miércoles, 29 de diciembre de 2010

II Domingo de Adviento, Ciclo A. Preparar los caminos: «Dad fruto digno de conversión»

Isaías 11,1-10. En aquel día: Brotará un renuevo del tronco de Jesé, / un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el espíritu del Señor: / espíritu de ciencia y discernimiento, / espíritu de consejo y valor, / espíritu de piedad y temor del Señor. / Le inspirará el temor del Señor.
No juzgará por apariencias, / ni sentenciará de oídas; / defenderá con justicia al desamparado, / con equidad dará sentencia al pobre. / Herirá al violento con el látigo de su boca, / con el soplo de sus labios matará al impío. / Será la justicia ceñidor de sus lomos; / la fidelidad, ceñidor de su cintura. / Habitará el lobo con el cordero, / la pantera se tumbará con el cabrito, / el novillo y el león pacerán juntos: / un muchacho pequeño los pastorea. / La vaca pastará con el oso, / sus crías se tumbarán juntas; / el león comerá paja con el buey. / El niño jugará con la hura del áspid, / la criatura meterá la mano / en el escondrijo de la serpiente. / No hará daño ni estrago
por todo mi Monte Santo: / porque está lleno el país
de la ciencia del Señor, / como las aguas colman el mar.
Aquel día la raíz de Jesé / se erguirá como enseña de los pueblos: / la buscarán los gentiles, / y será gloriosa su morada.

Salmo 71,2.7-8.12-13.17. R./ Que en sus días florezca la justicia y la paz abunde eternamente.
Para que rija a tu pueblo con justicia, / a tus humildes con rectitud. Que en sus días florezca la justicia / y la paz hasta que falte la luna; / que domine de mar a mar, del Gran Río al confín de la tierra.
Porque él librará al pobre que clamaba, / al afligido que no tenía protector; / él se apiadará del pobre y del indigente, / y salvará la vida de los pobres. / Que su nombre sea eterno / y su fama dure como el sol; / que él sea la bendición de todos los pueblos / y lo proclamen dichoso todas las razas de la tierra.
Carta de San Pablo a los Romanos 15,4-9. Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza.
Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de Nuestro Señor Jesucristo. En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para probar la fidelidad de Dios, cumpliendo las promesas hechas a los patriarcas, y, por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su misericordia. Así dice la Escritura: Te alabaré en medio de los gentiles y cantaré a tu nombre.

Mateo 3,1-12: Por aquellos días se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos». Éste es aquél de quien habla el profeta Isaías cuando dice: ‘Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas’. Tenía Juan su vestido hecho de pelos de camello, con un cinturón de cuero a sus lomos, y su comida eran langostas y miel silvestre. Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.
Pero viendo él venir muchos fariseos y saduceos al bautismo, les dijo: «Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a huir de la ira inminente? Dad, pues, fruto digno de conversión, y no creáis que basta con decir en vuestro interior: ‘Tenemos por padre a Abraham’; porque os digo que puede Dios de estas piedras dar hijos a Abraham. Ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles; y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo en agua para conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias. Él os bautizará en Espíritu Santo y fuego. En su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era: recogerá su trigo en el granero, pero la paja la quemará con fuego que no se apaga».
Comentario: El anuncio profético del reinado de Dios se presenta siempre acompañado de una llamada urgente a la conversión. Así lo vemos en la predicación de Isaías y en la de Juan, que es el último de los profetas. Así también en la predicación de Jesús, que comenzó en Galilea diciendo: "Se acerca el reinado de Dios. Convertíos y creed en la buena Noticia". Por lo tanto, lo que tenemos que hacer cuando llega a nosotros la promesa de Dios es convertirnos. Convertirse a la promesa es por definición convertirse hacia delante, a lo que está por ver y por venir y no volver a las andadas. Es abandonar los viejos caminos y comenzar el camino nuevo. Porque es girar en redondo en vistas a lo que se anuncia, cambiar la vida que llevamos, el corazón, la mentalidad, todo. Y es también no hacerse ilusiones diciendo que "Abrahán es nuestro padre" o que somos "hijos de buena familia". Porque la salvación no está en nuestro pasado, en nuestros orígenes, sino en la nueva solidaridad de los que se aventuran respondiendo personalmente a la promesa (“Eucaristía 1980”). Por aquí nos lleva hoy la liturgia con una llamada a la esperanza, ya desde el introito de la misa, que es como un anuncio solemne de la próxima salida del sol: "nacerá de lo alto" (Lc 1,78) Cristo, el "sol de justicia" (Ml 4,2).
1. Is 11,1-10. “Una rama saldrá del tronco de Jesé -el padre de David-. Un retoño brotará de sus raíces”. Imagen tradicional en Israel en que, refiriéndose a la felicidad, se habla de un árbol floreciente... refiriéndose a la desgracia, se habla de un árbol seco reducido al tronco... De ese tronco casi muerto sale una pequeña yema, un brotecillo endeble, una ramita frágil. El Mesías futuro, como «resto de Israel» escapado de la prueba, ha de surgir de la pobreza y del sufrimiento. Jesús será perseguido desde su nacimiento y morirá mártir. También la Iglesia vive constantemente en la prueba.
-“Reposará sobre él el Espíritu Santo del Señor: Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de temor del Señor”. El Mesías que ha de venir es anunciado como «lleno del Espíritu». Dios viene y "reposa" sobre ese hombre. Jesús hace suya esa profecía, aplicándola a sí mismo, en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4, 18). «El Espíritu de Dios reposa sobre mi...» "Sabiduría", "inteligencia", "fuerza", «ciencia de Dios»... Me imagino y contemplo esas cualidades en Jesús. ¿Y nosotros... los que tenemos que ser prolongación de Cristo? ¿Es éste nuestro espíritu? ¿Qué voy a hacer, hoy, para dejarme conducir por el Espíritu?
-“No juzgará por las apariencias... Juzgará con justicia a los débiles, y dictará sentencia con rectitud a los pobres del país”... Nosotros, los hombres, nos dejamos impresionar fácilmente por las «apariencias». El, el Mesías, juzgará según la verdad y el corazón del hombre. Los pobres, los débiles son sus preferidos. ¿Y yo? ¿ayudo, defiendo a los pobres? Imágenes simbólicas: Los animales salvajes "conviven" con los animales domésticos... “El lobo y el cordero serán vecinos... El niño meterá la mano en la hura de la víbora”... En esta profecía, Isaías anuncia para el "fin de los tiempos", un retorno al paraíso primitivo: así vivía Adán en paz en medio de los animales. Lo que se nos promete es pues una «nueva creación», donde no habrá fuerzas hostiles al hombre... donde el hombre no sentirá temor... donde los instintos agresivos estarán dominados... donde los seres todos podrán convivir en paz unos con los otros. Ayúdanos, Señor, a convivir en paz.
La Biblia nos habla a menudo de la Paz. El Mesías es un «príncipe de la Paz». Esta es una aspiración universal de la humanidad. ¿Qué puedo hacer en este sentido?
-“Nadie hará mal en toda mi montaña santa... Porque el conocimiento del Señor llenará la tierra, como las aguas llenan el fondo del mar”. ¡Oh, qué necesario es a la humanidad ese sueño y esa promesa! ¡Una humanidad que ya no obra el mal, que ya no es opresora ni despreciadora de nadie! La fuente de esa "paz mesiánica" es el «conocimiento de Dios». La «paz-entre-ellos» proviene de tener todos la mirada puesta en el mismo Dios. Dios, factor de unidad. El Padre, fuente de amor entre hermanos. Ciertamente la Iglesia puede ser la suerte de la humanidad. No deja de tener importancia que hombres de todos los países se nutran de la misma Palabra, y comulguen en el mismo ideal, y constituyan un mismo Cuerpo. Te ruego, Señor, que esta profecía se realice y que yo contribuya a realizarla en la parte que de mi dependa (Noel Quesson).
2. Salmo 71: Es un canto al Mesías, que hace justicia, aspiración que colma el corazón humano de todos los tiempos, que debe reinar en la familia, el trabajo, los grupos, las relaciones internacionales... sobre todo los que no tienen con qué defenderse, los "pequeños". El rey-Jesús-Mesías toma partido por los pobres: ¿y nosotros? "La abundancia... El oro de Saba... El país convertido en un campo de trigo..." Imágenes de fecundidad y de felicidad, imágenes de prosperidad casi milagrosa de la era Mesiánica. Imágenes materiales, símbolos de la felicidad espiritual que Jesús trae aun a aquellos que están desamparados y que desconocerán siempre las riquezas y la saciedad. Esta felicidad Mesiánica esencial, es la "paz", unida dos veces a la "justicia" en esta oración. Señor, danos la "paz", da a todos los hombres la "paz" (Shalom): (Noel Quesson).
Rezo, y quiero trabajar con toda mi alma, por estructuras justas, por la conciencia social, por el sentir humano entre hombre y hombre y, en consecuencia, entre grupo y grupo, entre clase y clase, entre nación y nación. Pido que la realidad desnuda de la pobreza actual se levante en la conciencia de todo hombre y de toda organización para que los corazones de los hombres y los poderes de las naciones reconozcan su responsabilidad moral y se entreguen a una acción eficaz para llevar el pan a todas las bocas, refugio a todas las familias y dignidad y respeto a toda persona en el mundo de hoy. «Porque él librará al pobre que clamaba, al afligido que no tenía protector; él se apiadará del pobre y del indigente, y salvará la vida de los pobres; él rescatará sus vidas de la violencia, su sangre será preciosa a sus ojos». Y el Señor bendecirá a su rey y a su pueblo: Que reine la justicia en la tierra (Carlos G. Vallés).
Juan Pablo II explicó que Dios es defensor de los oprimidos, hablando del «poder real del Mesías»: “el Salmo 71, un canto real que meditaron e interpretaron en clave mesiánica los padres de la Iglesia. Acabamos de escuchar el primer gran movimiento de esta oración solemne (cf vv 1-11). Comienza con una intensa invocación conjunta a Dios para que conceda al soberano ese don que es fundamental para el buen gobierno, la justicia. Ésta se expresa sobre todo en relación con los pobres, que generalmente son sin embargo las víctimas del poder. Es de notar la particular insistencia con la que el salmista subraya el compromiso moral de regir al pueblo según la justicia y el derecho: «Dios mío, confía tu juicio al rey, tu justicia al hijo de reyes, para que rija a tu pueblo con justicia, a tus humildes con rectitud... Que él defienda a los humildes del pueblo, socorra a los hijos del pobre y quebrante al explotador» (vv 1-2.4). Así como el Señor rige al mundo según la justicia (cf Sal 35,7), el rey que es su representante visible en la tierra -según la antigua concepción bíblica- tiene que uniformarse con la acción de su Dios.

Si se violan los derechos de los pobres, no se cumple sólo un acto políticamente injusto y moralmente inicuo. Para la Biblia se perpetra también un acto contra Dios, un delito religioso, pues el Señor es el tutor y el defensor de los oprimidos, de las viudas, de los huérfanos (cf Sal 67,6), es decir, de quienes no tienen protectores humanos. Es fácil intuir que la figura del rey davídico, con frecuencia decepcionante, fuera sustituida -ya a partir de la caída de la dinastía de Judá (s. VI a.C.)- por la fisonomía luminosa y gloriosa del Mesías, según la línea de la esperanza profética expresada por Isaías: «Juzgará con justicia a los débiles, y sentenciará con rectitud a los pobres de la tierra» (11,4). O, según el anuncio de Jeremías, «Mirad que días vienen -dice el Señor- en que suscitaré a David un germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra» (23,5).
Después de esta viva y apasionada imploración del don de la justicia, el Salmo amplía el horizonte y contempla el reino mesiánico-real en su desarrollo a través de dos coordinadas, las del tiempo y el espacio. Por un lado, de hecho, se exalta su duración en la historia (cf. Sal 71,5.7). Las imágenes de carácter cósmico son vivas: se menciona el pasar de los días al ritmo del sol y de la luna, así como el de las estaciones con la lluvia y el nacimiento de las flores. Un reino fecundo y sereno, por tanto, pero siempre caracterizado por esos valores que son fundamentales: la justicia y la paz (cf v 7). Estos son los gestos de la entrada del Mesías en la historia. En esta perspectiva es iluminador el comentario de los padres de la Iglesia, que ven en ese rey-Mesías el rostro de Cristo, rey eterno y universal.

De este modo, san Cirilo de Alejandría en su «Explanatio in Psalmos» observa que el juicio que Dios hace al rey es el mismo del que habla san Pablo: «hacer que todo tenga a Cristo por Cabeza» (Ef 1,10). «En sus días florecerá la justicia y abundará la paz», como diciendo que «en los días de Cristo por medio de la fe surgirá para nosotros la justicia y al orientarnos hacia Dios surgirá la abundancia de la paz». De hecho, nosotros somos precisamente los «humildes» y los «hijos del pobre» a los que socorre y salva este rey: y, si llama ante todo «"humildes" a los santos apóstoles, porque eran pobres de espíritu, a nosotros nos ha salvado en cuanto "hijos del pobre", justificándonos y santificándonos por medio del Espíritu».

Por otro lado, el salmista describe también el espacio en el que se enmarca la realeza de justicia y de paz del rey-Mesías (cf Sal 71,8-11). Aquí aparece una dimensión universal que va desde el Mar Rojo o el Mar Muerto hasta el Mediterráneo, del Éufrates, el gran «río» oriental, hasta los más lejanos confines de la tierra (cf v 8), evocados con Tarsis y las islas, los territorios occidentales más remotos según la antigua geografía bíblica (cf v 10). Es una mirada que abarca todo el mapa del mundo entonces conocido, que incluye a árabes y nómadas, soberanos de estados lejanos e incluso los enemigos, en un abrazo universal que es cantado con frecuencia por los salmos (cf Sal 46,10; 86,1-7) y por los profetas (cf Is 2,1-5; 60,1-22; Mal 1,11).

El broche de oro de esta visión podría formularse con las palabras de un profeta, Zacarías, palabras que los Evangelios aplicarán a Cristo: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey. Es justo... Suprimirá los cuernos de Efraím y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de combate, y proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el Río hasta los confines de la tierra» (Zac 9,9-10; Cf Mt 21,5)”.
3. Rm 15,4-9. En Cristo tenemos la realización de las promesas, de la salvación. Cristo acoge a los que se hallaban en continuo pecado. Pablo viene a decir a los cristianos de Roma que incluso a ellos mismos. Por eso, en vuestra vida social, imitad a Jesús. En este punto de conversión al hermano (acogida), el cristiano marcha por el camino de la verdadera conversión (“Eucaristía 1992”).
Vemos que la comunidad de Roma se hallaba dividida en dos grupos o facciones: los "débiles" y los "fuertes". Los primeros se abstenían de comer carne y de beber vino los días señalados, por motivos religiosos; los segundos no distinguían los alimentos, pensando que todas estas prácticas no son lo importante para la fe. Aunque Pablo reconoce en teoría el buen sentido de los "fuertes", invita a los dos grupos a que se respeten y se acojan los unos a los otros como hizo Cristo. Una comunidad dividida en facciones intolerantes no puede unirse para tributar a Dios una misma alabanza. Por lo tanto, la asamblea eucarística presupone, al menos, la unidad de todos sus participantes en una misma esperanza y en una misma fe en Jesucristo. Pero esta unidad en Cristo, el verdadero punto de coincidencia y el único mediador, es un don de Dios. Cristo nos ha dejado el mejor ejemplo de comprensión mutua: él se sometió a la "circuncisión", es decir, a la Ley, y aceptando la Ley y sirviendo a los judíos, dio pruebas de la fidelidad de Dios que cumple las promesas hechas a los patriarcas y al pueblo de Israel; pero no se olvidó de acoger también a los gentiles para manifestarles la misericordia de Dios y lo alaben por esa misericordia. De unos y otros, de judíos y gentiles, hizo Cristo un solo pueblo de Dios. De igual manera es preciso que los cristianos, superando todas las diferencias, lleguen a la unanimidad de una misma alabanza al Padre por Cristo y en Cristo (“Eucaristía 1980”). A lo largo de tiempo se repetirán esas divisiones de buenos y malos, estados de perfección y menos perfectos, que son artificiales al mensaje del Evangelio. -"... acogeos mutuamente como Cristo os acogió..."
4. ¿Cuál es la necesidad más radical del ser humano? ¿El deseo más básico y elemental para ser feliz?
Sentirse amado, para siempre. Es decir, vivir una vida en plenitud enfocada hacia la vida eterna, e ir con las personas que se aman.
Hay momentos importantes en la vida que descubrimos eso, vemos que sí, que “eso es 'vida' de verdad, la felicidad, que es lo que queremos para siempre” (De eso trata Benedicto XVI en sus dos primeras Encíclicas, la que escribió sobre el amor y ahora sobre la esperanza).
Ante la pregunta: ¿Por qué nada del mundo constituye para nosotros un fin que nos satisfaga? La esperanza nos lleva siempre más allá de las actuales conquistas, en una sed de infinitud que no puede ser satisfecha dentro del horizonte de este mundo, y el corazón del hombre se acoge a un deseo que nos dirige más allá, hacia el final de los tiempos.
Precisamente ahí se dirige nuestra mirada en este segundo domingo de adviento: mirar al Señor que viene, como dice la antífona de entrada: “mira al Señor que viene a salvar a los pueblos, el Señor hará oír su voz gloriosa en la alegría de vuestro corazón” (cf. Is 30, 19.30). El profeta Isaías constituye un protoevangelio, y también en la primera lectura nos habla de ese paraíso perdido que añoramos, donde todos seremos amigos y estaremos en armonía con el todo, donde reinarán la justicia y la paz, el gozo de vivir (11, 1-10); como seguimos diciendo en el salmo (71): “en sus días florecerá la justicia y la abundancia de paz eternamente”. Esta querencia nos lleva a pensar en Jesús que viene, ahora en el tiempo, en Navidad, y cuando acabe el mundo, como supremo juez hacia el que concluye toda la creación.
En esta espera, la Iglesia nos propone la figura de Juan el Bautista, la “voz que clama en el desierto”, para ayudar a preparar los caminos del Señor, allanar sus sendas. Es la palabra que anuncia la Palabra, voz que anuncia la Voz, y cuando ésta llega el va desapareciendo, desprendido de honores, seguidores, de todo. Juan "perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón" (San Gregorio magno). Nunca estamos tan llenos cuando, vacíos de nuestro yo, acogemos a Dios. Juan proclama el Bautismo, y acabaremos el tiempo de Navidad con el bautismo de Jesús, que es precisamente cuando comienza su vida pública, cuando da origen a una nueva creación, un volver a crear las aguas en las que nos sumergimos con Él, e instaura un nuevo orden, como dice Benedicto XVI en “Jesús de Nazaret”: “por su ser hombre, todos le pertenecemos, y El a nosotros; en Él la humanidad tiene un nuevo inicio y llega también a su cumplimiento”. Aparece el Bautista en un momento en el que vemos que “Israel vive en la oscuridad de Dios, las promesas hechas a Abraham y David parecen sumidas en el silencio de Dios. Una vez más puede oírse el lamento: ya no tenemos un profeta, parece que Dios ha abandonado a su pueblo. Pero precisamente por eso el país bullía de inquietudes”, a nivel religioso y político; ese ambiente nos ayuda a entender mejor lo que hoy meditamos: “Judas el Galileo había incitado a un levantamiento que fue sangrientamente sofocado por los romanos. Su partido, los zelotes, seguía existiendo, dispuesto a utilizar el terror y la violencia para restablecer la libertad de Israel; es posible que uno o dos de los doce Apóstoles de Jesús —Simón el Zelote y quizás también Judas Iscariote— procedieran de aquella corriente”. Estamos en un tiempo en el que –según las excavaciones del desierto- había comunidades de renovación espiritual: “La seria piedad reflejada en estos escritos nos conmueve: parece que Juan el Bautista, y quizás también Jesús y su familia, fueran cercanos a este ambiente. En cualquier caso, en los escritos de Qumrán hay numerosos puntos de contacto con el mensaje cristiano. No es de excluir que Juan el Bautista hubiera vivido algún tiempo en esta comunidad y recibido de ella parte de su formación religiosa.
”Con todo, la aparición del Bautista llevaba consigo algo totalmente nuevo. El bautismo al que invita se distingue de las acostumbradas abluciones religiosas. No es repetible y debe ser la consumación concreta de un cambio que determina de modo nuevo y para siempre toda la vida. Está vinculado a un llamamiento ardiente a una nueva forma de pensar y actuar, está vinculado sobre todo al anuncio del juicio de Dios y al anuncio de alguien más Grande que ha de venir después de Juan”. Se sabe con la misión de “preparar el camino a ese misterioso Otro, sabe que toda su misión está orientada a Él.
”En los cuatro Evangelios se describe esa misión con un pasaje de Isaías: «Una voz clama en el desierto: " ¡Preparad el camino al Señor! ¡Allanadle los caminos!"» (Is 40, 3). Marcos añade una frase compuesta de Malaquías 3, 1 y Éxodo 23, 20 que, en otro contexto, encontramos también en Mateo (11, 10) y en Lucas (1, 76; 7, 27): «Yo envío a mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino» (Mc 1,2). Todos estos textos del Antiguo Testamento hablan de la intervención salvadora de Dios, que sale de lo inescrutable para juzgar y salvar; a Él hay que abrirle la puerta, prepararle el camino. Con la predicación del Bautista se hicieron realidad todas estas antiguas palabras de esperanza: se anunciaba algo realmente grande”.
Podemos imaginar la el impacto de la figura del Bautista en ese contexto histórico, juzgar por lo que leemos en el Evangelio: «Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados y él los bautizaba en el Jordán» (1,5). Él tiene una misión, una vocación de precursor de los caminos del Señor, de señalar a Jesús: se muestra ya profeta en el seno de su madre, y salta de gozo en la presencia de Jesús (Lucas 1, 76-77). Su lema: “conviene yo mengüe y que Él crezca en mí” es como el resumen de lo que ha de ser la vida cristiana, dejar actuar a Cristo en nosotros para ser hijos de Dios. Dirá a sus discípulos que no era digno de calzarle las sandalias al Cordero de Dios, al que anuncia para que éstos le sigan (Mateo 3, 11).
Nuestro bautismo -y Confirmación- significa también el inicio de una nueva vida –vemos en la segunda lectura- y fruto de la penitencia ha de dar espacio interior al reino de Dios y su justicia, una vida santa: lo principal de la vida, lo único necesario, y para ello hemos de quitar lo que estorba, convertirnos, como decimos en la oración colecta a Dios, “que en nuestra alegre marcha hacia el encuentro de tu Hijo, no tropecemos en impedimentos terrenos, sino que guiados por la sabiduría celestial, merezcamos participar en la gloria de Aquel que vive y reina contigo…” Pero dentro de tanta gente, Juan pone la mirada en algunos en particular, los fariseos y saduceos, tan necesitados de conversión como obstinados en negar tal necesidad. A ellos se dirigen las palabras del Bautista: «Dad fruto digno de conversión» (Mt 3,8). Los fariseos intentan seguir escrupulosamente la ley, evitando la adaptación a la cultura de los romanos y el mundo griego, que es la dominante. Los saduceos, sin embargo, más ilustrados, buscan el compromiso con el mundo romano (desaparecen en su rebelión el año 70, que los romanos reprimen con dureza).
Volviendo a nuestra espera, no ha de ser por tanto “quietismo”, sino “expectación” activa, búsqueda dinámica de la misericordia de Dios, conversión de corazón, «conversión que pasa del corazón a las obras y, consiguientemente, a la vida entera del cristiano» (Juan Pablo II). Hemos de descubrir los principales obstáculos para nuestra vida cristiana, que san Juan resume en “la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y el orgullo de la vida”, como decía san Josemaría: "la concupiscencia de la carne no es sólo la tendencia desordenada de los sentidos en general (...) no se reduce exclusivamente al desorden de la sensualidad, sino también a la comodidad, a la falta de vibración, que empuja a buscar lo más fácil, lo más placentero, el camino en apariencia más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios (...). El otro enemigo (...) es la concupiscencia de los ojos, una avaricia de fondo, que lleva a no valorar sino lo que se puede tocar (...) Los ojos del alma se embotan; la razón se cree autosuficiente para entender todo, prescindiendo de Dios. Es una tentación sutil, que se ampara en la dignidad de la inteligencia, que Nuestro Padre Dios ha dado al hombre para que lo conozca y lo ame libremente. Arrastrada por esa tentación, la inteligencia humana se considera el centro del universo, se entusiasma de nuevo con el ‘seréis como dioses’ (Gen 3,5) y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. La existencia nuestra puede de este modo, entregarse sin condiciones en manos del tercer enemigo, de la ‘superbia vitae’. No se trata sólo de pensamientos efímeros de vanidad o de amor propio: es un engreimiento general. No nos engañemos, porque éste es el peor de los males, la raíz de todos los descaminos" (Es Cristo que pasa, nn.5-6). Juan el Bautista en su lema de vaciarnos de lo malo y llenarnos de Cristo nos da la clave para esta conversión de corazón (con la ayuda de la gracia bautismal, que renovamos en la confesión).
“El bautismo de Juan incluye la confesión: el reconocimiento de los pecados. El judaísmo de aquellos tiempos conocía confesiones genéricas y formales, pero también el reconocimiento personal de los pecados, en el que se debían enumerar las diversas acciones pecaminosas (Gnilka I, p. 68)”. Se trata de “empezar una vida nueva, diferente. Esto se simboliza en las diversas fases del bautismo. Por un lado, en la inmersión se simboliza la muerte y hace pensar en el diluvio que destruye y aniquila”, es el agua que mata al sumergir. “Pero, al ser agua que fluye, es sobre todo símbolo de vida: los grandes ríos —Nilo, Eufrates, Tigris— son los grandes dispensadores de vida. También el Jordán es fuente de vida para su tierra, hasta hoy. Se trata de una purificación, de una liberación de la suciedad del pasado que pesa sobre la vida y la adultera, y de un nuevo comienzo, es decir, de muerte y resurrección, de reiniciar la vida desde el principio y de un modo nuevo. Se podría decir que se trata de un renacer. Todo esto se desarrollará expresamente sólo en la teología bautismal cristiana, pero está ya incoado en la inmersión en el Jordán y en el salir después de las aguas”.
En el desierto de nuestra oración, hemos de dejar entrar las palabras de la predicación del Bautista: «Preparad el camino al Señor, enderezad sus sendas» (Mt 3,3), y junto a la “voz que clama en el desierto”, seamos portadores de la luz que hoy proclamamos: «preparemos los caminos, ya se acerca el Salvador y salgamos, peregrinos, al encuentro del Señor. Ven, Señor, a libertarnos, ven tu pueblo a redimir; purifica nuestras vidas y no tardes en venir» (Himno de Adviento de la Liturgia de las Horas). Y con nuestras vidas, así haremos de altavoz a esas palabras de la Antífona de entrada: "Pueblo de Sión: mira al Señor que viene a salvar a los pueblos. El Señor hará oír la majestad de su voz, y os alegraréis de todo corazón". Nuestra vocación, a semejanza del Bautista, es también dar testimonio –con las palabras y nuestra vida entera- de Cristo. Con nuestra conversión y apertura a los demás seremos luz para atraer las almas al Reino de Dios. Como decía san Josemaría Escrivá, "de que tú y yo nos portemos como Dios quiere no lo olvides dependen muchas grandes". La vocación divina -llamada al seguimiento de Jesús, a participar de su gente, ser de los suyos- es fuente de alegría, de gozo espiritual.

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