sábado, 3 de septiembre de 2011

Tiempo ordinario XXIII, Domingo (A): toda la ley de la Alianza está expresada en el amor, que lleva a la misericordia y a la ayuda fraterna, también c

Tiempo ordinario XXIII, Domingo (A): toda la ley de la Alianza está expresada en el amor, que lleva a la misericordia y a la ayuda fraterna, también con la corrección



Lectura del Profeta Ezequiel 33,7-9.

Esto dice el Señor: A ti, hijo de Adán, / te he puesto de atalaya / en la casa de Israel; / cuando escuches palabra de mi boca, / les darás la alarma de mi parte.

Si yo digo al malvado: / «Malvado, eres reo de muerte», / y tú no hablas, poniendo en guardia al malvado, / para que cambie de conducta; / el malvado morirá por su culpa, / pero a ti te pedirá cuenta de su sangre.

Pero si tú pones en guardia al malvado, / para que cambie de conducta, / si no cambia de conducta, / él morirá por su culpa, / pero tú has salvado la vida.



SALMO RESPONSORIAL 94,1-2. 6-7. 8-9. R/. Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis vuestro corazón.»

Venid, aclamemos al Señor, / demos vítores a la Roca que nos salva; / entremos a su presencia dándole gracias, / aclamándolo con cantos.

Entrad, postrémonos por tierra, / bendiciendo al Señor, creador nuestro. / Porque él es nuestro Dios / y nosotros su pueblo, / el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz: / «No endurezcáis el corazón como en Meribá, / como el día de Masá en el desierto: / cuando vuestros padres me pusieron a prueba / y me tentaron, aunque habían visto mis obras.»



Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 13,8-10.

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que amor; porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no envidiarás», y los demás mandamientos que haya, se resumen en esta frase: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».

Uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera.



Lectura del santo Evangelio según San Mateo 18,15-20.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.

Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo.

Os aseguro además que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.



Comentario: Comenzamos la Misa con la antífona tomada del Salmo 118: “Señor, tú eres justo, tus mandamientos son rectos. Trata con misericordia a tu siervo”. Veremos en una gran unidad cómo las lecturas relacionan los mandamientos con el amor y la misericordia. Cuando en las relaciones humanas domina cierta indiferencia, las leyes pierden el sentido, la sociedad aparece como una reserva de extraños seres yuxtapuestos, números, cantidad o masa. La indiferencia es la primera y más grave violación de los Derechos Humanos, como la violencia y el terrorismo, porque es tratar a todos como si no existieran, por egoísmo. Quizá nos vienen a la cabeza como es compatible gastar mucho dinero en ir a la luna o fabricar armas costosas (occidente) o fabricar de oro los objetos de grandes palacios (oriente) mientras al lado hay pueblos que mueren de hambre y están necesitados de una mano que les eduque para crear bienestar. Si es importante vivir y dejar vivir, es indispensable ayudar a vivir (cf. “Eucaristía 1990”); y esto es el núcleo de la ley: "Si yo falto al amor o falto a la justicia, me aparto infaliblemente de Ti, Dios mío, y mi culto no es más que idolatría. Para creer en Ti, tengo que creer en el amor y en la justicia; vale mil veces más creer en estas cosas que pronunciar Tu nombre. Fuera de ellas es imposible que te encuentre; y quienes las toman por guía están en el camino que lleva hasta Ti" (Henri de Lubac). La corrección fraterna que promueve Jesús hay que entenderla en este contexto: ayudarse, valorarse, animarse, corregirse con humildad y por razones que superen las simpatías o antipatías. El único móvil cristiano es el bien de los demás. Es bueno prestar mucha atención a la facilidad con que nos hundimos mutuamente, al hecho de desacreditar públicamente, a la crítica fácil cuando los demás no nos oyen o no se pueden defender... La virtud no se impone por la fuerza, sino por el amor, el respeto y la libertad. Vemos también hoy cómo todo gira alrededor de la plegaria (J. Guiteras).

1. Ez 33, 7-9 define la misión del profeta: cómo ha de ayudar a los demás. "Vida" y "muerte" significan frecuentemente en Ezequiel vida feliz y prolongada en contraposición a una vida llena de calamidades y muerte prematura. Sin embargo, no siempre el pecador es castigado por una muerte así, pues Dios "no se complace en la muerte del malvado, sino en su conversión para que siga viviendo" (18,23.31; 33.11). En el N.T., "perder y ganar la vida" se dice ya claramente en relación a la vida eterna (Lc 10,25-28). La revelación de Dios en la historia avanza progresivamente desde la liberación de la esclavitud física a la liberación del pecado, de la promesa de una tierra donde habitar a la promesa del reino de Dios, y de la prosperidad en la vida temporal a la plenitud de la vida eterna, hasta que va apareciendo en todo su sentido la fe en la inmortalidad personal. La enseñanza de este texto de Ez es, ante todo, que el hombre vive si cumple la voluntad de Dios (“Eucaristía 1990”). El profeta ha de ser un centinela, estar en vela, vigilante para la seguridad, la paz de los demás, y ha de avisar de los posibles peligros, debe saber hablar a tiempo y callar cuando no es necesario hablar: tener "discreción".

No se puede callar ante el mal, ante el peligro. Tampoco cuando hay que incitar al bien, para descubrir nuevos horizontes de perfección, de bondad, de progreso y desarrollo, tanto en lo interior como en lo exterior. Pero no podemos decir cosas obvias, o con insistencia inútil, o con moralismos que son falta de respeto al otro. El centinela tampoco ha de ser arbitrario, ni “obligar a la gente a ser buena”, simplemente avisar, como hacía un hombre de Dios: "Yo digo la verdad una sola vez. Sólo la repito si me piden de nuevo que lo haga". El resultado misterioso que es la conversión es imprevisible, y no somos responsables ante Dios de ella, sino Dios y el misterio de cada alma (Carlos Castro).

2. Salmo 94, con el que la Iglesia comienza la liturgia de las horas, representa a Jesús, al querer revivir el tiempo del desierto, lugar de la prueba, lugar de la tentación y del desafío a Dios ("Meribá y Masá" Éxodo 17,1-7; Números 20,1 -13). Durante 40 días, evocando los 40 años de la larga peregrinación en el desierto, Jesús fue tentado. Y las tres formas concretas de esta tentación eran precisamente las mismas del pueblo de Israel: la tentación del hambre, la tentación de los ídolos, la tentación de los signos milagrosos. Un día u otro, son las tentaciones de cualquier hombre. La imagen de la "roca" representa la oración, la imagen de roca sólida que Jesús utilizó varias veces. "El hombre que escucha la palabra de Dios se parece a quien construye su casa sobre la roca" (Mateo 7,24).

“Inclinaos, prosternaos”... Nada más bello que cuando alguien se arrodilla ante Dios. "Dime ante quién te inclinas"... la Alianza queda expresada así: "Él es nuestro Dios, nosotros somos su pueblo"... La “alianza” es también el anillo recíproco que llevan los esposos, símbolo corporal de pertenencia mutua, expresión de nuestra pertenencia a Dios, audacia extraordinaria del hombre religioso que imagina su relación con Dios en términos de desposorio. Aventura extraordinaria de Dios, totalmente otro, que se une amorosamente a un pueblo, a pobres humanos. "No me abandones, no me abandones," pide el amor humano y queda expresado en canción. El pecado aparece aquí como "infidelidad", negación a escuchar": “no endurezcáis el corazón”. El mal "alcanza" a Dios, "frustra" a Dios en su amor no correspondido. Y sufre, como un artesano que ve desbaratarse su obra, como un esposo ridiculizado. La advertencia severa de resistir a la tentación, es también una invitación positiva: “Hoy”... todo es posible. El pasado es pasado... El mal de ayer se acabó. Una nueva jornada comienza (Noel Quesson).

"Ojalá escuchéis hoy su voz" (Sal 94, 8)… nos conviene: somos el pueblo de Dios y él nos quiere guiar, como hace un pastor con su rebaño, para introducirnos en la tierra prometida, que es nuestro destino y felicidad. El, que nos ha pensado desde siempre, sabe cómo tenemos que caminar para vivir en plenitud, para alcanzar nuestro verdadero ser. En su amor nos sugiere qué hacer, qué no hacer y nos señala el camino a seguir. Dios nos habla como a amigos porque quiere introducirnos en la comunión con Él. Si uno escucha su voz -dice nuestro salmo en su conclusión-, entrará en el "reposo" de Dios, es decir, en la tierra prometida, en la alegría del Paraíso. Jesús se compara también a un pastor que nos conduce a cada uno a la plenitud de la vida. Él habla y sus discípulos, que lo conocen, escuchan su voz y lo siguen. A ellos les promete la vida eterna. Dios le hace sentir su voz a cada uno. Nos lo recuerda el Concilio Vaticano II: "En lo más profundo de su conciencia el hombre descubre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo pero a la cual debe obedecer y, cuya voz, lo llama siempre que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal; cuando es necesario le dice claramente a los sentidos del alma: haz esto, evita aquello. En realidad el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón..". ¿Qué tenemos que hacer cuando Dios habla a nuestro corazón? Simplemente tenemos que ponernos a la escucha de su Palabra sabiendo que, en el lenguaje bíblico, escuchar significa adherir enteramente, obedecer, adecuarse a lo que se nos dice. Es como dejarse tomar de la mano y hacerse guiar por Dios. Podemos confiarnos a Él como un niño que se abandona en los brazos de la madre y se deja llevar por ella. El cristiano es una persona guiada por el Espíritu Santo.

"Ojalá escuchéis hoy su voz"… Enseguida después de estas palabras el salmo continua: "No endurezcáis el corazón". También Jesús ha hablado muchas veces de la dureza del corazón. Se puede oponer resistencia a Dios, uno puede cerrarse a Él y negarse a escuchar su voz. El corazón duro no se deja plasmar. A veces no se trata ni siquiera de mala voluntad. Es que cuesta reconocer "esa voz" en medio de muchas otras voces que resuenan dentro. Muchas veces el corazón está contaminado de demasiados ruidos ensordecedores: son inclinaciones desordenadas que conducen al pecado, la mentalidad de este mundo que se opone al proyecto de Dios, las modas, los "slogan" publicitarios. Sabemos lo fácil que resulta confundir las propias opiniones, los propios deseos con la voz del Espíritu en nosotros y lo fácil que es, por consiguiente, caer en caprichos y en lo subjetivo. Nunca tengo que olvidar que la Realidad está dentro de mí. Tengo que hacer callar todo en mí para descubrir la voz de Dios. Y tengo que extraer esa voz como se rescata un diamante del barro: limpiarla, sacarla a relucir y dejarse guiar por ella. Entonces también podré ser guía para otros, porque esa voz sutil de Dios que empuja e ilumina, esa linfa que sube del fondo del alma, es sabiduría, es amor y el amor se debe dar.

“Ojalá escuchéis hoy su voz"… ¿Cómo afinar la sensibilidad sobrenatural y la intuición evangélica para estar en condiciones de percibir las sugerencias de esa voz? Antes que nada, es necesario reevangelizarse constantemente acudiendo a la Palabra de Dios, leyendo, meditando, viviendo el Evangelio, para ir adquiriendo, cada vez más, una mentalidad evangélica. Aprenderemos a reconocer la voz de Dios dentro de nosotros en la medida en que aprendamos a conocerla de los labios de Jesús, Palabra de Dios hecha hombre. Y esto se lo puede pedir con la oración. Luego deberemos dejar vivir al Resucitado en nosotros, renegando a nosotros mismos, haciéndole la guerra al egoísmo, al "hombre viejo" que está siempre al acecho. Esto requiere una gran inmediatez a decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y a decirle sí a todo lo que Él quiera; no a nosotros mismos en el momento de la tentación, cortando de inmediato con sus insinuaciones y sí a las tareas que Él nos ha confiado, sí al amor hacia todos los prójimos, sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos. Podemos, finalmente, identificar más fácilmente la voz de Dios si tenemos al Resucitado en medio de nosotros, es decir, si amamos hasta la reciprocidad, creando en todas partes oasis de comunión, de fraternidad. Jesús en medio de nosotros es como el altoparlante que amplifica la voz de Dios dentro de cada uno, haciéndola escuchar más claramente. También el apóstol Pablo enseña que el amor cristiano, vivido en la comunidad, se enriquece siempre más en conciencia y en todo tipo de discernimiento, ayudándonos a reconocer siempre lo mejor. Entonces nuestra vida estará como entre dos fuegos: Dios en nosotros y Dios en medio de nosotros. En este horno divino nos formamos y nos entrenamos a escuchar y seguir a Jesús. Una vida guiada en todo lo posible por el Espíritu Santo resulta hermosa: tiene sabor, tiene vigor, tiene mordiente, es auténtica y luminosa (Chiara Lubich).

3. Rm 13, 8-10 (Ver también miércoles de la 31ª semana). En este cap. 13, Pablo nos acaba de hablar de nuestros deberes de justicia, para con los poderes públicos, de la obediencia y de la obligación de pagar los impuestos. Ahora nos dice que no debamos nada a nadie... Pero, al escribir estas palabras, se detiene y cae en la cuenta de que hay una deuda que siempre tendremos abierta. Por eso dice: "a no ser en el amor". Y lo dice no para que nos desanimemos ante las exigencias del amor, sino para que siempre amemos más y más y no digamos nunca que ya hemos amado todo lo que debemos. Todos los preceptos y todas las leyes que definen nuestras obligaciones para con el prójimo se "recapitulan" (ésta sería la verdadera traducción de la palabra original, no "resumen" del texto litúrgico) en un mandamiento supremo: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Es decir, si la cabeza es el miembro que sobresale en el cuerpo y que da unidad a los otros miembros a los que dirige, el mandamiento supremo del amor es también el que encabeza todos los otros mandamientos y sobresale por encima de ellos. Pablo utiliza esta palabra "recapitular" (encabezar) únicamente otra vez hablando de Cristo, que "recapitula todas las cosas" (Ef 1,10). Cristo es en el orden del ser, lo que el amor en el orden del deber: la cabeza, una realidad excelente que sobresale entre todas, las reúne y les da sentido. Pero en Xto el ser y el deber se encuentran: Cristo es ya el deber cumplido, el amor consumado. Él es el único que no debe nada a nadie ni siquiera en el amor. Todos los demás estamos en deuda respecto a los otros hombres y en camino hacia la plenitud de Cristo que nos encabeza. Si todos los mandamientos de la ley han sido dados para no dañar al prójimo, el que ama a Dios y a su prójimo cumple todos los mandamientos. De ahí que el amor sea la plenitud de la ley. Pero no olvidemos que se trata de una plenitud desbordante, del colmo de la ley. Esto quiere decir dos cosas: que no se puede amar sin haber cumplido antes todos los mandamientos, todos los deberes de justicia, y que las exigencias del amor nos hacen avanzar más allá de la simple justicia. El que ama no se limita a no dañar a nadie (“Eucaristían 1975”).

La moral cristiana no es una doctrina principalmente, sino seguir una persona: Jesús de Nazaret, en su vida de amor: "amar al prójimo como a sí mismo". Es más: “como yo os he amado”. Si el amor al prójimo debe montarse según el modelo del amor a sí mismo, también este amor al prójimo tiene que tener una fuerte impronta personalista. El prójimo no es una abstracción filosófica o literaria, sino una realidad concreta que está frente a nosotros y que no siempre tiene las características que hemos soñado para él. El prójimo no se escoge, sino que se acepta. En este sentido, la moral cristiana debería denunciar el uso idealista de la palabra "pueblo", con el que cada grupo socio-político pretende designar ese tipo de "prójimo a la medida". El prójimo es, de alguna manera, como Dios: insospechado, sorprendente y completamente "otro" (Comentarios bíblicos, Edic. Marova). Esta parte de Rm concibe la moral cristiana no como la predicación descarnada de una moral (qué hay que hacer o evitar), sino como una praxis de vida cristiana según los imperativos de la ley del amor que nunca dice basta, que sobrepasa las exigencias de la justicia y que es resumen perfecto de toda ley. Amar es cumplir la ley entera. Porque quien ama a Dios no hará nada que desagrade a Dios y quien ama al prójimo no hará nada que perjudique al prójimo. Por eso, una falta contra cualquiera de los preceptos se descubre ser una falta contra la ley del amor. Y si la moral fundada sobre los preceptos puede considerarse perfecta cuando los ha observado -lo cual conduce al fariseísmo-, la moral fundada en el amor siempre exige más porque nunca puede considerar haber cumplido todas sus exigencias (Guillermo Gutiérrez).

4. Mateo aborda un nuevo aspecto en la dinámica de la vida de los discípulos. Es la primera vez que emplea el término "hermano" para designar la relación existente entre los miembros de la comunidad de discípulos de Jesús. El pecado a que se refiere la condicional "si tu hermano peca" es, con bastante probabilidad, la ofensa o perjuicio de un hermano a otro. Los tres versículos iniciales presentan tres maneras o caminos de ganar al hermano. Detrás de los dos primeros son perfectamente reconocibles procedimientos habituales entre los judíos y sancionados por los propios libros sagrados. Para la reprensión privada ver Lev. 19,17; para la reprensión en presencia de dos o tres testigos ver Deut. 19, 15. Los procedimientos reseñados en estos tres últimos versículos son considerados habitualmente como corrección fraterna. Y ciertamente lo son, aunque son también mucho más por ir seguidos del v. 18, cuyas palabras expresan y significan el poder de perdonar los pecados: "Todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo". Estas palabras se refieren al conjunto de los procedimientos anteriores, confiriendo a éstos la condición de actos y gestos de perdón con valor ante Dios. Quedan, por último, los versículos finales 19-20. Corren el riesgo de ser leídos e interpretados como si no guardaran relación alguna con lo anterior. La propia traducción no ayuda a percibir la relación. "Os aseguro además" invita a pensar en un añadido distinto, cuando en realidad el texto griego expresa repetición: "Os repito: si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo". Los versículos finales reiteran con otras palabras la correlación de tierra y cielo, hombre y Dios, de la que ha hablado el v. 18. El ponerse, pues, de acuerdo para pedir algo no tiene en este texto un contenido indiscriminado; se refiere al acuerdo en materia de perdón. El Padre del cielo ratifica el perdón otorgado en la tierra por un hermano a otro.

Comentario. Es de todos conocido que el cap. 18 de Mateo está todo él centrado en el dinamismo que debe caracterizar a las relaciones de los discípulos de Jesús entre sí. Se trata de un capítulo genuinamente eclesial. En el texto de hoy este dinamismo recibe el nombre de perdón. Las ofensas y perjuicios entre hermanos son escándalos que conllevan pérdida de fraternidad. Esta no se recupera si el ofendido o perjudicado no gana al ofensor por la vía del perdón. Perdonar es ganar hermanos. Unirse para perdonar es tarea cristiana, probablemente la más grata al Padre del cielo (A. Benito).

La corrección fraterna es una expresión del amor del que se habla hoy; debe tener lugar primero en la intimidad, entre dos personas, con tacto y amorosamente. Si el pecador se arrepiente, habrá salvado a un hermano para la vida eterna. Según Dt 19, 15, un tribunal sólo puede condenar legítimamente si consta del delito por dos o tres testigos. En el presente caso, el testimonio debe convencer al culpable de la necesidad de hacer penitencia. El proceso sigue siendo todavía secreto. La última instancia es la "iglesia", es decir, la comunidad de los discípulos de Jesús reunida en un lugar concreto. Ella tiene poder para expulsar a uno de sus miembros (cf. 1 Cor 5, 1-5) y para admitirlo cuando se convierta de corazón (“Eucaristía 1990”).

-"Donde dos o tres están reunidos en mi nombre". He aquí la comunidad creyente: la que se reúne en nombre de Jesús. Es el ámbito de la presencia de su Señor. De aquí que la palabra que proclamamos juntos es más que recuerdo, estudio, exhortación: es presencia viva y activa del Señor. De aquí la fuerza de los sacramentos: ni ritos mágicos, ni compromisos voluntarista; es el mismo Señor quien bautiza, es él mismo quien celebra con nosotros la eucaristía, es él quien ora con nosotros y en nosotros; o mejor, nosotros oramos "por él, con él y en él". Avivemos nuestra fe: nos hemos reunido en nombre de Jesús. La Iglesia es siempre más que nuestra suma (J. Totosaus).

El pecador no descubre el perdón de Dios si no toma conciencia de la misericordia de Dios que actúa en la Iglesia y en la asamblea eucarística. Los miembros de una y otra no viven tan solo una solidaridad nacional que les obligaría a perdonar tan solo a sus hermanos; están incorporados a una historia que arrastra a todos los hombres hacia el juicio de Dios y que no es otra cosa que su perdón ofrecido en el tiempo hasta su culminación eterna (Maertens-Frisque). Aquí Jesús revela el sentido profundo de esa ayuda, que también explica Agustín al comentar este pasaje de Mt 18,15-20: ¿Acaso eres justo tú porque él calla? “Hay algo realmente grave. Los hombres desprecian de tal modo la medicina del perdón, que no sólo no perdonan cuando se les ofende, sino que tampoco quieren pedirlo cuando ellos pecan. Penetró la tentación y se apoderó la ira de ellos. De tal manera les dominó el deseo de venganza, que no sólo se apoderó de su corazón, sino que hasta la lengua vomitó ultrajes y crímenes... ¿No ves hasta dónde te arrastró, a dónde te precipitó? Adviértelo y corrígete. Confiesa: «Hice mal»; confiesa: «Pequé». Si confiesas tu pecado, no morirás; sí, si no lo confiesas. Cree a Dios, no a mí. ¿Qué soy yo? Soy un hombre, hermano vuestro, soy un enfermo y soporto la carne: todos debemos creer a Dios. Miraos a vosotros mismos. El mismo Cristo dice: Si peca tu hermano, corrígele a solas. Si no te escucha, lleva contigo a otros dos o tres. En la boca de dos o tres testigos estriba la verdad de toda palabra. Si tampoco les oye a ellos, avisa a la comunidad. Y si tampoco escucha a la comunidad, sea para ti como un pagano y publicano (Mt 18,15-17). El pagano es un gentil; y gentil es aquel que no cree en Cristo. Si no escucha a la comunidad, dale por muerto.

Pero he aquí que vive, que entra en la Iglesia, que hace la señal de la cruz, que se arrodilla, que ora y se acerca al altar. A pesar de todo eso, tenlo por pagano y publicano. No hagas caso de esas falsas señales de vida. Está muerto. ¿De qué vive, cómo vive, si desprecia esta medicina? Si yo dijera a alguno delante de vosotros: «Tú hiciste eso», me responderá enseguida: «¿Por qué obras así? Debías habérmelo dicho en secreto; podías haberme indicado a solas que obraba mal, podía haber visto mi pecado yo solo. ¿Por qué me arguyes en público?» «Ya lo hice y no te corregiste. Ya lo hice y sigues obrando el mal. Lo hice y sigues creyendo en el interior de tu conciencia que obrabas bien». ¿Acaso eres tú justo porque él calla? ¿Acaso no hiciste nada malo, porque él no juzga en el momento presente? ¿Sigues sin temblar ante aquellas palabras: te argüiré? ¿No temes aquellas otras: te pondré ante tus propios ojos?

«El juicio está lejano», dices. ¿Quién te ha dicho que lo está? ¿Acaso porque esté lejano el día del juicio está lejano también tu propio juicio? ¿Cómo sabes cuándo ha de llegar? ¿No se echaron muchos a dormir y no se levantaron jamás? ¿No llevamos en nuestra propia carne la misma muerte? El vidrio, aunque frágil, dura mucho tiempo si se le trata con cuidado; y de esa manera encuentras copas de abuelos y bisabuelos, en las que aún beben nietos y bisnietos. Tan gran fragilidad, cuidada, ha llegado a ser añosa. Nosotros; por el contrario, somos hombres y estamos expuestos a innumerables peligros cotidianos.

Y aunque no nos sobrevenga la muerte repentina, lo cierto es que no podemos vivir por largo tiempo. La vida humana en su totalidad es breve: desde la infancia hasta la ancianidad. Aunque Adán viviera todavía y debiera morir hoy, ¿qué hubiera ganado con haber vivido tanto? A todo esto debes añadir que el mismo día presente, aunque bullicioso por naturaleza, resulta incierto por una especie de enfermedad radical. A diario mueren hombres. Los vivos los llevan a enterrar, celebran sus funerales y se prometen a sí mismos una larga vida. Nadie dice: « Me corregiré, no sea que mañana esté yo como éste a quien hemos acompañado al cementerio». A vosotros os agradan las palabras, pero yo busco los hechos. No me entristezcáis con vuestras costumbres perversas, ya que mi deleite en la vida presente no es otro que vuestra digna vida”.

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