domingo, 25 de septiembre de 2011

Tiempo ordinario XXVI, Domingo (A): la misericordia divina se vuelca en nuestros corazones, para que nos convirtamos con humildad y vayamos por el cam

Tiempo ordinario XXVI, Domingo (A): la misericordia divina se vuelca en nuestros corazones, para que nos convirtamos con humildad y vayamos por el camino de los mandamientos

Lectura del Profeta Ezequiel 18,25-28. Esto dice el Señor: Comentáis: “no es justo el proceder del Señor”. Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder?; ¿o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.

SALMO RESPONSORIAL 24,4bc-5. 6-7. 8-9. R/. Recuerda, Señor, que tu misericordia es eterna.
Señor, enséñame tus caminos, / instrúyeme, en tus sendas, / haz que camine con lealtad; / enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, / y todo el día te estoy esperando.
Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas; / no te acuerdes de los pecados / ni de las maldades de mi juventud; / acuérdate de mí con misericordia, / por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto / y enseña el camino a los pecadores; / hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes.

Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Filipenses 2,1-11 (El texto entre [ ] puede omitirse por razones pastorales). Hermanos: Si queréis darme el consuelo de Cristo / y aliviarme con vuestro amor, / si nos une el mismo Espíritu, / y tenéis entrañas compasivas, / dadme esta gran alegría: / manteneos unánimes y concordes / con un mismo amor y un mismo sentir.
No obréis por envidia ni por ostentación, / dejaos guiar por la humildad / y considerad siempre superiores a los demás. / No os encerréis en vuestros intereses, / sino buscad todos el interés de los demás. / Tened entre vosotros los sentimientos propios / de una vida en Cristo Jesús.
[El, a pesar de su condición divina, / no hizo alarde de su categoría de Dios; / al contrario, se despojó de su rango / y tomó la condición de esclavo, / pasando por uno de tantos. / Y así, actuando como un hombre cualquiera, / se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, / y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo levantó sobre todo / y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre», / de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble / -en el Cielo, en la Tierra, en el Abismo- / y toda lengua proclame: / «¡Jesucristo es Señor!» / para gloria de Dios Padre.]

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 21,28-32. En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.» El le contestó: -«No quiero.» Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le contestó: -«Voy, señor.» Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre?
Contestaron: -El primero.
Jesús les dijo: -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Y aun después de ver esto vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis.
Comentario: La oración colecta nos da la nota y el movimiento de las lecturas de hoy: “oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia, derrama incesantemente sobre nosotros tu gracia, para que, deseando lo que nos prometes, consigamos los bienes del cielo”.
1. Ez 18.25-28. El año 597 fueron deportados a Babilonia la clase alta de Jerusalén, como el rey Joaquín y toda su familia, además de nobles y artesanos y todos los hombres aptos para la guerra; con ellos también el profeta Ezequiel. Se instalaron en juderías junto al río Eufrates. Tuvieron que soportar las burlas de los babilonios que interpretaban la destrucción de Jerusalén (año 586) como una victoria de sus dioses sobre Yahvé (36.20). Allí aprendieron a meditar sobre los castigos de que eran objeto y a cantar su dolor con salmos llenos de añoranza por la patria abandonada. Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios fuerte", tomó la palabra para corregir esos lamentos y comentarios de los cautivos que se quejan de su suerte y de la justicia de Dios. Pues, según una opinión generalizada y antigua (Ex 20. 5), Dios castigaba en los hijos el pecado de los padres: no es cierto que Dios castigue por los pecados ajenos, pues dice el Dt: "No morirán los padres por culpa de los hijos, ni los hijos por culpa de los padres. Cada cual morirá por su pecado" (24. 16). Ez interpreta la ley en el mismo sentido que el Dt. Pero si Dios es justo cuando castiga al culpable, lo es en abundancia cuando da ocasión para la penitencia y perdona al pecador arrepentido. Porque Dios no busca la muerte del pecador, y lo que quiere es que se convierta y viva (v. 32). Y en cualquier caso Dios respeta la libertad del hombre, mientras advierte a los justos para que no caigan y da a los pecadores la oportunidad de convertirse y salvar sus vidas. La vida que aquí se promete a los justos y a los que se arrepienten no es aún la vida eterna, sino una larga vida en la tierra y prosperidad temporal. Con todo, esta promesa es ya un punto de partida para llegar al conocimiento de la vida eterna y de una mejor justicia. Pues vemos que no siempre los justos llevan en este mundo la mejor parte (“Eucaristía 1987”).
Sigue este domingo en sus lecturas hablándonos del mérito y de la gracia: debemos despojarnos de una mentalidad basada en los méritos contraídos. Decían: "Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera". Sin anular el principio de responsabilidad colectiva (que liga solidariamente a los miembros de la comunidad entre sí y con sus antepasados), Ezequiel desarrolla el principio de la responsabilidad personal, que supone un avance revolucionario en la teología. Este principio reza así: "Os juzgaré a cada uno según su proceder" (18.30). El hombre siempre será dueño de su destino, por eso podrá escoger entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida, pero todo depende de él. Así es posible romper la cadena del pasado, ya que el Señor no quiere la muerte de nadie. Sin embargo, para obtener la vida no bastan los actos aislados, es necesaria una actitud firme y decidida (vv. 26-28). El principio de responsabilidad individual supone un avance enorme. En teoría, todos estamos de acuerdo, pero la praxis es harina de otro costal. "Por un perro que maté, mataperros me llamaron"; por el desacierto de unos miembros de un partido político, de una institución cualquiera, de un..., emitimos juicios categóricos y rotundos contra ese partido, esa institución, esa... Porque unos miembros comieron agraces, queremos que la dentera la padezcan todos. ¡Un poco de seriedad y de consecuencia con los propios principios! Moral de actitud más que de hechos aislados es otra de las enseñanzas que sacamos de este texto de Ez. Así debemos despojarnos de una mentalidad religiosa basada en los méritos contraídos; la religión no es ninguna caja de ahorros (A. Gil Modrego). Cada uno debe dar su respuesta última a Dios él solo. Cada cual debe situarse ante Dios tal cual es (dirán las otras lecturas). El profeta ha experimentado el fracaso. Ahora ve que lo que debe hacer es simplemente aceptar agradecido el don de poder cumplir la alianza, cumplir los "preceptos y mandatos", o la "práctica de la justicia y el derecho". La responsabilidad del hombre ante su propia conducta es sobre todo abrirse al don de Dios que de tal manera es envolvente y maravilloso que quien lo recibe no tiene más remedio que "sentir pena" de sí mismo, ya que no puede hacer valer ningún mérito propio. Sin embargo, se le exigirá esta actitud de conversión porque él mismo, y no otro, es el que ha pecado (“Eucaristía 1978”).
La religión ha calado poco en la verdad cuando provoca en la gente lamentos como: "¡Si Dios fuera justo -suele decirse-, no permitiría que sucedieran estas cosas!". Corresponde a Ezequiel el mérito de haber orientado al hombre hacia sus responsabilidades y su libertad, no sin antes haberles invitado a superar una prueba. Es un hecho sobradamente comprobado que sólo a través de experiencias dramáticas, de la angustia y de la inquietud, es como los hombres llegan a conocer, de un modo progresivo, el valor auténtico de su libertad. Este descubrimiento de los valores que entran en juego en la consecución y ejercicio de la libertad no vale de una vez para siempre; es preciso actualizarlo continuamente si queremos escapar al fatalismo o al infantilismo (Maertens-Frisque). Pero Dios nos da fuerzas para arrostrar las dificultades del camino de la vida: en el transcurrir de los días vamos haciendo acopio de energías en nuestro mundo interior, que justo cuando las necesitamos en un momento de dificultad las tenemos a disposición: mirando atrás notamos un entrenamiento que nos ha preparado para afrontar un ciclo traumático, como lo fue para el pueblo de Israel después del arraigo en la tierra y en la cultura el momento de desarraigo que supone el exilio. Esto pasa de algún modo a todos, y lo vemos cuando oímos a la gente decir que se ha dejado el corazón a trozos por donde ha pasado, especialmente en las personas que ha querido, y que después de la separación –la que sea- "ya no será como antes”, se encuentran con imposibilidad de poner el corazón en las personas, porque está herido... aunque no es verdad, esas impresiones son siempre pasajeras, después de la aclimatación uno se va haciendo a esos nuevos cometidos...
2. Dios es presentado como el que indica el camino justo a seguir: “Hace caminar a los humildes con rectitud, / enseña su camino a los humildes”. Incluso quien se ha equivocado no es abandonado a sí mismo: “El Señor es bueno y es recto, / y enseña el camino a los pecadores” (v. 8). El salmista en su oración se hace atrevido. Llega a sugerir al Señor lo que debe olvidar “No te acuerdes de los pecados / ni de las maldades de mi juventud” (v. 7). Y también lo que debe recordar: “Recuerda, Señor, que tu ternura / y tu misericordia son eternas” (v. 6; cf. Alessandro Pronzato).
No me falles, Señor: «En ti confío; no sea yo confundido»… He dicho a otros que tú eres el que nunca fallas. ¿Qué dirán si ven ahora que me has fallado a mí? He proclamado con plena confianza: ¡Jesús nunca decepciona! ¿Y me vas a decepcionar a mí ahora? Eso hará callar a mi lengua y suprimirá mi testimonio. Pondrá a prueba mi fe y hará daño a mis amigos. Retrasará tu Reino en mí y en los que me rodean. No permitas que eso suceda, Señor. Ya sé que mis pecados se meten de por medio y lo estropean todo. Por eso ruego: «No te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor. Por el honor de tu nombre, Señor, perdona mis culpas, que son muchas». No te fijes en mis maldades, sino en la confianza que siento en ti. Sobre esa confianza he basado toda mi vida. Por esa confianza puedo hablar y obrar y vivir. La confianza de que tú nunca me has de fallar. Esa es mi fe y mi jactancia. Tú no le fallas a nadie. Tú no permitirás que yo quede avergonzado. Tú no me decepcionarás. Los que esperan en ti no quedan defraudados (Carlos G. Vallés).
3. Flp 2. 1-11. Pablo está en la cárcel, probablemente en Éfeso, por Cristo: esto le da especial su autoridad para pedir a los miembros de la comunidad de Filipos que den a su vez testimonio cristiano. ¿Qué tipo de testimonio? El de la concordia y el amor. El egoísmo, la envidia y la presunción habían empezado a causar estragos en la comunidad; ésta se estaba convirtiendo en un antisigno escandaloso. En estas circunstancias, Pablo pide a los cristianos de Filipos que tengan la grandeza de ánimo suficiente para superar el propio interés y abrirse con sencillez a los demás. Al pedir esto, Pablo no se basa en una simple pedagogía humana, sino en un caso concreto: el de Cristo Jesús, que, siendo Dios, se hace hombre. Se trata de un paso incomprensible, indecible; pero que Dios lo emprendió porque quería estar abierto al hombre. Buscar el interés de los demás llevó a Cristo a despojarse de su rango. Esta dinámica existencial de Cristo Jesús señala al cristiano la pauta de su propia dinámica (Dabar 1978).
Es la kenosis: por el camino del despojo Jesús se ha engregado y ha dado fruto. Si nosotros nos despojamos de opiniones, de dar el brazo a torcer podemos acercarnos a los sentimientos de este Dios que se hace hombre, o el hecho de que la encarnación ha sido el máximo vaciarse de un hombre, como recordaba el P. Cantalamessa en su predicación. En el profeta Isaías leemos estas palabras del Señor: "Será doblegado el orgullo del mortal, será humillada la arrogancia del hombre; sólo el Señor será ensalzado aquel día" (Is 2,17). "Aquel día" es el día del cumplimiento mesiánico, el día en que Cristo proclamó desde la cruz que "todo está cumplido" (Jn 19,30). Aquel día, en una palabra, ¡es este día! ¿Y cómo doblegó Dios el orgullo de los hombres? ¿Atemorizándolos? ¿Mostrándoles su tremenda grandeza y su poder? ¿Aniquilándolos? No, lo ha doblegado anonadándose él: "Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó a sí mismo" (Flp 2,6-8). Humiliavit semetipsurn: ¡se humilló a sí mismo, no a los hombres! Doblegó el orgullo y la arrogancia humana desde dentro, no desde fuera. ¡Y hasta qué punto se humilló! María, la madre de Jesús, cargó, junto con él, con "el oprobio de la cruz" (Hb 13,13). Los demás, san Pablo incluido, conocieron "la fuerza de la cruz" (cf 1 Co 1,18), ella conoció también su debilidad; los demás conocieron la teología de la cruz, ella la realidad de la cruz. La cruz es el sepulcro en el que se abisma todo el orgullo humano. Dios le dice como al mar: "Hasta aquí llegarás y no pasarás; aquí cesará la arrogancia de tus olas" (Jb 38,11). En la roca del Calvario van a romper todas las olas del orgullo humano, y no pueden pasar más allá. El muro que Dios ha levantado contra él es demasiado alto, y el abismo que ha excavado ante él demasiado profundo. "Nuestro hombre viejo ha sido crucificado con Cristo, quedando así destruida nuestra condición de pecadores" (Rm 6,6). Nuestra condición orgullosa, ya que éste —el orgullo— es el pecado por excelencia, el pecado que anida detrás de todo pecado. "Cargado con nuestros pecados subió al leño" (1 P 2,24). Cargado con nuestro orgullo.
¿Y qué parte nos toca a nosotros en todo esto? ¿Cuál es el "evangelio", es decir la buena noticia? Que Jesús se humilló también por mí, en mi lugar. "Si uno murió por todos, todos murieron" (2 Co 5,14): si uno se rebajó por todos, todos se rebajaron con él. En la cruz Cristo es el nuevo Adán que obedece por todos. Es el fundador de una estirpe, el principio de una humanidad nueva. Actúa en nombre de todos y en beneficio de todos. Si "por la obediencia de uno todos se convirtieron en justos" (Rm 5,19), por la humillación de uno todos se convirtieron en humildes. La soberbia, al igual que la desobediencia, ya no nos pertenece. Es cosa del viejo Adán. Es vetustez, es muerte. Lo nuevo es la humildad. Y ésta rebosa de esperanza, porque abre las puertas a una existencia nueva, basada en el don, en el amor, en la solidaridad, en vez de basarse en la competitividad, en la ambición y en el engaño mutuo. "Lo antiguo ha pasado, lo nuevo ha comenzado" (2 Co 5,17). Y una de esas maravillosas novedades es la humildad.
¿Qué significa, entonces, celebrar el misterio de la cruz "en espíritu y en verdad"? ¿Qué significa, aplicado a los ritos que estamos celebrando, el antiguo axioma: "Considerad lo que hacéis, imitad lo que celebráis…? Significa: ¡haced realidad en vuestro interior lo que representáis, llevad a la práctica lo que conmemoráis! Como se hace en los pueblos con el fuego que anuncia y purifica, deberíamos en espíritu echar en la gran hoguera de la pasión de Cristo nuestra carga de orgullo, de vanidad, de autosuficiencia, de presunción, de arrogancia. Debemos imitar lo que hacen los elegidos en el cielo, en su liturgia de adoración del Cordero, sobre la que se modela la nuestra aquí en la tierra. Tenemos que "clavar en la cruz todos los movimientos de la soberbia" (San Agustín). No debemos tener miedo a humillamos, a abdicar de nuestra dignidad de hombres, o a caer por ello en estados morbosos de ánimo. A comienzos de nuestro siglo, alguien atacaba al cristianismo acusándolo de haber introducido en el mundo lo que él llamaba el "morbo" de la humildad (F. Nietzsche). Pero ahora es la propia filosofía la que nos dice que la existencia humana "auténtica" sólo es la que reconoce la propia "nulidad" radical (M. Heidegger). La soberbia es un camino que lleva a la desesperación, ya que equivale a no aceptarnos como somos sino buscar desesperadamente ser lo que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nunca podremos ser, es decir independientes, autónomos, sin nadie por encima de nosotros a quien debamos darle gracias por lo que somos (Kierkegaard. A la misma conclusión ha llegado, por otro camino, la moderna psicología de lo profundo. Uno de sus máximos exponentes, C. G. Jung, ha observado algo sorprendente: todos los pacientes de cierta edad que se habían dirigido a él sufrían —dice— de algo que podía definirse como falta de humildad, y no se curaban hasta que no adquirían una actitud de respeto y de humildad ante una realidad más grande que ellos, o sea una actitud religiosa). El orgullo es una máscara que nos impide ser verdaderos hombres, antes incluso que creyentes. Ser humildes es humano. Las palabras homo y humilitas provienen las dos de humus, que quiere decir tierra, suelo. Todo lo que en el hombre no es humildad es mentira. "Si alguno se figura ser algo, cuando no es nada, él mismo se engaña" (Ga 6,3).
Hoy vemos mensajes cargados de orgullo... Hay incluso quien cree poder ir "más allá" que Jesucristo y declara abierta una nueva era —"a New Age"—, basada no en la encarnación sino en una constelación, Acuario; no en la conjunción de la divinidad con la humanidad, sino en la conjunción de los planetas. Cada año se fundan nuevas religiones y nuevas sectas y se anuncian nuevos caminos de salvación, como si el camino revelado por Dios y cimentado en Cristo ya no les bastase a los hombres que se han vuelto sabios y adultos, como si fuese un camino demasiado humilde para ellos. ¿Y qué es esto, sino orgullo y presunción? "¡Insensatos gálatas! -decía san Pablo—. ¿Quién os ha embrujado? ¡Y pensar que ante vuestros ojos presentamos la figura de Jesucristo en la cruz!" (Ga 3,1). Insensatos cristianos, ¿quién os ha embrujado hasta el punto de hacer que os pasaseis tan pronto a otro evangelio? Todos andamos locos por llamar la atención. Si pudiésemos representarnos visualmente a toda la humanidad tal como aparece a los ojos de Dios, veríamos el espectáculo de una inmensa muchedumbre de personas que se ponen de puntillas, que intentan sobresalir unas sobre otras, aplastando quizás a los que tienen a su lado, y gritando todas ellas: "¡Miradme, también yo estoy en el mundo!"
¿Humo, vanidad? La verdad es que toda esta soberbia es humo que la muerte disipa día tras día como el viento. "Vanidad de vanidades", hemos recordado con el Qohelet en las lecturas de esta semana. Ni un solo gramo de ella atravesará con nosotros el umbral de la eternidad, y, si lo atraviesa, será para convertirse inmediatamente en cargo de acusación y de tormento. Pero sus efectos son terribles. Se parece al hongo atómico que se eleva amenazador contra el cielo, como un puño cerrado, pero que luego vuelve a caer sobre la tierra sembrando destrucción y muerte a su alrededor.
¿Cuántas guerras del pasado y del presente no dependen más que del orgullo? Y el sufrimiento de los pobres ¿no depende también, en gran medida, del orgullo de determinados gobernantes que quieren ser poderosos y estar seguros en sus tronos, y para ello tener el ejército más fuerte y las armas más terribles, y que invierten en ellas los recursos que deberían servir para mejorar las condiciones de vida, a veces espantosas, de sus gentes? Pero incluso al nivel de la convivencia humana de cada día, en el seno de las familias y de las instituciones, ¡cuántos sufrimientos nos causamos unos a otros con nuestro orgullo y cuántas lágrimas arranca!...
Para tener un corazón quebrantado y humillado, hay que pasar por la experiencia de quien ha sido pillado infraganti, como aquella mujer del Evangelio que fue sorprendida en flagrante adulterio, que se estaba allí, callada y con los ojos bajos, esperando la sentencia (cf Jn 8,3ss). Nosotros somos ladrones de la gloria de Dios cogidos infraganti. Pues bien, si en vez de huir a otra parte con el pensamiento, o de enfadarnos diciendo: "Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?", bajamos la mirada, nos golpeamos el pecho y decimos desde lo más hondo del corazón, como el publicano: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador" (Le 18,13), entonces empezará a producirse también en nosotros el milagro de un corazón quebrantado y humillado. Y también nosotros, como aquella mujer, experimentaremos la alegría del perdón. Tendremos un corazón nuevo.
Las muchedumbres que asistieron a la muerte de Cristo "se volvieron a sus casas dándose golpes de pecho" (cf Le 23,48). ¡Qué hermoso sería que pudiésemos imitarlas! ¡Qué hermoso sería que se repitiese hoy también, aquí entre nosotros, el espectáculo de aquellas tres mil personas que, el día de Pentecostés, sintieron que se les "traspasaba el corazón" y dijeron a Pedro y a los demás apóstoles: "¿Qué tenemos que hacer, hermanos?" (cf Hch 2,37)! Eso sí que sería verdaderamente "imitar lo que celebramos". Un corazón quebrantado y humillado es un "sacrificio" agradable a Dios (cf Sal 51,19)… Un corazón contrito es el paraíso de Dios en la tierra, la casa en la que a él le gusta poner su morada y revelar sus secretos. No tenemos perspectiva, visión de conjunto, para saber si un hecho histórico es más o menos bueno. Pero con un corazón humano que se humilla y se convierte, no sucede eso. Para Dios, eso es lo más importante que puede ocurrir sobre la faz de la tierra, una absoluta novedad…
La humildad de Cristo, además de estar hecha de servicio, está hecha de obediencia. "Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte" (Flp 2,8). Humildad y obediencia aparecen aquí casi como una misma cosa. En la cruz Jesús es humilde porque no opone ninguna resistencia a la voluntad del Padre. "Devolvió a Dios su poder", realizó el gran "misterio de la religión". El orgullo se quiebra con la sumisión y la obediencia a Dios y a las autoridades que Dios ha constituido…
En la cruz Jesús no sólo reveló y practicó la humildad; también la creó. La verdadera humildad, la humildad cristiana, consiste desde entonces en participar del estado de ánimo de Cristo en la cruz. "Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús" (Flp 2,5); los mismos, no unos parecidos. Aparte de esto, fácilmente pueden tomarse por humildad muchas otras cosas que no son más que cualidades naturales, o timidez, o ganas de quedar bien, o simple sentido común e inteligencia, cuando no son una forma refinada de orgullo.
4. En el evangelio de hoy y en el de los dos próximos domingos vamos a leer tres parábolas de Jesús dirigidas todas ellas "a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo". Tienen en común el hecho de que Jesús se ve rechazado por los notables del pueblo, aquellos que deberían haberlo aceptado desde el principio. En estas notas al evangelio de hoy vamos a fijarnos en primer lugar en la parábola y luego en sus aplicaciones. De entrada Jesús invita a sus interlocutores a juzgar lo que va a proponerles ("¿qué os parece?") y la interpelación se repite de nuevo al final ("¿Quién de los dos...?"). Los dos hijos tipifican los dos grandes grupos en que se dividía el pueblo de Israel: los "justos"y los "pecadores", pero ambos son considerados como hijos y son objeto del amor del Padre, al tiempo que tienen también necesidad de perdón. La parábola describe sus actitudes contrarias. En primer lugar la del que es considerado pecador: su respuesta cortante ("no quiero"), que muestra la desobediencia al deber más importante para con los padres, hace que los oyentes de Jesús lo caractericen como tal; pero éste es capaz de arrepentirse y hacer la voluntad de su padre. La segunda actitud -el segundo hijo caracteriza a aquellos que se creen "justos"- sería la de los que dicen y no hacen; los que en el momento decisivo no obedecen. Toda la fuerza de la parábola está en el hacer o el dejar de hacer, que es lo que en definitiva cuenta ante Dios.
Las palabras de Jesús ("os aseguro...") se dirigen a los notables del pueblo diciéndoles que ellos son los que dicen y no hacen, que externamente son piadosos pero que en realidad no cumplen la voluntad de Dios. En cambio, "los publicanos y las prostitutas", considerados como personas cuya conversión era imposible a causa de su clase de vida, sustituyen a los primeros en el camino hacia el Reino.
A esta primera aplicación de la parábola se añade otra, aplicando el hecho de que los pecadores aceptan la predicación del Reino y los justos la rechacen a una situación histórica muy concreta e importante: la predicación de Juan Bautista. Los que creyeron en él y manifestaron con hechos concretos su conversión -como el primer hijo- se encuentran ahora dispuestos para aceptar a Jesús. Los que no se tomaron seriamente al Bautista van experimentando un endurecimiento que les impide convertirse incluso después "de ver esto", es decir, el cambio que con ocasión del Bautista y sobre todo de Jesús, experimentan los considerados pecadores (J. Roca).
¿Cumplimos la voluntad de Dios? Como en la parábola de Jesús puede ocurrir hoy en la Iglesia. Puede suceder que unos tengan las buenas palabras y otros las buenas obras, que unos tengan los rezos y otros el amor al prójimo, que unos digan «Señor, Señor» y otros cumplan la voluntad del Padre. Hay un peligro que acecha a los mejores, a los que se esfuerzan lo mismo que los fariseos: creerse tan al lado de Dios que no se piensa ya en convertirse, en cambiar. Para las prostitutas su no a Dios era tan grande que no vacilaron al ver que podían decirle sí inmediatamente. Nosotros, ¡el primer hijo!, vamos acumulando los «amén»... y no nos movemos.
En el cristianismo lo más importante son los hechos, los hechos de vida, las demostraciones prácticas de que creemos en un Dios Padre y amor, los testimonios vivos de que confiamos tanto en Dios que no tenemos miedo a nada ni a nadie, la fraternidad vivida día a día, junto a cada hombre y su necesidad concreta, su dolor personal, su necesidad específica. Así, ante Dios, ni cuenta el estar repitiendo todo el día "Señor, Señor" (Mt 7,21), sino cumplir su voluntad, una voluntad que no es difícil de conocer, pues su Palabra es clara y constante en repetirnos que quiere derecho y justicia, que quiere amor y fraternidad, que quiere paz y unidad entre los hombres, que quiere que vivamos con dignidad y que alcancemos un día, junto a Él, la plenitud de la vida. "Tú que sigues a Cristo y lo imitas, tú que vives en la Palabra de Dios..., no es un lugar donde hay que buscar el santuario, sino en los actos, en la vida, en las costumbres... Si son según Dios, poco importa que estés en casa o en la calle, poco importa incluso que te encuentres en el teatro; si sirves al Verbo de Dios, estás en el Santuario, no te quepa duda alguna" (Orígenes: L. Gracieta).
Paul Ricouer ha llamado a Freud, Marx y Nietzsche, los tres maestros de la sospecha. Entre las cosas que estos tres profetas del tiempo moderno han encontrado sospechosas en la historia y el hombre está, sin duda, la religión. ¿Sospechosa de qué? Para Freud, sospechosa de ser un sueño, una ilusión y hasta una neurosis. Para Marx, sospechosa de ser alienación, opio y aliada de la explotación. Y para Nietzsche, sospechosa de ir contra las fuerzas auténticas y genuinas de la vida, de esta vida, que es la única que hay, prometiendo a los hombres un cielo y otra vida que no existe. Estos autores han tenido y tienen mucha influencia en el pensamiento moderno y es, por lo tanto, lógico que sus seguidores piensen que la religión se ha hecho sospechosa. También hay quien piensa que la religión y, sobre todo, las iglesias, son sospechosas de buscar el poder, de ir contra el pueblo, de callarse y no decir la verdad con frecuencia, de intentar domesticar al hombre en nombre de Dios. Existe por ahí un tipo de hombre religioso ciertamente sospechoso. Prudente, cauto, sumiso, domesticado, miedoso, egoísta. De buenas palabras y modales, pero de pocos hechos. Como el segundo tipo de la parábola. Ciertamente, la religiosidad de muchas personas es sospechosa. Sospechosa de usar buenas palabras, pero de no pasar a las obras. Sospechosa de encubrir la pereza y el conformismo con la obediencia y la sumisión. Sospechosa de callarse la verdad y de no fomentar la personalidad y creatividad del hombre. Sospechosa de usar paños calientes cuando lo que hace falta es el bisturí y la operación quirúrgica. Sospechosa de estar en el fondo con los que mandan y al sol que más calienta. Sospechosa de confundir el Reino de Dios con la diplomacia y la política. En una palabra, sospechosa de haberse convertido en el hijo segundo de la parábola. Estos tipos domesticados y sumisos encajan bien y hasta hacen carrera fácilmente en las instituciones religiosas. En cambio, el hijo primero de la parábola tiene más dificultades. Se le considera un mal hablado, un rebelde, alguien que mete cizaña en la buena marcha del común, porque no dice sí a todo y desde el primer momento, sin rechistar. Su actitud crítica es molesta para los que mandan. Prefieren la de su hermano, aunque no haga nada, a quien con frecuencia ponen como ejemplo. Desde luego que Jesús no piensa como muchos hombres de institución. Y si de algo parece sospechoso Jesús, es de apoyar al rebelde y de estar en guardia de los que detentan el poder y se quedan en las buenas palabras. No, Jesús no es sospechoso, ni tampoco lo puede ser una fe auténticamente cristiana. Y si no tenemos inconveniente en admitir que cierta religiosidad en nuestros días se ha vuelto sospechosa, mal que conviene arrancar de raíz, también hay que decir que los modernos maestros de la sospecha han ido más allá de la cuenta, hasta la negación y el ataque, lo cual les hace a ellos mismos sospechosos (Dabar 1978).
Para obedecer hay que escuchar. Hay gente que es incapaz de escuchar nada. Nada que no sea ella misma. Se cuenta de una escritora que iba paseando por la calle que se encuentra con una amiga. Se saludan y empiezan a hablar. Durante más de media hora la escritora le habla de sí misma, sin parar ni un momento. De pronto se para y le dice a su amiga: —Bueno, ya hemos hablado bastante de mí. Ahora hablemos de ti. A ver, tú ¿qué opinas de mí?... Para escuchar hay que salir de los límites del egoísmo y entrar en comunión con los demás. La Virgen ha sido la persona que ha tenido el oído más fino: a Ella le pedimos nuestra conversión (forodemeditaciones.blogspot.com).

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