miércoles, 8 de agosto de 2012

Jueves de la semana 18 de tiempo ordinario: como a san Pedro, que reconoce a Jesús guiado por el Espíritu Santo, dentro de nosotros podemos seguir la

«Cuando llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Ellos respondieron: Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o alguno de los profetas. El les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro dijo. Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedara atado en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en los Cielos. Entonces ordenó a los discípulos que no dijeran a nadie que él era el Cristo. Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y padecer mucho departe de los ancianos, de los príncipes de los sacerdotes y de los escribas, y ser muerto y resucitar al tercer día. Pedro, tomándolo aparte, se puso a reprenderle diciendo: Lejos de ti, Señor; de ningún modo te ocurrirá eso. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro.- ¡Apártate de mi, Satanás! Eres escándalo para mí, pues no sientes las cosas de Dios sino las de los hombres.» (Mateo 16, 13-23)

1. El gran misterio de la Fe de Pedro ante Jesús queda recogido en estos pasajes. Pedro reconoce a Cristo como el "Mesías, Hijo de Dios". Jesús subraya que es un pensamiento que viene de Dios. Jesús, nos preguntas quién eres para mí, para cada uno, y “Te importa mi respuesta personal: ¿quién eres Tú para mí? ¿Me doy cuenta de que eres «el Cristo, el Hijo de Dios vivo?»

”¿Te pido ayuda, sabiendo que la fe no me la ha revelado «ni la carne ni la sangre,» no es producto de la razón ni del sentimiento, sino que proviene de Dios?

”Para vivir cristianamente necesito tener fe.

”Por eso es bueno que te la pida cada día: Jesús, aumenta mi fe; que te vea siempre como quien eres: el Hijo de Dios.

”No eres Elías, ni Juan el Bautista, ni «alguno de los profetas.»

”No eres un gran filósofo, que dejó unas enseñanzas maravillosas de amor a los demás” (Pablo Cardona). Eres el Mesías, como ha dicho el Apóstol: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”.

Gracias, Pedro, por tu declaración, me gusta oír de Jesús: -“Dichoso tú, Simón; porque eso ni la carne ni la sangre te lo han revelado...” Hermosa fórmula gráfica y fuerte para evocar la debilidad natural del hombre dejado a sus solas fuerzas. Sí, la Fe viene de fuera. El hombre entero de carne y hueso es incapaz de acceder a lo que es dominio misterioso de Dios.

-“Mi Padre es quien te lo ha revelado...” Pedro recibió una "revelación" divina. "Mi Padre"... Dejemos resonar unos momentos esta palabra en la boca de Jesús. Esos dos términos, tan simples nos dejan entrever el abismo infinito de su persona.

-“Ahora te digo Yo: "Tu eres Piedra y sobre esta roca..." "Kefa" es un término arameo que significa "Roca". Fue traducido en griego por "Petros", luego en latín por "Petrus" y en castellano por "Pedro". Ese nombre de "Roca" como nombre propio no lo usaba nadie en aquella época, ni en el mundo judío, ni en el mundo greco-romano. ¡Fue una idea de Jesús! Para un semita el "nombre" tiene una extraordinaria importancia, es como un talismán, un símbolo, una definición de la persona. Si vemos una "gran roca" que aflora a ras del suelo... podemos pensar: sería un buen fundamento para edificar sobre ella... ¡Jesús dijo que tenía intención de "edificar"!

-“Edificaré mi Iglesia”. Jesús, quieres "edificar" una "comunidad"... "tu" comunidad, hombres y mujeres que tienen algo "en común" y que "se reúnen" para festejar -lo que tienen en común- y para vivirlo. El último Concilio definió la Iglesia como "el Pueblo de Dios". Pedro recibe un papel de responsabilidad en ese Pueblo.

-“A partir de este momento empezó Jesús a manifestar a sus discípulos que tendría que padecer mucho, ser ejecutado, y resucitar... Pedro lo tomó aparte y empezó a increparlo... Pero Jesús se volvió y dijo a Pedro: "Apártate Satanás, tú eres un obstáculo para mí, porque tu idea no es la de Dios, sino la de los hombres"”. Pedro no quiere reconocer el título de "Siervo a Jesús sufriente".

Tenemos que aceptar "toda" la revelación, todas las ideas y pensamientos de Dios y no solamente las ideas que nos gustan. La cruz, el anonadamiento provisorio, el fracaso aparente, el papel del humilde Servidor de Dios y de los hombres, antes de entrar en su gloria (Noel Quesson).

Quisiera aumentar mi fe, Señor; me consuela ver que también los apóstoles flaquean: “la Fe, poca. El mismo Jesucristo lo dice. Han visto resucitar muertos, curar toda clase de enfermedades, multiplicar el pan y los peces, calmar tempestades, echar demonios. San Pedro, escogido como cabeza, es el único que sabe responder prontamente.- «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo». Pero es una fe que él interpreta a su manera, por eso se permite encararse con Jesucristo para que no se entregue en redención por los hombres» (Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa 2).

2. Jeremías (31,31-34) nos habla de unos días de una nueva alianza. En la historia avanzamos hacia ese «cumplimiento», la obra de Dios va adelante. Solo al final se verá todo bien, mientras hay que esperar. La creación se está haciendo entre todos, también con sus puntos oscuros: el sufrimiento, la muerte, el pecado: -“Vienen días en que yo pactaré una nueva alianza”. Jesús, tú hiciste realidad esta profecía, cuando dijiste: «He ahí la sangre de la Alianza, nueva y eterna.» Esta profecía de Jeremías constituye una de las cimas del Antiguo Testamento.

-“No será como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarlos de Egipto: mi alianza que ellos rompieron... Pero esta es la alianza que yo pactaré, después de aquellos días”. Será un pacto más sólido, inquebrantable. Una Alianza que no podrá romperse.

-“Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón”. Lo más íntimo de nosotros llevará este compromiso, se anuncia es una comunión perfecta y como espontánea con Dios.

-“No tendrán necesidad de adoctrinarse el uno al otro, diciendo cada uno a su hermano: «Conoced al Señor.»” No será ya necesario un código de moral exterior. Dios confía totalmente en el hombre porque su Ley es interiorizada. Entre dos auténticos enamorados no se precisa código alguno, porque cada uno se da espontáneamente a la felicidad del otro. «Ama y haz lo que quieras», dirá san Agustín. Dios sueña en esta perfección del amor. Y si nos escandalizamos de esas fórmulas es que no hemos entendido lo que es el amor. Lejos de provocar un laxismo estas invitaciones a la espontaneidad son una exigencia tanto o más fuerte que los códigos morales. En efecto, al final uno acaba liberándose de una regla precisa -y se cree exento de ella-... pero nunca se acaba de amar, de querer agradar a aquel a quien se ama.

-“Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. La fórmula de la Alianza es que somos de Dios, y Él nos cuida como un padre a sus hijos. Jesús, has establecido una unión tan íntima, que nos dices: «permaneced en Mí como Yo permanezco en vosotros» (Juan 15,4). La Alianza no es ante todo un «contrato», es la «comunión» de dos seres. Y es Dios el que toma la iniciativa. ¿Cómo es mi vida de comunión, en alianza de amor con Dios?

-“Pues todos me conocerán, del más pequeño al más grande”. El «conocimiento» del otro es un elemento importante de todo amor. A partir de este elemento, puedo revisar si sé amar de veras: ¿procuro conocer mejor, trato de darme a conocer? Esto es verdad de todos nuestros amores. Es verdad también de nuestro amor por Dios. ¿Qué hago para conocerle mejor?

-“Perdonaré sus faltas y no me acordaré más de sus pecados”. El «perdón» es una dimensión central del amor (Noel Quesson).

3. En el salmo pedimos al Señor un corazón renovado, humilde y alegre a la vez, un corazón vuelto a Dios: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme... devuélveme la alegría de tu salvación...».

Llucià Pou Sabaté

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