viernes, 23 de septiembre de 2011

Sábado de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. “Yo vengo a habitar dentro de ti”, el templo es imagen de la presencia de Dios como pastor que nos cuida,

Sábado de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. “Yo vengo a habitar dentro de ti”, el templo es imagen de la presencia de Dios como pastor que nos cuida, y Jesús es el Dios encarnado que da la vida para salvarnos

Lectura de la profecía de Zacarías 2, 5-9. 14-15a. Alcé la vista y vi a un hombre con un cordel de medir. Pregunté -«¿Adónde vas?» Me contestó: -«A medir Jerusalén, para comprobar su anchura y longitud.» Entonces se adelantó el ángel que hablaba conmigo, y otro ángel le salió al encuentro, diciéndole: -«Corre a decirle a aquel muchacho: "Por la multitud de hombres y ganado que habrá, Jerusalén será ciudad abierta; yo la rodearé como muralla de fuego y mi gloria estará en medio de ella -oráculo del Señor-."» «Alégrate y goza, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti -oráculo del Señor-. Aquel día se unirán al Señor muchos pueblos, y serán pueblo mío, y habitaré en medio de ti.»

Salmo: Jr 31,10.11-12ab.13. R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciada en las islas remotas: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como un pastor a su rebaño.»
«Porque el Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte.» Vendrán con aclamaciones a la altura de Sión, afluirán hacia los bienes del Señor.
Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas.

Evangelio según san Lucas 9,43b-45. En aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacia, Jesús dijo a sus discípulos: -«Meteos bien esto en la cabeza: al Hijo del hombre lo van a entregar en manos de los hombres.» Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro que no cogían el sentido. Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Comentario: 1. Za 2,1-5.10-11a. La primera parte del libro de Zacarías (1,7-8,23) es de contenido visionario-apocalíptico. Va precedida de un prólogo (1,1-6), que es una exhortación a la conversión, fechada dos meses después de la primera profecía de Ageo. La conversión se presenta como un cambio, un «retorno» del hombre a Dios, siguiendo la tradición profética. Tiene una doble vertiente: supone la fe y el amor del hombre precediendo al perdón de Dios, pero no es posible si antes el hombre no ha sido movido por él. Por eso no se puede despreciar la gracia que pasa. La primera visión (1,7-17) es un anuncio de que, a pesar de las apariencias, se cumplirán las promesas mesiánicas. Unos caballos, que representan a los mensajeros del ángel tutelar de Israel (el caballero entre los mirtos) comunican que la tierra vuelve a estar en paz.
Probablemente es una referencia al término de las perturbaciones producidas durante los dos primeros años del reinado de Darío I, que debían de ser vistos por los judíos como precursores de la era mesiánica. Por eso el ángel se lamenta de la duración de la cólera divina: los setenta años son una expresión simbólica que manifiesta un período muy largo y hacen alusión a Jeremías (25,12; 29,10). La respuesta es consoladora: la ira de Dios es pasajera y, por otra parte, las naciones se han excedido en el castigo infligido a Israel.
Vendrá un tiempo en que «sobre Jerusalén se tenderá el cordel», es decir, será reedificada.
Una nueva visión (2,1-4) manifiesta que nada podrá impedir el reino mesiánico, ya que Yahvé suscitará unos instrumentos -los cuatro herreros- para castigar a todos los pueblos que han oprimido a Israel -los cuernos-. Zacarías pone mucho cuidado en resaltar la trascendencia del papel de Yahvé. El profeta no se comunica directamente con Dios, como Amós, Isaías o Jeremías, sino que recibe las revelaciones por medio de un ángel. Es evidente que el concepto de trascendencia divina ha llevado al desarrollo de la angelología. De este modo, ni la trascendencia hace a Yahvé un Dios lejano e indiferente al hombre, ni la providencia divina le hace a imagen y semejanza nuestra. Dos peligros que en todas las épocas acechan al creyente.
La tercera visión de Zacarías dice que la Jerusalén mesiánica será una ciudad abierta, en la que todos cabrán. Será inútil intentar medirla. Por otra parte, no necesitará murallas, ya que Dios mismo será su defensor. El profeta quiere dar confianza a los repatriados. A la ilusión del retorno de Babilonia había sucedido el desaliento ante la dura realidad. Los profetas anteriores al exilio habían anunciado la época mesiánica para después del cautiverio, pero la situación histórica de este tiempo no dejaba prever la realización próxima de esta promesa divina, la perspectiva de una inmediata inauguración de los tiempos mesiánicos se hacía cada día más oscura. ¿Qué debían pensar los contemporáneos del profeta de sus palabras? De hecho, poco después Nehemías (2,17) emprende la reconstrucción de las murallas de la ciudad como una de las tareas más importantes y urgentes. Esta aparente contradicción entre la promesa de Dios y la realidad es una consecuencia del carácter escatológico del reino mesiánico: su plena realización no se hará aquí y ahora, pero ya estamos en él (para Israel ya llegaba). Los hombres necesitaremos siempre «profetas» que nos recuerden su proximidad. No para dejar de ver la realidad presente ni menos aún para no responder a sus exigencias. Pero sí para no perder la esperanza. No vaya a suceder que el árbol no nos deje ver el bosque.
A la tercera de las visiones le sigue una ampliación (62,10-17) constituida por unas reflexiones del profeta, que, situándose en el pasado, hace una llamada a los desterrados para salir de Babilonia. De este modo puede anunciar como próximos los acontecimientos ya pasados. Es un procedimiento literario que llegará a ser común en el género apocalíptico. Israel, niña de los ojos de Yahvé, se convertirá en lugar de encuentro de numerosos pueblos, porque muchos de ellos le seguirán en el culto a Yahvé. Toda Palestina es llamada Tierra Santa por primera vez en la historia, ya que participará de la santidad del templo, casa de Yahvé. Es el anuncio del universalismo del reino mesiánico, frecuente entre los profetas (J. Aragonés Llebaria).
Ahora el que habla es el profeta Zacarías, contemporáneo también de Ageo y de los acontecimientos de la vuelta del destierro y la restauración de Jerusalén. Nos presenta un gesto simbólico: una persona que quiere tomar, con un cordel, las medidas de Jerusalén. Pero un ángel le dice que no, que no hace falta medir nada, porque Jerusalén va a ser ciudad abierta, llena de riqueza, y que Yahvé será su única muralla y defensa: "alégrate, hija de Sión, que yo vengo a habitar dentro de ti". Es la vuelta a los tiempos de las buenas relaciones entre Yahvé y su pueblo.
Los que leemos esto después de la venida de Cristo, hace dos mil años, entendemos mejor lo que significa la palabra del profeta: "aquel día se unirán al Señor muchos pueblos y serán pueblo mío y habitaré en medio de ti". La salvación de Dios no sólo alcanza al pueblo judío, sino que va a ser universal. Esta página de Zacarías nos invita al optimismo. Pero a la vez nos recuerda que la Iglesia -la nueva comunidad de la Alianza- no puede ser medida con cordeles y cerrada en particularismos, sino que ha de ser abierta, universal, orgullosa de la variedad de sus pueblos y culturas y procedencias. Una ciudad que sabe que su mejor riqueza es Dios mismo. Es la "Jerusalén celestial" de la que nos habla el Apocalipsis, cumplimiento perfecto de la Jerusalén primera, y que nosotros sabemos que es la Iglesia, débil y pecadora, pero llena del Espíritu de Dios, camino de su realización última. El documento del Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con el mundo, la Gaudium et Spes, nos invitó a abrir las ventanas y las puertas, a no usar esos cordeles de los que habla Zacarías, porque la Iglesia es espacio de esperanza para todos. Como pide la Plegaria Eucarística V b: "que tu Iglesia, Señor, sea un recinto de verdad y de amor, de libertad, de justicia y de paz, para que todos encuentren en ella un motivo para seguir esperando" (J. Aldazábal).
-Yo, Zacarías, alcé los ojos y tuve una visión: Era un hombre con una cuerda de medir en la mano. Le pregunté: «¿Dónde vas?» Me respondió: «Voy a medir Jerusalén, a ver cuánta es su anchura y cuánta su longitud.» ¡Admirable imagen! En una época en que los judíos desanimados sentían la tentación de encerrarse en sí mismos, el profeta, en nombre de Dios, invita a los arquitectos de Jerusalén a «ampliar su mirada». Se precisa que los agrimensores midan sobradamente el trazado de la ciudad santa. A una Iglesia siempre tentada de encerrarse en sus problemas internos, Dios le repite: «mirad más allá, preveed holgadamente». A mí, siempre tentado de concentrarme en mis preocupaciones personales Dios me repite: «sal de ti mismo, ensancha tu corazón, adopta las preocupaciones de los demás.»
-Un ángel le dijo: «Corre, habla a ese joven y dile: Jerusalén tiene que ser una ciudad abierta, debido a la cantidad de hombres y ganados que la poblarán.» La ciudad futura. Una ciudad abierta a todos los caminos, en la que todos puedan entrar. ¿Imagen de la humanidad de mañana? ¿Imagen ya de la Iglesia de hoy? Es un interrogante. ¡Señor, cuán lejos estamos de esta apertura universal! Hay mucho trabajo por delante para que la humanidad sea unánime, para que la Iglesia sea, de hecho, realmente católica. Allá donde me encuentre, en los grupos de los que formo parte, trabajaré para que progresen las "aperturas", la "amplitud de miras". Fuera las pusilaminidades, los sectarismos, los proyectos raquíticos, los sistemas cerrados y estrechos.
-En cuanto a mí, Yo seré para ella muralla de fuego al derredor y dentro de ella seré gloria. Más que todas las más sólidas murallas, la verdadera protección, la única seguridad definitiva, es el Señor mismo. Aplico esta profecía a mi vida actual, a la vida de la Iglesia. A pesar de todas las apariencias contrarias, Dios es la única muralla.
-Canta y regocíjate, hija de Sión. He aquí que yo vengo a morar dentro de ti, declara el Señor. Dios da este consejo a los desanimados, les dice: «¡cantad!» No hay que dejarse llevar por el pesimismo, sino por la alegría. Cuando nuestros labios cantan, el corazón también canta progresivamente. Y este optimismo no es un optimismo artificial, una felicidad fingida, sino una esperanza apoyada sobre un dato objetivo: ¡Dios viene! Y se espera su llegada.
-En aquel día, muchas naciones se unirán al Señor, serán para Mí un pueblo y yo habitaré en medio de ti. No hay que cansarse de esas repeticiones. Es preciso ante todo y contra todo dejarse sacudir por ese gran soplo universal. ¡El único futuro de la humanidad va por aquí! A través de los crujidos de hoy, en medio de las fisuras y de los conflictos, la aspiración a lo universal sigue abriéndose camino. Llegará un día en que los hombres, tan diversos, se reconocerán, en el fondo, hermanos. Las xenofobias, los racismos, los ghettos y los clubs cerrados... van siendo cada vez más, unos testigos de antaño. Es evidente que un Dios único nos ha creado a todos y que nuestro destino es también «uno». ¿Extiendo mi oración a la humanidad entera? (Noel Quesson).
La Nueva Jerusalén, Ciudad Santa, Esposa del Cordero, Iglesia Santa, ya no tiene murallas, sino sólo al Señor que la custodia como muralla de fuego para que los poderes del infierno no prevalezcan sobre ella. A pertenecer a ella están convocadas todas las naciones. Quien se haga parte de esta Comunidad de creyentes se hará huésped del mismo Dios; más aún: Dios vendrá como huésped al corazón del creyente, habitando en él como en un templo. Por eso hemos de poner nuestro empeño en no destruir el templo santo de Dios que somos nosotros, sino en conservarlo santo e irreprochable hasta la venida gloriosa de nuestro Señor Jesucristo.
2. Jer 31,10-13. Se cumple lo que dice el salmo: "el que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño... vendrán con aclamaciones, afluirán hacia los bienes del Señor". Concluyó el destierro; hay que volver a la tierra prometida; el Señor se convertirá en protector y defensor de su pueblo en su camino por el desierto hacia la tierra que Él dio a los patriarcas. Al poseer nuevamente la tierra prometida, volverá la paz, la alegría y el disfrutar de los abundantes frutos, que finalmente no será sino gozar de los bienes del Señor. Por medio de Cristo Jesús nosotros hemos sido liberados de nuestra esclavitud al mal; y el Señor nos ha dado su Espíritu que nos guía hacia la posesión de los bienes definitivos. Mientras vamos por este camino cargando nuestra cruz de cada día, esforcémonos por no dejarnos desviar de la meta a la que se han de dirigir nuestros pasos: la posesión de los bienes eternos, en que ya no habrá tristeza, ni dolor, ni penas, sino alegría, gozo y paz en el Señor. Vayamos, pues, tras de Cristo, que vela de nosotros como el pastor cuida su rebaño.
"Escuchad, pueblos, la palabra del Señor, anunciadla en las islas remotas" (Jr 31,10). Y Juan Pablo II comentaba: “¿Qué noticia está a punto de darse con estas solemnes palabras de Jeremías? Se trata de una noticia consoladora, y no por casualidad los capítulos que la contienen (cf. 30 y 31) se suelen llamar "Libro de la consolación". El anuncio atañe directamente al antiguo Israel, pero ya permite entrever de alguna manera el mensaje evangélico. El núcleo de este anuncio es el siguiente: "El Señor redimió a Jacob, lo rescató de una mano más fuerte" (Jr 31,11). El trasfondo histórico de estas palabras está constituido por un momento de esperanza experimentado por el pueblo de Dios, más o menos un siglo después de que el norte del país, en el año 722 a. C., hubiera sido ocupado por el poder asirio. Ahora, en el tiempo del profeta, la reforma religiosa del rey Josías expresa un regreso del pueblo a la alianza con Dios y enciende la esperanza de que el tiempo del castigo haya concluido. Toma cuerpo la perspectiva de que el norte pueda volver a la libertad e Israel y Judá vuelvan a la unidad. Todos, incluyendo las "islas remotas", deberán ser testigos de este maravilloso acontecimiento: Dios, pastor de Israel, está a punto de intervenir. Había permitido la dispersión de su pueblo y ahora viene a congregarlo.
La invitación a la alegría se desarrolla con imágenes que causan una profunda impresión. Es un oráculo que hace soñar. Describe un futuro en el que los exiliados "vendrán con aclamaciones" y no sólo volverán a encontrar el templo del Señor, sino también todos los bienes: el trigo, el vino, el aceite y los rebaños de ovejas y vacas. La Biblia no conoce un espiritualismo abstracto. La alegría prometida no afecta sólo a lo más íntimo del hombre, pues el Señor cuida de la vida humana en todas sus dimensiones. Jesús mismo subrayará este aspecto, invitando a sus discípulos a confiar en la Providencia también con respecto a las necesidades materiales (cf. Mt 6,25-34). Nuestro cántico insiste en esta perspectiva. Dios quiere hacer feliz al hombre entero. La condición que prepara para sus hijos se expresa con el símbolo del "huerto regado" (Jr 31,12), imagen de lozanía y fecundidad. Dios convierte su tristeza en gozo, los alimenta con enjundia (cf. v. 14) y los sacia de bienes, hasta el punto de que brotan espontáneos el canto y la danza. Será un júbilo incontenible, una alegría de todo el pueblo.
La historia nos dice que este sueño no se hizo realidad entonces. Y no porque Dios no haya cumplido su promesa: el responsable de esa decepción fue una vez más el pueblo, con su infidelidad. El mismo libro de Jeremías se encarga de demostrarlo con el desarrollo de una profecía que resulta dolorosa y dura, y lleva progresivamente a algunas de las fases más tristes de la historia de Israel. No sólo no volverán los exiliados del norte, sino que incluso Judá será ocupada por Nabucodonosor en el año 587 a. C. Entonces comenzarán días amargos, cuando, en las orillas de Babilonia, deberán colgar las cítaras en los sauces (cf. Sal 136,2). En su corazón no podrán tener ánimo como para cantar ante el júbilo de sus verdugos; nadie se puede alegrar si se ve obligado al exilio abandonando su patria, la tierra donde Dios ha puesto su morada.
Con todo, la invitación a la alegría que caracteriza este oráculo no pierde su significado. En efecto, sigue válida la motivación última sobre la cual se apoya: la expresan sobre todo algunos intensos versículos, que preceden a los que nos presenta la Liturgia de las Horas. Es preciso tenerlos muy presentes mientras se leen las manifestaciones de alegría de nuestro cántico. Describen con palabras vibrantes el amor de Dios a su pueblo. Indican un pacto irrevocable: "Con amor eterno te he amado" (Jr 31,3). Cantan la efusión paterna de un Dios que a Efraím lo llama su primogénito y lo colma de ternura: "Salieron entre llantos, y los guiaré con consolaciones; yo los guiaré a las corrientes de aguas, por caminos llanos para que no tropiecen, pues yo soy el Padre de Israel" (Jr 31,9). Aunque la promesa no se pudo realizar por entonces a causa de la infidelidad de los hijos, el amor del Padre permanece en toda su impresionante ternura.
Este amor constituye el hilo de oro que une las fases de la historia de Israel, en sus alegrías y en sus tristezas, en sus éxitos y en sus fracasos. El amor de Dios no falla; incluso el castigo es expresión de ese amor, asumiendo un significado pedagógico y salvífico. Sobre la roca firme de este amor, la invitación a la alegría de nuestro cántico evoca un futuro de Dios que, aunque se retrase, llegará tarde o temprano, no obstante todas las fragilidades de los hombres. Este futuro se ha realizado en la nueva alianza con la muerte y la resurrección de Cristo y con el don del Espíritu. Sin embargo, tendrá su pleno cumplimiento cuando el Señor vuelva al final de los tiempos. A la luz de estas certezas, el "sueño" de Jeremías sigue siendo una oportunidad histórica real, condicionada a la fidelidad de los hombres, y sobre todo una meta final, garantizada por la fidelidad de Dios y ya inaugurada por su amor en Cristo. Así pues, leyendo este oráculo de Jeremías, debemos dejar que resuene en nosotros el evangelio, la buena nueva promulgada por Cristo en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-21). La vida cristiana está llamada a ser un verdadero "júbilo", que sólo nuestro pecado puede poner en peligro. Al poner en nuestros labios estas palabras de Jeremías, la Liturgia de las Horas nos invita a enraizar nuestra vida en Cristo, nuestro Redentor (cf. Jr 31,11), y a buscar en él el secreto de la verdadera alegría en nuestra vida personal y comunitaria”.
3.- Lc 9,44b-45 -Entre la admiración general por todo lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos... San Lucas, según el plan de su evangelio, termina así la actividad de Jesús en Galilea. Pronto Jesús "emprenderá resueltamente el camino hacia Jerusalén" Las primeras actuaciones de Jesús significaron un cierto éxito. Ahora bien, Jesús mismo temió que sus discípulos preferidos se dejaran arrastrar por ese entusiasmo ficticio de la gente. Jesús no se deja aturdir por la admiración general de la que es objeto; considera humildemente el sencillo papel que su Padre le ha encomendado representar.
Mesías-pobre, Mesías-humillado, Jesús los prepara a no desconcertarse por el sacerdocio que El ha elegido: un sacerdocio sacrificial en que El será la victima.
-"El Hijo del hombre"... Al utilizar ese título, Jesús no abdica en absoluto de su grandeza. Esa expresión alude directamente a un célebre pasaje del profeta Daniel. "Yo contemplaba en las visiones de la noche. "Y he aquí que en las nubes del cielo venía, "Como un Hijo de hombre. "Se dirigió hacia el Anciano (Dios) y fue llevado a su presencia. "A el se le confirió el Imperio, el Honor y la Realeza. "Y todos los pueblos, naciones y lenguas le servirán. "Su Imperio es un Imperio eterno que nunca pasará. "Y su Reino no será destruido jamás" (Daniel 7, 13-14).
-"... Lo van a entregar en manos de los hombres". Con esa expresión, Jesús aludía directamente a un célebre pasaje del profeta Isaias: "No tenía belleza ni esplendor, despreciable y desecho de la humanidad. "Era despreciado y no se le tenía en cuenta. "Fue oprimido y El se humilló. "Y no abría la boca, como un cordero conducido al degüello. "Fue herido de muerte". (Isaías 53, 2-12).
-Pero ellos no entendían ese lenguaje; les resultaba tan oscuro que no captaban el sentido. Los Doce no entendían nada en todo esto. “Nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la Cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo” (San Juan Crisóstomo). A diferencia de lo que dice en otros lugares, aquí no une el sufrimiento a la gloria. Aquí nos habla de la ciencia de la cruz… “pasar con Él por la muerte de cruz, crucificando como Él la propia naturaleza con una vida de mortificación y de renuncia, abandonándose en una crucifixión llena de dolor y que desembocará en la muerte como Dios disponga y permita. Cuanto más perfecta sea tal crucifixión activa y pasiva, tanto más intensa resultará su unión con el Crucificado y tanto más rica su participación en la vida divina” (Santa Teresa Benedicta de la Cruz). Jesús superpuso dos concepciones del Mesías, opuestas aparentemente: - El Hijo del hombre evoca una imagen de "transcendencia"... un Mesías que participa de la grandeza de Dios... - El Servidor, evoca una imagen de pobreza, de indigencia total... un Mesías sin poder alguno.
-El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres. En san Lucas, éste es pues el segundo anuncio de la Pasión; y lo sitúa justo en el momento que "la gente estaba admirada". Ocasión esta de profundizar en la conciencia íntima de Jesús: el sacrificio de su vida, que termina su "viaje aquí abajo", y que relatan los cuatro evangelistas, ¡no es simplemente un episodio, el último... es el centro! Jesús pensaba en ello desde mucho tiempo. Se preparó detenidamente. Y trató, en vano, de preparar a sus apóstoles. Se comprende que la Eucaristía, que es el "signo actual" que nos ha sido dado, tenga una tal importancia en la vida de la Iglesia: es en verdad el "memorial" de lo más señalado en la vida de Jesús.
-Y tenían miedo de preguntarle sobre el asunto. Efectivamente, los apóstoles no quieren abordar ese asunto con El, porque interiormente rehusan la muerte de Jesús. No comprendieron que era su mayor acto de amor. Pero, ¿y nosotros? ¿Hemos comprendido todo lo que la misa representa? (Noel Quesson).
Jesús despierta admiración, por sus gestos milagrosos y por la profundidad de sus palabras. También a nosotros nos gusta fácilmente ese Jesús. Pero el Jesús servidor, el Jesús que se ciñe la toalla y lava los pies a los discípulos, el Jesús entregado a la muerte para salvar a la humanidad, eso no lo entendemos tan espontáneamente. Quisiéramos sólo el consuelo y el premio, no el sacrificio y la renuncia. Preferiríamos que no hubiera dicho aquello de que "el que me quiera seguir, tome su cruz cada día". Pero ser seguidores de Jesús pide radicalidad, no creer en un Jesús que nos hemos hecho nosotros a nuestra medida. Ser colaboradores suyos en la salvación de este mundo también exige su mismo camino, que pasa a través de la cruz y la entrega. Como tuvieron ocasión de experimentar aquellos mismos apóstoles que ahora no le entienden, pero que luego, después de la Pascua y de Pentecostés, estarán dispuestos a sufrir lo que sea, hasta la muerte, para dar testimonio de Jesús (J. Aldazábal).
Las palabras de Jesús cuestionaban hondamente a los discípulos, sin embargo, ellos guardaban silencio porque no comprendían o porque no se arriesgaban a confrontar al maestro. A los discípulos no les entraba en la cabeza que el camino del enviado de Dios tuviera que pasar necesariamente por la cruz. Ellos esperaban un Cristo arrollador que mediante un éxito deslumbrante eliminara todas las dudas respecto a su persona y a su misión. Sin embargo, el proceder y el camino de Jesús los controvertía abiertamente. Los discípulos "no comprendían" las palabras de Jesús no porque éstas fueran obscuras o ininteligibles, sino porque su proceder no iba conforme a las ideas vigentes, fueran de izquierda o derecha, sino que nacían de una originalidad realmente desconcertante. La originalidad de Jesús respecto a sus contemporáneos lo condujo poco a poco a una radical incomprensión, tanto de seguidores como de enemigos. A los discípulos "algo" les impedía comprender. Ese algo se refería a las rimbombantes expectativas mesiánicas con las que no coincidía la obra ni la acción de Jesús. Por eso, no fueron los opositores del imperio romano quienes salieron a defenderlo, ni sus incondicionales discípulos. Por su compromiso radical con los pobres, con Dios Padre y consigo mismo, Jesús tuvo que enfrentar su destino en absoluta soledad. Ese "algo" que estaba en la mente de sus contemporáneos los volvía ciegos ante la novedad definitiva que Dios suscitaba en Jesús y les impedía ponerse del lado del hombre que realmente los podía salvar. Hoy nosotros, al igual que los discípulos, tenemos muchas preocupaciones que embotan nuestro entendimiento y nos impiden ponernos del lado de Jesús. Nuestra vida ya esta tan cargada de actividades que difícilmente estamos en condiciones de prestar atención a la propuesta de Jesús y, mucho menos, de aceptar su proyecto del Reino como nuestro programa de vida (servicio bíblico latinoamericano).
¡Qué difícil entender que el camino que lleva a Jesús a la gloria ha de pasar por la muerte! Él mismo indicará a los discípulos que se encaminaban hacia Emaús: Era necesario que el Hijo del hombre padeciera todo esto para entrar así en su Gloria. Ojalá y no seamos tardos ni duros de corazón para entender y vivir aquella invitación que el Señor nos hace: Toma tu cruz de cada día y sígueme. No podemos amar nuestra vida de tal forma que nos apeguemos a ella y tratemos de evitarle todo el sacrificio y esfuerzo que se exige a quien quiera no sólo anunciar, sino ser testigo de la Buena Nueva del amor de Dios para todos. No nos quedemos con una imagen falsa de hedonismo cristiano. Quien quiera colaborar para que el Reino de Dios se haga realidad entre nosotros, debe aprender a renunciar a sí mismo, a no querer conservar su vida sin sembrarla en tierra para que muera y surja una humanidad nueva en Cristo. La fecundidad que viene del Espíritu de Dios en nosotros requiere que muramos a nuestros egoísmos y a nuestras visiones cortas de la vida, y que comencemos a dar nuestra vida para que otros tengan vida, y la tengan en abundancia. Y esto, no porque no haya bastado la Redención efectuada por Cristo, sino porque, ya desde la cruz, Él asoció a su Redención nuestras penas, dolores, sacrificios, entrega, e incluso nuestra muerte aceptada por Él y por su Evangelio.
En esta Eucaristía celebramos el Memorial de aquello que pareció ser el gran fracaso del Mesías esperado. En la mente de los judíos se cernía la imagen de un Mesías con criterios meramente humanos; capaz de alimentarlos a todos sin el más mínimo esfuerzo; capaz de liberarlos de sus enemigos, sin que ellos levantaran siquiera un dedo. Pero el Señor, aparentemente vencido por las fuerzas del mal que actuaron a través de personas que sólo eran santos en su apariencia, pero cuyo corazón estaba podrido por el pecado, ahora, reinando glorioso desde el cielo, manifiesta que el Mesías debía padecer para hacer de nosotros un pueblo de santos e hijos de Dios. Al participar de esta Eucaristía, entrando en comunión de vida con el Señor, decidimos, también nosotros, caminar en adelante, no conforme a los criterios mundanos, sino conforme a los criterios del amor verdadero que procede de Dios y que nos lleva a vivir sin egoísmos, sino en una entrega generosa, incluso de nuestra vida, por el bien de nuestro prójimo… dando la vida en la existencia cotidiana, ahí donde uno ha de ser testigo de rectitud, de honestidad, de alegría, de bondad, de paz, de solidaridad, en fin, de todo aquello que ha de brotar de la presencia del Espíritu de Dios en nosotros. ¿Que esto requiere sacrificios? Es seguir al que nos ha precedido con su cruz en el camino que nos conduce a la Gloria (www.homiliacatolica.com).

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