martes, 21 de agosto de 2012

Miércoles de la 20ª semana de Tiempo Ordinario. Jesús es el buen pastor, que nos guía con su vida, nos busca en las circunstancias de cada día, para l

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: -«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿0 vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?' Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos»” (Mateo 20,1-16).

1. Hoy nos cuentas, Jesús, la parábola de los obreros de la "Undécima hora", que ha recogido solo Mateo. La "parábola" es un género literario en el que hay que buscar una lección central, y los detalles tienen significado en relación con ésta, y por tanto no hay que coger el rábano por las hojas…

-“El Reino de Dios es semejante a un propietario que salió al amanecer a contratar jornales para "su viña"”... No se trata de un propietario ordinario, pues no se va a contratar jornaleros tantas veces al día, incluso cuando sólo falta una hora para terminar la jornada de trabajo. Esta "viña"... ya anunciada por el Antiguo Testamento es la "viña" de Dios, el pueblo escogido, el lugar de la Alianza (Is 5,1-7). Sí, Tú quieres, Señor, introducirnos en tu hacienda, en tu gozo y en tu alegría.

-“Les contrata... Al amanecer... A media mañana, sobre las nueve... Luego al mediodía... Luego a las tres... y a las cinco de la tarde” -"la hora Undécima"-. Adivinamos que es un patrón que se preocupa profundamente del drama de los sin trabajo: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?"

-“Los últimos llegados cobraron "un denario"... como los primeros”... Es sorprendente, el amor del amo "favorece a los más pobres", para quien los "últimos son los primeros"... es Dios.

-Y ¡se protesta! "Estos últimos han trabajado sólo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos cargado con el peso del día y el bochorno." Dios parece preocupado de que nadie se quede sin trabajo, sea cual sea la hora, pero la enseñanza no es solo la cuestión de los salarios ni la justicia social. La actuación de Dios es paradójica: une la justicia con la generosidad con los últimos, aunque hayan trabajado menos. Los primeros cristianos son asimilados a los que se van incorporando a la Iglesia. Vemos el amor gratuito de Dios con las "naciones paganas", las últimas invitadas a la Alianza, que son tratadas al igual con Israel, que se benefició más pronto de la Viña de Dios. Veinte veces, en el evangelio, Jesús valora así a los pobres, a los excluidos, a los "últimos".

-"Amigo, quiero darle a este último lo mismo que a ti. ¿Es que no tengo derecho de disponer de mis bienes?, ¿o ves tú con malos ojos que yo sea generoso?" No podemos entrar fácilmente en el amor de un Padre que ama a los hombres prioritariamente, y los ama y quiere introducirlos en su propia felicidad..., que reparte sus beneficios a todos y llama sin parar..., cuya generosidad y bondad no está "limitada" por nuestros méritos, sino que da con largueza, sin calcular..., que aparta a cualquiera que pretendiera tener derechos y privilegios impidiendo a los demás a aprovecharse... Esta parábola nos hace una revelación absolutamente esencial: la salvación que Dios nos da es totalmente gratuita y desproporcionada a nuestros pobres méritos humanos. ¿Qué podríamos esperar si contáramos con sólo nuestras fuerzas? Pero, Señor, nos has dicho que lo esperemos todo de tu "bondad". Gracias (Noel Quesson).

Los caminos de Dios son sorprendentes. No siguen nuestra lógica. Él sigue llamando a su viña a jóvenes y mayores, a fuertes y a débiles, a hombres y mujeres, a religiosos y laicos. ¿Tendremos envidia de que Dios llame a otros «distintos», o que premie de la misma manera a quienes no tienen tantos méritos como creamos tener nosotros?; ¿nos duele que en la vida de la comunidad eclesial, los laicos tengan ahora más protagonismo que antes, o que haya más igualdad entre hombres y mujeres, o que las generaciones jóvenes vengan con ideas nuevas y con su estilo particular de actuación? Abrahán fue llamado a los setenta y cinco años. Samuel, cuando era un jovencito. Mateo, desde su mesa de recaudador. Pedro tuvo que abandonar su barca. Algunos de nosotros hemos sido llamados desde muy niños, porque las condiciones de una familia cristiana lo hicieron posible. Otros han escuchado la voz de Dios más tarde. El ladrón bueno ha sido considerado como el prototipo de quienes han recibido el premio del cielo, habiendo sido llamados en la hora undécima. Si nos sentimos demasiado «de primera hora», mirando por encima del hombro a quienes se han incorporado al trabajo a horas más tardías, estamos adoptando la actitud de los fariseos, que se creían superiores a los demás. Esto no es, naturalmente, una invitación a llegar tarde y trabajar lo menos posible; sino un aviso de que el premio que esperamos de Dios no es cuestión de derechos y méritos, sino de gratuidad libre y amorosa por su parte. La parábola parece una respuesta a la pregunta de Pedro, uno de los de la primera hora, que todavía no estaba purificado en sus intenciones al seguir al Mesías: «a nosotros ¿qué nos va a tocar?». Alabemos a Dios por su insondable generosidad, a la hora de darnos el jornal por nuestro trabajo (J. Aldazábal).

2. Jesús, tenías en mente lo que hoy nos cuenta Ezequiel, cuando hablabas de los «malos pastores» y del «buen pastor» (Juan 10). Meditaste este pasaje…

-“La palabra del Señor me fue dirigida: "Hijo de hombre, profetiza contra los pastores de Israel... que se apacientan a sí mismos. ¿No deben los pastores apacentar las ovejas? Vosotros os habéis bebido la leche, os habéis vestido con la lana, habéis sacrificado las ovejas más cebadas. No fuisteis pastores para el rebaño"”. Los reyes de Israel ejercieron el poder en provecho propio en lugar de ejercerlo como un servicio al bien común. Y nos dices, Jesús: «Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos. No ha de ser así entre vosotros.» (Marcos 10,42-43)

¿Soy servidor de los demás? ¿Me aprovecho egoístamente, poniendo mi interés personal por delante del bien común e incluso en detrimento del bien de los demás? ¿De qué modo ejerzo mis propias responsabilidades?, ¿en mi profesión, en mi familia, en las asociaciones o grupos a los que pertenezco?

-“No habéis fortalecido a la oveja débil, cuidado a la enferma ni curado a la que estaba herida. No habéis tornado a la descarriada ni buscado a la que estaba perdida”. Nos muestras, Señor, la prioridad para con los pobres, los débiles, los que sufren (Lucas 15, Juan 10). No amas al rebaño en general, sino a cada una de nosotros.

-“Mis ovejas se han dispersado por falta de pastor y son ahora presa de las fieras. Mi rebaño anda errante por todos los montes y altos collados y nadie se ocupa de él, nadie sale a buscarlo”. Las ovejas perdidas están en peligro, a merced de un accidente o de un animal salvaje... y tú Jesús nos invitas a acogerte como pastor bueno: «Tengo otras ovejas que no son de este redil, a las que tengo que conducir... y no habrá más que un solo rebaño» (Juan 10,16). Tú me guías, Jesús, hasta dar tu vida por mí: «Jesús moría no sólo por la nación, sino también para reunir en la unidad a los hijos de Dios que estaban dispersos» (Juan 11,52). Me quieres feliz en la Iglesia, en mi realización persona, familia, amistades, trabajo… como una red de relaciones interpersonales satisfactorias. Quieres para todos ese ideal de la empresa, de la familia, de la escuela, de la Iglesia... y de todos los grupos humanos.

-“Porque los pastores no se ocupan de mi rebaño... Pues bien, les reclamaré mi rebaño... Yo mismo iré a buscar a mis ovejas y cuidaré de ellas”. Eres tú, Señor encarnado, que tomarás de nuevo en tu mano a tu pueblo. Cumplirás esta profecía al decir: «Yo soy el buen Pastor.» Dios se ocupa de mí como se ocupa de cada ser humano.

Dios va a mi encuentro, como al de cada persona. Dios cuida de mí... como cuida de cada hombre (Noel Quesson).

3. Se alegra el salmista: «el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas». En estas cuatro estrofas breves, vemos el camino de la vida, acompañados cada uno de nosotros por Jesús, buen pastor, que nos guía. En esta primera, veo la tranquilidad de los buenos momentos de la vida…

Luego, los momentos de dificultad, la cruz, que en la segunda estrofa se ve de maravilla, y cuando estoy contigo, Jesús, todo va bien: “Me guía por el sendero justo, / por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo: / tu vara y tu cayado me sosiegan”.

Llenos de esperanza, pasamos a lo que para mí es la Eucaristía, la Iglesia, los sacramentos, y el amor de Jesús que continúa con nosotros: “Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa.”

Por último, no eres un pastor que da buenos consejos y sigue su camino, sino que nos acompañas no sólo en esta vida, sino más allá, hasta darnos la gloria: “Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término”.

Llucià Pou Sabaté

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