martes, 1 de febrero de 2011

3ª semana, lunes. Los santos de la Historia Sagrada son ejemplos de fe, y «Dios tenía preparado algo mejor para nosotros». «Sed fuertes y valientes de


1. Hebreos 11,32-40. Y ¿a qué continuar? Pues me faltaría el tiempo si hubiera de hablar sobre Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David, Samuel y los profetas. 33 Estos, por la fe, sometieron reinos, hicieron justicia, alcanzaron las promesas, cerraron la boca a los leones; 34 apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, curaron de sus infermedades, fueron valientes en la guerra, rechazando ejércitos extranjeros; 35 las mujeres recobraban resucitados a sus muertos. Unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor; 36 otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones; 37 apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada; anduvieron errantes cubiertos de pieles de oveja y de cabras; faltos de todo; oprimidos y maltratados, 38 ¡hombres de los que no era digno el mundo!, errantes por desiertos y montañas, por cavernas y antros de la tierra. 39 Y todos ellos, aunque alabados por su fe, no consiguieron el objeto de las promesas. 40 Dios tenía ya dispuesto algo mejor para nosotros, de modo que no llegaran ellos sin nosotros a la perfección.
2. Salmo 31,20-24: 20 ¡Qué grande es tu bondad, Yahveh! Tú la reservas para los que te temen, se la brindas a los que a ti se acogen, ante los hijos de Adán. 21 Tú los escondes en el secreto de tu rostro, lejos de las intrigas de los hombres; bajo techo los pones a cubierto de la querella de las lenguas. 22 ¡Bendito sea Yahveh que me ha brindado maravillas de amor (en ciudad fortificada)! 23 ¡Y yo que decía en mi inquietud: «Estoy dejado de tus ojos!» Mas tú oías la voz de mis plegarias, cuando clamaba a ti. 24 Amad a Yahveh, todos sus amigos; a los fieles protege Yahveh, pero devuelve muy sobrado al que obra por orgullo.
Evangelio según san Marcos 5,1-20. En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos llegaron al otro lado del mar, a la región de los gerasenos. Apenas saltó de la barca, vino a su encuentro, de entre los sepulcros, un hombre con espíritu inmundo que moraba en los sepulcros y a quien nadie podía ya tenerle atado ni siquiera con cadenas, pues muchas veces le habían atado con grillos y cadenas, pero él había roto las cadenas y destrozado los grillos, y nadie podía dominarle. Y siempre, noche y día, andaba entre los sepulcros y por los montes, dando gritos e hiriéndose con piedras. Al ver de lejos a Jesús, corrió y se postró ante Él y gritó con gran voz: «¿Qué tengo yo contigo, Jesús, Hijo de Dios Altísimo? Te conjuro por Dios que no me atormentes». Es que Él le había dicho: «Espíritu inmundo, sal de este hombre». Y le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Le contesta: «Mi nombre es Legión, porque somos muchos». Y le suplicaba con insistencia que no los echara fuera de la región.
Había allí una gran piara de puercos que pacían al pie del monte; y le suplicaron: «Envíanos a los puercos para que entremos en ellos». Y se lo permitió. Entonces los espíritus inmundos salieron y entraron en los puercos, y la piara -unos dos mil- se arrojó al mar de lo alto del precipicio y se fueron ahogando en el mar. Los porqueros huyeron y lo contaron por la ciudad y por las aldeas; y salió la gente a ver qué era lo que había ocurrido. Llegan donde Jesús y ven al endemoniado, al que había tenido la Legión, sentado, vestido y en su sano juicio, y se llenaron de temor. Los que lo habían visto les contaron lo ocurrido al endemoniado y lo de los puercos. Entonces comenzaron a rogarle que se alejara de su término.
Y al subir a la barca, el que había estado endemoniado le pedía estar con Él. Pero no se lo concedió, sino que le dijo: «Vete a tu casa, donde los tuyos, y cuéntales lo que el Señor ha hecho contigo y que ha tenido compasión de ti». Él se fue y empezó a proclamar por la Decápolis todo lo que Jesús había hecho con él, y todos quedaban maravillados.
Comentario: 1.- Hb 11,32-40. Además de Abrahán y Sara, la carta recuerda otros nombres del AT que nos han dado ejemplo de una fe recia: políticos, profetas, hombres y mujeres de familia. Para que no nos desanimemos nosotros ante las dificultades de nuestro camino. Es impresionante la enumeración de las cosas que por la fuerza de su fe llegaron a hacer esas personas, conquistando reinos, domando animales, derrotando a ejércitos enemigos, curando y resucitando. Y eso a pesar de las dificultades que también ellos experimentaron, porque fueron golpeados, flagelados, encarcelados, sentenciados a muerte. No se trata de recordar a qué persona concreta corresponde cada una de las hazañas o de las penalidades, aunque algunas si fáciles de adjudicar. Es el conjunto el que impresiona y sirve de estimulo a los lectores de la carta y a nosotros. Además, su autor no se olvida de repetir que las personas que vivieron en tiempos del AT tienen el mérito de haber vivido en un tiempo de promesas, de figuras: no en los tiempos mesiánicos, como nosotros. Eran en verdad peregrinos, que no alcanzaron nunca la claridad y la seguridad que nosotros podemos tener ahora.
Este pasaje amplía la argumentación del precedente (Heb 11, 1-19) destinado a reafirmar a los convertidos del judaísmo, probados hasta el punto de querer reintegrarlo: ¡Nunca se debe volver atrás! El autor les trae a la memoria el ejemplo de los antiguos judíos, los que permanecieron fieles en la prueba, sin volver su vista atrás, sino, muy al contrario, dispuestos a la aventura de la fe. De este modo, el autor ofrece un pasaje muy semejante a los "Elogios de los Padres", de la Sabiduría (Sab 10-16) y del Eclesiástico (Eclo 40-49). La forma externa recoge el elogio de una serie de héroes: Gedeón, Barak y Sansón, que someten los reinos (libro de los Jueces) y ejercen la justicia; David, que consigue el cumplimiento de las profecías. Los profetas, como Daniel, que cierra la boca de los leones (Dan 6, 23; Jue 14, 1-10), o como los tres muchachos que dominan la violencia del fuego (Dan 3, 49-50). Otros profetas que, como Elías o Eliseo, entregan a su madre los hijos resucitados (1 Re 17, 23; 2 Re 4, 36). Hay, además, otros que, como Eleazar y los siete hermanos Macabeos (2 Mac 6-7) se han dejado torturar sin ceder, encadenar (Jer 20, 2; 37, 15), serrar (¿Isaías?), o asesinar (Mt 23, 34-35), o exiliar al desierto (1 Re 19), sin perder jamás la fe en su futuro. El argumento del autor aparece en el v. 39: los antepasados han soportado todo esto cuando todavía no podían esperar la realización de la promesa. Y nosotros que podemos esperar en esa promesa, ¿seremos menos fieles que ellos? La fe, que es algo sobrenatural, se vive dentro de la experiencia humana y se caracteriza por el don que uno hace de sí mismo para el futuro, el riesgo que uno corre de abandonar su seguridad y darse de lleno a la novedad. Los hebreos han carecido de fe mientras echaban de menos los alimentos de Egipto, en vez de confiar en el futuro en momentos en que, a decir verdad, solo podían esperar la muerte. Abraham, por el contrario, ha tenido fe, pues ha abandonado su patria convencido de que al final de su recorrido le aguardaba un reino mejor que el que había dejado. Los primeros cristianos han podido carecer de fe mientras recordaban con nostalgia Jerusalén y trataban de volver al judaísmo en lugar de confiar plenamente en el nuevo movimiento iniciado por Jesucristo. Cristo, sin embargo, había elevado la fe a la perfección con su muerte, convencido de que merecía la pena correr este riesgo para dar comienzo a una vida nueva. En una época de constantes cambios, como la que vivimos actualmente, la fe no puede quedarse estancada en una simple adhesión a cierto número de verdades; debe consistir, más bien, en la entrega de sí mismo ante el futuro y tener la plena convicción de que la muerte de algunos conceptos y el fracaso de ciertas estructuras no pueden tener la última palabra. El contenido del sacrificio de Cristo no es otro que su fe total en el Padre, capaz de hacer surgir lo inesperado más allá incluso de la muerte. Nuestra ofrenda eucarística tiene, igualmente, como contenido nuestra renuncia al pasado y la entrega de nosotros mismos a lo por venir, al acontecimiento diario. La ofrenda eucarística, en este sentido, es profesión de fe (Maertens-Frisque).
-El poder de la fe. El autor tomará ejemplo de los hombres célebres de la Biblia, que realizaron cosas difíciles por la fe. ¿Es la fe, para mí, algo más que un simple asentimiento intelectual a unas verdades? ¿A qué actos concretos me lleva? Todos los ejemplos que nos presenta la Epístola a los Hebreos son actos extremadamente humanos que proceden ciertamente de Dios pero que han sido asumidos por gente de carne y hueso en unas situaciones precisas.
-Gracias a la fe, sometieron reinos... He ahí el compromiso político. Muchos hombres de Fe encontraron, en el servicio de su pueblo o de su ciudad, la experiencia humana, en que se aplicó su Fe en Dios: Gedeón, Barac, Sansón, Jefté, David... y tantos otros. -Gracias a la fe, practicaron la justicia.... Recobraron sus fuerzas, después de la enfermedad... Mostraron su valentía en la guerra... Rechazaron los ejércitos extranjeros... ¡Los efectos de la Fe son varios! según las diversas vocaciones. No tenemos que copiar a los demás, pero sí que cada uno de nosotros ha de vivir del dinamismo de la Fe en la propia situación.
-Hubo mujeres que recobraron resucitados a sus hijos difuntos. Ese efecto milagroso hace resaltar por contraste los efectos precedentes. Efectivamente, la fe, aun cuando se aplique a hechos más ordinarios, es siempre una "apuesta por lo imposible". «Si tuvierais Fe como un grano de mostaza, ¡diríais a este árbol que se plantase en el mar!» (Lucas, 17-6).
-Otros fueron torturados y rehusaron la liberación. La Fe de los mártires es una de las más ejemplares. Da testimonio de Dios en el absoluto de un riesgo total. Permanecer fiel en la prueba, cuando todo se derrumba y ¡no queda más que Dios... solo! Cuando la Fe aporta seguridad, consolación, ventajas humanas, es muy ambigua. Mientras que la persecución, la prueba, la indigencia pueden ser ocasión de purificar la Fe.
-Porque querían obtener algo mejor: la resurrección. Efectivamente, éste es el núcleo de la Fe. "Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe". (1 Cr 15, 14).
-Soportaron burlas y azotes, cadenas y cárceles... faltos de todo, oprimidos, maltratados... Cuando unas situaciones demasiado duras nos aplastan es útil pensar en la fe de los mártires... de antaño y de HOY.
-De hecho, éste nuestro mundo no era digno de ellos. ¡Cuántas vidas, aparentemente inútiles, inmovilizadas, por ejemplo en la cama de un hospital, son, sin embargo, vidas de inmenso valor a los ojos de Dios, aun cuando el mundo habitualmente no sepa reconocerlo! Danos, Señor, esta Fe que permite superarlo todo, dar valor a todo (Noel Quesson).
Para el autor de la carta, uno de los elementos centrales del sacrificio de Jesucristo es su eficacia: tras una interminable serie de fracasos, Jesucristo ha entrado realmente ante Dios y nos purifica a nosotros (9,11-14). De modo paralelo se subraya la eficacia de la fe. Mejor dicho, el hecho de que hay vidas realmente nuevas muestra para Heb la existencia de hombres creyentes: por la fe consiguieron aquellos héroes una vida nueva y mejor. El retrato del hombre renovado es tal vez lo que produce mayor impacto: enraizados en la fuerza de Dios consiguieron por la fe la libertad interior (11,8; 17-19; 23-27), la grandeza de espíritu necesaria para soportar el destierro (9-10; 13-16) y las pruebas (17-18), para superar el miedo (23; 27), para resistir los tormentos y la muerte (35-38); la fe les dio una visión certera y clarividente de la realidad, del engaño de los gozos efímeros (24-26), del lugar de la verdadera vida (19.26). La fe los hizo libres (11,8), valientes (34), constantes (27), acogedores (31), radicalmente nuevos (13-16; 17-19). Más aún, por la fe realizaron empresas sobrehumanas, cruzaron el Mar Rojo (29-30), subyugaron reinos, taparon bocas de leones... (33-35); por la fe consiguieron los estériles vigor para engendrar (11-12), y algunos la resurrección de sus muertos (35).
No faltan sombras en este cuadro. Esos hombres extraordinarios sufrieron incomprensiones, destierros, persecuciones, tormentos, asesinatos. Heb pone de relieve la trágica constante que culmina en Jesús; la fe de los hombres sinceros, defensores de la libertad y de la vida, provoca el resentimiento y el odio. Hay una frase que sorprende: «El mundo no se los merecía» (11,38); eran demasiado libres, demasiado clarividentes; los eternos buscadores de bellotas (Mt 7,6) eran indignos de la única vida grande que se ofrece al hombre: la vida de fe en el Dios vivo.
La conciencia de la novedad cristiana aparece en los últimos versículos (39-40): pese al testimonio elogioso del mismo Dios (2), esos hombres no consiguieron la promesa (13). La promesa se realizó solamente en Jesucristo, el único que penetró definitivamente ante Dios (9,11-12) consiguiendo la perfección (5, 8-10). Nuestra situación es una situación "mejor", ya que él nos purifica (9, 11-15) y constituye nuestra mejor esperanza (7,19). Esta situación exige también lucha y esfuerzo (5, 11ss); sin embargo, el capítulo 11 termina acentuando lo que tiene de grandeza, de sorpresa y alegría (G. Mora).
3.- Mc 5,1-20 (ver paralelos: Mt 8,28-34 y Lc 8,26-39). La imagen de dos mil puercos precipitándose monte abajo es sorprendente, no sabemos si le piden a Jesús que se marche por la perplejidad de la obra buena (recuperar el juicio y la vida de una persona que daban por perdida), y el desastre de los animales perdidos. Estamos dentro de la ambigüedad de los porqueros, que hacen una actividad pecaminosa: los rituales judíos prohíben comer cerdo, seguramente por la extensión de la triquinosis, difícil de controlar en ciertos climas, y mortal. Por eso, la explotación de esos animales es impura, pecado para los judíos. Socialmente, los porqueros eran pecadores. En este sentido, la liberación de los demonios puede dar un sentido simbólico a los puercos, como decía S. Tomás en relación con el hijo pródigo: el pecado abarca los dominios de la voluntad, la ofensa se ve por el abandono del Padre pero también en el agravio a su persona que es el dedicarse a guardar puercos. Lo acerca a ese estado animal cuando se hace bajo la vista y apetece lo que es tierra, haciéndose él mismo tierra, tal es la pérdida de aquella herencia que reciben los hijos de Dios, reflejada en la parábola (Enarr. in ps. 18, 2, 13: PL 36, 163).
El desconcierto ahí descrito podemos sentirlo cuando estamos aferrados a lo nuestro, y lo perdemos. Por ejemplo, el campesino siente algo de esto cuando pierde una cosecha (ahora la tienen asegurada muchas veces), o el accionista cuando sus acciones caen de valor. Jesús prioriza las personas, como nosotros hemos de ocuparnos del hambre en el tercer mundo y tantas guerras injustas. Helder Cámara decía: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean».
** Pero de entre diversos aspectos que resaltan en este milagro, nos fijaremos en el contrapunto de la curación: la contradicción a la que Jesús es sometido, el desprecio por el que le piden –con cierto miedo- que se vaya. En muchos lugares del Evangelio veremos las dificultades a las que se enfrenta Jesús (en Mt. 8, 23 se ve la tempestad, imagen de tantas contrariedades). Se nos dirá en otro lugar: carísimos, cuando Dios os pruebe con el fuego de la tribulación, no os extrañéis, como si os aconteciese una cosa muy extraordinaria (1 Pet. 4, 12); si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a mí (Jn. 15, 18). Desde la persecución de Herodes, el mal amenaza a Jesús, y Él confía siempre en el Señor: Ad te, Domine, levavi animam meam (Ps 24, 1): ―a ti, Señor, he elevado mi alma. Veremos intrigas y calumnias incomprensibles, lágrimas pero no dejan de acompañarle la alegría y la paz de hacer la voluntad de Dios. De alguna manera seguir a Jesús es también acoger la cruz, y esas reacciones en contra.
*** Dentro del ambiente de desagradecimiento, vemos la alegría del que había sido poseído, que muestra gratitud hacia el Señor. En todas las curaciones de alma y cuerpo, la alegría de bien hecho es mucho más fuerte que el mal, envidias y rencores. El que ha sido curado es agradecido. Quiere seguir a Jesús, quien le indica lo que hace unos días vimos que le decía también al que curó de la parálisis: “vete a tu casa”. Es un volver a lo de antes, pero con una luz nueva, la luz de la fe que hace ver las cosas como las ve Dios.
Después del encuentro con Jesús, el de Gerasa quedó «sentado, vestido y en su juicio». Todos necesitamos ser liberados de la legión de malas tendencias que experimentamos: orgullo, sensualidad, ambición, envidia, egoísmo, violencia, intolerancia, avaricia, miedo. Jesús quiere liberarnos de todo mal que nos aflige, si le dejamos. ¿De veras queremos ser salvados? ¿decimos con seriedad la petición: «líbranos del mal»? ¿o tal vez preferimos no entrar en profundidades y le pedimos a Jesús que pase de largo en nuestra vida? En Gerasa los demonios le obedecieron, como le obedecían las fuerzas de la naturaleza. Pero los habitantes del país, por intereses económicos, le pidieron que se marchara. El único que puede resistirse a Cristo es siempre la persona humana, con su libertad. ¿Nos resistimos nosotros, o nos de jamos liberar de nuestros demonios? (J. Aldazábal).
Jesús siempre puso por delante a las personas, incluso antes que las leyes y los poderosos de su tiempo. Pero nosotros, demasiadas veces, pensamos sólo en nosotros mismos y en aquello que creemos que nos procura felicidad, aunque el egoísmo nunca trae felicidad. Como diría el obispo brasileño Helder Cámara: «El egoísmo es la fuente más infalible de infelicidad para uno mismo y para los que le rodean» (Ramon Octavi Sánchez Valero). La mayor necedad de los gerasenos fue no reconocer a Jesús que los visitaba. El Señor pasa cerca de nuestra vida todos los días. Si tenemos el corazón apegado a las cosas materiales, no lo reconoceremos; y hay muchas formas muy sutiles de decirle que se vaya de nuestra vida: deseo desordenado de mayores bienes, aburguesamiento, comodidad, lujo, caprichos, gastos innecesarios. Nosotros debemos estar desprendidos de todo lo que tenemos. El desasimiento hace de la vida un sabroso camino de austeridad y eficacia, y debemos estar vigilantes para no caer en estas formas de apegamiento a los bienes materiales. Nosotros le decimos al Señor después de la Comunión, las palabras de San Buenaventura: Que Tú seas siempre mi herencia, mi posesión, mi tesoro, en el cual esté fija y firme e inconmoviblemente arraigada mi alma y mi corazón. Señor, ¿a dónde iría yo sin Ti? (Francisco Fernández Carvajal). Llucià Pou Sabaté

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