jueves, 29 de septiembre de 2011

Viernes 26º. La penitencia transforma nuestro corazón y nos hace agradables a Dios y dignos del perdón y de su amor

Evangelio de Lucas 10,13-16. En aquel tiempo, Jesús dijo: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que, sentados con sayal y ceniza, se habrían convertido. Por eso, en el Juicio habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. Y tú, Cafarnaúm, ¿hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás! Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado».

Comentario: 1.- Ba 1,15-22. Hoy y mañana leemos una selección del libro de Baruc, también de la época del destierro de Babilonia y la vuelta a Sión. Este Baruc es probablemente el secretario y hombre de confianza del profeta Jeremías. Le encontramos en Babilonia, con los desterrados, a la muerte de Jeremías, hacia el 580 antes de Cristo. Aquí leemos su oración emocionada, humilde, en la que reconoce que son culpables de lo que les está pasando, porque todos han sido infieles a Dios, empezando por los políticos y sacerdotes: "no obedecimos al Señor que nos hablaba, seguimos nuestros malos deseos, haciendo lo que el Señor nuestro Dios reprueba".
Nos viene bien a todos recapacitar y sentir humildemente "vergüenza" por lo que nos está pasando. Y reconocernos culpables, porque "pecamos contra el Señor no haciéndole caso". Tenemos que aprender las lecciones que nos da la historia. Los períodos de decadencia de una persona o de la Iglesia se deben, seguramente, a muchas causas. Una de ellas es nuestra propia dejadez y nuestra infidelidad a la Alianza que habíamos prometido a Dios. Sembramos vientos y recogemos tempestades. Olvidamos la base sólida del edificio y luego nos quejamos de que la primera ventolera ha derrumbado sus paredes. La oración de Baruc sigue siendo actual. Solemos excusarnos echando las culpas a los demás o a las instituciones o al mundo que nos rodea. Pero entonar el "mea culpa" de cuando en cuando, con golpes en el pecho bien dados -en el nuestro, no en el de los demás-, nos ayuda a progresar en nuestra vida de fe. Lo hacemos normalmente al empezar la Eucaristía, con el acto penitencial. Lo hacemos, sobre todo, cuando celebramos el sacramento de la Reconciliación. Eso nos ayuda a reflexionar sobre si estamos "siguiendo nuestros malos deseos sirviendo a dioses ajenos". Y nos invita a corregir la dirección de nuestra vida para no llegar hasta la ruina total.
El comienzo de esta oración está marcado por la doctrina de la retribución (Dt 28,15-68; Lev 26,14-39). La desgracia castiga al pueblo porque ha pecado, y como todas las generaciones son solidarias en el pecado y el castigo, se trata, para que dicha desgracia sea alejada, de reconocer, en el nombre de las generaciones pasadas, las responsabilidades incurridas. La confesión de sus faltas es por consiguiente para el pueblo una forma de situarse de nuevo en la historia de la salvación. La oración penitencial y la confesión de las faltas tienen en el Nuevo Testamento un contexto totalmente diferente, en un cántico de gratuidad, de gracia de Cristo.
El libro de Baruc se escribió en el siglo anterior a Jesucristo. En este época muchos judíos se encontraban en la Diáspora -Dispersión-, reunidos en pequeñas comunidades en ciudades paganas. Es la experiencia apasionante de una vida religiosa que se mantiene fervorosa, por la oración. En muchos ambientes los cristianos de HOY se encuentran en minoría y dispersos entre unos hombres y mujeres prácticamente extraños a su fe.
-Al Señor, nuestro Dios, pertenece la justicia, a nosotros, en cambio, la confusión del rostro, como es patente en el día de hoy. La humildad no tiene HOY buena prensa. El mundo se burla de los humildes. Esta postura o estado se considera una dimisión. Y sin embargo, más allá de posibles desviaciones contra las que tenemos que luchar para no contribuir a que esta virtud resulte odiosa a nuestros contemporáneos, la humildad es un valor esencial. Desde un simple punto de vista humano, la humildad es un valor de verdad, lo contrario de la ampulosidad y la suficiencia. Desde el punto de vista religioso, la humildad es el reconocimiento de nuestra verdadera situación delante de Dios.
En el evangelio, la humildad es presentada como una virtud fundamental: el Reino se promete a los humildes y a los pobres. (Mateo 11, 25). La humildad debe ser muy importante puesto que la Encarnación del Hijo de Dios fue un «anonadamiento» (Filipenses 2, 5) que nos salva del orgullo demencial del primer Adán, que quería «hacerse dios» .
-Sí, hemos pecado contra el Señor, le hemos desobedecido. En efecto, nuestra "condición humana" no es solamente frágil, limitada, efímera... es pecadora. Es preciso, es verdad, cerrar los ojos para no verlo. Estamos de veras inmersos en un baño de violencia, de sexo, de dinero, de opresión. Y basta mirar lúcidamente el fondo de nuestro interior para descubrir allí esas mismas tendencias. El solo hecho de «reconocer» este pecado en nosotros es ya liberador: afirmamos por ende cuál es la dirección esencial de nuestra vida. Cuando reconozco que te he desobedecido, Señor, afirmo al mismo tiempo que eres Tú el verdadero sentido de mi vida.
-En nuestra ligereza, no hemos escuchado la voz del Señor. Cada uno de nosotros, según el capricho de su perverso corazón, hemos ido a servir a dioses extraños, a hacer lo malo a los ojos del Señor, nuestro Dios. Nuestra libertad profunda no se ejerce de veras más que en los límites de nuestra conciencia real. Nuestra responsabilidad recae en lo que «sabemos». Y Jesús pudo decir de sus verdugos: «perdónalos, Padre, que no saben lo que hacen». Efectivamente, nuestra ligereza y nuestra inconsciencia nos inducen a satisfacer «nuestros propios caprichos» en lugar de cumplir «la Voluntad de Dios» porque Dios sólo quiere nuestro bien más profundo.
-Por esto, como sucede en este día, se nos han pegado los males. El pensamiento judío, como también el pensamiento popular de muchos pueblos, piensa que hay una relación entre el pecado y la desgracia. Es la tesis de la «retribución»: ¡cosecha lo que ha sembrado! Cristo ha superado netamente ese punto de vista demasiado estrecho, -defendiendo de toda acusación al ciego de nacimiento- (Juan 9,3).
Sigue siendo verdad que la felicidad consiste en seguir a Dios. Y todo aquello que nos desvía de su voluntad, nos aleja también de nuestro bien más profundo (Noel Quesson).
Los textos que leemos hoy se han seleccionado así porque contienen una larga oración litúrgica que les da unidad. Esta oración, tanto en la forma como en el contenido, tiene precedentes en otros libros (Dn 9,4b-19; Esd 9,6-15; Neh 1,5-11; 9,6-37), donde el clamor colectivo responde a situaciones parecidas de angustia y desastre nacional. La plegaria empieza con una confesión sincera y lúcida de los pecados de toda la comunidad de ahora y de antes; sigue con el reconocimiento del sentido del castigo divino; termina pidiendo misericordia. En este triple momento se encierra una bella y profunda teología del pecado, de la conversión y del perdón, todo ello en un clima y en un ritmo mental de salud y serenidad.
El pueblo -no sólo el de ahora, sino también el de antes- es responsable en todos sus estratos, son responsables los de arriba y los de abajo, el poder político y el religioso y carismático, los reyes, los magistrados, los sacerdotes, los profetas, el pueblo (1,16). El principal pecado reside en haber despreciado la palabra de Dios: «Desde el día en que el Señor sacó a nuestros padres de Egipto hasta hoy no hemos hecho caso al Señor, nuestro Dios... No escuchamos la voz del Señor, nuestro Dios, que nos hablaba por medio de sus enviados» (1,19.21). Se recuerda constantemente el beneficio del éxodo, que contrasta con la contumacia del pueblo.
El desprecio secular de la palabra de Dios explica las calamidades en que se encuentra el pueblo. Entre los desastres más graves se mencionan las escenas de antropofagia que se produjeron durante el asedio de Jerusalén en cumplimiento de una amenaza ya anunciada: «Una nación... te sitiará en todas tus ciudades, y te comerás el fruto de tu vientre, la carne de los hijos e hijas que te haya dado Yahvé tu Dios» (Dt 28,53). Otro castigo es la sujeción a pueblos extranjeros, que los escarnecen.
Esta situación ha hecho que el pueblo reflexione sobre su «historia nacional» de pecado y clame a Yahvé. Tal clamor, que en lenguaje bíblico significa conversión, indica también la esperanza de poder ser nuevamente pueblo de Dios.
Según esta visión, el hombre se encuentra sometido a la exigencia total de la palabra divina, y su vida depende enteramente de tal palabra: «Esta palabra es vuestra vida» (Dt 32,47). La religión bíblica es esencialmente la religión de la palabra escuchada, a la cual el hombre, con sus obras, debe dar la fisonomía de la respuesta. La afirmación fundamental del NT se resume en esta proposición: la palabra de Dios es el hombre Jesús de Nazaret. En este hombre, Dios se hace palabra definitiva y se percibe quién es Dios para nosotros (F. Raurell).
El llamado que Dios nos hace a la conversión es el inicio de la manifestación de su amor misericordioso hacia nosotros. No podemos ser gratos ante Él; no podemos presentarnos ante Él como sus hijos amados, si antes no hemos reconocido que le fallamos, que fuimos rebeldes a la Alianza nueva y definitiva que pactó con nosotros. Y no sólo hemos de reconocer nuestras faltas, sino que hemos de arrepentirnos y pedir perdón, lo cual nos ha de llevar a reiniciar un volver a caminar con lealtad en la presencia del Señor. Dios es siempre fiel a su amor por nosotros. Jamás dejará de amarnos, por muchas ofensas y rebeldías que hayamos hecho en contra suya, pues en medio de nuestras infidelidades, Él permanece fiel, ya que no puede desdecirse a sí mismo. Si a veces, por culpa nuestra, la vida se nos complica, no podemos hacer responsable a Dios de lo que nosotros mismos hemos provocado. Si queremos disfrutar de una sociedad más sana y más en paz, nosotros, que decimos creer en Cristo como nuestro Dios hecho Hombre, escuchemos su voz y, como fieles discípulos suyos, pongámosla en práctica; hagamos la prueba y veremos qué bueno es el Señor y cuán rectos son sus caminos.
2. El salmista comienza con un lamento por las desgracias (pérdida del Templo, deportación) que causaron los gentiles, y pide la liberación… Hagamos nuestro el salmo y sus sentimientos: "¿hasta cuándo, Señor? ¿vas a estar siempre enojado? Que tu compasión nos alcance pronto. Socórrenos, Dios, Salvador nuestro, líbranos y perdona nuestros pecados". Es una buena manera de afirmar que no estamos conformes ni con nuestra vida ni con la situación de la sociedad, si la vemos decadente, y que estamos dispuestos a luchar por su mejora.
Dios, por medio de Jesús, su Hijo, ha descubierto su brazo a la vista de nuestros enemigos y nos ha liberado de ellos. Dios escucha el clamor de sus pobres y está pronto a sus plegarias para librarlos de la muerte. Aún en medio de nuestras más grandes miserias, aún cuando hayamos vivido demasiado lejos del Señor, volvamos a Él nuestra mirada y nuestro corazón, pues el Señor es rico en misericordia y su bondad nunca se acaba. Retornemos a Él dispuestos a dejar que nos purifique de nuestras maldades y nos revista de su propio Hijo, de tal forma que no sólo participemos de sus bienes, sino que, bien calzados nuestros pies, vayamos a anunciar el Evangelio de la paz y de la misericordia que el Señor nos ha manifestado, y del cual quiere que participen los hombres de todos los lugares y tiempos.
3.- Lc 10,13-16. Jesús y los suyos tenían ya experiencia de fracaso en su trabajo evangelizador. Acababan de dejar Galilea, de donde conservaban algunos recuerdos amargos. En su paso por Samaria no les habían querido hospedar. En Jerusalén les esperaban cosas aún peores. Jesús anuncia que, al final, habrá un juicio duro para los que no han sabido acoger al enviado de Dios. Tres ciudades de Galilea, testigos de los milagros y predicaciones de Jesús, recibirán un trato mucho más exigente que otras ciudades paganas: hoy se nombra a Tiro y Sidón, y ayer a Sodoma. Los de casa -el pueblo elegido, los israelitas- son precisamente los más reacios en interpretar los signos de los tiempos mesiánicos.
Lo que le pasó a Cristo le pasa a su comunidad eclesial, desde siempre: bastantes llegan a la fe y se alegran de la salvación de Cristo. Pero otros muchos se niegan a ver la luz y aceptarla. No nos extrañe que muchos no nos hagan caso. A él tampoco le hicieron, a pesar de su admirable doctrina y sus muchos milagros. La libertad humana es un misterio. Jesús asegura que el que escucha a sus enviados -a su Iglesia- le escucha a él, y quien les rechaza, le rechaza a él y al Dios que le ha enviado. Ése va a ser el motivo del juicio. No valdrá, por tanto, la excusa que tantas veces oímos: "yo creo en Cristo, pero en la Iglesia, no". Sería bueno que la Iglesia fuera siempre santa, perfecta, y no débil y pecadora como es (como somos). Pero ha sido así como Jesús ha querido ser ayudado, no por ángeles, sino por hombres imperfectos.
Jesús nos enseña a reaccionar con cierta serenidad ante el rechazo del mundo. Que no pidamos que baje un rayo del cielo y destruya a los no creyentes. Ni que mostremos excesivo celo en eliminar la cizaña del campo. Nos pide tolerancia y paciencia. Aunque hoy también nos asegura que el juicio, a su tiempo, dará la razón y la quitará (J. Aldazábal).
Ayer, al final de sus consignas para el "envío en misión", Jesús daba una última consigna: "Cuando no seáis recibidos, salid a las plazas y decid: -"Hasta el polvo de este pueblo que se nos ha pegado a los pies nos lo limpiamos, ¡para vosotros! De todos modos sabed: que ya llega el reino de Dios". Es así como Jesús decididamente consideró el fracaso, el rechazo a escuchar. Incluso ante ese rechazo las consignas de pobreza y de no violencia permanecen: ¡id a otra parte! gesto de impotencia; pero la advertencia permanece también: que lo queráis o no, Dios "reinará". Pero no es incumbencia de los apóstoles hacer ese Juicio que se acerca.
-"Yo os digo: El día del Juicio le será más llevadero a Sodoma que a ese pueblo". Y es entonces cuando estallan las maldiciones de los labios de Jesús: -"¡Ay de ti Corazoín, ay de ti Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotras, hace tiempo que habrían hecho penitencia cubiertas de sayal y sentadas en ceniza. Las ciudades de Corazoín, Betsaida y Cafarnaun, al nordeste del Lago de Tiberíades, delimitan el triángulo, el "sector" en el que más trabajó Jesús. Esas ciudades recibieron mucho... Serían ricas de grandes riquezas espirituales si hubiesen querido escuchar. Si se las compara a las ciudades paganas de Sodoma, Tiro y Sidón, éstas son unas "pobres" ciudades que no han tenido la suerte de oír el evangelio: pues bien, una vez más, Jesús se queda con éstas, prefiere las pobres. Esas amenazas hay que escucharlas en el día de HOY. Las "riquezas espirituales", de ningún modo constituyen una seguridad: cuanto más abundantes son las gracias recibidas, tanto más hay que hacerlas fructificar.
-Por eso, en el Juicio, habrá menos rigor para Tiro y Sidón que para vosotras. ¿Pensamos a menudo en ese "juicio de Dios" sobre nosotros? Jesús lo nombra sin cesar como punto de referencia. Para apreciar una cosa, un acto, una situación, se necesita una medida de comparación: algo es pequeño o grande según el punto de referencia... Para Jesús el punto de referencia del hombre, en cuanto a su verdadero valor, es el juicio de Dios. Esta apreciación "del punto de vista de Dios" es a menudo bastante diferente de las apreciaciones corrientes del mundo: las ciudades paganas, que no recibieron tanta predicación como las cristianas, serán tratadas menos severamente que las ciudades privilegiadas por una presencia de Iglesia más abundante. ¿Estoy convencido de esto? Y si es así, ¿qué exigencia me sugiere? -Y tú CAFARNAUN, ¿piensas encumbrarte hasta el cielo? No, te hundirás en el abismo. CAFARNAUN es la ciudad que Jesús había adoptado como centro de su predicación, quizá porque en ella Simón Pedro tenía su casa y su oficio. Es la ciudad más nombrada en el evangelio -dieciséis veces. Sí, CAFARNAUN fue una ciudad privilegiada. Jesús hizo de ella "su ciudad" (Mateo 9, 1). Jesús hizo en ella numerosos milagros. (Lucas 4, 23) Jesús ciertamente quiso que sus habitantes entraran en el "Reino de Dios". Pero la oferta no fue aceptada.
-Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mí. Esas sorprendentes palabras hacen que resalte la grandeza de la tarea apostólica o misionera: es una participación a la misión misma de Jesús. Dios necesita de los hombres. Hay hombres por los cuales habla Dios... ¿Con qué amor, con qué atención estoy delante de los "enviados" de Dios? Y en principio, acepto yo que Dios me envíe otros hombres, hermanos débiles como yo, pero con el peso de esta responsabilidad? (Noel Quesson).
vv. 13-16. «¡Ay de ti Corozaín..., Betsaida..., Cafarnaún!». Jesús contrasta tres ciudades de Galilea con Sodoma, Tiro y Sidón, tres ciudades paganas. Se trata de dos descripciones com pletas (tres nombres), a la par que reales (nombres propios), de dos situaciones antagónicas. Con esta sentencia Jesús prevé ya que la respuesta de los paganos será muy superior a la del pueblo escogido. No siempre los hombres religiosos y observantes son el mejor terreno de cultivo para la experiencia del reino.
La soberbia humana ha construido una sociedad injusta que se resiste a aceptar el mensaje liberador de Dios. Como el Faraón que no quiere dejar vivir dignamente al pueblo de Dios y como el opresor babilónico, los detentores del poder en la ciudad inhumana que vivimos encuentran a cada paso la justificación para oponerse al designio de Dios.
El endurecimiento de su corazón hace que el anuncio del mensaje asuma la forma peligrosa de una lucha en que el enviado está enfrentado a fuerzas gigantescas que se le oponen. Frente a la presencia de esas fuerzas nace en él una viva conciencia de la propia impotencia que puede conducirlo al desánimo y a sensación aguda de fracaso.
Para superar esos desalientos y manteniéndose fiel en la lucha contra el mal, que se le ha confiado, el enviado debe tomar conciencia de la profunda identificación entre sus intereses y los intereses de Jesús y de Dios. Sólo de esa identificación que hace al Enviado semejante a Quien lo envía puede nacer el coraje para afrontar las enormes dificultades que el anuncio encuentra en el orgullo del corazón de los poderosos de este mundo. Pero junto al aliento y confianza que surge de esta seguridad, brota simultáneamente desde esa identificación un deber para el enviado. Se le exige ser capaz de renunciar a todo interés y egoísmo propio a fin de hacer transparente a Jesús y al designio divino. Sólo si está convencido de esta verdad, podrá realizar con éxito la misión confiada y continuar su tarea hasta el fin (Josep Rius-Camps).
Situémonos en el final de la perícopa evangélica que hemos leído hoy. Allí está el mensaje central del relato proclamado. Lucas deja bien en claro y sin titubear que Jesús, es el enviado del Padre, autorizado por Dios para presentar a la humanidad el designio insondable del Creador. Así como Jesús es el enviado del Padre, los discípulos son los enviados de Jesús. Jesús, los autoriza para que anuncien el Reino y lo extiendan por todos los lugares conocidos. Jesús sabe que a él solo, como hombre, la tarea del anuncio del Reino, lo sobrepasa. Él "no hace alarde de su condición de Dios", por eso siente la necesidad de hacerse ayudar de hombres y mujeres y para hacer que el Reino llegue a toda la tierra por el trabajo de muchos que de buena voluntad se matriculen en esa gran empresa. Toda persona o comunidad que rechace a los discípulos, está rechazando a Jesús mismo, y todo aquel que rechaza a Jesús, rechaza a quien le envió: el Padre. Esta advertencia de Jesús, no tiene por qué llenarnos de falso orgullo; sino que tiene una exigencia profunda: quien más ha sido favorecido por el mensaje de Jesús, más responsabilidad tiene, y a quien mucho se le da, mucho se le exige. Hoy, nosotros, tenemos que evaluar nuestra actitud frente al Reino. También hemos sido elegidos por gracia. No tenemos mérito alguno para ser escogidos. Pero tenemos que responder a este llamado de Dios con altura y con responsabilidad. Es una exigencia y debemos cumplirla. Dejemos el juicio a Dios. Nosotros anunciamos a tiempo y a destiempo el Reino de Dios con todos sus valores. No perdamos el tiempo, ni las oportunidades que nos ofrece la vida para que la soberanía de Dios se a una realidad en los corazones y las conciencias que todas las personas. El Reino nos urge, nos llama, tiene que ser tarea de todos, pero iniciativa única de Dios. Dispongámonos a ser obreros del Reino con alegría y con disponibilidad, pero también con mucha apertura, para que otros accedan a él, con la libertad y la alegría de verdaderos hijos e hijas de Dios (Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica).
Junto al texto del envío misionero de los setenta y dos -símbolo quizá de la misión a los gentiles- Lucas nos transmite en el texto de hoy, unos ayes contra las ciudades de Galilea que se han opuesto o han rechazado reconocer los signos de Jesús. Aunque Jesús haya lanzado la propuesta del Reino para todos los pueblos, muchos no quisieron acogerla. Corazaín, Betsaida y Cafarnaún, a pesar de haber recibido la gracia de Dios a través de la predicación y los milagros de Jesús, no aceptaron el plan salvífico de Dios, por eso Jesús las maldice y las compara con Tiro y Sidón, dos ciudades paganas que -dice Jesús- si hubieran recibido las manifestaciones de Dios, se habrían convertido. Todo parece indicar que la predicación y las acciones milagrosas de Jesús sólo fueron para ellos hechos extraordinarios del momento, que no les cambiaron la vida; no las interpretaron a la luz de la fe, por eso Jesús les advierte sobre su condenación en el juicio final. En nuestra vida, Dios sigue haciendo milagros, sigue hablando a nuestro corazón y a veces nuestra respuesta es la indiferencia. Muchas veces nos quedamos en palabras bonitas, nos impresionamos con hechos extraordinarios, pero no pasamos de ahí, seguimos con el corazón endurecido, como la gente de Corazaín, Betsaida y Cafarnaún; peor aún, creemos que ya tenemos la solución, nos creemos salvados, convertidos definitivamente. Puede ser que Jesús en el juicio final nos rechace por lo que pudimos haber hecho y no lo hicimos, por no haber amado a quienes pudimos amar, por no haber sido solidarios con los más necesitados, porque nuestro corazón estuvo siempre endurecido por nuestro egoísmo y por nuestra falta de amor (servicio bíblico latinoamericano).
Hoy vemos a Jesús dirigir su mirada hacia aquellas ciudades de Galilea que habían sido objeto de su preocupación y en las que Él había predicado y realizado las obras del Padre. En ningún lugar como Corazín, Bet-Saida y Cafarnaúm había predicado y hecho milagros. La siembra había sido abundante, pero la cosecha no fue buena. ¡Ni Jesús pudo convencerles...! ¡Qué misterio, el de la libertad humana! Podemos decir “no” a Dios... El mensaje evangélico no se impone por la fuerza, tan sólo se ofrece y yo puedo cerrarme a él; puedo aceptarlo o rechazarlo. El Señor respeta totalmente mi libertad. ¡Qué responsabilidad para mí!
Las expresiones de Jesús: «¡Ay de ti, Corazín! ¡Ay de ti, Betsaida!» (Lc 10,13) al acabar su misión apostólica expresan más sufrimiento que condena. La proximidad del Reino de Dios no fue para aquellas ciudades una llamada a la penitencia y al cambio. Jesús reconoce que en Sidón y en Tiro habrían aprovechado mejor toda la gracia dispensada a los galileos.
La decepción de Jesús es mayor cuando se trata de Cafarnaúm. «¿Hasta el cielo te vas a encumbrar? ¡Hasta el Hades te hundirás!» (Lc 10,15). Aquí Pedro tenía su casa y Jesús había hecho de esta ciudad el centro de su predicación. Una vez más vemos más un sentimiento de tristeza que una amenaza en estas palabras. Lo mismo podríamos decir de muchas ciudades y personas de nuestra época. Creen que prosperan, cuando en realidad se están hundiendo.
«Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Estas palabras con la que concluye el Evangelio son una llamada a la conversión y traen esperanza. Si escuchamos la voz de Jesús aún estamos a tiempo. La conversión consiste en que el amor supere progresivamente al egoísmo en nuestra vida, lo cual es un trabajo siempre inacabado. San Máximo nos dirá: «No hay nada más agradable y amado por Dios como el hecho de que los hombres se conviertan a Él con sincero arrepentimiento» (Jordi Sotorra i Garriga). El Catecismo nos explica esta penitencia que reclama el Señor: 1431: “La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia. Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron "animi cruciatus" (aflicción del espíritu), "compunctio cordis" (arrepentimiento del corazón) (cf Cc. de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catech. R. 2, 5, 4)”.
No basta estirar las manos para recibir los dones de Dios; es necesario esforzarse por vivir conforme al don recibido, pues a base de sólo recibir sin vivir, sin dar testimonio, podemos volver estéril nuestro mundo. Dios nos ha enviado a su propio Hijo, quien nos ha dado el perdón de nuestros pecados y nos ha hecho partícipes de su propia Vida y de su Espíritu. ¿Por qué nuestro mundo continúa, entonces, dominado por tantos egoísmos y tantos males provocados, incluso, por personas que se confiesan cristianas? ¿Acaso vivimos a profundidad nuestra fe? ¿No nos habremos quedado, más bien, en una profesión de fe hecha con los labios, por mera costumbre o tradición familiar, mientras nuestro corazón está lejos del Señor? Ojalá y no rechacemos al Señor alejándolo de nuestra vida, sino que, conforme a la fe que en Él profesamos, sepamos escuchar su Palabra y ponerla en práctica; aceptar su Vida y su Espíritu y dar testimonio, por medio de nuestras buenas obras, de su presencia en nosotros.
El Señor nos ha llamado para que estemos con Él en esta Eucaristía. A Él no se le oculta nuestra fragilidad; ante Él están nuestras miserias y traiciones. Sin embargo se muestra misericordioso para con todos; y a pesar de que nosotros somos quienes hemos tomado por caminos equivocados y Él ha permanecido fiel, hoy sale a nuestro encuentro para ofrecernos su perdón, su bondad, su misericordia, su protección. Sólo espera de nosotros el que estemos dispuestos a recibir, a hacer nuestra su oferta de perdón y de salvación. Mediante la celebración del Memorial de su Pascua quiere, no sólo que comprendamos y aceptemos su amor hacia nosotros, sino que, aceptando su Vida en nosotros, su Espíritu nos renueve de tal forma que en adelante nos convirtamos en testigos suyos y en constructores de su Reino. Ojalá y no sólo vengamos como espectadores a esta Eucaristía, sino con la plena disposición de entrar en comunión de vida con el Señor.
El Señor nos envía como discípulos suyos a proclamar su Evangelio y a construir su Reino. No vamos sólos. Él, además de comunicarnos su Vida, ha derramado en nuestros corazones su Espíritu Santo. No podemos volver a casa para encerrarnos en nuestras cavilaciones personales y vivir nuestra fe sin proyección hacia la vida social. Es cierto que encontraremos muchos ambientes hostiles a la fe; es cierto que quien proclame el Nombre del Señor podrá convertirse en objeto de burla para quienes no quieren un compromiso real de fe; es cierto que muchos no sólo rechazarán, sino que perseguirán e incluso tratarán de acabar con la vida del enviado. Esto no puede acobardarnos, pues, efectivamente, no hemos recibido un espíritu de cobardía, sino el Espíritu que viene de Dios, que nos hace fuertes en la fe. No queramos, por defender nuestra vida, vivir con doblez: como hombres de fe en el templo, y como descreídos y cómplices de la maldad en el mundo. Si en verdad queremos no sólo arrodillarnos ante Dios en su templo, sino convertirnos en testigos del Señor y constructores de su Reino, aceptemos el compromiso que tenemos de vivir como sus enviados para impulsar el nacimiento de una humanidad que, día a día, se vaya renovando en Cristo.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la Gracia de poder vivir con lealtad nuestra fe, como colaboradores esforzados en la construcción de su Reino en los diversos ambientes en que se desarrolle nuestra existencia. Amén (www.homiliacatolica.com).

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