martes, 1 de febrero de 2011

4ª semana, domingo A. La pobreza de espíritu, o humildad, es el camino que nos conduce a la felicidad del reino de Dios: “bienventurados los pobres en

Lectura del Profeta Sofonías 2,3; 3,12-13. Buscad al Señor los humildes, / que cumplís sus mandamientos; / buscad la justicia, / buscad la moderación, / quizá podáis ocultaros / el día de la ira del Señor.
Dejaré en medio de ti / un pueblo pobre y humilde, / que confiará en el nombre del Señor.
El resto de Israel no cometerá maldades, / ni dirá mentiras, / ni se hallará en su boca una lengua embustera; / pastarán y se tenderán sin sobresaltos.

Sal 145,7.8-9a.9bc-10 R/. Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
El Señor hace justicia a los oprimidos, / da pan a los hambrientos. / El Señor liberta a los cautivos.
El Señor abre los ojos al ciego, / el Señor endereza a los que ya se doblan, / el Señor ama a los justos, / el Señor guarda a los peregrinos.
El Señor sustenta al huérfano y a la viuda / y trastorna el camino de los malvados. / El Señor reina eternamente, / tu Dios, Sión, de edad en edad.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios 1,26-31. Hermanos: Fijaos en vuestra asamblea, no hay en ella muchos sabios en lo humano, ni muchos poderosos, ni muchos aristócratas; todo lo contrario, lo necio del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios. Aún más, ha escogido la gente baja del mundo, lo despreciable, lo que no cuenta para anular a lo que cuenta, de modo que nadie pueda gloriarse en presencia del Señor. Por él vosotros sois en Cristo Jesús, en este Cristo que Dios ha hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Y así -como dice la Escritura- el que se gloríe que se gloríe en el Señor.

Lectura del santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a. En aquel tiempo, al ver Jesús al gentío subió a la montaña, se sentó y se acercaron sus discípulos, y él se puso a hablar enseñándoles: Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra.
Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados.
Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos quedarán saciados.
Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán «los Hijos de Dios».
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Dichosos vosotros cuando os insulten, y os persigan, y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

Comentario: 1. So 2,3.12-13: Tras la invasión de Senaquerib (a. 7O1 a. de Xto.), Judá vive una etapa de decadencia política y religiosa. Durante el reinado de Manasés (698-643) no desaparece como reino, pero se ve obligada a pagar tributo al extranjero y a admitir el culto de los vencedores, incluso en el templo de Jerusalem (II Rey. 21,4ss). Es una etapa de idolatría, corrupción social e indiferencia religiosa: "¡Ay de la ciudad rebelde, manchada y opresora!... no confiaba en el Señor...; sus príncipes... eran leones rugientes; sus jueces, lobos a la tarde...; sus profetas, unos fanfarrones...; sus sacerdotes profanaban lo sacro..." (3, 1ss). Y en medio de esa densa niebla surge, a mediados del s. VII a. de Xto., una luz. Asur empieza a declinar políticamente (se predice la caída de Nínive) y en Judá, bajo la batuta de su nuevo rey Josías (640-609), se inicia un movimiento de restauración política y religiosa (reforma de Josías y promulgación del Deuteronomio).
En este contexto, histórico, Sofonías, contemporáneo de Jeremías, colabora con Josías en la gran reforma religiosa. Una idea dominante aparece a lo largo de su corto libro: la gran catástrofe que se cierne sobre Jerusalén ("Día de la Ira"). El hombre ha de rendir cuenta a Dios, y por eso invita a la penitencia y conversión mientras hay tiempo. Al final, un resto de Israel se salvará (2,7.9;3,13); Sofonìas cierra su obra como otros muchos profetas, con un oráculo de restauración (3,9-20: se ha dudado mucho de la autenticidad de estos versículos). Vamos al Texto de la lectura de hoy:
1) 1,7-2,3: - En 1, 7-18 se describe el día del juicio del Señor (Dies Irae) en el que se va a pedir cuentas para castigar. El heraldo anuncia un banquete en el que los invitados van a ser juzgados y destinados a morir. Entre los reos aparecen los nobles y los príncipes reales, los que buscan el enriquecimiento a través del engaño y de la virulencia, los comerciantes injustos, los que niegan la acción de Dios en la historia... La ira divina no es ninguna pasión, algo negativo, sino que por el contrario es algo muy positivo: el no conformarse, sublevarse y salir al paso de las injusticias humanas. Ese día de la ira es veloz como un soldado y trae la destrucción por doquier. El hombre debe prepararse para este día: En 2,1-3, el heraldo se dirige a dos grupos muy diversos: "el pueblo despreciable" que va a ser aniquilado y el "pueblo humilde" que buscando la justicia busca a Dios.
2) 3,9-20: -En forma de himno se invita a Sión al gozo y a la alegría: "grita, lanza vítores, festeja exultante" (v.14). El miedo debe ser desterrado: "no temas, no te acobardes" (vs. 15-16). ¿Qué es lo que ha ocurrido? Sofonías nos habla de una restauración, de una época dorada en Jerusalén que anula la anterior de humillación y de corrupción. La Jerusalén humillada por tiranos (v.15) y obligada a pagar tributo y rendir culto a los dioses extranjeros será el centro del mundo: tendrá fama ante los otros pueblos (v.20) quienes, unificados, invocarán y servirán al Dios del Israel (vs. 9-10). Su nuevo amo será un rey y soldado victorioso: el Señor (vs. 15-16). La Jerusalén rebelde, manchada y opresora (vs. 1-2) por la conducta denigrante de sus príncipes, jueces, profetas y sacerdotes (vs.3-4) queda purificada con la presencia de Dios como rey y guerrero, garantía de prosperidad y de protección eficaz para el pueblo (vs. 15-16; cfr.Ez. 48,35;Zac.8,23). La restauración reúne a los dispersos (v.19) y deja un resto "que no cometerá crímenes ni dirá mentiras..." (vs. 12 s). Es tiempo de alegría, de la que participa el Señor: El "se goza, se alegra contigo, se llena de júbilo" (v.17). Y esa alegría acarrea la paz y la tranquilidad: el resto "pastarán y se tenderán sin que nadie les espante". Es muy duro ser pobre y humilde en nuestro mundo; los soberbios, arrogantes y mentirosos están mejor vistos. Los últimos suelen triunfar, mientras que a los primeros se les deja de lado: no ocupan cargos importantes, ni van de etiqueta por la vida. Muchas veces su sinceridad les hace perder la confianza de sus jefes, perdiendo sus puestos incluso en la misma Iglesia de Dios. En el hombre no deben confiar, pero sí en Dios ya que éste acoge lo humilde y necio del mundo para confundir a los prepotentes y arrogantes. Este es el mensaje de Sofonías, de Pablo y del Evangelio. El peligro de armas nucleares, las promesas políticas que no se cumplen, el miedo de los eclesiásticos al mensaje evangélico por servir a su señor de turno, el fallo de los jueces que sólo atienden al lucro... ¿Dejan pastar al pueblo y que se tienda sin que nadie les espante? ¿Pueden estar alegres y vivir en paz? Por eso, como Sofonías, también nosotros esperamos ese día de la venida del Mesías. Sólo El puede traernos la auténtica paz y alegría (A. Gil Modrego).
Al profeta Sofonías le tocaron años de gran efervescencia política y religiosa. Israel y sus jefes iban tras alianzas con Egipto que garantizasen su seguridad contra Asiria. El rey de Judea, Amón, fue asesinado por unos oficiales egiptófilos. Se produce una contrarevolución inmediata del "pueblo de la tierra", gracias a la cual, Josías, que tiene entonces ocho años, sube al trono. Es en esa época cuando profetiza Sofonías. Y anuncia un día terrible, "el día del Señor" (1,2s), para aquellos que no confían en Dios y sí en tratados políticos. Por eso, para que la desgracia no se abata sobre ellos, llama a los "humildes" a la conversión. Los humildes se oponen, en Sofonías, a todos los que encuentran su fuerza en ellos mismos: los dignatarios (1,8-9), los ricos (1,10-11), los que no les importa Dios (1,12). Pero el profeta habla claro: la única actitud posible para mantenerse es "buscar a Dios". Encontramos aquí un eco del sermón del monte.
Por otra parte, la teología del "resto de Israel" tuvo gran importancia en el AT. Es el grupo que sobrevive a las numerosas catástrofes de la historia de Israel. Es un resto "santo" (Jr 6,9;Ez 9,8), es decir, que ha puesto toda su confianza en Dios. Es un grupito de gentes que se mantiene en la fidelidad a pesar de las dificultades (cf. Rom 11, 2-5). Este hecho ha motivado en los profetas la esperanza de que el pueblo sigue siendo el elegido, de que Dios sigue estando con su pueblo. De ahí que el mantenerse en fidelidad sea una auténtica gracia divina. Estos han de ser los transmisores de la promesa. Este resto está formado por gente "pobre" en el sentido total de la palabra. Son los que están abiertos a Dios. Todas estas palabras de Sofonías tienen gran sabor a "bienaventuranzas". El hombre abierto a Dios y sensible a su hermano está cumpliendo el maravilloso y lejano mensaje de Jesús (“Eucaristía 1990”). “El Resto de Israel”, los que se escapan a la tentación de infidelidad a Dios, no sólo es algo que sucedió en la historia. En la persona de cada uno de nosotros se desarrolla el mismo drama. El amor de Dios manifestado en cada una de nuestras existencias es acogido y respondido en fidelidad por escasos sectores de nuestra persona. Son mucho más amplios los sectores de incredulidad que los de fe y confianza en cada uno de nosotros. Esta es la actualidad de la imagen del "resto". Pero de ese pequeño resto de nuestra persona el Espíritu construye como desde un germen minúsculo la Nueva Criatura del creyente, del renacido, del perteneciente al Reino de Dios. Los sectores más pobres y humildes de nuestro ser son la cuna, el portal de Belén en donde se manifiesta de manera misteriosa y poco perceptible las más de las veces la gloria de Dios en cada uno de nosotros. Si Dios amó al "resto" de manera especial, nuestra conciencia de cristianos nos asegura que es en las partes más pobres de nuestro ser donde se manifiestan y realizan las "maravillas de Dios". Aquí tenemos el paradójico programa de nuestra existencia cristiana, que es existencia en el Espíritu (Carlos Castro).
Hace tiempo que el profeta ha perdido toda esperanza en la conversión de la clase dirigente, de los dignatarios y sacerdotes de Judá. Por eso la catástrofe nacional es inevitable, pero "quizás" exista aún la posibilidad de que "los pobres de la tierra", el pueblo llano y humilde, pueda escapar sano y salvo cuando llegue el día de "la cólera de Yavé". Por eso la exhortación del profeta se dirige a este pueblo, no a la clase dirigente. La salvación de los pobres depende mucho de la capacidad que tengan para reaccionar y superar el desaliento que padecen. Sofonías les invita a "buscar a Yavé" (cfr. 1,6;Am 5,4-6 y 14-2) con todas sus fuerzas y a desear la justicia. Ellos son los mejor dispuestos para buscar a Yavé y su justicia. Vivamente les recomienda que recuperen el "ánimo y busquen" ellos mismos, en vez de dejarse llevar por el desaliento y por los que desalientan con su conducta al pueblo.
Mientras la literatura sapiencial bíblica tiende a considerar la pobreza como el resultado de la pereza, los profetas ven en los pobres a los oprimidos y en la pobreza de éstos la consecuencia de la injusta riqueza de los ricos. Para Sofonías los "humildes de la tierra" son los justos, pero también la ínfima clase social constituida por los jornaleros del campo. La posibilidad que tienen los pobres de salvarse se anuncia ahora como promesa de Dios que ha de cumplirse. El pueblo pobre y humilde será el "resto de Israel" (cfr. Mi 2,12) y el heredero de todas las promesas. Los pobres de la tierra, desposeídos de la riqueza y el poder, tendrán ocasión de poner toda su confianza en Dios. Y se apartarán de toda falsa autosuficiencia y la vana pretensión de apoyarse en el prestigio de una sabiduría extranjera; tampoco confiarán en alianzas políticas con las grandes potencias. Dios será su único y verdadero refugio (“Eucaristía 1987”).
2. Salmo 145: El Salmo, que es un canto de alabanza habla del Señor como rey verdadero y justo, que es el defensor de los que nadie defiende. Los forasteros, las viudas y los huérfanos" son las tres categorías de personas que representan a los "pobres" que no tienen otro defensor más que el Señor, el rey de Israel.
No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar: Y San Agustín comenta: "No sé por qué extraña debilidad, el alma humana, al ser atribulada, desespera del Señor en este mundo y pretende confiar en el hombre. Dígase a una persona que se encuentra en algún aprieto: «Hay un varón poderoso que puede salvarte.» Al oír esto, sonríe, se alegra y recobra el ánimo. Pero si se le dice: «Dios te libra», se queda desesperanzado y como helado. ¡Te promete socorro un mortal, y te gozas; te lo promete el Inmortal, y te entristeces! ¡Ay de tales pensamientos! ... Sólo en el Hijo del Hombre está la salvación; y en Él reside no porque sea Hijo del Hombre, sino porque es Hijo de Dios".
Por eso, Cristo es el sacramento del encuentro con Dios y los Sacramentos actos de salvación personal de Cristo. No existe otro acontecimiento salvífico, otro nombre en el que podamos encontrar nuestra salvación (Act 4,12), ni otro sacramento que Cristo.
Dichoso el que espera en el Señor, su Dios: Por ser ya bienaventurado, Jesús poseía y gozaba plenísimamente de Dios, que es el objeto primario de la esperanza, y, por tanto, carecía de esta virtud. No obstante, como explica Tomás de Aquino, pudo tenerla -y la tuvo de hecho- con relación al auxilio de su Padre para alcanzar la glorificación e inmortalidad de su Cuerpo. Además, "a lo largo de toda su actividad terrena, el Señor, que experimentaba continuamente a su alrededor el favor de su Padre, percibió de una manera espontánea y vital los sentimientos contenidos en este salmo. Para Él mismo sería grato alabar (v. 1) al Padre entonando este mismo himno de alabanza. No obstante, siendo esto verdad, es sobre todo durante las afrentas de su Pasión cuando el Señor obtuvo una experiencia más intensa de este favor con que su Padre le rodea. Parece que el salmo canta en sintonía con el martillo que le cose al madero y, cuando acaban de crucificarle con los mismos instrumentos de su profesión, exclama: 'In manus tuas commendo spíritum meum'. En medio de este confiado abandono recibe la recompensa de su Resurrección gloriosa. Así pues, el salmo, puesto en labios de Cristo resucitado, se reviste de una luz del todo nueva. El Señor puede dejarnos desprovistos de apoyos humanos y proclamar, en virtud de su experiencia decisiva después de la Pasión, que son verdaderamente dichosos quienes eligen por protector a Dios, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él." (P. Guichou).
"Actualmente Cristo no reina de un modo perfecto en sus miembros porque sus corazones están distraídos en pensamientos vanos... pero cuando este cuerpo mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15: 24), y abandone el mundo, se desgajará de esas distracciones y, entonces, Cristo reinará de un modo perfecto en sus Santos y 'Dios será todo en todos.' (1 Cor 15: 28). La contemplación del Profeta le empuja a situarse, por así decir, en el final de los tiempos. Entonces, viendo la fragilidad de todo lo que, por ser terreno, resulta caduco, no piensa más que en alabar a Dios. Este fin del mundo vendrá presto para cada uno de nosotros: vendrá en el momento en el que muramos y nos desliguemos de cuanto nos rodea. Enderecemos, pues, nuestros afanes hacia lo que constituirá, al fin, nuestra ocupación perenne" (Casiodoro).
Este "himno" del reino de Dios, parte del "último Hallel", que a través de las alabanzas canta el amor de Dios en una especie de carillón festivo, más sensible en hebreo por la repetición, nueve veces, de una misma construcción gramatical que se llama el "participio hímnico": Dios -Que ha creado los cielos -Que mantiene su fidelidad -Que hace justicia a los oprimidos... -Que da el pan a los hambrientos...
Yahvéh -Que libera a los prisioneros...
Yahvéh -Que abre los ojos a los ciegos... -Que endereza a los encorvados...
Yahvéh -Que ama a los justos...
Yahvéh -Que guarda a los peregrinos... -Que protege al huérfano y a la viuda...
(En esta traducción, hemos tratado de hacer sensible la asonancia final ("I M" en hebreo), que crea un efecto de balanceo, como el de un carillón: la misma sílaba vuelve al final de cada verso como una rima). Podemos imaginar dos coros que se contestan, haciéndose eco. Observad la especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los "prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"... ¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios! Observad la triple afirmación de pertenencia: "Mi Dios"... "Su Dios"... "Tu Dios"... ¡Admirable familiaridad!
Jesús, lejos de contar en los poderes mundanos, deliberadamente se pone de lado de los pobres, desde el pesebre hasta la cruz, apoyándose únicamente en su Padre. Muchos milagros de Jesús fueron el cumplimiento de esta palabra: la multiplicación de los panes para los hambrientos, la devolución de la vista a los ciegos, la liberación de los prisioneros del pecado... A la sala del festín mesiánico, los pobres, los lisiados, los encorvados, los ciegos, son los primeros invitados. Igual que el salmo, Jesús pronunció también "bienaventuranzas": "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." Y a estas Bienaventuranzas, corresponde una "maldición" igual que en el salmo: "deja extraviar a los malvados"... "Ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo". (Lucas 6,24). Jesús repitió a menudo, con este salmo, que la vida materialista conduce a la nada. Recordemos lo del rico que quería ampliar sus ¡graneros! "No confiéis en los poderosos, ellos vuelven a la tierra, y ese día sus proyectos se desploman".
Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar. "El hizo el cielo, la tierra, el mar y cuanto en ellos hay..." De tiempo en tiempo, hay que cerrar los ojos, y evocar este gran universo creado. Decid al menos, ¡que es fantástico y bello! En una hermosa noche sin nubes, mirad las estrellas, imaginad las galaxias. Pensad en la vida que bulle, en millares y millares de seres sobre la tierra y en el fondo del mar.
"El, que guarda fidelidad eternamente..." Seguidamente, luego de evocar el poder creador, el salmista pasa sin previa advertencia, como la cosa más natural, a la "fidelidad amorosa y eterna" de Dios. Podría uno imaginar lejano, este gran Dios del universo. Esto hacen muchos filósofos. Pero escuchad: El se ocupa con predilección de los pequeños, de los maltrechos, de los despreciados, de los desgraciados. Para ellos reserva todas sus bendiciones: "hace justicia"..., "da...", "libera...", "abre...", "levanta...", "desata...", "protege...", "sostiene...". Sólo los orgullosos, los autosuficientes reciben una maldición: basta abandonarlos a su propia suerte, "dejar que se extravíen"... Van hacia el polvo, ya que rechazan el destino divino, eterno, que se les ofrece.
"Si Dios se interesa por los desgraciados... ¿Tú qué? ¿Qué haces?... Proteger, guardar, curar, levantar, sostener. Dios ha confiado al hombre sus propias tareas. Si el hombre es "este humilde polvo inconsistente, tiene la admirable dignidad de poder imitar a Dios. "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto", decía Jesús. He ahí, en las palabras de este salmo, todo el compromiso del cristiano por la promoción, por el desarrollo, por el "servicio", personal y colectivo de la sociedad. "El Señor reinará de generación en generación... ". ¡Venga tu reino, hágase tu voluntad sobre la tierra, en los grupos humanos a los que pertenezco! (Noel Quesson).
«No confiéis en los príncipes». Aviso oportuno que adapto a mi vida y circunstancias: No dependas de los demás. No me refiero a la sana dependencia por la que el hombre ayuda al hombre, ya que todos nos necesitamos unos a otros en la común tarea del vivir. Me refiero a la dependencia interna, a la necesidad de la aprobación de los demás, a la influencia de la opinión pública, al peligro de convertirse en juguete de los gustos de quienes nos rodean, al recurso servil a «príncipes». Nada de príncipes en mi vida. Nada de depender del capricho de los demás. Mi vida es mía. Sólo rindo juicio ante ti, Señor. Acato tu sentencia, pero no acepto la de ningún otro. No concedo a ningún hombre el derecho a juzgarme. Sólo yo me juzgo a mí mismo al reflejar en la honestidad de mi conciencia el veredicto de tu tribunal supremo. No soy mejor porque me alaben los hombres, ni peor porque me critiquen. Me niego a entristecerme cuando oigo a otros hablar mal de mí, y me niego a regocijarme cuando les oigo colmarme de alabanzas. Sé lo que valgo y lo que dejo de valer. No rindo mi conciencia ante juez humano. En eso está mi libertad, mi derecho a ser yo mismo, mi felicidad como persona. Mi vida está en mi conciencia, y mi conciencia está en tus manos. Tú solo eres mi Rey, Señor. «Dichoso aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios» (Carlos G. Vallés).
Juan Pablo II comentó así esta Felicidad de los que esperan en Dios: “El salmo 145, que acabamos de escuchar, es un "aleluya", el primero de los cinco con los que termina la colección del Salterio. Ya la tradición litúrgica judía usó este himno como canto de alabanza por la mañana: alcanza su culmen en la proclamación de la soberanía de Dios sobre la historia humana. En efecto, al final del salmo se declara: "El Señor reina eternamente" (v. 10). De ello se sigue una verdad consoladora: no estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).
Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad. Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.
Así, el hombre se encuentra ante una opción radical entre dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la desesperación. En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo: "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).
Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve. Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor”.
Orígenes, al comentar "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía: "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
3. 1 Co 1,26-31: Pablo quiere llegar a deshacer los partidos y divisiones que desgraciadamente se han instalado en la comunidad de Corinto. Aparte de hacer ver que él no ha formado ningún partido, ni siquiera ha sido enviado a bautizar (1,14s), Pablo expone su teología de contradicción a la sabiduría humana. La fe cristiana no se construye en adhesión a una determinada ciencia, sino en la adhesión gratuita a la persona de Jesús. Con cariño, recuerda a los cristianos su procedencia social. El creyente solamente se gloría y tiene interés verdadero en la persona de Jesús. El apóstol desarrolla una teología, semejante a la presente, en la carta a los Romanos: ni el judío con su ley, ni el pagano con su conciencia han logrado salir del hoy en que se hallaban metidos. Solamente el mecanismo de rehabilitación realizado en la muerte del juez juzgado, que es Jesús, ha posibilitado la justificación y la salvación. En este caso, "¿dónde queda el orgullo?" (Rm 3,27). No tiene sentido. Este planteamiento radical de fe hace del que cree uno que o confía en Dios o encuentra sin salida el camino de su vida. Así de sencillo y así de maravilloso.
Ser en Xto Jesús. Ahí, el verbo debe tomarse en sentido fuerte: Dios os ha elegido a vosotros, que no existíais a los ojos del mundo (v. 26-29), a fin de que existierais en Cristo. Por tanto, tenéis motivos para enorgulleceros, pero no por vosotros mismos, por lo que sois a los ojos de los hombres, sino por lo que sois, en Jesucristo, a los ojos de Dios (v.29,31). Gloriarse en el Señor es la actitud del más pobre, porque no tiene nada de que gloriarse y, en todo caso, sólo puede gloriarse del triunfo del otro. Es la actitud del que se apresta a cumplir las bienaventuranzas (cf. evangelio), el único programa realista del que se sabe pobre delante de Dios. Con razón dice Pablo que pensar así es una auténtica locura (“Eucaristía 1990”).
Pablo invita a los corintios a tomar conciencia de lo que sucede en su propia comunidad y aprendan así a descubrir lo que es verdaderamente importante para responder a la llamada de Dios. La experiencia de la fe que tiene esta comunidad confirma lo que había dicho Jesús: que los pobres son los evangelizados y que de ellos es el Reino de Dios. Pues Dios se complace en elegir a los pobres, a los ignorantes, a los humildes, para que en medio de la debilidad y de la ignorancia resplandezca la fuerza y la sabiduría divinas. Y esto lo pueden comprobar ellos mismos con tal de fijarse en los que asisten a sus asambleas. La descripción que hace Pablo de la comunidad cristiana de Corinto coincide con la que se hace de otras comunidades cristianas en los Hechos. El evangelio y la experiencia del evangelio de los primeros cristianos demuestran que Dios descalifica todos los caminos de salvación que ofrece el mundo: el poder, la riqueza, la sabiduría humana. Lo único que puede salvarnos es la fuerza liberadora que se manifiesta en la Cruz de Cristo. En él tenemos los creyentes la sabiduría, la justicia, la santificación y la liberación. Y para recibir todo esto lo único necesario es la pobreza bien entendida que nos libera de la falsa autosuficiencia y nos abre a la gracia de Dios. El pobre no tiene nada de qué gloriarse, pero lo recibe todo para gloriarse en el Señor. Una Iglesia en la que brillan y se destacan las eminencias y los importantes de este mundo contradice el proyecto de salvación de Dios en Jesucristo (“Eucaristía 1987”).
Corinto, la ciudad opulenta, será el escenario para hablarnos de la sabiduría de la cruz, de la pobreza de espíritu que vence al dominio del mundo, la sabiduría del mundo cede ante esta locura del amor.
Cristo es sabiduría por dos motivos: porque es revelación del Dios invisible y porque es el corazón del cosmos y el primogénito de la humanidad (Col. 1, 15-16). Es decir, que el esfuerzo desplegado por el cristiano para conocer al cosmos y al hombre depende también del Cristo-sabiduría. El Evangelio es una epifanía gratuita de Dios, es luz sobre el mundo y sobre el hombre, es la llave del equilibrio de uno y otro. Se accede por todos los tipos de sabiduría que posee el hombre para conocerse mejor y para conocer mejor el mundo, y, sin embargo, ninguno de estos tipos es capaz de reivindicar por él el Evangelio. No se identifica más con el análisis marxista de las cosas que su análisis capitalista, y, debido a esto, será siempre un poco la "locura" para los sistemas humanos. Eso no obstante, la verdad es que no se puede pasar marginando el punto de penetración máxima del relato de Pablo. La sabiduría humana no es el único ni el mejor medio de revelar a Jesucristo; Pablo mismo se complace en ver en la pobreza de los cristianos en este terreno el signo por excelencia de la presencia de Dios que hace nacer a su Iglesia de lo que no existe (cf. Mt. 11, 25). ¿No suceden así ya las cosas en la humanidad, en la que, por pobres que sean, son precisamente los más desafortunados y no los más cultivados quienes revelan a los demás que la dignidad de la persona vale más que el pan que se les da? Y nuestra propia debilidad y nuestra impotencia para vencer el pecado, ¿no son acaso también el signo de la elección divina? Nuestras asambleas eucarísticas reúnen hoy a muchas personas "bien nacidas", a sabios y a poderosos. Y no por eso dejan de celebrar aún a Aquel que vino en la debilidad y la locura (Maertens-Frisque).
4. Mt 5,1-12a (ver Lc 6,20-23; fiesta de Todos los santos, y Domingo 6 C). "Dichosos", bienaventurados… ocho tipos de personas, con sufrimiento y riesgo: pobres en el espíritu, sufridos o no violentos, los que lloran, hambrientos y sedientos de justicia, misericordiosos o los que prestan ayuda, limpios de corazón, trabajadores o constructores de la paz y, por último, perseguidos por causa de la justicia. Lo que se declara bienaventurado son las personas y no las situaciones (que son malas). El carácter programático de estas palabras, lejos de ser anestesiantes, ilumina el concepto de discípulo seguidor de Jesús, estilo de vida caracterizado por la solidaridad con los que sufren y por la construcción de un orden de cosas diferente. A su vez, las palabras de Jesús confieren a este estilo de vida una perspectiva trascendente. El seguidor de Jesús sabe que cuenta con Dios y que los riesgos y las dificultades no serán quienes tengan la última palabra. Por eso se sabe y se siente bienaventurado el seguidor de Jesús (A. Benito). Ante el desánimo de toparse con el dolor, los ojos ven la cruz y al Señor, y llenos de confianza toman esa situación y la llevan con garbo, sin mandarlo todo a paseo y sin “quemarse”, llenos de esperanza.
Los "anawim" (los "humildes de la tierra" en expresión de Sofonías, primera lectura de hoy), que es el contexto en el que debe interpretarse el mensaje de las bienaventuranzas, nos da un concepto de pobreza en el que se encuentran los dos aspectos de la primera bienaventuranza: pobreza espiritual y social, los justos pertenecen de hecho a la clase social más baja.
Al proclamar estas tres o cuatro bienaventuranzas primitivas, Jesús no enunció probablemente condiciones para entrar en el Reino. Más aún: debió de proclamar a la manera profética que determinadas situaciones desgraciadas (las más típicas habitualmente consideradas en el estilo profético) habían por fin provocado la atención benevolente de Dios, que sin tardar y gratuitamente iba a hacer llegar su Reino (Maertens-Frisque). Al mismo tiempo, hay ahí encerrado un misterio: la "obertura" del sermón de la montaña es una proclamación, una promesa, una llamada cordial a la felicidad que viene de Dios. Las bienaventuranzas son como un retrato del verdadero pueblo de Dios. Los pobres, entre los que podemos incluir a los que lloran, y a los humildes, son esta categoría de personas desvalidas, conscientes de que solos no pueden salir de su situación y que no quieren salir de ella a base del poder y la fuerza. De hecho, algunos autores afirman que se podría explicar el término "humildes" diciendo "no-violentos". Son aquellos que tienen a Dios por rey, según la expresión de Isaías y del salmo que hemos leído. La "justicia" va más allá de lo que entendemos normalmente por justicia. Es la relación correcta con Dios, con los demás y con el mundo. Practicar la justicia es hacer la voluntad de Dios, que a menudo se contrapone a los deseos humanos, lo que provoca la persecución para los que quieren ser justos.
Los "misericordiosos" son los que se ponen en la piel del otro y actúan en consecuencia: dan de comer al que tiene hambre, etc.
Los "limpios de corazón" son los que viven la actitud contraria a lo que entendemos cuando hablamos de fariseísmo.
Hay que entender a "los que trabajan por la paz" como aquellos que trabajan positivamente por la paz, entendida como la plenitud de vida que Dios quiere para todos los hombres.
El resto del sermón de la montaña y todo el evangelio de Mateo irán concretando esta proclamación inicial del modo de ser de los discípulos de Jesús.
Una proclamación acompañada de una promesa que, resumiendo, es el Reino de los cielos, el Reino de Dios, es decir, la vida en Dios. Podríamos ponerle como título el que encontraremos más adelante: "Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto" (J. M. Grané).
Todos queremos ser felices, dice S. Agustín, y así explica el camino para llegar: “Comienza, pues, a traer a la memoria los dichos divinos, tanto los preceptos como los galardones evangélicos. Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el reino de los cielos. El reino de los cielos será tuyo más tarde; ahora sé pobre de espíritu.
¿Quieres que sea tuyo el reino de los cielos más tarde? Considera de quién eres tú ahora. Sé pobre de espíritu. Nadie que se infla es pobre de espíritu; luego el humilde es el pobre de espíritu. El reino de los cielos está arriba, pero quien se humilla será ensalzado (Lc 14,11).
Pon atención a lo que sigue: Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra. Ya estás pensando en poseer la tierra. ¡Cuidado, no seas poseído por ella! La poseerás si eres manso; de lo contrario, serás poseído. Al escuchar el premio que se te propone: el poseer la tierra, no abras el saco de la avaricia, que te impulsa a poseerla ya ahora tú solo, excluido cualquier vecino. No te engañe el pensamiento. Poseerás verdaderamente la tierra cuando te adhieras a quien hizo el cielo y la tierra. En esto consiste el ser manso: en no poner resistencia a Dios, de manera que en lo bueno que haces sea él quien te agrade, no tú mismo; y en lo malo que sufras no te desagrade él, sino tú a ti mismo. No es poco agradarle a él, desagradándote a ti mismo, pues agradándote a ti le desagradarías a él.
Presta atención a la tercera bienaventuranza: Dichosos los que lloran, porque serán consolados. El llanto significa la tarea; la consolación, la recompensa. En efecto, ¿qué consuelos reciben los que lloran en la carne? Consuelos molestos y temibles. El que llora encuentra consuelo allí donde teme volver a llorar. A un padre, por ejemplo, le causa tristeza la pérdida de un hijo, y alegría el nacimiento de otro; perdió aquél, recibió éste; el primero le produce tristeza, el segundo temor; en ninguno, por tanto, encuentra consuelo. Verdadero consuelo será aquel por el que se da lo que nunca se perderá ya. Quienes lloran ahora por ser peregrinos, luego se gozarán de ser consolados.
Pasemos a lo que viene en cuarto lugar, tarea y recompensa: Dichosos quienes tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Ansías saciarte. ¿Con qué? Si es la carne la que desea saciarse, una vez hecha la digestión, aunque hayas comido lo suficiente, volverás a sentir hambre. Y quien bebiere -dijo Jesús- de este agua, volverá a sentir sed (Jn 4,13). El medicamento que se aplica a la herida, si ésta sana, ya no produce dolor; el remedio, en cambio, con que se ataca al hambre, es decir, el alimento, se aplica como alivio pasajero. Pasada la hartura, vuelve el hambre. Día a día se aplica el remedio de la saciedad, pero no sana la herida de la debilidad. Sintamos, pues, hambre y sed de justicia, para ser saturados de ella, de la que ahora estamos hambrientos y sedientos. Seremos saciados con aquello de lo que ahora sentimos hambre y sed. Sienta hambre y sed nuestro hombre interior, pues también él tiene su alimento y su bebida. Yo soy -dijo Jesús- el pan que ha bajado del cielo (Jn 6,41). He aquí el pan adecuado al que tiene hambre. Desea también la bebida correspondiente: En ti se halla la fuente de la vida (Sal 35,10).
Pon atención a lo que sigue: Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos. Hazla y se te hará; hazla tú con otro para que se te haga contigo, pues abundas y escaseas. Oyes que un mendigo, hombre también, te pide algo; tú mismo eres mendigo de Dios. Te piden a ti y pides tú también. Lo que hagas con quien te pide a ti, eso mismo hará Dios con quien le pide a él. Estás lleno y estás vacío; llena de tu plenitud el vacío del pobre para que tu vaciedad se llene de la plenitud de Dios.
Considera lo que viene a continuación: Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Éste es el fin de nuestro amor: fin con que llegamos a la perfección no fin con el que nos acabamos. Se acaba el alimento, se acaba el vestido; el alimento se acaba porque se consume al ser comido; el vestido porque se concluye su tejedura. Una y otra cosa se acaban, pero un fin es de consunción, otro de perfección. Todo lo que obramos, lo que obramos bien, nuestros esfuerzos, nuestras laudables ansias e inmaculados deseos, se acabarán cuando lleguemos a la visión de Dios. Entonces no buscaremos más. ¿Qué puede buscar quien tiene a Dios? O ¿qué le puede bastar a quien no le basta Dios? Queremos ver a Dios, buscamos verlo y ardemos por conseguirlo. ¿Quién no? Pero mira lo que se dijo: Dichosos los limpios de corazón porque ellos verán a Dios.
Prepara tu corazón para llegar a ver. Hablando a lo carnal, ¿cómo es que deseas la salida del sol, teniendo los ojos enfermos? Si los ojos están sanos, la luz producirá gozo; si no lo están, será un tormento. No se te permitirá ver con el corazón impuro lo que no se ve sino con el corazón puro. Serás rechazado, alejado; no lo verás. Pues dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. ¿Cuántas veces ha repetido la palabra dichosos? ¿Qué cosas producen esa felicidad? ¿Cuáles son las obras, los deberes, los méritos, los premios? Hasta ahora en ninguna bienaventuranza se ha dicho porque ellos verán a Dios... Hemos llegado a los limpios de corazón: a ellos se les prometió la visión de Dios. Y no sin motivo, pues alli están los ojos con que se ve a Dios. Hablando de ellos dice el apóstol Pablo: Iluminados los ojos de vuestro corazón (Ef 1,18). Al presente, motivo a la debilidad, esos ojos son iluminados por la fe; luego, ya vigorosos, serán iluminados por la realidad misma”.
No se pueden entender las bienaventuranzas como el código de ética cristiana, o como los mandamientos de la nueva ley (a pesar de los paralelismos del evangelio de hoy con la escena del Sinaí). Cristo no dio más que un mandato, el del amor; y las bienaventuranzas no son más que una relación de quiénes son dichosos; ni siquiera tienen la forma gramatical de unos mandatos.
-Las bienaventuranzas no son un seguro para la felicidad, ni indican el camino a seguir para alcanzar la felicidad, ni son una bendición que cause la felicidad, ni son, tampoco, un seguro para la salvación; nos demuestra la experiencia que cientos de personas sufren, lloran, pasan hambre... y no son felices. Las bienaventuranzas no aseguran al pobre que, por el simple hecho de serlo, sea feliz -la experiencia nos lo demuestra. Esa pobreza ha de tener un por qué que la explique y le dé sentido.
-Mucho menos se puede decir que sean un consuelo, una anestesia contra los males del mundo; ésta sería una solución alienante para tales males o problemas -en realidad ni siquiera sería solución-; sería una salida esclavizadora, impropia del estilo de Jesús. Las bienaventuranzas, entendidas como bálsamo serían, en realidad, verdadero opio en manos de los poderosos.
Es importante observar que lo que se declara bienaventurado son las personas y no las situaciones. La observación es importante porque ello significa que las bienaventuranzas no convalidan o consagran situaciones sociológicas de injusticia y dolor, sino que alaban a personas activas, a personas que llevan adelante una tarea dolorosa o que han hecho una opción dolorosa.
En la segunda parte de cada uno de los ocho miembros de que consta la enumeración, Jesús promete en nombre de Dios a todas estas personas un final a su sufrimiento y dolor. En el pasado se ha querido ver en estas palabras de Jesús una proclama reaccionaria, adormecedora de conciencias y favorecedora del mantenimiento de situaciones de injusticia en beneficio de los dominantes. A la luz del análisis anterior queda bastante claro que una interpretación así supone un total desenfoque del texto. Nadie con seriedad la sostiene hoy.
En definitiva, las bienaventuranzas no son algo anterior a un encuentro con Cristo, algo que nos acerque a él, etc., sino todo lo contrario: las bienaventuranzas son algo «a posteriori» de un encuentro personal con Cristo. No son otra cosa que la nueva realidad de los que han optado por Cristo. Las bienaventuranzas no son sino algo que sucede después de haberse decidido por Jesús, lo que uno se va a encontrar en su vida después de dar un sí a Cristo. Por eso es dichoso el pobre: porque su pobreza es fruto de una opción por Jesús. Quien llora porque se le ha muerto su madre no es bienaventurado; todos lloran cuando pasan tal trance. Quien llora porque el seguir a Jesús le hace comprender cosas que hacen llorar, quien llega a llorar como efecto de seguir a Cristo, ese es dichoso. Y así con todas las bienaventuranzas.
Lo primero es, pues, la decisión por Cristo; y luego, por haber hecho tal opción, seremos dichosos. Y si lo intentamos al revés no conseguiremos nada. La dicha no puede venir por sí sola sino, únicamente, como fruto de nuestra decisión en favor de seguir a Cristo.
El ámbito de las bienaventuranzas es religioso. Es decir, presuponen una toma de posición previa por Jesús y por el reinado de Dios. Jesús se dirige exclusivamente a los que han tomado posición por él y por el Reino (=a los discípulos). Esta toma de posición previa le lleva al discípulo a adoptar posturas concretas. Estas posturas le colocan unas veces en situaciones penosas y otras en actividades cuya realización comporta una serie de dificultades. Tanto en unos casos como en otros el discípulo puede llegar a experimentar el desánimo, la tentación de mandarlo todo a paseo o puede incluso «quemarse». Es aquí, ante estas posibilidades muy humanas, donde interviene Jesús y le dice al discípulo: «No te desanimes. No eres ningún desgraciado. Todo lo contrario: eres un bienaventurado. Eres tú quien está construyendo el Reino y llegará un día en que esto aparezca con toda claridad». La perspectiva de futuro que Jesús introduce no es una evasión; es, sencillamente, la certeza que necesita el luchador de que su lucha no es una quimera, la certeza de que su lucha vale la pena porque efectivamente lleva a un termino glorioso (J. Jeremias). Llucià Pou Sabaté

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