miércoles, 29 de diciembre de 2010

Lunes de la 3ª semana de Adviento. “¿Con qué autoridad haces esto?” Preguntan a Jesús. Su autoridad es divina, anunciada por los profetas, y últimamen

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Libro de los Números 24,2-7.15-17a. En aquellos días, Balaán, tendiendo la vista, divisó a Israel acampado por tribus. El espíritu de Dios vino sobre él, y entonó sus versos: «Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: ¡Qué bellas las tiendas de Jacob y las moradas de Israel! Como vegas dilatadas, como jardines junto al río, como áloes que plantó el Señor o cedros junto a la corriente; el agua fluye de sus cubos, y con el agua se multiplica su simiente. Su rey es más alto que Agag, y su reino descuella.» Y entonó sus versos: «Oráculo de Balaán, hijo de Beor, oráculo del hombre de ojos perfectos; oráculo del que escucha palabras de Dios y conoce los planes del Altísimo, que contempla visiones del Poderoso, en éxtasis, con los ojos abiertos: Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza la constelación de Jacob, y sube el cetro de Israel.»

Salmo 24,4-5ab.6-7bc.8-9. R. Señor, instrúyeme en tus sendas.
Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas: haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
El Señor es bueno y es recto, enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humilles con rectitud, enseña su camino a los humildes.

Evangelio según san Mateo 21,23-27. En aquel tiempo, Jesús llegó al templo y, mientras enseñaba, se le acercaron los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo para preguntarle: -«¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado semejante autoridad?» Jesús les replicó: «Os voy a hacer yo también una pregunta; si me la contestáis, os diré yo también con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres?» Ellos se pusieron a deliberar: -«Si decimos "del cielo", nos dirá: "¿Por qué no le habéis creído? Si le decimos "de los hombres", tememos a la gente; porque todos tienen a Juan por profeta.» Y respondieron a Jesús: - «No sabemos.» Él, por su parte, les dijo: - «Pues tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto.»

Comentario: 1.-Nm 24,2-07.15-17a. Se recogen aquí los oráculos tercero y cuarto del ciclo de Balaán. El rey de Moab le encarga, por su fama de vidente, que maldiga al pueblo de Israel y sus campamentos. Pero Dios toca su corazón, y el adivino pagano se convierte en uno de los mejores profetas del futuro mesiánico. En sus poemas breves, llenos de admiración, en vez de maldecir, bendice el futuro de Israel. Ve su estrella y su cetro y anuncia la aparición de un héroe que dominará sobre todos los pueblos. Sorpresas de Dios, que no se deja manipular ni entra en nuestros cálculos. Somos nosotros los que debemos ver y oír lo que él quiere. Es una profecía que en un primer momento se interpretó como cumplida en el rey David, pero que luego los mismos israelitas dirigieron a la espera del Mesías. El adivino pagano Balam había sido llamado por el rey de Moab, Balac, para que maldijera a Israel en su camino hacia la tierra prometida. Pero Balam no pudo cumplir su cometido. Cada vez que intentaba maldecir a Israel, el Señor le cambiaba la maldición en una bendición. A la cuarta vez, Balam pronuncia un oráculo que habla de un futuro rey que habrá de surgir de Israel. Este oráculo se refiere al rey David quien le da seguridad al reino, al liberarlo de sus enemigos. Pero David es sólo tipo del verdadero rey. Aunque no se lo cita expresamente en Nuevo Testamento, el episodio de la adoración de los magos ha sido inspirado en su presentación por el oráculo de Balam. Jesús es el que establecerá definitivamente el reino de Dios. La liturgia de este día nos presenta dos casos que muestran dos actitudes radicalmente opuestas. Por un lado, el caso de Balaam, el adivino madianita (ver Nm 22-23). Pese a ser un extranjero se ve obligado a bendecir a Israel, reconociendo en Yavé a un Dios poderoso y en Israel a un futuro vencedor de Moab. Y por otro, la cerrazón de espíritu de las autoridades religiosas que pueden reconocer en este pobre predicador ambulante al verdadero Hijo de Dios.
La estratagema de Balac para asegurarse la victoria sobre Israel mediante una maldición pronunciada contra los ejércitos enemigos, lejos de surtir el efecto apetecido, produce un efecto contrario. Balaán lo dice con toda claridad: «Yo no puedo quebrantar el mandamiento de Yahvé haciendo mal o bien por cuenta propia; lo que Yahvé me diga le diré» (v 13). Es una afirmación contra la creencia popular en la eficacia maléfica de ciertas palabras humanas. Dios está por encima de los hombres, los cuales no pueden manipularlo a su antojo, por más que lo intenten. Lo que deben hacer los hombres es tener los ojos abiertos (3.15) y escuchar las palabras de Dios (4.16) para conocer los planes del Altísimo (16). Entonces verán las cosas tal como son, en toda su profunda realidad anclada en el presente, pero que se extiende hacia el futuro como crecen las ramas del árbol que goza de aguas abundantes (7). Y acertarán a interpretar auténticamente los hechos de la historia y descubrirán que Yahvé es el gran protagonista de la salvación del pueblo (6c.8). El cuarto y último oráculo de Balaán (15-25) es el más importante. Lo pronuncia sin que nadie se lo pida. Toda su fuerza reside en la interpretación mesiánica que le han dado los Padres. Los versículos 17-19 fueron leídos por los cristianos de los primeros siglos como una anticipación de la aparición de Jesús en el horizonte de Israel. El Nuevo Testamento no menciona esta profecía, pero sí contiene resonancias de sus imágenes. En la antigüedad, la estrella representaba la divinidad o la realeza. Balaán ve cómo se alza de Jacob una estrella (17) un rey que dominará sobre todos los otros reyes. Jesús, descendiente de Jacob, es la estrella que Lucas, en el cántico del Benedictus, identifica con Dios, que nos visita de lo alto para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte y enderezar nuestros pasos por el camino de la paz (Lc 1,78s). O la luz verdadera que Juan nos presenta en lucha victoriosa con las tinieblas (Jn 1,9ss). Que la profecía de Balaán nos ayude a profundizar en el misterio de Jesús, que en breve celebraremos, la lucha de la vida contra la muerte, de la luz contra nuestra oscuridad, y haga que en la impotencia de la caída, de la humillación, se abran nuestros ojos (4c) y podamos contemplar la luz de Cristo resucitado, nuestra auténtica Pascua. Esta es la buena palabra, el oráculo favorable, el evangelio de Dios que transforma nuestra vida (J.M. Aragonés).
La profecía que leeremos hoy es bastante sorprendente. Fue pronunciada en las siguientes circunstancias: Durante el Éxodo, después de cuarenta años de larga marcha a través del desierto de Sinaí, el pueblo de Israel, conducido por Moisés, llega al Este del Mar Muerto, cerca de la tierra prometida; pero le queda todavía por atravesar el territorio de Moab. El rey de ese país no ve con agrado esa tropa de nómadas que quieren pasar. Envía pues a buscar, por las orillas del Eúfrates, a un famoso adivino, una especie de brujo poderoso para que maldiga a esos inoportunos y les lance un maleficio. ¡Balaam es pues un profeta pagano! Ahora bien, esto es lo que pasó: En lugar de maldecir, anuncia el futuro mesiánico del pueblo de Israel. -El profeta pagano Balaam, alzando los ojos, vio el pueblo que acampaba... Le sobrevino el Espíritu de Dios, y pronunció estas palabras: ¡Sorprendente! Ya en el Antiguo Testamento, esto es una prueba manifiesta que el Espíritu de Dios no está encerrado en los límites demasiado estrechos de un pueblo o de una institución. Dios no es tan solo el Dios del «pueblo escogido»... es el Dios de «todos los hombres»... Su acción no está limitada al marco de las instituciones de la Ley de Moisés. HOY, todavía, esto es igualmente real. Es verdad que Dios ha escogido la Iglesia como instrumento de salvación para el mundo; pero su gracia, su acción divina no se limitan a las fronteras visibles de la Iglesia. Dios por su Espíritu, está presente en el corazón de los paganos. Trabaja en el corazón de todos y de cada uno de los hombres. Permanezco en silencio el tiempo necesario para contemplar a Dios, HOY, trabajando en el corazón de los hombres que no pertenecen visiblemente a la Iglesia. Oráculo de Balaam, el varón clarividente, que oye las palabras de Dios. También a mí, Señor, me pides aguzar mi mirada para ver mejor... No sé «ver» ni sé «oír» suficientemente los signos de Dios, «los signos de los tiempos». Dios sigue obrando y hablando. ¿Qué me dices, Señor? ¿Hacia donde suscitas, HOY, mi atención?
-Saldrá un héroe de la descendencia de Israel, dominará sobre pueblos numerosos. Su reino será mayor que el de... La fe nos proyecta, a nosotros también, hacia el futuro del mundo. Nos hace ver, por adelantado, «lo que ha de venir». Cristo va creciendo hasta su advenimiento definitivo. En silencio, busco, en mí y a mi alrededor, los signos de ese crecimiento. Todo hombre que progresa, que va siendo mejor... es Cristo que está creciendo. Pero, todo ello no es algo deslumbrante. Son pequeños signos.
-A ese héroe, lo veo... aunque no para ahora. Lo diviso, pero no de cerca. Un astro se levanta, un cetro se endereza. Sí, no es muy aparente todavía. No se ve bien. Es necesario tener buenos ojos para discernir esas cosas. Así, el anuncio del Mesías viene jalonando toda la historia. Incluso entre los paganos de buena fe. En ese tiempo de Adviento hay que aguzar nuestra mirada (Noel Quesson).
Un adivino llamado Balaam vivía en las orillas del río Eufrates y fue llamado para que predijera el porvenir del pueblo de Israel. Este oráculo es uno de los más antiguos poemas reales de Israel. Es el primero que encamina las esperanzas del pueblo por la senda de la realeza. Israel llegará a tener un rey, figura-tipo del Mesías esperado. Quien ha sido poseído por el Espíritu de Dios no puede convertirse en una maldición para los demás. Sin embargo, la Palabra que Dios pronuncia sobre los suyos es para que sea escuchada, de tal forma que se conozca la ciencia del Altísimo y se produzcan abundantes frutos de buenas obras, con la misma abundancia de frutos que dan los árboles que han hundido sus raíces en las corrientes de los ríos. Balaam contempla en el futuro cómo de Jacob se levanta una estrella y cómo surge un cetro de Israel. Es el Señor que viene a reinar en el corazón de todos los hombres. En Cristo, Hijo de Dios y descendiente de David se cumple plenamente esta profecía. Él se ha convertido en luz que ilumina a todas las naciones; Él es el Camino que nos conduce al Padre; Él es, para nosotros, la fuente de agua que nos da vida eterna. Quien posea su Espíritu no podrá, jamás pasar haciendo el mal, sino el bien, que procede de Dios. Ese es el fruto que Dios espera de quienes creen en Él.
Balaam en la Historia Sagrada representa el fruto del cálculo de los hombres para que no se realicen los planes de Dios. Pero, al mismo tiempo, Balaam es el triunfo de Dios sobre los cálculos de los hombres, sobre el modo en el cual los seres humanos consideramos las cosas. Nos narra la Escritura que cuando Balaam maldice al pueblo de Israel, un ángel se le aparece, pero sólo el burro en el que él va montado lo puede ver. Y aunque el profeta intenta que el burro siga caminando, no lo logra pues el burro está muy asustado. De pronto Baalam también ve al ángel y dice: ¡Cómo es posible que un animal haya visto lo que yo no veía! Esto hace que él reflexione y cambie. Y en vez de hacer una profecía de maldición, hace una profecía de bendición: "Qué hermosas son tus tiendas, son como extensos valles, como jardines junto al río".
Al ver que Balaam sin pertenecer al pueblo de Israel y sin ser profeta ungido en Israel es capaz de verse a sí mismo como vocero de la Palabra de Dios al pueblo de Israel, nosotros tendríamos que ser capaces de preguntarnos si ante Cristo que viene estamos poniendo una especie de barrera con nuestros cálculos, o si por el contrario, nuestra vida se abre a lo que Jesucristo nos pide. Si la mayoría de las veces vemos perfectamente lo que Cristo nos está pidiendo, ¿por qué razón no lo hacemos?
Las reminiscencias del origen davídico de Jesús se pueden hacer remontar no sólo a este pasaje de Nm, sino también a las mismas profecías de Natán y de otros profetas posteriores; pero lo que cuenta no es llegar a descubrir si realmente Jesús pertenecía al “tronco de Jesé” o sea a la familia de David para poder considerarlo Mesías. Lo importante es constatar que en él se cumplen las expectativas mesiánicas más genuinas: el ansia de liberación, las formas claras y concretas de realización y de implantación del reino de Dios... y algo muy importante también: en Jesús la procedencia o la descendencia queda totalmente relativizada; no es el vínculo de sangre lo que afilia a todos los hombres y mujeres con Dios como Padre Único, sino la actitud de cada uno de escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica.
Esto último es lo que en definitiva constituye a Jesús como Señor Único de la historia y del universo; su autoridad y señorío no vienen dados por su procedencia de familia real, sino por su decisión radical de poner en práctica única y exclusivamente la voluntad de Dios. Eso es lo que en el fondo deben tener claro los escribas y sumos sacerdotes. Su experiencia, pero también las pretensiones de creerse profundos conocedores de la Escritura y de todas sus minucias, los lleva a interrogar a Jesús. Supuestamente ellos debían haber sido consultados por Jesús para poder realizar su ministerio; ellos sienten que son los únicos que pueden avalar o no las palabras de Jesús. Desde esta óptica comprendemos mejor el por qué de la pregunta a Jesús. Sin embargo, Jesús, conciente de su autoridad, que sobrepasa a la de los ancianos y sumos sacerdotes los pone aprietos. Si ellos son autoridad ¿por qué no dieron crédito a la predicación de Juan? ¿Por qué no cambiaron?
Jesús desenmascara la hipocresía y la forma tan soterrada como los líderes de Israel manipulan la Escritura intentando de paso manipular también la misma voluntad divina. Para Jesús sólo hay un criterio de autoridad: realizar la voluntad del Padre....
El Espíritu de Dios ha venido sobre nosotros para convertirnos en fuente de bendición y de vida para todos. Escuchar la Palabra de Dios y meditarla con gran amor nos debe llevar a convertirnos en un signo del amor de Dios para toda la humanidad. No podemos acercarnos a escuchar al Señor para después retirarnos de su presencia olvidando lo que aquí hemos vivido, visto y escuchado. No podemos decir que tenemos a Dios en nuestro corazón cuando sólo nos conformamos con rezarle, pero no hemos hecho nuestros su Vida, su Amor y su Paz. Teniendo a Dios con nosotros no podemos convertirnos en proclamadores de maldades, de pecados, de escándalos ni de signos de muerte. El Espíritu de Dios ha tomado posesión de nosotros para que anunciemos la Verdad, la santidad, la justicia, la paz, la misericordia y el amor. El Señor quiere enviarnos como constructores de una vida que, día a día, se vaya renovando en Él. En Jesús se ha cumplido la promesa que hoy hemos escuchado, pronunciada por Balaam, que, aunque extranjero, fue poseído por el Espíritu de Dios: "De la descendencia de Israel nace un héroe que domina sobre pueblos numerosos; de Jacob se levanta una estrella y un cetro surge de Israel." Pero de nada nos servirá saber lo que hoy se nos ha comunicado si cerramos nuestro corazón a la salvación que Dios nos ofrece y, si en lugar de ir por caminos de luz, continuamos sujetos a nuestros camino de tinieblas, de maldades y de injusticias.
2. Sal. 24. Que Dios nos descubra sus caminos para que no sólo los conozcamos, sino para que los sigamos. Muchas veces pudimos perdernos en el laberinto de nuestros pecados, y pareciera como que nos vamos a quedar atrapados en ellos. Sin embargo, quienes confiamos en el Señor, seremos guiados por su Palabra para encontrar el camino de salvación. Dios jamás se olvidará de nosotros, pues el amor y la ternura que nos tiene son eternos. Esto no puede llevarnos a vivir descuidados en el amor, pensando que Dios nos perdonará y salvará, pues el tiempo de gracia no es marcado por el hombre, sino por Dios. Ojalá y escuchemos hoy su voz y no endurezcamos ante Él nuestro corazón.
El Señor es recto y bondadoso. Nosotros, frágiles y pecadores, acudimos a Él para que nos enseñe a caminar en el bien, deseando llegar a ser perfectos, como Él es perfecto. Por tanto no podemos acudir a su presencia buscando Vida y Sabiduría, para después volver a nuestros antiguos caminos de maldad. El Señor nos conoce hasta en lo más profundo de nuestras intenciones. Él sabe que hay muchas obras buenas en nosotros; pero ante Él no se ocultan nuestros pecados y miserias. A pesar de todo eso Él nos sigue amando, y puesto que su ternura y su misericordia hacia nosotros son eternas, siempre está dispuesto a perdonarnos, a llenarnos de su Espíritu y a guiar nuestros pasos por el camino del bien mediante su Palabra, que, hecha uno de nosotros, se convierte para nosotros en Camino, Verdad y Vida. Acudamos, pues, al Señor, con gran humildad. Que su Palabra no se pronuncie inútilmente sobre nosotros; más bien que, día a día, por obra del Espíritu Santo, esa Palabra vaya encarnándose en nosotros.
3.- Mt 21,23-27. Jesús se enfrenta al judaísmo oficial y renuncia a dar testimonio explícito de sí mismo, porque una sola palabra no podía convencer a quienes se han opuesto a todo su ministerio con una actitud incrédula y negativa. Jesús no esquiva la pregunta de los sumos sacerdotes y ancianos ni les discute el derecho de plantearle la cuestión de la autoridad. Con su contrapregunta sólo quiere hacerles recapacitar. La respuesta a la pregunta sobre la autoridad del Bautista proyectará luz sobre la autoridad de Jesús, porque Juan preparó los caminos a Jesús. La sanedritas no buscan la verdad de Dios, sino que se buscan a sí mismos. Por eso no toman ninguna decisión. En cualquier decisión que tomaran estarían perdidos. Si declaran a Juan Bautista como verdadero profeta, entonces tienen que creer y consiguientemente perderse, entregándose a Dios. Tienen que aceptar a Jesús. Hay aquí algo que aprender para el enfrentamiento de la fe con la incredulidad. No existen pruebas para los hombres que no quieren creer. Quien no se deja convencer por la imagen general que Jesús le brinda con su persona, con sus palabras y con su vida de que Dios habla y actúa por medio de él, tampoco puede ser instruido por ninguna discusión. Si dicen que es falso profeta entonces se ve amenazada su vida por el pueblo, que cree en la misión divina del Bautista. Cuando tenemos algo que defender -nuestra razón, nuestra voluntad, a nosotros mismos- son intereses que nos impiden descubrir a Dios. -No defenderme. -No exigir. -No reprochar.
El tiempo de Adviento es el tiempo de preparación para... de encaminarse hacia... Raramente las grandes decisiones y los grandes compromisos surgen de la nada sin haber sido suficientemente preparados. Frente a la opción "Jesús", tan nueva desde muchos aspectos, los hombres se separarán según una elección que ya se les había presentado frente a Juan Bautista". La posición tomada ante la llamada del Bautista prepara la posición a tomar ante la llamada de Jesús. Trato hoy de contemplar, a mi alrededor y en mi propia vida, las múltiples elecciones humanas, que son como andaduras hacia Jesucristo, o que, por el contrario, bloquean ya cualquier avance hacia El.
-Cuando Jesús enseñaba en el templo, los príncipes de los sacerdotes y los ancianos del pueblo se acercaron a él y le preguntaron: "¿Con qué autoridad haces estas cosas, y quién te ha dado tal potestad?" En el relato de Mateo, a esta pregunta precede la escena de Jesús expulsando a los vendedores en el templo. Ante un "acto" tal no cabe la indiferencia: hay que tomar una decisión. Es un dilema: o esto... o esto...
-Respondióles Jesús: "Yo también quiero haceros una pregunta, sólo una.. Me gusta verte así, Señor Jesús, como una persona enérgica, que no se deja intimidar, una persona que contra-ataca. Esta era a menudo tu táctica: en vez de contestar, hacías otra pregunta. ¿Acepto yo también dejarme interpelar? ¿Soy de los que pasan su tiempo haciendo preguntas a Dios, como si yo fuera el centro del mundo y Dios debiera estar a mi servicio? o bien ¿me dejo contestar por Dios? La primera actitud, frente a la opción "Jesús", es la disponibilidad: aceptar que él dirija el juego en mi vida. ¿Qué pregunta vas a hacernos, Señor?
-"El bautismo de Juan, ¿de dónde era? ¿Del cielo o de los hombres?" Efectivamente, es la pregunta más radical. Jesús va siempre directamente a lo esencial. La opción fundamental es esta: o... o... No hay escapatoria posible. Todo el porvenir queda comprometido.
-Mas ellos discurrían, diciendo: "Si respondemos "del cielo", nos dirá... "Si respondemos, "de los hombres", tenemos que temer al pueblo... Contestaron, pues, diciendo: "No lo sabemos. A menudo, también nosotros, contestamos huyendo las preguntas radicales de Dios. Hoy mismo, ¿cuál es la pregunta, la invitación, que yo siento que Dios me hace? ¿Cuál va a ser mi respuesta?
-"¿Por qué no le habéis creído?" La fe. Si Dios habla, incluso a través de un profeta como Juan Bautista, incluso a través de personas y de acontecimientos que me solicitan, ¿cómo se explica que yo tome estas actitudes ambiguas, huidizas? Escucho esta palabra de Jesús: "¿Por qué no creéis?". Señor, ante las grandes o las pequeñas opciones, te necesito.
-Pues yo tampoco os diré con qué autoridad hago estas cosas. A qué dar una respuesta, si no sirve para nada. También esta escena se termina, con una decepción de Dios. Contemplo en el corazón de Cristo esta decepción de no haber sido escuchado (Noel Quesson).
Los dirigentes de Israel no quieren aceptar a Juan, como tampoco el rey de Moab quedó nada satisfecho con las profecías del vidente Balaán, a quien él había contratado con la intención contraria. La peor ceguera es la voluntaria. Aquí se cumple una vez más lo que decía Jesús: que los que se creen sabios no saben nada, y los sencillos y humildes son los que alcanzan la verdadera sabiduría. Estas lecturas nos interpelan hoy y aquí a nosotros. Balaán anunció la futura venida del Mesías. El Bautista lo señaló ya como presente. Nosotros sabemos que el Enviado de Dios, Cristo Jesús, vino hace dos mil años y que como Resucitado sigue estándonos presente. La pregunta es siempre incómoda: ¿le hemos acogido, le estamos acogiendo de veras en este Adviento y nos disponemos a celebrar el sacramento de la Navidad en todo su profundo significado?
Admiramos las sorpresas de Dios en el pasado -elige a un vidente pagano para anunciar su salvación, como luego elegirá al perseguidor Saulo para convertirlo en el apóstol Pablo- pero tendríamos que estar dispuestos a saberlas reconocer también en el presente. El testimonio de la presencia de Dios en nuestra historia no nos viene siempre a través de personas importantes y solemnes. Otras mucho más sencillas, de las que menos nos lo podamos esperar, que nos dan ejemplo con su vida de valores auténticos del Evangelio, pueden ser los profetas que Dios nos envía para que entendamos sus intenciones de salvación. Pueden ser mayores o jóvenes, hombres o mujeres, laicos o religiosos, personas de poca cultura o grandes doctores, creyentes o alejados de la Iglesia. La voz de Dios nos puede venir de las direcciones más inesperadas, como en el caso de Balaán, si sabemos estar atentos. Al Bautista le entendió el pueblo sencillo, y las autoridades no. ¿Tendrá que seguir clamando en el desierto también hoy? ¿Qué velos o intereses tapan nuestros ojos para impedirnos ver lo que Dios nos está queriendo decir a través del ejemplo de generoso sacrificio de un familiar nuestro, o de la fidelidad alegre de un miembro de nuestra comunidad?, ¿o es que queremos mantenernos cómodos con nuestra ceguera de corazón.
El Dios del ayer es el Dios del hoy y el Dios del mañana. El que vino, el que viene, el que vendrá. Cada día, no sólo en la Eucaristía, sino a lo largo de la jornada, en esos pequeños encuentros personales y acontecimientos, sucede una continuada venida de Dios a nuestra vida, si estamos despiertos y sabemos interpretar la historia (J. Aldazábal).
Los sacerdotes están preocupados por el poder y la autoridad con que actúa Jesús. Parece que el permiso de enseñanza en los patios del templo estaba restringido al reducido grupo de maestros y levitas reconocidos por las autoridades de Jerusalén. La intromisión de Jesús en el Templo causa revuelo. Ha realizado la purificación del templo y este gesto profético los llena de miedo. Temen perder su influjo en la gente. Por eso interrogan a Jesús sobre su autoridad y sobre el origen de ella. Se creen los guardianes del templo y ven en Jesús un intruso. Quieren ver sus credenciales. Siguiendo el método rabínico de controversia, Jesús les responde a su vez con otra pregunta. Ante el dilema que les plantea Jesús, ellos nos son capaces de responder ni toman posición frente a la autoridad de Juan. Jesús muestra así que tiene más autoridad que ellos. También a nosotros los cristianos se nos puede preguntar por la autoridad que tenemos para predicar. Nuestra autoridad a través de Jesús que nos ha enviado, viene de Dios. Lo que preguntan, en cambio, callaron por miedo y encubrieron por astucia, de este modo perdieron su legitimidad ante el pueblo. Por eso Jesús pasa de confrontado a confrontador. El les ha devuelto la amenaza y las autoridades se ven en aprietos para legitimar la propia autoridad. De este modo, queda en firme la autoridad de Jesús y en entredicho la de las autoridades supuestamente legítimas (servicio bíblico latinoamericano). La otra cara de la historia estará representado por las autoridades. Ellos, preocupados por ortodoxia, por el verticalismo, por la seguridad de la autoridad competente, de forma desconfiada exigen una prueba de autoridad a este pobre peregrino. Ellos no podían considerar que la autoridad no siempre va ligada al poder, que Dios no se manifiesta verticalmente sino desde los pobres y apartados por las mismas autoridades. Lo mismo pensaba Balac, que por tener el poder de convocar a este vidente pensaba que con eso ya había ganado la maldición para Israel. Dios se manifiesta, lo ha demostrado, no desde el poder sino desde su propia iniciativa allí en dónde esté un corazón dispuesto a reconocerlo (servicio bíblico latinoamericano).
Jesús no se dejaba amedrentar, no rea un mojigato. Las imágenes dulces de Jesús han ido en contra de su perfil como hombre decidido y valiente. Hoy su reacción en el Evangelio roza en la altanería: «Pues tampoco yo os digo con que autoridad hago yo esto». La fortaleza de Jesús encara la mala intención de los que querían ningunearlo. El cristiano ha de tener paciencia y no usar la violencia, pero no es un ingenuo, que deba rendirse a los prepotentes. Las situaciones adversas debemos afrontarlas con inteligencia, sin rehuir el debate y el derecho a expresar nuestras crítica o desacuerdo. Demasiados silencios cristianos han velado la verdad, e inclinado la balanza de parte de quienes se aprovechan del débil. A Jesús le negaban su autoridad porque enseñaba a ver las cosas de otra manera. Él demuestra una inteligencia sutil para poner a sus interlocutores ante un callejón sin salida. La palabra al servicio de la causa justa . Un modo de pensar inteligente, para desarmar la mala intención de quienes se creen poseedores exclusivos de la verdad. Aprendamos de nuestro Maestro el coraje de un enfrentamiento limpio, cuando esté en juego la verdad y la vida.
La respuesta displicente de Jesús enseña también que hay quienes no tienen derecho a la verdad. Hay gente cerrada de antemano. A quien veía el corazón no se le escapaba esa posición. Por eso los cristianaos debemos usar también nuestra agudeza visual. Hay que tratar de evitar el caer en las trampas y en la complicidad de quienes, haciendo gala de verdad, solo velan por su propio interés. Un maestro agudo para unos seguidores que quisiéramos aprender su inteligencia y decisión. Que él nos la enseñe, para afrontar las situaciones complicadas y capciosas de la vida (Pedro Sarmiento).
En su mente se sienten los depositarios del poder de Dios y cuestionan la actuación de Jesús, colocada al margen e independientemente de la propia. De esa forma, sitúan la defensa de sus propios intereses sociales y de clase por encima de los auténticos intereses de Dios y de la justicia del Reino.
Jesús responde con otra pregunta que gira en torno al origen de la autoridad de Juan. Este también se había situado al margen del poder religioso de sumos sacerdotes y senadores del pueblo. Su bautismo, ejercicio de esa autoridad, se efectuaba en la denuncia del poder institucional de los que formulaban la primera pregunta.
Ante esa contrapregunta los interlocutores de Jesús se encuentran en un callejón sin salida. El temor de la gente les impide considerar la autoridad de Juan originada en la voluntad humana, la propia reacción ante el Bautista les imposibilita colocar su fuente en la voluntad divina.
Su negativa a dar respuesta pone en claridad dos realidades: primeramente, su mala fe, porque actúan movidos por sus mezquinos intereses y, en segundo lugar, que no han llegado ni siquiera al nivel de comprensión de la gente que en Juan, ha reconocido la presencia de "un profeta" (v.25).
Ligando la actuación de Dios a su propia actuación, se han vuelto incapaces de comprender el designio salvador de Dios a través de sus profetas. Su incapacidad de dar una respuesta al origen de la autoridad del Bautista cierra sus corazones a la aceptación a los signos de Dios realizados por Jesús.
Jesús se inscribe en la prolongación de la larga historia de la Palabra divina, manifestada a lo largo de las vicisitudes de Israel. Como la dirigencia del pasado, sumos sacerdotes y senadores del pueblo no han querido aceptar la Palabra profética de Juan. Por ello, tampoco pueden comprender el sentido de la actuación de Jesús que es el cumplimiento definitivo de supervivencia de la Palabra divina en medio del rechazo egoísta de la dirigencia israelita.
El texto presenta, de este modo, la necesidad de no dejar que los propios intereses nos lleven al rechazo de la Palabra. La identificación de nuestros intereses con los intereses divinos nace de un corazón egoísta que buscando manipular a Dios, impide el reconocimiento de su señorío sobre la propia vida y sobre la vida de los demás.
Frecuentemente, la defensa de los propios privilegios es el principal obstáculo que impide la posibilidad de la apertura a la gracia y a la libertad divina. Esa actitud impide plantear correctamente la pregunta sobre el obrar divino y hace inútil cualquier tipo de respuesta. La respuesta está ya dada en la presencia definitiva de Dios a través de Jesús y su mensaje (J. Mateos-F. Camacho).
Lo propio del rey es poseer autoridad para reinar. Precisamente en torno a la autoridad de Cristo se centra todo el evangelio de hoy. Así como a Juan Bautista le vinieron a preguntar con qué autoridad bautizaba, los sumos sacerdotes y los ancianos, es decir, los depositarios de la autoridad, vienen a investigar sobre la autoridad en cuyo nombre Jesús se permite enseñar y trastocar los hábitos del templo (Mt 21,12-22). Y con razón surge este interrogante, ya que Jesús durante su vida pública aparece como el depositario de una autoridad singular: predica con autoridad (Mc 1,22), tiene poder para perdonar los pecados (Mt 9,6), es Señor del Sábado (Mc 2,28), expulsa los traficantes del templo, etc. Motivos suficientes para que quienes representaban la autoridad “legítima” lo abordaran con la pregunta: ¿Con qué autoridad haces esto?
Los sumos sacerdotes y los ancianos, que eran los jefes del pueblo judío, piden cuentas al Señor de lo que hace, pero no movidos por un sincero deseo de saber de dónde procedía el poder de Jesús, sino buscando en su respuesta la manera de condenarlo. El pueblo en cambio, reconocía en Jesús la autoridad con la que hablaba, confirmada con sus obras maravillosas.
Los enemigos de Jesús piensan tenderle una celada de la que no podría evadirse: si Jesús contesta que la autoridad le viene de ser el Hijo de Dios, entonces ellos rasgarían sus vestiduras y lo proclamarían blasfemo. Jesús no responde directamente a esta cuestión: son los signos que realiza los que dan razón para orientar los espíritus hacia una respuesta adecuada. La malicia de los judíos jefes se hace evidente y el Señor los desenmascara al ponerlos en una situación de apremio que les descubrirá sus malas intenciones.
El pueblo, los humildes y sencillos de corazón, esos sí que comprenden de dónde proviene la autoridad de Jesús y no necesitan preguntárselo, pues ven las obras que hace y creen en sus palabras y en sus obras; pero los sacerdotes y magistrados se hacen los sordos y ciegos. Ya habían condenado a Jesús, ahora sólo les faltaba desacreditarlo frente al pueblo, primer paso para luego realizar su propósito de ejecutarlo, condenándolo a muerte ignominiosa (servicio bíblico latinoamericano).
Hoy, el Evangelio nos invita a contemplar dos aspectos de la personalidad de Jesús: la sagacidad y la autoridad. Fijémonos, primero, en la sagacidad: Él conoce profundamente el corazón del hombre, conoce el interior de cada persona que se le acerca. Y, cuando los sumos sacerdotes y los notables del pueblo se dirigen a Jesús para preguntarle, con malicia: «Con qué autoridad haces esto?» (Mt 21,23), Jesús, que conoce su falsedad, les responde con otra pregunta: «El bautismo de Juan, ¿de dónde era?, ¿del cielo o de los hombres?» (Mt 21,25). Ellos no saben qué contestarle, ya que si dicen que venía de Dios, entrarían en contradicción con ellos mismos por no haberle creído, y si dicen que venía de los hombres se pondrían en contra del pueblo, que lo tenía por profeta. Se encuentran en un callejón sin salida. Astutamente, Jesús con una simple pregunta ha denunciado su hipocresía; les ha dado la verdad. Y la verdad siempre es incómoda, te hace tambalear.
También nosotros estamos llamados a hacer tambalear a la mentira. Tantas veces los hijos de las tinieblas usan toda su astucia para conseguir más dinero, más poder y más prestigio; mientras que los hijos de la luz parece que tengamos la imaginación un poco adormecida. Del mismo modo que un hombre del mundo la utiliza al servicio de sus intereses, los cristianos la hemos de emplear al servicio de Dios y del Evangelio. Jesús ejercía su autoridad gracias al profundo conocimiento que tenía de las personas y de las situaciones. También nosotros estamos llamados a tener esta autoridad. Es un don que nos viene de lo alto. Cuanto más nos ejerzamos en poner las cosas en su sitio —las pequeñas cosas de cada día—, mejor sabremos orientar a las personas y las situaciones, gracias a las inspiraciones del Espíritu Santo (Melcior Querol i Solà).
Hace unos días mi ordenador decidió cambiar las extensiones de mis archivos. Las extensiones, como bien sabéis, son esas pocas letras colocadas tras el nombre del documento precedidas por un punto, del estilo: “.doc; .jpeg; .exe”. Están situadas al final del nombre, pero es lo primero que el procesador lee para utilizar el programa adecuado para abrir el documento. Si la extensión no es la correcta no se abrirá el documento. Perfecto, pensaréis, este cura ahora, en vez de hablar de las lecturas, nos quiere colocar una clase de informática. No os preocupéis, no pierdo el hilo: contempla a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo del evangelio de hoy cuando se acercan a Jesús. ¡Tienen la extensión cambiada!. Son incapaces de reconocer al Mesías, de reconocer la obra de Dios, de escucharle. Por eso Jesús les da el “mensaje de error”. Podría haber hecho un gran milagro en ese momento para hacerles creer, una manifestación cósmica y que el sol diese vueltas o quitarle veinte años de golpe a Caifás, pero seguramente ni aún así habrían creído. Intentaban abrir un documento de Dios con la extensión de los hombres, así que se quedaron como estaban: ignorantes. En ocasiones a nosotros con Dios nos puede pasar algo parecido. Muchas veces en la dura experiencia de los funerales o la enfermedad me preguntan: ¿Por qué Dios permite esto? En el fondo es la misma pregunta del evangelio ¿Quién le ha dado a Dios autoridad sobre la vida y la muerte, sobre mí o sobre mis seres queridos? ¿Quién se cree que es? Estas preguntas presentadas tan descarnadamente, y que pueden sonar a blasfemas son, en el fondo, las que surgen de nuestra soberbia, de no dejar a Dios ser Dios. Dudamos si realmente “el Señor es bueno y recto” y que, a pesar de nuestras rebeliones, “su ternura y su misericordia son eternas”. Repite despacio: “Sé que Dios me quiere” y acércate a Dios como María, desde la humildad, dejándole hablar pues “enseña su camino a los humildes”.
Cuando te acerques al sagrario, cuando asistas a Misa, asegúrate de ir con la “extensión correcta”. No vayas para reprender a Dios, ni a juzgar al celebrante o a los que te rodean. Simplemente ponte en actitud humilde ante Dios y la Iglesia y dile despacio, con el corazón: “Señor, que no venga a pedirte cuentas, como los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo, sino que esté ya escuchándote como aquellos personajes anónimos que oían atentamente tus enseñanzas”. Dentro de poco llegaremos a Belén. Ésa es nuestra escuela de oración (Archimadrid).
Cristo acababa de entrar triunfalmente en Jerusalén; había echado a los mercaderes del templo, y sus enemigos, llenos de odio y envidia, se acercan a preguntarle: «¿Con qué autoridad haces esto?» Jesús ya había manifestado y enseñado que su poder y misión venía de Dios Padre. Sus enemigos se habían resistido a creerlo y ahora tampoco venían con ganas de abrirse a la verdad. Por tanto, Cristo opta por tomar la iniciativa y proponerles una pregunta para ponerles en aprieto. Les pregunta sobre el Bautista. Su predicación, misión y bautismo, ¿tenían origen divino o no? Básicamente era la misma pregunta que le acababan de hacer. El Bautista había predicado que Cristo era el Mesías. Así que, si los sacerdotes decían que las enseñanzas de Juan eran de origen divino, entonces habrían de admitir la misión de Jesús. Si decían que era sólo de origen humano, la gente se les echaría encima y les apedrearía. Ellos fingen la ignorancia, -pues habían venido de mala fe-, y Jesús les respeta su decisión de permanecer cerrados.
Los sacerdotes intentan rebajar a Jesús con su pregunta y, sin embargo, habiendo venido por lana, salen trasquilados. En vez de ser hombres que buscan a Dios, se buscan a sí mismos y ven en Jesús a alguien que les va a quitar protagonismo o incluso les va a desbancar. Esa envidia les llevará incluso a buscar la muerte de Cristo. Así es la envidia. Basta recordar a Herodes intentando matar al niño Jesús, o a Antipas matando a Juan para no quedar mal ante los invitados al banquete. Casi todos los apóstoles seguirían la misma suerte que el Bautista. Y así padecerían también los mártires de todos los tiempos. Los celos, la envidia, el amor propio, el deseo de ser estimado, tenido por alguien importante, del temor al «qué dirán, el brillar en un cierto nivel social, el ostentar un puesto de honra o poder son fuerzas que carcomen y matan el espíritu del evangelio en nosotros. Dios todopoderoso, que nació niño en una cueva, desmentirá esas creencias: «El que busca su vida, la perderá; el que la pierda por amor a mí, la hallará». En la película “The Damnet”, los malditos, traducida como “La caída de los dioses”, de Visconti, muestra como una familia de alemanes degenera como tanta gente. Recuerdo que un chico mejoró su posición social, y dejó a la novia amiga de toda la vida que ya no le “vestía”, por otra de más “nivel”. Le dije que estaba siendo egoista. Salimos en coche y aún en el garaje ya me decía escandalizado: “¡el cinturón de seguridad!”: para él lo importante era ponérselo cuanto antes. Pensé que estábamos en una sociedad puritana… Oración: Señor, dame la gracia de vivir con pureza de intención. Que mi obrar, pensar, sentir sea por Dios y delante de Dios. Actuar: Revisaré mi actuar para no dejar que la envidia y otros males se instalen en mi corazón. Llucià Pou Sabaté.

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