sábado, 17 de septiembre de 2011

Tiempo ordinario XXV, domingo (A): lo más importante en la vida no son nuestros méritos sino la humildad y el amor, el árbol de la vida es acogernos a

Tiempo ordinario XXV, domingo (A): lo más importante en la vida no son nuestros méritos sino la humildad y el amor, el árbol de la vida es acogernos al amor que Dios nos da, a su misericordia

Lectura del Profeta Isaías 55,6-9. Buscad al Señor mientras se le encuentra, / invocadlo mientras está cerca; / que el malvado abandone su camino, / y el criminal sus planes; / que regrese al Señor, y él tendrá piedad, / a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Mis planes no son vuestros planes, / vuestros caminos no son mis caminos -oráculo del Señor-. / Como el cielo es más alto que la tierra, / mis caminos son más altos que los vuestros, / mis planes, que vuestros planes.

SALMO RESPONSORIAL 144,2-3. 8-9. 17-18. R/. Cerca está el Señor de los que lo invocan.
Día tras día te bendeciré, Dios mío, / y alabaré tu nombre por siempre jamás. / Grande es el Señor y merece toda alabanza, / es incalculable su grandeza.
El Señor es clemente y misericordioso, / lento a la cólera y rico en piedad; / el Señor es bueno con todos, / es cariñoso con todas sus criaturas.
El Señor es justo en todos sus caminos, / es bondadoso en todas sus acciones; / cerca está el Señor de los que lo invocan, / de los que lo invocan sinceramente.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 1,20c-24.27a. Hermanos: Cristo será glorificado en mi cuerpo, sea por mi vida o por mi muerte. Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir. Pero si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero por otro quedarme en esta vida, veo que es más necesario para vosotros.
Lo importante es que vosotros llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 20,1-16. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: E1 Reino de los Cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar? Le respondieron: -Nadie nos ha contratado. El les dijo: -Id también vosotros a mi viña. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. El replicó a uno de ellos: -Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Comentario. 1. Is 55. 6-9. El poeta que denominamos Isaías II (cap. 40-50), recibe la misión de ser el mensajero del consuelo para el pueblo desanimado del destierro. Sentirse en el destierro parece incompatible con transmitir el mensaje de consuelo y de esperanza: "Buscad al Señor", "invocadlo" (vv 6-7) es la solución, aunque el corazón esté árido, la palabra de Dios es siempre fructífera, como agua que cae sobre los campos (vv. 10 s.). Todo es fiarnos de la palabra de Dios (A. Gil Modrego).
2. Salmo 144. Jesús es "el hombre vuelto hacia Dios". El enviado del Padre. No tiene quereres personales: está sólo para hacer la voluntad del Padre. Jesús es la expresión viviente y la encarnación de esta ternura de Dios de que habla el salmo 144: el Señor está cerca de los que lo invocan. Estar cerca de Dios. La trascendencia define al hombre: "un ser que solamente puede realizarse en dependencia de Otro". Malraux afirma lo siguiente: "El problema principal para un agnóstico de nuestro tiempo es el siguiente: puede existir una comunión sin trascendencia, y si no, ¿sobre qué puede fundar el hombre sus valores supremos? ¿Sobre qué trascendencia no revelada puede fundar su comunión? Escucho de nuevo el murmullo que escuchaba hace poco: si es para suicidarse, ¿para qué ir a la luna?". Si lo más importante de la vida es que Dios nos ama y acoger este amor, nuestra labor más primordial será esta "apertura" a esa realidad. En este largo salmo del que leemos unos versículos hoy no hay peticiones: todo es alabanza y proclamar ese amor y misericordia divinos. Hay personas que dicen "amar" a otra persona, y de hecho sólo se aman a sí mismas: todo su lenguaje, todas sus actitudes, son únicamente para "aprovecharse" del otro y no para "servirlo"... "A menudo somos también con Dios interesados egoístas". Aunque decimos a Dios "hágase tu voluntad", de hecho estamos diciendo "que mi voluntad sea hecha". La recitación frecuente de este salmo podría enseñarnos a adoptar con más frecuencia hacia Dios un verdadero lenguaje de amor, orientado hacia El, y no orientado hacia nosotros. Dime si tu oración es "contemplación", "admiración", "mirada extasiada hacia Dios"... Y te diré si tú lo amas verdaderamente. Dime si aceptas "perder el tiempo" con El y te diré si tú lo amas verdaderamente. Dime si pasas todo el tiempo hablando o si tú dejas de hablar para escuchar, y te diré si tú lo amas a El (Noel Quesson).
Al llegar al v. 8 nuestra alabanza a Dios es con una fórmula tradicional: «El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad». La formulación más solemne que hay en toda la Escritura es la revelación que Dios hace de sí mismo a Moisés en la cima del Sinaí: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en amor y fidelidad, que mantiene su amor por millares, que perdona la iniquidad, rebeldía y el pecado» (Ex 34,6-7a). Esta convicción fundamental, que se repetirá con diversas variantes a lo largo del Antiguo Testamento, llegará a su cima en la primera carta de Juan: «Dios es amor» (lJn 4,8). Un rasgo notable del salmo es su universalismo. No hace distinciones entre los fieles al tributar la alabanza a Dios. Tampoco hace distinciones al comprender que Dios lo es de todo el mundo y de todos los vivientes. No hay discriminación de destinatarios de los favores divinos, porque ama de corazón todo lo que ha creado, hombres y criaturas, y por tanto, sacia de favores a todos los que en él esperan. La alabanza no se circunscribe a un pueblo, ni a una ciudad, ni a un lugar, el templo. El Dios universal merece una alabanza universal.
El amor y perdón están en la base de todo: el Señor sostiene y endereza a los que se caen y se doblan, da la comida y sacia a todos los seres vivos, está cerca de los que lo invocan sinceramente, satisface los deseos de sus fieles y los salva, guarda a los que lo aman, destruye a los malvados. Es el Dios de cada día, el Dios de los humildes que lo invocan en las necesidades cotidianas.
La lectura cristiana de este salmo puede tener como trasfondo la plegaria de Jesús, el padrenuestro. Santificado sea tu Nombre..., venga a nosotros tu reino..., hágase tu voluntad..., danos hoy nuestro pan de cada día..., encontrar correspondencias en algunos expresiones de este salmo: bendeciré tu nombre por siempre jamás..., descubrimos en Jesucristo la realización de estas palabras de modo más perfecto en la oración que nos enseñó (Jordi Latorre). Así también lo recordaba Benedicto XVI: se pide el reinado de Dios: “Sabemos que esta simbología regia, que tendrá un carácter central también en la predicación de Cristo, es la expresión del proyecto salvífico de Dios: él no es indiferente a la historia humana, es más, tiene el deseo de actuar con nosotros y para nosotros un designio de armonía y de paz. Toda la humanidad está también convocada a cumplir este plan para obedecer a la voluntad salvífica divina, una voluntad que se extiende a todos los «hombres», a «toda generación» y a «todos los siglos». Una acción universal, que arranca el mal del mundo y entroniza la «gloria» del Señor, es decir, su presencia personal, eficaz y trascendente. Hacia el corazón de este salmo, que aparece precisamente en el centro de la composición, se dirige la alabanza orante del salmista, que se hace portavoz de todos los fieles y que hoy querría ser portavoz de todos nosotros. La oración bíblica más alta es, de hecho, la celebración de las obras de salvación que revelan el amor del Señor por sus criaturas. El Salmo continúa exaltando «el nombre» divino, es decir, su persona (Cf. versículos 1-2), que se manifiesta en su acción histórica: se habla de «obras», «maravillas», «prodigios», «potencia», «grandeza», «justicia», «paciencia», «misericordia», «gracia», «bondad» y «ternura».Es una especie de oración en forma de letanía que proclama la entrada de Dios en las vicisitudes humanas para llevar toda la realidad creada a una plenitud salvífica. No estamos a la merced de fuerzas oscuras, ni estamos solos con nuestra libertad, sino que hemos sido confiados a la acción del Señor poderoso y amoroso, que instaurará para nosotros un designio, un «reino» (v. 11). Este «reino» no consiste en el poder o el dominio, el triunfo o la opresión, como sucede por desgracia con frecuencia con los reinos terrenos, sino que es la sede de una manifestación de piedad, ternura, bondad, de gracia, de justicia, como confirma en varias ocasiones en los versículos que contienen la alabanza.
La síntesis de este retrato divino está en el versículo 8: el Señor es «lento a la cólera y rico en piedad». Son palabras que recuerdan la presentación que el mismo Dios había hecho de sí mismo en el Sinaí, donde dijo: «El Señor, el Señor, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad» (Éxodo 34, 6). Tenemos aquí una preparación de la profesión de fe en Dios de san Juan, el apóstol, al decirnos simplemente que Él es amor: «Deus caritas est» (Cf. 1 Juan 4,8. 16). Además de fijarse en estas bellas palabras, que nos muestran a un Dios «lento a la cólera y rico en piedad», dispuesto siempre a perdonar y ayudar, nuestra atención se concentra también en el bellísimo versículo 9: «el Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Una palabra que hay que meditar, una palabra de consuelo, una certeza que aporta a nuestra vida. En este sentido, san Pedro Crisólogo (380-450) se expresa con estas palabras…: «"Grandes son las obras del Señor": pero esta grandeza que vemos en la grandeza de la Creación, este poder es superado por la grandeza de la misericordia. De hecho, habiendo dicho el profeta: "Grandes son las obras de Dios", en otro pasaje añade: "Su misericordia es superior a todas sus obras". La misericordia, hermanos, llena el cielo, llena la tierra… Por esto la grande, generosa, única misericordia de Cristo, que reservó todo juicio para un solo día, asignó todo el tiempo del hombre a la tregua de la penitencia… Por eso confía totalmente en la misericordia el profeta, que no tenía confianza en la propia justicia: "Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa" (Salmo 50, 3)». Y nosotros decimos también al Señor: «Piedad de mí, Dios mío, pues grande es tu misericordia».
3. Flp 1. 20c-24/27ª. La carta a los cristianos de Filipos es, quizás, una de las más personales de Pablo. Probablemente es, en su versión actual, una composición de varios escritos dirigidos por Pablo a esa comunidad. Pero ello no impide que cierto talante general discurra por las distintas secciones del escrito. Y ese talante general es, desde luego, cristológico. En Flp puede observarse mejor que en otras cartas lo que supone Xto para la persona de Pablo. Aparecen en ella más frecuentemente los sentimientos del Apóstol respecto a su Señor. A lo mejor esto se debe a que las relaciones de Pablo con los Flp eran muy buenas, que la comunidad tenía una situación relativamente tranquila y que Pablo podía abrirles su espíritu.
La frase principal es la del v. 21: vivir es Xto. Todo el sentido y la realidad de la vida de Pablo está en Xto. Sentir definitivamente la unión con Xto que ya se tiene ahora mismo es para Pablo lo mejor. Pero está dispuesto a sacrificar ese gozo en bien de sus hermanos. Lo cual nos prueba lo importante que son los demás para Pablo, como deberían serlo para todos. Dos puntos básicos: amor a Xto y amor a los demás. A partir de ahí, lo que se quiera (Federico Pastor). Desde la cárcel, Pablo padece las llagas de Jesús en su propia carne (Gál 6,17) y tiene delante la muerte o la libertad. No sabe qué escoger. Pues si la muerte es el paso de la esperanza a la posesión de Cristo y de la fe a la visión cara a cara del Señor, su vida en el mundo puede ser todavía útil a la Iglesia. Pablo deja el asunto en las manos de Dios y acepta su voluntad en cualquier caso, pues todo contribuye tanto la vida como la muerte, para bien de los que se salvan. Lo importante es que los cristianos vivan dignamente y conformen su conducta a las enseñanzas del Señor (cf. Ef 4, 1; Col 1, 10; “Eucaristía 1987”). A través del amor podremos llegar a comprender y a desear con realismo vivir el estilo de vida que vive ya Jesús. Consciente del valor de su misión, rechaza el Apóstol eso que para él es mejor, como sería el salir condenado del juicio en el que está metido. No quiere abandonar a medio hacer lo que ha comenzado. Estamos tocando niveles hondos de evangelio. El que ha llegado a desprenderse de sí mismo hasta en lo referente a su propio camino espiritual, de tal modo que es capaz de sacrificarlo en favor de los demás está ya en la mejor actitud de fe, está ya comenzando a vivir la vida de verdad, aunque aún lo haga en la contradicción de esta vida. El cristiano es ciudadano del reino de los cielos (Ef 2, 19), cuyo Señor es Jesucristo salvador (Filp 3, 20) y cuya carta de actuación es el evangelio (“Eucaristía 1978”). Escoge lo que viene, sabiendo que viene de Dios. -Para mí la vida es Cristo… Cristo será manifestado "en mi cuerpo", "mi existencia". La consecuencia que Jesús quiso se dedujera de esta parábola está expresada en el v. 15. El agravio fundamental que acaba de hacerse al dueño de la viña (Dios) es su falta de "justicia".
4. Los trabajadores se quejan… Esta misma queja fue formulada por el hijo mayor al padre del hijo pródigo (Lc 15. 29-30), agravio de los "buenos" judíos a la audición de la doctrina de la retribución (Ez 18. 25-29), reproche de Jonás ante el perdón otorgado por Dios a Nínive, la ciudad pagana (Jon 4. 2). En cada uno de estos casos, los textos oponen la justicia de Dios, tal como los hombres la conciben, y su comportamiento misericordioso, no esperado por los hombres (Lc 15. 1-2). Cristo pretende dar a entender a los oyentes de su Palabra el comportamiento misericordioso de Dios, al margen de los cauces excesivamente estrechos y de las concepciones en que le darían cabida la visión humana de la justicia y los contratos bilaterales que rigen exclusivamente las relaciones entre los hombres (Maertens-Frisque). Si pensamos distinto, tendremos que cambiar nuestro modo de pensar… "Si vuestra justicia no sobrepasa la de los letrados y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos".
Para la comprensión de este texto es absolutamente indispensable tener en cuenta el contexto precedente. Al joven que quería saber lo que tendría que hacer para alcanzar la vida eterna, Jesús le ha propuesto repartir sus posesiones entre los pobres y seguirle. Oída la propuesta, es Pedro una vez más quien pregunta: "Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo para seguirte; ¿qué recibiremos por ello?" Respuesta de Jesús: "Todos los que hayan dejado esposa... por causa mía, recibirán la herencia de la vida eterna. Ahora bien, muchos que son primeros, serán últimos y muchos que son últimos, serán primeros". La respuesta va dirigida exclusivamente a los discípulos y tiene una doble vertiente: promesas y llamada de atención. Por haber dejado todo, los discípulos son primeros, pero pueden ser últimos. El texto de hoy empalma con esta respuesta de Jesús, explicando y dando razón a los discípulos de la llamada de atención que se les ha hecho. De ahí que, al final, se vuelva a repetir la inversión propuesta: "Así es como los últimos serán los primeros y los primeros los últimos" (v. 16). El sentido general del texto es, pues, el de hacer ver a los discípulos que ellos pueden ser los últimos. Centrándonos ya en el texto, éste es una parábola. Por estar dirigida a los discípulos no se trata de una parábola pura. El versículo final, en efecto, ofrece la pauta para su interpretación. La horas de contratación manejadas en la parábola son las siguientes: 6 de la mañana (amanecer, hora primera, prima), 9 (media mañana, hora tercera, tercia), 12 (mediodía, hora sexta), 3 de la tarde (media tarde, hora novena, nona), 5 de la tarde (caer de la tarde, hora undécima). Los judíos computaban las horas diurnas de 6 de la mañana a 6 de la tarde. El discípulo de Jesús es; está; todo lo experimenta como don; vive asombrado de lo que es; agradece ser discípulo el mayor tiempo posible, sin preocuparle "el peso del día y el bochorno"; no se entiende a sí mismo ni actúa desde lo que está mandado ni desde el raquitismo de la ley del mínimo esfuerzo. He aquí algunos de los rasgos que conforman la talla de persona del Reino de los Cielos (A. Benito). El problema de los primeros, de los de las 6 de la mañana, arranca precisamente de su justicia, de su obligación cumplida, de su prestación, de su cumplimiento. Todo esto lo vivencian como derecho adquirido, como exigencia, como superioridad. ¡Este es el problema! La novela de Bruce Marshall, "A cada uno un denario" podría ser un animado comentario al texto de hoy.
El centro de interés lo tenemos en el v. 15: "¿No puedo hacer lo que quiero de mis bienes? ¿O has de ver con mal ojo que yo sea bueno?", y también en la recompensa, que es igual para todos. La conclusión de la parábola es, pues, la siguiente: Dios obra como el dueño de la viña en cuestión, que, por su bondad, se compadeció de aquellos hombres e hizo que, sin merecerlo, también llegase a ellos un salario desproporcionado a su trabajo. Pura gracia del Señor. ¡Así es Dios, así de bueno con los hombres! La sentencia final de los últimos y los primeros se halla en la misma línea de la parábola: los primeros son, en este caso, los fariseos y, en general, el pueblo elegido, que se creía con peculiares privilegios ante Dios y con el derecho de pasarle la factura. Jesús, con la parábola en cuestión y la sentencia final, dio el golpe de gracia a este concepto de Dios y de su retribución. Porque el escándalo por el proceder de Dios no estaba justificado desde el terreno de la justicia. ¡Lo había provocado su bondad! Pero, ¿la bondad para con el prójimo justifica esta clase de escándalos? (Edic. Marova).
El Talmud de Jerusalén contiene un relato parecido en la forma a la parábola que hemos escuchado. Se trata del discurso funerario que pronuncia un rabino al sepultar a un joven maestro de 28 años. En él se cuenta cómo un rey contrató obreros para su viña y también pagó a todos lo mismo. Pero, ante las protestas, su contestación fue: éste ha trabajado en dos horas más que vosotros en todo el día. El joven rabino difunto había hecho más en 28 años que muchos doctores en cien. Se le premiaba la cantidad de trabajo que fue capaz de realizar en poco tiempo. La forma narrativa, como se ve, es bien similar, pero el fondo es muy distinto: mientras el discurso rabínico habla de mérito, la parábola de Jesús se refiere a la gracia. En el primer caso, la causa del premio está en el trabajo de quien lo recibe; en el segundo, en la bondad del que lo otorga. En alguna ocasión, la liturgia de la misa recoge en sus oraciones: no por nuestros méritos sino conforme a tu bondad. Nos cuesta entender que los caminos del Señor son distintos a los nuestros. Dios se presenta como un amo generoso que no funciona por rentabilidad, sino por amor gratuito e inmerecido. Esta es la buena noticia del evangelio. Pero nosotros insistimos en atribuirle el metro siempre injusto de nuestra humana justicia. En vez de parecernos a él intentamos que él se parezca a nosotros con salarios, tarifas, comisiones y porcentajes. Queremos comerciar con él y que nos pague puntualmente el tiempo que le dedicamos y que prácticamente se reduce al empleado en unos ritos sin compromiso y unas oraciones sin corazón. Con una mentalidad utilitarista, muy propia de nuestro tiempo, preguntamos: ¿Para qué sirve ir a misa, si Dios nos va a querer igual? Así evidenciamos que no hemos tenido la experiencia de que Dios nos quiere y no reaccionamos en consecuencia amándole también más por encima de leyes y medidas. Dios es gratuito. Nuestra tendencia farisea (para enfado de Pablo) surge exigiendo normas cuyo cumplimiento diferencie a los buenos de los malos. Vemos absurdo y hasta injusto ser queridos todos por igual. ¡A cada uno lo suyo!, decimos como quien da un argumento incontestable con tono de protesta sindical ante Dios. Tardamos en comprender que la traducción no es: "Paz a los hombres de buena voluntad", sino: "Paz a los hombres que Dios ama". Tampoco hay conexión entre culpa y desgracia. Olvidamos que la gracia ha sustituido a la ley. Necesitamos que existan los malos para podernos calificar de buenos. De esta forma, el amor al hermano se torna imposible (“Eucaristía 1990”).
“El hombre no puede pedirle cuentas a Dios. Pero esta verdad de que todo está comprendido dentro de la libre misericordia y de la incalculable disposición de Dios, es también una verdad que nos consuela y levanta, una verdad que nos libera de una opresión. Lo que Dios dispone, aquello sobre lo que no podemos entrar en cuentas ni pleitos con él, somos en último término nosotros mismos. Tal como somos: con nuestra vida, con nuestro temperamento, con nuestro destino, con nuestra circunstancia, con nuestras taras hereditarias, con nuestros parientes, con nuestra estirpe, con todo lo que concreta y claramente somos, sin que lo podamos cambiar. Y, si entramos a menudo en el coro y en el corro de los que murmuran, de los que apuntan con el dedo a otros, en que Dios lo ha hecho de otro modo, somos en el fondo de los que no quieren aceptarse a sí mismos de manos de Dios. Y ahora podría decir que la parábola nos dice que somos nosotros los que recibimos el denario, y los que, a la vez, somos el denario. Y es así que nos recibimos a nosotros mismos con nuestro destino, con nuestra libertad, desde luego, con lo que hacemos con esta libertad; pero, a la postre, lo que recibimos somos nosotros mismos. Y hemos de recibirlo, no sólo sin murmurar; no sólo sin protestar interiormente, sino con verdadero gusto, pues ello es lo que Dios nos da al mismo tiempo que nos dice: ¿Es que no puedo yo ser bueno? De ahí que la gran hazaña de nuestra vida sea aceptarnos como un regalo incomprendido, sólo lentamente descubierto, de la eterna bondad de Dios. Porque saber que todo lo que somos y tenemos, aún lo amargo e incomprendido, es don de la bondad de Dios; sobre la que no murmuramos, sino que la aceptamos, sabiendo que si lo hacemos -y aquí vamos, una vez más, más allá de la parábola- Dios mismo se nos da juntamente con su don, y que así se nos da todo lo que podemos recibir; he ahí la sabiduría y la gran hazaña de nuestra vida cristiana” (K. Rahner).
Siguiendo a Ireneo y Orígenes, los Padres de la Iglesia mostraron su interés por la función que desempeña el tiempo en esta historia. En los sucesivos envíos de obreros vieron las grandes etapas de la historia bíblica durante las cuales Dios llama a hombres que "cuiden -dice Orígenes- la viña del culto de Dios": una primera vez, con Adán, cuando la creación del mundo; una segunda, con Noé, cuando la conclusión de una alianza universal; una tercera, con Abrahán y los Patriarcas; una cuarta, con Moisés, a quien se comunica la Ley, y una quinta, que corresponde a la undécima hora, con JC. O vieron también los principales momentos de la vida humana: algunos son llamados a trabajar en los asuntos del Reino desde la infancia o la más temprana edad; otros, al salir de la adolescencia; otros, en la edad adulta; otros todavía a una "determinada edad"; y otros, por fin, y es lo equivalente a la hora undécima, acogiendo la palabra de Dios en el momento de la muerte... (Louis Monloubou). San Gregorio Magno interpreta las diversas horas de la llamada poniéndolas en relación con las edades de la vida: "Es posible aplicar la diversidad de las horas a las diversas edades del hombre. En esta interpretación nuestra, la mañana puede representar ciertamente la infancia. Después, la tercera hora se puede entender como la adolescencia: el sol sube hacia lo alto del cielo, es decir crece el ardor de la edad. La sexta hora es la juventud: el sol está como en el medio del cielo, esto es, en esta edad se refuerza la plenitud del vigor. La ancianidad representa la hora novena, porque como el sol declina desde lo alto de su eje, así comienza a perder esta edad el ardor de la juventud. La hora undécima es la edad de aquéllos muy avanzados en los años (...). Los obreros, por tanto, son llamados a la viña a distintas horas, como para indicar que a la vida santa uno es conducido durante la infancia, otro en la juventud, otro en la ancianidad y otro en la edad más avanzada".
Con la parábola Jesús también intenta justificar, frente a los fariseos celosos, su comportamiento, su familiaridad y su preferencia con los pecadores. Él no establece diferencias entre justos y pecadores, y por ello se sienten ofendidos los justos; él no parece reconocer su situación privilegiada delante de Dios. Y, además de la situación histórica, hemos llegado a la pretensión más profunda de Jesús: la de ser el revelador del Padre, la de señalar con su venida la llegada de una hora excepcional de gracia (Bruno Maggioni).
El hombre tiene tres necesidades fundamentales: amar y ser amado, trabajar (libertad para actuar) y comprender. Por poco que las analicemos veremos que el mensaje de Jesús responde a esas tres necesidades con una profundidad inusitada.
AMAR Y SER AMADO. Esta es la primera de las tres mencionadas necesidades. A nadie hay que recordársela; el amor es tema de novelas, de conflictos, de canciones, de historias de la vida real... Pero, ¿en verdad es posible un amor mayor que el de quien da su vida por los demás? Nadie considera más héroe a quien más se preocupa de sí mismo sino a quien más se entrega; y para reconocer esto no hace falta ser creyente. Por eso, ¿hay algo más profundo y auténticamente humano que dar la vida por los demás, si llega el caso? y ¿qué otra cosa nos propone el evangelio sino esa entrega radical, incondicional y absoluta? "Quien crea conservar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida, la ganará" (Mt 10,39).
TRABAJO/RECREACION: Que es necesario trabajar para ganarse la vida no es ninguna novedad. Pero si el trabajo lo vemos sólo desde esa perspectiva, lo más fácil es caer en la rutina, en la ambición (movidos por el afán de ganar más) o, como mucho, en un loable pero pobre perfeccionismo profesional. El cristiano, en cambio, es el hombre consciente de que su trabajo es tanto un servicio al prójimo como una colaboración con Dios en la tarea de re-crear el mundo, de llevarlo adelante hasta que alcance su meta de plenitud. Así, para unos el trabajo es una dura carga que envejece, envilece y embrutece, mientras que para otros, aun sin negar el carácter de dureza que muchos trabajos tienen, es una actividad que dignifica, que eleva a la categoría de colaboradores de Dios. ¿Cuál de las dos actitudes es más humanizadora? La respuesta es evidente. (Y no es obligado el tomar esta valoración del trabajo como una forma de opio para mantener situaciones y estructuras de opresión e injusticia; puede ser y puede no ser).
COMPRENDER. Esta es la más sutil de las tres necesidades fundamentales. Para muchos, hoy día, no hay más sentido a la vida que el de "vivirla lo mejor posible" (aquí lo de mejor equivale a más cómodo, más fácil, con menos complicaciones); pero, antes o después, todo el mundo termina por preguntarse no ya el sentido de algo puntual y concreto, sino el sentido global de la vida, para encajar en él todo lo demás. Al anhelo básico de todo hombre de no morir, Jesús responde no ya con una teoría sobre la inmortalidad sino con el hecho de la resurrección. Al interrogante más profundamente humano el cristianismo da una respuesta que va incluso más allá de las expectativas del hombre. Pero es la respuesta que permite comprender el sentido de la vida, no enajenando al hombre, sino recogiendo sus mejores aspiraciones y poniendo en ellas una semilla de eternidad.
Quizás ahora nos resulte más fácil comprender el evangelio de hoy. Es buena la justicia; es necesaria... para empezar. Pero no es la meta. La meta es la fraternidad, que supera y desborda con creces la justicia. El Jesús de este Evangelio puede parecernos injusto; pero en realidad está por encima de la justicia. La justicia es humana; pero la fraternidad lo es todavía más; la generosidad, la gratuidad, el compartir son cotas más altas, más humanas que la justicia. Así, aunque en muchos sitios hemos de trabajar sinceramente por conseguir que haya justicia, no debemos pararnos ahí; cuando hayamos alcanzado la justicia, tendremos que empezar a luchar por conseguir la fraternidad.
Un último apunte sobre el evangelio de hoy: Todavía son muchos los convencidos de que en esta vida estamos para hacer méritos, sumar puntos y ganarnos la felicidad eterna. Todavía son muchos los convencidos de que es el propio esfuerzo lo que justifica al hombre ante Dios. No vamos a negar que el hombre tiene que traducir su fe en obras, que no podemos admitir aquello de "peca mucho y cree más". Pero sí hemos de aceptar lo que nos insinúa Jesús: la salvación es un regalo de Dios; por tanto, ¿quiénes somos nosotros para pedirle cuentas y juzgar su obra? (L. Gracieta).
Tres domingos seguidos, tres parábolas que hablan de la viña (c. 19-23 de Mateo). A modo de resumen, podemos ver en acoger el amor divino y su misericordia lo que constituye la fuente de la vida, aquel árbol de la vida que desde el Génesis al Apocalipsis se muestra como el don divino por excelencia. Cuando Dios prohibió comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, era para protegernos, para no encerrarnos en nuestra limitación, querer controlar –como hoy vemos- nuestros méritos, porque el Señor quiere que podamos comer del Árbol de la Vida, porque quiere invitarnos a vivir y escoger el bien que de verdad nos llena. En la supremacía del yo empezó el demonio -que quiso hacerse Dios- a hacernos caer en la tentación: “seremos como dioses”, si desconfiamos de Dios jugamos a ser diosecillos. Y empezó el orgullo en el mundo. El Señor, en la vida pública, en el despojamiento de su divinidad, en su humillación -limitarse a la condición humana- llega a desaparecer como Dios, a mostrarse vulnerable y no arreglarlo todo de golpe, sino dejar que vayan pasando, despacio, las cosas: desde los nueve meses de gestación, treinta años de vida escondida, tres años de vida pública, no acabar Él la redención y dejarlo a nuestras manos… Nos ha enseñado el camino de la humildad, de la paciencia, se ha convertido en siervo para que nosotros sepamos con el corazón manso y humilde servir como Él a todos los hombres. San Agustín, comentando este ejemplo que el Señor nos ha dado -“aprended de mí, sed mansos y humildes de corazón-”- dice: “Si me preguntas qué se lo más esencial en la religión, en la doctrina de Cristo, té responderé: lo primero, la humildad; lo segundo, la humildad, y lo tercero, la humildad.” El enemigo del amor es siempre la soberbia, es la pasión más mala; aquel espíritu de raciocinio, sin razón, que late en lo íntimo de nuestra alma y nos dice que nosotros estamos en lo cierto, y los demás equivocados, cosa que sólo con excepción es verdad (decía San Josemaría). Pues, pidámosle: ¡Señor! ayúdanos a entender este camino de la humildad. Y también acudimos a la Virgen: ¡Madre mía, Maria!, ayudamos a aprender esta virtud, a arrancar el orgullo y descubrir esta sabiduría: que la humildad es el condimento de todas las virtudes, y nos puede servir eficazmente, al abandonarsnos a la acción de la gracia: Hay que saber deshacerse, olvidarse de uno mismo, saber arder, hasta vaciarse del todo, hablaba San J. Escrivá de aquellos árboles altos y estirados que no sirven para nada y, en cambio -por oposición-, aquellos árboles bajos, frutales, cargados bien llenos de fruto, tanto que las ramas están por romperse y las han de aguantar con estacas, porque no toquen a tierra y no se pudra la fruta. ¡Están bien cargados!, ¡tienen mucho fruto! Así nosotros, aguantándonos unos con los otros, sintiéndonos débiles, necesitados de este espaldarazo, volamos pensar que el Señor nos acompaña en todo: en las dificultades, humillaciones…, el Señor, está a nuestro lado por este camino. A veces, con dolor: “A los que yo más quiero, no les consiento una falta”, parece que nos dice.
Abrir los ojos, descubrir qué es la humildad, es el camino seguro. “Quien duda de sus virtudes y declara las ajenas, ese tiene la humildad más tierna”. Es decir: sólo cuanto sabemos abrir los ojos, ver las cosas buenas de los otros, cuando no pensamo más: “lo mío está mejor hecho, está mejor dicho que lo de los otros”, y no queramos salir siempre con nuestra, a discutir, a dar nuestra opinión siempre; sólo cuando no esté ansioso de citarme a mí mismo, hablar mal de mí mismo para que se formen una idea buena de mí, o vamos con excusas cuando una cosa la hemos hecho mal… sentiremos que somos instrumentos de Dios. ¡Pidámoslo al Señor!, pues es la gran base de toda la vida cristiana. Dice un autor -del “prefacio de l’amor supremo”-, un libro de lectura espiritual, que la psicología moderna ha descubierto, como en la fuente de muchas dificultades mentales, de muchas angustias espirituales, también hay una insuficiente adaptación del individuo a la realidad. Pero, qué es nuestra realidad?: Nuestra incorporación en Cristo. Y esto nos trae a sentirnos Cristo, vivir esta realidad que, es la humildad; y aceptarnos a nosotros mismos con todas nuestras limitaciones, adaptarnos a los otros, y entonces, seremos comprensivos.
Y aceptaremos con gusto –como hemos visto en San Pablo- todas aquellas cosas que la Providencia de Dios permite en nuestra vida: que gane o pierda el equipo de fútbol que nos gusta, que gane o pierda el partido político de turno: los que ahora mandan, que quizás no nos gustan, lo que sea; aceptar todo lo que Dios permite. Pues esto es humildad, todo lo que la Providencia permita, aceptarlo con gusto: el trabajo, las cosas que pasan… San Joan de la Cruz, que hablaba de cosas “muy altas”, decía: “La virtud, no está en las aprensiones y sentimientos de Dios… (como todos los éxtasis y todas las visiones místicas)” y así, todas estas cosas “no valen tanto como el menor acto de humildad, el cual tiene efectos de la caridad”.
La humildad es muy necesaria para la caridad, y todo ello está como en síntesis en la Eucaristía. Trabajar humildemente como un burrito, sin querer gratificaciones ni ver los frutos del trabajo propio o apropiárselos, pensar en los demás con voluntad de servicio, sin envidia, como decía el místico: “Sólo tienen pena de que no sirven a Dios como éllos”. Y no buscan encumbrarse, con más ganas de decir los pecados y faltas que no las virtudes -que también se deben decir en la dirección espiritual-… Newman lo señalaba: “Deseo humillarme en todas las cosas y no responder a las malas palabras sino con el silencio. Conservar la paciencia cuando el sufrimiento se prolonga y, todo esto, por amor a Vos y a vuestra cruz, sabiendo que de esta manera mereceré las promesas de esta vida y la eterna”. La humildad se basa en el conocimiento propio; por esto nunca tenemos motivos para pensar mal de los otros. Es la felicidad de sentirse hijo de Dios, decía san Josemaría, señalando el nexo entre las dos caras de la moneda: humildad (en la cara humana) y filiación divina (la sobrenatural), pero la misma realidad, la base de la vida cristiana.
La humildad es la base de todas las virtudes -como la filiación divina-. Como aquel leproso que pensaba: “No son mejores mis ríos, como el Tigris y l’Èufrates, que no esta porquería que hay aquí, el Jordán?”, pues el profeta le dijo de lavarse allí. Un sirviente le sugirió hacerlo, ser humilde, y se curó. A veces, tenemos miedo del propósito sencillo y fácil, y hemos de ir a la dirección espiritual, y aceptar aquel propósito pequeño: -“¡Es que yo quiero que me digan cosas muy grandes!” –“No, ¿te han dicho que reces tres jaculatòries?”, pues…, esforcémonos a rezarlas. “Humildad”, saber que con estas cosas pequeñas, saldrán las grandes. Todos traemos adentro este deseo de salvación, como Santo Pere:”¡Señor, apártate de mí, que soy un pecador!”: humildad, es este sentido de bautizarnos, de lavar el pecado, de aceptar el don de Dios; y también proclamar actos de contrición cada día, de humillación, y la confesión. Y así, con la humildad, nos hacemos santos no por nuestros méritos, sino por acoger la misericordia divina. San Felipe Neri decía: “El santo no se excusa, porque así vamos teniendo la libertad de espíritu de que nos importe muy poco si hacen una injusticia o no, si hablan bien o mal de nosotros”. Las excusas son los ladrillos que se utilizan para construir un edificio de fracasos. La verdad se proclama sola, no hace falta excusarse.
Humildad también en nuestro apostolado: cuando sale una cosa bien, dar gracias a Dios, saber que el que da luz no somos nosotros, sino Dios a través nuestro. Cuando nos vienen a ver, nos vienen a preguntar, buscan al Señor, y estamos contentos, porque el Señor hace cosas grandes cuando nosotros nos dejamos; y no desear que nos consideren en algo pues toda la gloria la queremos para Él. Así, ¿qué más nos dará tener un cargo qué otro?, ¿cómo no nos vamos a alegrar, si otros tienen cualidades?, así, estaremos muy unidos –omnes cum Petro ad Iesum per Mariam: todos con el Papa a Jesús de la mano de la Virgen-, en este tiempo pidiendo por los trabajadores de la viña –vocaciones- y el ecumenismo, que haya “un solo rebaño y un único Pastor”. Pensar continuamente en la Iglesia, en los demás; y huir del personalismo, es decir del sentirnos imprescindibles, saber dejar las cosas.
“Porque vió la humildad de su esclava”… Así la Virgen nos enseña que la humildad auténtica es la base sobrenatural de todas las virtudes, que se sintetizan en la caridad. Es la sencillez, el encanto, la seducción de la modestia, que es poner los talentos propios no para hacernos ver, sino a disposición del Señor, de la caridad que es el don de si. En las películas vemos dar la vida, hasta “morir por amor”, “dar la vida hasta la muerte” por salvar la vida de otra persona; por la persona que se ama. Hasta derramar la sangre, como hizo Jesús. Jesús no buscó la muerte, buscó dar la vida. A veces, cuanto se habla de morir de amor, yo pienso: ¡debemos dar la vida!, no dar la muerte. Dar la vida hasta el último momento. Esto es lo que hace Jesús: darla hasta la muerte! No nos fijemos con la muerte, el morir; como san Pablo fijémonos en la vida, vivir para los demás, que es mucho más bonito: “vivir”, “dar la vida” sin dejarse llevar por sin simpatías humanas, sin susceptibilitat, así el corazón vacío de sí mismo, sostenido por el Amor divino, se manifiesta en detalles de atención, de cordialidad…

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