sobre zonas bien delimitadas. Abandonar un país equivale a
abandonar al Dios que le domina. Por eso Naamán significa su
conversión a Yahvé llevando consigo un poco de la tierra de Israel (v.
17), justo los suficiente para colocarse de pie sobre ella y ofrecer
un culto a ese mismo Yahvé. Es una llamada a la universalidad.
Pero la lección más importante del episodio de Naamán es, sin duda,
una lección de gratuidad. Naamán es sirio, y las relaciones de su país
con Israel son tan tensas como lo son hoy. Ha sido atacado por la
lepra y ni los médicos ni los magos de su país pueden hacer nada. Y he
aquí que una pobre esclava le sugiere que se ponga en manos de un
profeta hebreo. Atender las sugerencias de una sierva y aceptar el
ponerse en manos de un enemigo: ¡no está mal! Se pagará lo que sea
necesario y se hará lo que haya que hacer. Pero he aquí que Eliseo no
acepta ningún presente y no pide ninguna prestación de su cliente; le
invita a zambullirse unas cuantas veces en el agua del Jordán.
La verdadera religión no es difícil: basta con habituarse a recibir.
Lo más duro es querer conquistarla a base de acciones heroicas o
laboriosas o a costa de sacrificios considerables.
Dios no acepta ser pagado: se le recibe (Maertens-Frisque).
Dirá Jesús un día (Lc 4,27) que "muchos leprosos había en Israel en
tiempos del profeta Eliseo y, sin embargo, ninguno de ellos fue curado
más que Naamán, el Sirio", un extranjero, un pagano. De hecho, he ahí
a ese arameo enemigo, curado de pronto; y helo ahí, además -tan viva
es su docilidad espiritual-, dispuesto a reconocer al Dios de Israel
como Dios de toda la tierra. Según la costumbre antigua (1 S 9,7-10,
etc.), quiere dar pruebas de su agradecimiento al profeta, su
bienhechor, haciéndole un don. La ofrenda es rechazada
categóricamente: ¿no tendría como resultado hacer creer que le es
posible al hombre devolver a Dios los bienes de Él recibidos? La
insistencia de Naamán se orienta entonces al derecho de ofrecer
sacrificios a Yahvé, el generoso Dios-dador de la salud encontrada.
¿Qué más sorprendente para la conciencia israelita que el que un
pagano quiera ofrecer sacrificios a Yahvé? Pero es un hecho: este
pagano no sólo sabe reconocer, como el Samaritano del evangelio, el
origen divino del beneficio recibido, sino que se compromete a
transformar su vida y se hace adorador fiel de Aquél que ahora sabe es
el verdadero Dios. Ocurre así que los que se saben y se tienen por
miembros del pueblo privilegiado reciben lecciones de docilidad en la
fe y de generosidad en el servicio de Dios; y las reciben de quienes
menos podía esperarse. Le corresponde, pues, a ese pueblo, aceptarlas
dócilmente y tender siempre a ser humildemente digno de su vocación
(Louis Monloubou).
Apenas vio la iglesia tan claramente representado y prefigurado lo que
es el bautismo, en un texto del antiguo testamento, como en el relato
de la curación de Naamán el sirio. Pero ¿de qué se trata aquí? El
rico Naamán se halla, después de haber llegado a la cúspide de su
carrera, de repente frente al abismo: tiene lepra. Está condenado en
vida a muerte en un doble sentido: tendrá que contemplar en su
cuerpo, todavía vivo, su propia corrupción, y experimentar en vida el
destino de la muerte. Y porque así ocurría, porque el leproso se
hallaba ya en las garras de la muerte, era arrojado de la sociedad y
«dejado en la intemperie»: él no tenía ya -por supuesto, en Israel,
pero tampoco en otras religiones- ningún acceso al santuario; era
excomulgado de la comunidad, la cual quedaría contaminada con el
hálito de la muerte. En ese aislamiento, queda abandonado totalmente
al poder de la muerte, cuya esencia es soledad, ruina y destrucción de
la comunión con otros.
En este momento cruel y terrible de su derrumbamiento en la nada,
Naamán se agarra a un clavo ardiendo y se aferra al más mínimo rumor
de posible salvación. En este caso, lo escucha de una criada: en
Israel hay un hombre que puede curar. Pero cuando iba a realizar lo
que se le pedía, todo está a punto de fracasar. En efecto, su orgullo
se resiste a someterse a un baño en el Jordán; pero un criado suyo le
debe recordar que él no se halla en situación en la que pueda
vanagloriarse de su posición o del papel que desempeña; enfrentado
con la muerte, no es más que ese hombre y debe intentar lo último. De
ese modo queda bien claro que no es el Jordán el que cura, sino la
obediencia, el renunciar al propio papel y a su arrogancia o a la
hipocresía, el descender y el presentarse desnudo ante el Dios vivo.
La obediencia es el baño que purifica y salva.
La semejanza con nuestra situación es evidente. La situación del
leproso, el enfrentarse con la plena incomunicación, con el estar
vivo en medio de la muerte, proporciona la disposición para seguir en
pos del último rumor y agarrarse a un clavo ardiendo para buscar la
salvación. Se está preparado para lo mayor, lo más importante, pero lo
pequeño, lo ordinario, la iglesia, esto es demasiado antiguo,
demasiado simple. Esto no puede ser causa de salvación o de salud.
Pero precisamente aquí tiene lugar la decisión: en la disposición a
aceptar lo pequeño, lo ordinario; en la disposición al baño de la
obediencia
Después de la salvación, surge de nuevo una crisis, que es la que
aporta la curación definitiva. Naamán pretende dar gracias y lo desea
hacer en el sentido de su posición: mediante dinero. Pero debe
aprender que aquí se le pide no la situación, sino él mismo; no el
dinero, sino la conversión como retorno permanente al Dios de Israel.
El tomar algo de tierra nos puede parecer algo pagano, pero expresa
algo muy profundo: este único Dios no es una construcción filosófica:
se transmite de un modo terreno. El único Dios es para él, lo mismo
que para nosotros, el Dios de Israel. Solamente cuando él siente a
Dios desde allí donde se le ha mostrado se convierte de una manera
real y concreta. Esto vale también hoy: únicamente en la vinculación
con la tierra santa de la iglesia veneramos nosotros verdaderamente
al único Dios, que, en Jesucristo, tomó nuestra tierra para llevarla a
su eternidad, y así venció a la muerte (Joseph Ratzinger).
Como Naamán, muchos querrían imponer sus condiciones a Dios, para
tomarlo en serio y creer. Pero es Dios quien tiene la palabra. Y Dios
no convoca oposiciones, ni valora el curriculum, ni acepta enchufes.
Dios sale al encuentro de todos los que le buscan con sincero corazón,
y se les muestra en los acontecimientos más insospechados de la vida.
Moisés lo descubrió en una zarza que ardía sin consumirse. Lo
importante es saber ver, saber mirar con ojos nuevos, tener el corazón
limpio para poder ver a Dios (Eucaristía 1989).

2. Salmo 97: es un canto que proclama la resurrección de Jesús. Y esas
maravillas de las que habla el salmo -comenta Jerónimo- responden a
aquellas otras del Antiguo Testamento. De un modo semejante a como
Eliseo (4 Reg 4: 34 ss) se contrajo al postrarse sobre el cadáver del
hijo de la viuda -ojos sobre ojos, manos sobre manos, ...- para
resucitarle, así también el Señor ha asumido la forma de hombre y se
ha contraído para constituirnos en hijos de la Resurrección.
Tanto la Liturgia como la tradición cristiana, nos invitan a alabar
con un cántico nuevo (v. 1) al Niño de Belén, en quien se manifiesta
el amor de Dios Padre en favor de la Iglesia, el nuevo Israel. La
alabanza a Cristo, aprendida en la escuela de este salmo, es el fruto
de la alegría que suscita su Nacimiento en un corazón admirado y
agradecido de sentirse salvado por su Señor, que aparece en la verdad
de nuestra misma carne. En un famoso himno navideño de Sedulio (+450),
el 'A solis ortus cárdine', se recogen estas palabras: "No rechaza el
pesebre, ni dormir sobre unas pajas; tan solo se conforma con un poco
de leche, el mismo que, en su providencia, impide que los pájaros
sientan hambre."
Venidos desde los confines de la tierra, los Magos conocieron al Niño
Dios. Ellos son los primeros, de entre todas las naciones, a quienes
se les revela la misericordia divina: la primera epifanía del
Unigénito a los gentiles, que nace de una madre Virgen para salvar al
mundo. Una colecta de la liturgia de Adviento sirve para convertir en
oración estos sentimientos: "Suban, Señor, a tu presencia nuestras
súplicas y colma en tus siervos los deseos de llegar a conocer en
plenitud el misterio admirable de la Encarnación de tu Hijo. Que vive
y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los
siglos de los siglos. Amén."
Se acordó de su misericordia y su fidelidad en favor de la casa de
lsrael (v. 3). Este versículo, que podría haber inspirado -quizá- el
Magníficat, nos sugiere meditar en los sentimientos de María en la
Resurrección de su Hijo: "Fuerte en la fe, contempló de antemano el
día de la luz y de la vida, en el que, desvanecida la noche de la
muerte, el mundo entero saltaría de gozo y la Iglesia naciente, al ver
de nuevo a su Señor inmortal, se alegraría entusiasmada" (F. AROCENA).
Este es un "salmo del reino": una vez al año, en la fiesta de las
Tiendas (que recordaban los 40 años del Éxodo de Israel, de
peregrinación por el desierto), Jerusalén, en una gran fiesta popular
que se notaba no solamente en el Templo, lugar de culto, sino en toda
la ciudad, ya que se construían "tiendas" con ramajes por todas
partes... Jerusalén festejaba a "su rey". Y la originalidad admirable
de este pueblo, es que este "rey" no era un hombre (ya que la dinastía
Davídica había desaparecido hacía largo tiempo), sino Dios en persona.
Este salmo es una invitación a la fiesta que culminaba en una enorme
"ovación" real: "¡Dios reina!", "¡aclamad a vuestro rey, el Señor!"
Imaginemos este "Terouah", palabra intraducible, que significa:
"grito"... "ovación"... "aclamación".
Originalmente, grito de guerra del tiempo en que Yahveh, al frente de
los ejércitos de Israel, los conducía a la victoria... Ahora, regocijo
general, gritos de alegría, mientras resonaban las trompetas, los
roncos sonidos de los cuernos, y los aplausos de la muchedumbre
exaltada.
¿Por qué tanta alegría? Seis verbos lo indican: ¡seis "acciones" de
Dios! Cinco de ellas están en "pasado" (o más exactamente en
"acabado": porque el hebreo no tiene sino dos tiempos de conjugación
para los verbos, "el acabado", y el "no acabado"). "El ha hecho
maravillas"... "Ha salvado con su mano derecha"... "Ha hecho conocer y
revelado su justicia"... "Se acordó de su Hessed"... (Amor-fidelidad
que llega a lo más profundo del ser); "El vino-el viene"... Y para
terminar, un verbo en tiempo, "no acabado", que se traduce en futuro a
falta de un tiempo mejor (ya que esta última acción de Dios está
solamente sin terminar aunque comenzada): "El regirá el orbe con
Justicia y los pueblos con rectitud"...
Observemos la audaz "universalidad" de este pensamiento de Israel. La
salvación (justicia-fidelidad-amor) de que ha sido objeto la Casa de
Israel... está, efectivamente destinada a "todas las naciones": ¡El
Dios que aclama como su único Rey, será un día el rey que gobernará la
humanidad entera. Entonces será poca la potencia de nuestros gritos!
¡Será poca toda la naturaleza, el mar, los ríos, las montañas, para
"cantar su alegría y aplaudir"!
Habiendo leído el salmo en su sentido "literal", tal como Israel lo
leía, es necesario en un segundo tiempo, leerlo a la luz del
"acontecimiento Jesucristo"... Decirlo en nombre de Jesucristo y con
sus sentimientos, y la oración que encontraba en él para luego
aplicarlos a su misión en los designios del Padre.
¡La revelación del amor-fiel de Dios! La Encarnación del Verbo es el
acontecimiento histórico que hace visible, que "levanta el velo"
(significado de la palabra revelar) del amor que Dios tiene a Israel,
y que extiende a todos los pueblos, en Jesús.
¡La "Nueva Alianza", la "Nueva Liberación"! Hay que cantar un "canto
nuevo, porque Dios renueva su Alianza: la celebración de la "venida"
de Dios es un "signo", un "sacramento" que realiza lo que significa.
Cuando se aclama a Dios como Rey, no se le confiere la realeza (El lo
es desde siempre), sin embargo se "actualiza" esta "realeza" se "urge
la venida del reino escatológico". "¡La salvación que tú preparaste
ante todos los pueblos!" Así se expresa Simeón en su canto de alabanza
(Lucas 2,30) "Atraeré hacia mí a todos los hombres" (Grita Jesús en
proximidad de la Pascua). (Juan 12,32). "¡Jesús había de morir por el
pueblo de Israel, y no solamente por él, sino para reunir en uno todos
los hijos de Dios que están dispersos!" En expresión de San Juan
(11,52). Y esta visión universal, realizada en Cristo, era anunciada
en la esperanza de todo un pueblo, que se atrevía a convidar a "toda
la tierra", "todas las naciones", "todos los habitantes del mundo" a
su propio "Terouah". ¡Una fiesta mundial! ¡Vamos hacia una fiesta en
que todos los hombres estarán felices y cantarán todos juntos, el
mismo día, el mismo Dios, el mismo amor que los habrá salvado
¡Salvado!
Me imagino a Jesús recitando este salmo... Lo recito con El...
¡Vamos, no lo dudemos. Dejémonos "invitar" a la fiesta! ¡Vamos!
Saquemos todos los instrumentos, trompetas, bocinas, guitarras,
panderetas, flautas... Y nuestras voces y aplausos. ¿Hay personas que
se escandalizan por la "alegría" y el "ruido" que hacen los muchachos
de hoy en sus fiestas? Hay un tiempo para la oración silenciosa. Sí.
Hay un tiempo para la meditación y la oración íntima. ¡Sí. Pero hay
también un tiempo para la oración de aclamación!
Escuchemos a Paul Claudel, que vive a su manera este salmo: "¿Qué
canto, oh Dios mío, podemos inventar al compás de nuestro asombro? El
ha roto todos los velos. Se ha mostrado. Se ha manifestado tal como es
a todo el mundo. La misma caridad, la misma verdad, todo semejante, a
lo que quiso con Israel, ¡helo aquí, doquier, brillando a los ojos de
todo el mundo! ¡Tierra, estremécete! ¡Que oiga en tus profundidades el
grito de todo un pueblo que canta y que llora y que patalea!
¡Adelante, todos los instrumentos! ¡Adelante la cítara y el salmo!
¡Adelante, la trompeta en pleno día con sonido claro, y esta trompeta,
la otra, muy bajo, como un hormigueo de trompetas que yo creía
escuchar durante la noche! ¡Adelante el mar, para sumirme! ¡Adelante,
la redondez de la tierra como un canasto que se sacude! ¡Ríos,
aplaudid, y que se alisten las montañas, porque ha llegado el momento
en que Dios va a "juzgar" a la tierra! ¡Ha llegado el día del rayo del
sol, y de la radiante nivelación de la justicia!".
¡La "justicia"! ¡Un mundo gobernado "según Dios"! ¡Está por venir! ¡Un
mundo gobernado según el amor! Está por venir, Dios viene. El Reino de
Dios ha comenzado... (Noel Quesson).
Entre los documentos del Qumran han aparecido una serie bellísima de
himnos de alabanza, en la misma línea, algunos de los cuales nada
tendrían que envidiar a los mismos salmos por su profundidad y su
belleza, por la expresión de su alabanza sentida y feliz. En el Nuevo
Testamento, Cristo mismo alaba al Padre en diferentes ocasiones y se
admira de sus obras; su infancia viene acompañada de grandes cánticos,
como el de María (Magníficat), el de Zacarías (Benedictus), y el mismo
himno de los ángeles en su nacimiento de Belén: "Gloria a Dios en las
alturas...". San Pablo y el Apocalipsis nos muestran abundante
literatura hímnica, y todo ello nos hace ver la Biblia jalonada de una
atmósfera de alabanza y de júbilo: el hombre mantiene esta relación
gozosa con Dios, consciente de su grandeza y de su bondad,
respondiendo con sus cantos de gratitud y admiración.
Y esta corriente de exultación gozosa ha continuado en la vida de la
Iglesia con el ejemplo de los santos y la proliferación inacabable de
expresiones de alabanza: recordemos el "Te Deum", el "Cántico de las
creaturas" de san Francisco de Asís. Y sobre todo, la Liturgia de la
Iglesia, con su variadísima gama de alabanzas, desde la Plegaria
Eucarística hasta la Liturgia de las Horas y tantas y tantas prácticas
de piedad cristianas que siguen el mismo camino de alabanza y gratitud
a Dios.
De una manera privilegiada los salmos nos dan esta enseñanza, y un
determinado grupo entre ellos, los himnos o cánticos a Yahvé (además
de otros grupos), muestran especialmente esta realidad, que no es sino
la necesidad del alma agradecida y admirada ante su Dios. Muestran una
experiencia profunda de Dios, de un Dios sentido en el fondo del alma:
su ayuda se ha dejado ver en cada paso, se ha recibido toda su
solicitud y su providencia, se ha sentido siempre su presencia.
Así, pues, los himnos a Yahvé cantan la grandeza, la actuación, el
reino de Dios. Son salmos universalistas que, partiendo de la
experiencia histórica de Israel, extienden su campo de alabanza a
todos los pueblos y naciones, invitando incluso a los seres celestes
(ángeles) y a la naturaleza toda (tierra y mar, árboles y ríos) a
sumarse a esta alabanza grandiosa al Dios del universo, de la historia
y de la salvación, cuyo juicio dará la recompensa a sus elegidos y
permitirá un nuevo orden de cosas. Su victoriosa actuación le hace
superior a todos los dioses y fuerzas del universo y le da dominio
sobre todas las naciones. "Cantad al Señor un cántico nuevo"… (J. M.
Vernet).
Hablaba Juan Pablo II de "Un coro colosal, por tanto, que tiene un
único objetivo: exaltar al Señor, rey y juez justo. El final del
Salmo, como se decía, presenta de hecho a Dios «que llega para regir
(juzgar) la tierra... con justicia y los pueblos con rectitud»
(versículo 9). Esta es nuestra gran esperanza y nuestra invocación:
«¡Venga tu reino!», un reino de paz, de justicia y de serenidad, que
restablezca la armonía originaria de la creación.
En este Salmo, el apóstol Pablo reconoció con profunda alegría una
profecía de la obra del misterio de Cristo. Pablo se sirvió del
versículo 2 para expresar el tema de su gran carta a los Romanos: en
el Evangelio «la justicia de Dios se ha revelado» (Cf. Romanos 1, 17),
«se ha manifestado» (Cf. Romanos 3, 21). La interpretación de Pablo
confiere al Salmo una mayor plenitud de sentido. Leído en la
perspectiva del Antiguo Testamento, el Salmo proclama que Dios salva a
su pueblo y que todas las naciones, al verlo, quedan admiradas. Sin
embargo, en la perspectiva cristiana, Dios realiza la salvación en
Cristo, hijo de Israel; todas las naciones lo ven y son invitadas a
aprovecharse de esta salvación, dado que el Evangelio «es potencia de
Dios para la salvación de todo el que cree: del judío primeramente y
también del griego», es decir el pagano (Romanos 1,16). Ahora «los
confines de la tierra» no sólo «han contemplado la victoria de nuestro
Dios» (Salmo 97, 3), sino que la han recibido.
En esta perspectiva, Orígenes, escritor cristiano del siglo III, en un
texto citado después por san Jerónimo, interpreta el «cántico nuevo»
del Salmo como una celebración anticipada dela novedad cristiana del
Redentor crucificado. Escuchemos entonces su comentario que mezcla el
canto del salmista con el anuncio evangélico. «Cántico nuevo es el
Hijo de Dios que fue crucificado -algo que nunca antes se había
escuchado-. A una nueva realidad le debe corresponder un cántico
nuevo. "Cantad al Señor un cántico nuevo». Quien sufrió la pasión en
realidad es un hombre; pero vosotros cantáis al Señor. Sufrió la
pasión como hombre, pero redimió como Dios". Orígenes continúa: Cristo
"hizo milagros en medio de los judíos: curó a paralíticos, purificó a
leprosos, resucitó muertos. Pero también lo hicieron otros profetas.
Multiplicó los panes en gran número y dio de comer a un innumerable
pueblo. Pero también lo hizo Eliseo. Entonces, ¿qué es lo que hizo de
nuevo para merecer un cántico nuevo? ¿Queréis saber lo que hizo de
nuevo? Dios murió como hombre para que los hombres tuvieran la vida;
el Hijo de Dios fue crucificado para elevarnos hasta el cielo»".

3. 2 Tm 2,8-13: los consejos de Pablo son: hay que partir del único
inicio posible en una comunidad cristiana: la persona de Cristo: ser
cristiano es fundamentalmente creer en Jesús, aquel hombre histórico y
determinado, conocido por todos, pero que sigue estando
misteriosamente presente en la comunidad después de su resurrección,
de una manera siempre viva y renovada (Edic. Marova).
Pablo está preso, pero libre por dentro: -Muertos con él, viviremos
con él (2 Tm 2, 8-13).
Timoteo ha sido invitado a recordar y avivar en sí mismo la gracia que
recibió por la imposición de las manos; es un carisma de fortaleza
para anunciar el evangelio y predicar la sana doctrina. Pablo se
encuentra encadenado como un malhechor, pero a la Palabra de Dios no
se la puede encadenar y Pablo ha recibido la misión de anunciarla. Por
eso, lo aguanta todo en favor de los que Dios ha elegido, para que
ellos alcancen también la salvación, lograda por Jesucristo, con la
gloria eterna.
La exhortación termina con un himno pascual que quizá fue un canto
litúrgico utilizado en el momento de la iniciación cristiana: Es
doctrina segura: "Si morimos con él, viviremos con él. Si
perseveramos, reinaremos con él. Si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel, porque no puede negarse a sí
mismo". La fidelidad de Dios es para siempre, por encima de toda
lógica… es la lógica del amor, que parece locura… (Adrien Nocent).Las
penalidades van unidas a las bienaventuranzas… Nuestra lógica (bien
por bien, mal por mal, ojo por ojo...) se estrella ante la fuerza
irresistible de un Dios que siempre nos perdona, a pesar de nuestras
repetidas infidelidades (E. Cortés).

4. Lc 17,11-19. La fe de la que habla Jesús es descubrir a Dios
presente y activo siempre en nuestra vida. Y responder con fe, con
sintonía, comulgando del todo con él. Esto es lo que significa la
expresión bíblica "dar gloria a Dios". Es decir que Dios está en y con
nosotros, no con un poder arbitrario e imprevisible, sino con amor y
comunión. De esta fe surge una actitud de alabanza, de acción de
gracias, de no querer reconocer -como Naamán- ningún otro Dios (ningún
otro ídolo, ningún otro absoluto). Actitud totalmente opuesta a la de
quien cree en un Dios fuera de nuestra vida, que interviene sólo en
circunstancias excepcionales: esto supone que habitualmente -para lo
de cada día- se cree en otros "dioses" (como los judíos contra quienes
lucharon los profetas: un Dios en el cielo para las grandes ocasiones,
pequeños dioses en la tierra para los problemas de cada día).
Podríamos preguntarnos si actualmente bastantes bautizados no piensan
semejantemente (un Dios para el nacimiento, matrimonio, muerte...,
quizá incluso para la misa de cada domingo..., pero otros "dioses" más
manejables, a quienes no es preciso dar gloria con toda la vida, para
el pan de cada día (J. Gomis).
Jesús manda a los leprosos que se pongan en camino para ser
reconocidos por los sacerdotes. Antes de curarlos, los somete a prueba
y les exige un acto de fe.
Sólo el samaritano vuelve para alabar a Dios y reconocer en Jesús al
Rey-Mesías. La postración delante de Jesús no es una adoración, sino
el reconocimiento de esta realeza mesiánica.
Los otros nueve no vuelven. Parece como si vieran natural que en
ellos, hijos de Abrahán, se cumplieran las promesas mesiánicas.
Pero, al decir Jesús al samaritano, al extranjero, "tu fe te ha
salvado", nos enseña que el verdadero Israel se asienta en la fe
agradecida (Eucaristía 1989).
Este relato de la curación de los diez leprosos está en conformidad
con la legislación contra la lepra fijada por Lv 13. 45-46 y 14. 2-7.
Cuando los leprosos son enviados por Cristo a que se presenten a los
sacerdotes, aquél se somete a las exigencias de la ley. Nueve de ellos
se presentan efectivamente a los sacerdotes. Pero el décimo, que es
samaritano, no está obligado a someterse al examen por parte del
sacerdocio judío y, por consiguiente, puede volver a expresar su
agradecimiento a Cristo.
Este relato constituye, pues, una nueva pieza que añadir al acerbo
integrador de la polémica de los primeros cristianos contra los
judíos. La ley obstaculiza la libertad de expresión de los
sentimientos; el pagano está más cerca de la verdadera religión porque
es libre frente a la ley y más sensible a la única liberación
efectiva, la que proporciona la cruz (Ga 2, 19-20; 5. 11-16; 2 Co 5.
15-18), la de la gracia gratuita (Rm 5. 12-17; 6. 14-15). A la
gratuidad del gesto de Dios responde con frecuencia la acción de
gracias espontánea del hombre liberado.
Una relación así no podía establecerse dentro del marco de la ley en
la que todo está en la línea del "dar al que da"; se sitúa, por el
contrario, en la línea de la fe: "Vete, tu fe te ha salvado".
La lepra aparece frecuentemente en la Biblia como símbolo del pecado.
El milagro de Cristo supera, pues, el significado de una simple
curación para configurar la obra de la salvación que saca al hombre de
su pecado.
Hay todavía cristianos que se parecen a esos nueve leprosos judíos:
practican mucho, pero no saben contemplar; comulgan con frecuencia,
pero no saben dar gracias. Su ética carece de horizonte, replegada
sobre sí mismo; la minucia y el escrúpulo invaden su vida moral. Su
Dios lleva una contabilidad... Al mismo tiempo, se sienten incapaces
de abrirse realmente a la iniciativa del Otro, a la gratuidad.
Los sacerdotes judíos encerraban a los leprosos curados en el Templo.
De igual modo, hay sacerdotes en la Iglesia que han educado a los
laicos en esa minucia legal y en esa entrega de cuentas que son tan
contrarias a la verdadera acción de gracias y a la comunión personal
entre Dios y el hombre. Y sucede hoy que esos fieles experimentan un
despego cada vez más profundo respecto a los sacramentos...
(Maertens-Frisque).
S. Agustín comenta: Lc 17,11-19: Te amaré, Señor, y te daré gracias:
"¿Qué daré en retorno al Señor por poder recordar mi memoria todas
estas cosas sin que tiemble ya mi alma por ellas? Te amaré, Señor, y
te daré gracias y confesaré tu nombre por haberme perdonado tan
grandes y tan nefandas acciones mías. A tu gracia y misericordia debo
el que hayas deshecho mis pecados como hielo y no haya caído en otros
muchos. ¿Qué pecado realmente no pude cometer yo que amé gratuitamente
el crimen?
Confieso que todos me han sido ya perdonados, así los cometidos
voluntariamente como los que dejé de cometer por tu favor. ¿Quién hay
entre los hombres que, conociendo su flaqueza, atribuya a sus fuerzas
su castidad y su inocencia, para por ello amarte menos, cual si
hubiera necesitado menos de tu misericordia, por la que perdonas los
pecados a los que se convierten a ti? Que aquel, pues, que, llamado
por ti siguió tu voz y evitó todas estas cosas que lee de mi, y yo
recuerdo y confieso, no se ría de mí por haber sido curado, estando
enfermo, por el mismo médico que le preservó a él de caer en la
enfermedad; o más bien, de que no enfermara tanto. Antes, sí, debe
amarte tanto y aún más que yo; porque el mismo que me sanó a mi de
tantas y tan graves enfermedades, ése le libró a él de caer en ellas".
«¿Dónde están los otros nueve?». Diez leprosos son curados por el
Señor en el evangelio mientras van de camino a presentarse a los
sacerdotes por orden de Jesús. Los sacerdotes tenían la obligación de
declarar impuros a los leprosos (Lv 13,11-12), pero también la de
constatar su eventual curación y anular el veredicto de impureza
(ibid. 16). Está claro que es únicamente Jesús el que opera el
milagro, que se produce mientras los leprosos van a presentarse a los
sacerdotes. Pero para los judíos enfermos el rito litúrgico prescrito
en la ley es tan decisivo que atribuyen toda la gracia de la curación
a la ceremonia prescrita. Exactamente igual que algunos cristianos,
que consideran que «practicar» es el auténtico centro de la religión y
olvidan completamente la gracia recibida de Dios, que es el punto de
partida y la meta de la «marcha de la Iglesia». El fin desaparece en
el medio, que a menudo apenas tiene ya algo que ver con lo
genuinamente cristiano y que es pura costumbre, mera tradición
rutinaria. Tendrá que ser un «extranjero» (un samaritano), es decir,
alguien no familiarizado con la tradición, el que perciba la gracia
como tal mientras va de camino hacia la «autoridad sanitaria» y
vuelva a dar las gracias al lugar adecuado.
«Acepta un presente de tu servidor». En el paralelo
veterotestamentario de la primera lectura se describe anteriormente
(cfr. versículos 1-13) el enfado de Naamán el sirio, que se niega a
obedecer la orden de Eliseo de bañarse siete veces en el Jordán para
curarse de la lepra. ¿Es que no hay ríos suficientes en nuestra
tierra? Sus siervos tienen que aconsejarle que obedezca al profeta. El
sirio obedece finalmente y queda curado: no propiamente por su fe,
sino en virtud de su obediencia. El agraciado se llena entonces de
admiración y rebosa gratitud por todas partes. Quiere mostrarse
agradecido con regalos, pero el profeta no acepta nada, está
simplemente de «servicio». Entonces se produce la segunda curación del
sirio, ésta totalmente interior: se llena nuevamente de admiración,
pero esta vez no por el poder que el profeta tiene de hacer milagros,
sino por la fuerza del propio Dios. En lo sucesivo quiere adorar
exclusivamente a este Dios, sobre la misma tierra del país que
pertenece a este Dios y que se lleva consigo. Se precisa una
distancia con respecto a los hábitos religiosos para experimentar lo
que es un milagro y demostrar la gratitud que se debe a Dios por él.
Jesús lo había dicho ya claramente en su discurso programático de
Nazaret (Lc 4,25-27).
«Mi evangelio, por el que sufro». La segunda lectura muestra que el
verdadero cristianismo, tras su degeneración espiritualmente
mortífera en mera tradición, tiene la forma vivificante del martirio,
que es una confesión de fe (no necesariamente cruenta) mediante el
sufrimiento. Aquí se sufre «por los elegidos», para que éstos, a
pesar de su indolencia, «alcancen su salvación» en Cristo y la
«gloria eterna». No podemos contentarnos simplemente con el último
versículo de este pequeño himno que cierra la lectura: «Si somos
infieles, él permanece fiel» -esta idea, justa por lo demás, puede
convertirse en una cómoda poltrona-, sino que hay que tomar
igualmente en serio el versículo anterior: «Si lo negamos, también él
nos negará». Si tratamos a Dios como si fuera una especie de autómata
religioso, El se encargará de demostrarnos que no es eso, sino que es
el Dios libre, vivo, y también la Palabra eterna, que se manifiesta
libremente y no está encadenada, cuando nosotros, por el contrario,
«llevamos cadenas como malhechores». Sólo «si morimos con él,
viviremos con él» (Hans Urs von Balthasar).

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