lunes, 11 de octubre de 2010

7 de octubre, Nuestra Señora del Rosario: es una oración que mueve el corazón de Dios y nos mete en el corazón de Jesús…

7 de octubre, Nuestra Señora del Rosario: es una oración que mueve el
corazón de Dios y nos mete en el corazón de Jesús…

1. Hechos  (1:12-14):  Entonces se volvieron a Jerusalén desde el
monte llamado de los Olivos, que dista poco de Jerusalén, el espacio
de un camino sabático.  Y cuando llegaron subieron a la estancia
superior, donde vivían, Pedro, Juan, Santiago y Andrés; Felipe y
Tomás; Bartolomé y Mateo; Santiago de Alfeo, Simón el Zelotes y Judas
de Santiago.  Todos ellos perseveraban en la oración, con un mismo
espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús,
y de sus hermanos.
Rezar con la Virgen, como los primeros cristianos… es lo que queremos
hacer especialmente hoy y todo el mes, con motivo de la devoción del
Rosario: a la Virgen le gustan mucho las flores, y que le ofrezcamos
flores y rosas, y le digamos cosas bonitas, alabanzas, porque es mujer
-la mujer más maravillosa-, y a todas las mujeres les gusta que les
digan piropos, cosas de cariño. Y le gustan también las rosas y las
flores del campo, porque son muy bonitas y algo se parecen a Ella. La
Santísima Virgen es muchísimo más bella que la rosa más bella que Dios
ha creado. Porque Dios es Toda la Belleza y Toda la Hermosura. Y la
Virgen por estar llena de gracia, está llena de Dios. Y como es el
espejo más limpio -sin ninguna mancha-, pues en la Virgen es donde
mejor se refleja la Hermosura de Dios. Y las rosas que más gustan a la
Virgen son las rosas del Rosario, porque son del Cielo, no de la
tierra. El rosal es María, que nos trae el fruto que es Jesús…
- Dios Padre celestial.  Ten misericordia de nosotros… - Dios Hijo,
Redentor del mundo. - Dios Espíritu Santo. - Trinidad Santa, un solo
Dios. - Santa María… Ruega por nosotros. - Santa Madre de Dios. -
Santa Virgen de las Vírgenes. - Madre de Cristo. - Madre de la Iglesia
(Ricardo Martínez Carazo).
Es una oración que viene de cuando los que no podían rezar los salmos,
que son 150, porque no podían leer o ir a cantar al coro (la Liturgia
de las horas) tomaban unas cuentas, con nudos en un cordel, y rezaban
50 avemarías, y en 3 partes hacían 150… Domingo de Guzmán, agotado de
tanto predicar, según la tradición, escuchó que le dijo la Virgen:
«Domingo, siembras mucho y riegas poco». Le hizo tomar conciencia de
que había de orar más. Así comenzó a propagar el rezo del Rosario.
Reunió un grupo de mujeres para orar, y más adelante fundó la Orden de
predicadores, y propagó mucho la devoción al Rosario.
Luego, en el año 1571, amenazaban los turcos invadir Chipre, era como
una señal de si pasaban o no la frontera que tenían del Danubio para
invadir el resto de Europa, los moros… San Pío V organizó una flota
con sus Estados, Venecia y España, La Liga Santa, capitaneada por D.
Juan de Austria. Y pidió a toda la Iglesia que rezara el Santo
Rosario. La batalla se desencadenó en el golfo de Lepanto: tronaba el
cañón, las gabarras descargaban su metralla, las bombardas disparaban
contra las embarcaciones, las naves embestían, el humo cegaba y casi
oscurecía el sol, las aguas se teñían de sangre... las voces subían
clamorosas al cielo rezando el Rosario. Pío V contempló
misteriosamente la victoria mientras rezaba asomado a una ventana del
Vaticano. Para dar gracias a Dios por esta victoria, el mismo
Pontífice instituyó la fiesta del Rosario.
El rosario es una oración que Pío XII y Pablo VI llamaron compendio
del Evangelio, y Evangelio abreviado. Jesús nos enseña el
Padrenuestro, que es la principal oración del Rosario, pero la que más
rezamos es el Avemaría, la del arcángel San Gabriel, que completa la
prima de María, Isabel y segunda parte es de la Iglesia. Acabamos con
el gloria, que alaba al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
Algunos la ven monótona… porque es repetir… "Tú que esta devoción
supones / monótona y cansada, y no la rezas, / porque siempre repite
iguales sones, / tú no entiendes de amores ni tristezas. / ¿Qué pobre
se cansó de pedir dones? / ¿qué enamorado de decir ternezas?».
En 1858, la Virgen en Lourdes le pide a Bernardette que rece el
rosario. Y en 1917, en Fátima a tres niños que recen el rosario y
promete que Rusia se convertirá. Pasan los años... y las catástrofes y
hecatombes, genocidios, hambre y dolor, esclavitud, guerra fría,
escalada de armamentos... asolan a la humanidad. Hemos repasado la
historia y hemos contemplado la caída del comunismo, y ahora le
pedimos la Alianza de civilizaciones, la paz con el islam, que no haya
más actos terroristas como las del 11-IX ni guerras como als de Irak,
etc. (Jesus Martí Ballester).
 "El principio del camino, que tiene por final la completa locura por
Jesús, es un confiado amor hacia María Santísima. / —¿Quieres amar a
la Virgen? —Pues, ¡trátala! ¿Cómo? —Rezando bien  el Rosario de
nuestra Señora. / Pero, en el Rosario... ¡decimos siempre lo mismo!
—¿Siempre lo mismo? ¿Y no se dicen siempre lo mismo los que se
aman?... ¿Acaso no habrá monotonía en tu Rosario, porque en lugar de
pronunciar palabras como hombre, emites sonidos como animal, estando
tu pensamiento muy lejos de Dios? —Además, mira: antes de cada decena,
se indica el misterio que se va a contemplar. —Tú... ¿has contemplado
alguna vez estos misterios?" (San Josemaría).
Decía Juan Pablo II: «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria
maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad… con el
trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios
principales de la vida de Jesucristo... misterios (que) nos ponen en
comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su
Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas
del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la
familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales
o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos
más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario
sintoniza con el ritmo de la vida humana» (Leonis XIII)… Cuántas
gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en
estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi
agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo
cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus!"… «es
necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la
oración». Y el Rosario es la Oración por la paz y por la familia:
oración contemplativa, para comprender a Cristo desde María.
Así explicaba Juan Pablo II los Misterios:
Misterios de gozo: El primer ciclo, el de los «misterios gozosos», se
caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de
la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el
saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la
alegría mesiánica: «Alégrate, María». A este anuncio apunta toda la
historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma
del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en
Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el
Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo
el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el
fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios.
El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la
voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen «saltar
de alegría» a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de
Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es
cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como «una gran
alegría» (Lc 2, 10).
Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la
alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en
el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía
al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será
«señal de contradicción» para Israel y de que una espada traspasará el
alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo
es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con
su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo
sustancialmente el papel de quien 'enseña'. La revelación de su
misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia
aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del
Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José
y María mismos, sobresaltados y angustiados, «no comprendieron» sus
palabras (Lc 2, 50).
De este modo, meditar los misterios «gozosos» significa adentrarse en
los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más
profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de
la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor
salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría
cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion,
'buena noticia', que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido
mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador
del mundo.
Misterios de luz: Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la
vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que
se pueden llamar de manera especial «misterios de luz». En realidad,
todo el misterio de Cristo es luz. Él es «la luz del mundo» (Jn 8,
12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la
vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar
a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios
«luminosos»– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden
señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las
bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la
conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía,
expresión sacramental del misterio pascual.
Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona
misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán.
En él, mientras Cristo, como inocente que se hace 'pecado' por
nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre
y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y
el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le
espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn
2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el
corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María,
la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual
Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión
(cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con
humilde fe (cf. Mc 2, 3-13; Lc 7,47-48), iniciando así el ministerio
de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo,
especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a
la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que
según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la
Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo
acredita ante los apóstoles extasiados para que lo « escuchen » (cf.
Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la
Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una
vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin,
la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento
con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando
testimonio de su amor por la humanidad « hasta el extremo » (Jn13, 1)
y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio.
Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda
en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia
en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35;
Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento
de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido
que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La
revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del
Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María
en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la
Iglesia de todos los tiempos: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5). Es
una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo
durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de
todos los «misterios de luz».
Misterios de dolor: Los Evangelios dan gran relieve a los misterios
del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la
Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre
cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el
culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El
Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a
fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario
meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento
particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la
cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí,
Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y
frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: «no
se haga mi voluntad, sino la tuya» (Lc 22, 42 par.). Este «sí» suyo
cambia el «no» de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría
esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios
siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas,
la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor
ignominia: Ecce homo!
En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido
mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de
saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios
que se humilla por amor «hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2, 8).
Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús
poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en
la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza
regeneradora.
Misterios de gloria: «La contemplación del rostro de Cristo no puede
reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado!» (Carta
milenio). El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe,
invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse
en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión.
Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones
de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de
aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena,
los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que
experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta
gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre,
sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por
especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con
la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece
en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los
Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición
escatológica del Iglesia.
En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el
Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que
muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María,
avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la
misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros
misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia
cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la
Iglesia; una vida cuyo gran 'icono' es la escena de Pentecostés. De
este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la
esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como
miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les
impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel «gozoso
anuncio» que da sentido a toda su vida.

2. Salmo (Lucas  1:46-55). Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor
/ y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador  / porque ha puesto los
ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las
generaciones me llamarán bienaventurada,  / porque ha hecho en mi
favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre  / y su misericordia
alcanza de generación en generación a los que le temen.  / Desplegó la
fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio
corazón.  / Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los
humildes.  / A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos
sin nada.  / Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la
misericordia  / - como había anunciado a nuestros padres - en favor de
Abraham y de su linaje por los siglos.»
De los 'misterios' pasamos al 'Misterio': a Jesús, por el camino de
María: la mujer de fe, de silencio y de escucha. Haciendo nuestras en
el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos
sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus
brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cf. Lc 1,
42).

3. Lucas  (1:26-38). Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel
Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret,  a una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre
de la virgen era María.  Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de
gracia, el Señor está contigo.»  Ella se conturbó por estas palabras,
y discurría qué significaría aquel saludo.  El ángel le dijo: «No
temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios;  vas a
concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por
nombre Jesús.  El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el
Señor Dios le dará el trono de David, su padre;  reinará sobre la casa
de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»  María respondió al
ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»  El ángel le
respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo
te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será
llamado Hijo de Dios.  Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido
un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban
estéril,  porque ninguna cosa es imposible para Dios.»  Dijo María:
«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el
ángel dejándola se fue.
       Nosotros también queremos oír la palabra de Dios y poner en práctica
lo que nos diga Jesús.

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Llucià Pou Sabaté:
http://alhambra1492.blogspot.com/

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