miércoles, 29 de diciembre de 2010

III Domingo de Adviento, Ciclo A. Nos llenamos de alegría porque los desiertos se transformarán en un paraíso, con la llegada de Jesús:

Lectura del Profeta Isaías 35,1-6a. 11. El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría. Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón. Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuetes, no temáis. Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá y os salvará. Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará. Y volverán los rescatados del Señor. Vendrán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos, gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.
Salmo 145,7.8-9a.9bc-10. R./ Ven, Señor, a salvarnos.
El Señor mantiene su fidelidad perpetuamente, hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos. El Señor liberta a los cautivos. El Señor abre los ojos al ciego, el Señor endereza a los que ya se doblan, el Señor ama a los justos, el Señor guarda a los peregrinos. Sustenta al huérfano y a la viuda y trastorna el camino de los malvados. El Señor reina eternamente; tu Dios, Sión, de edad en edad.
Carta del Apóstol Santiago 5,7-10.Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor. El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras recibe la lluvia temprana y tardía. Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca. No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que el juez está ya a la puerta. Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los profetas, que hablaron en nombre del Señor.
Evangelio según Mateo (11,2-11): En aquel tiempo, Juan, que en la cárcel había oído hablar de las obras de Cristo, envió a sus discípulos a decirle: «¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?». Jesús les respondió: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!».
Cuando éstos se marchaban, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente: «¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? ¡No! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces, ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os digo, y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: ‘He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, que preparará por delante tu camino’. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista; sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es mayor que él».
Comentario: 1. Is 35,1-10 nos habla de la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso; todas las enfermedades serán curadas porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá. El poema anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo, el sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Es la conquista de la Tierra Prometida ya soñada en la vuelta al país después del destierro (Maertens-Frisque). Vemos que aún la tierra es árida: hay chabolas y pobreza, hospitales psiquiátricos, el hombre necesita ser salvado, hay desierto y ferocidades...
El tema de este poema es la vuelta al Paraíso. La venida del Salvador transformará el desierto en Paraíso; todas las enfermedades serán curadas porque el nuevo Reino no conocerá ya el mal: hasta la misma fatiga desaparecerá.
El poema anuncia la abolición próxima de las maldiciones que acompañaron la caída de Adán: la fatiga del trabajo, el sufrimiento, las zarzas y las espinas del desierto no serán ya más que un mal recuerdo. Esta vuelta al Paraíso, incrustada en los relatos de la conquista de la Tierra Prometida, y, sobre todo, en los de la restauración del país después del destierro, perderá su carácter maravilloso a partir del N.T. No por ello deja de ser una realidad la vuelta al Paraíso, pero el nuevo Adán no pudo penetrar en él el primero, sino después de haber abolido la maldición mediante su obediencia absoluta a su condición de hombre, comprendida la muerte, acompañada de una fidelidad total a su Padre. ¡El cristiano cree todavía en la vuelta al Paraíso, pero sabe que su vuelta no se efectúa sino en la fidelidad a los múltiples paraísos que el hombre quiere reconstruir triunfando de la guerra, del hambre, del trabajo, y que no tiene, pues, aparentemente, ya nada de lo maravilloso que describe Isaías! Y, sin embargo, incluso con esa condición, todo sigue siendo maravilloso, porque todo sigue siendo don de Dios, un don que se traduce en el amor del cristiano hacia sus hermanos (Maertens-Frisque).
En los momentos en que sintamos tristeza y depresión o cuando nos veamos en situaciones desesperadas, nos vendrá muy bien leer esta página de Isaías, profeta consolador. ¡Cómo necesitamos a los profetas!
Se anuncia un espléndido movimiento de restauración, como un maravilloso renacer, empezando por la naturaleza: el desierto será un vergel, todo lleno de flores bellas, dará gusto pasearse por el desierto y la estepa. Se pasa después a las personas y los pueblos: los apocados y abatidos, de rodillas vacilantes y espaldas curvadas, se levantarán firmes, decididos a las mayores empresas; los deprimidos rebosarán de santo orgullo y esperanza; los ciegos, sordos, mudos, cojos, se llenarán de salud y vida.
Esto no es un sueño. Es el anuncio de una realidad transformadora. "Dios viene en persona". Y Dios es bendición y es gracia, lo deja todo lleno de hermosura y de vida. Dios es alegría. Al paso de Dios todo se renueva. Se acabaron los males y las tristezas. ¿No lo acabamos de creer? Si Dios viene, si Dios ha venido, ¿hay algo que temer? (Caritas).
2. El Salmo 145 es un "himno" del reino de Dios. A partir del salmo 145, hasta el último, el 150, tenemos una serie que se llama el "último Hallel", porque cada uno de estos seis salmos comienza y termina por "aleluia". En esta forma el salterio termina en una especie de ramillete de alabanza. Recordemos que la palabra "hallélouia" significa, en hebreo "alabad a Yahveh", "alabad a Dios". El salmista canta el amor de Dios en una especie de carillón festivo, más sensible en hebreo por la repetición, nueve veces, de una misma construcción gramatical que se llama el "participio hímnico":
No confiéis en los príncipes, seres de polvo que no pueden salvar… San Agustín comenta: "No sé por qué extraña debilidad, el alma humana, al ser atribulada, desespera del Señor en este mundo y pretende confiar en el hombre. Dígase a una persona que se encuentra en algún aprieto: «Hay un varón poderoso que puede salvarte.» Al oír esto, sonríe, se alegra y recobra el ánimo. Pero si se le dice: «Dios te libra», se queda desesperanzado y como helado. ¡Te promete socorro un mortal, y te gozas; te lo promete el Inmortal, y te entristeces! ¡Ay de tales pensamientos! ... Sólo en el Hijo del Hombre está la salvación; y en Él reside no porque sea Hijo del Hombre, sino porque es Hijo de Dios".Por eso, Cristo es el sacramento del encuentro con Dios y los Sacramentos actos de salvación personal de Cristo. No existe otro acontecimiento salvífico, otro nombre en el que podamos encontrar nuestra salvación (Act 4: 12), ni otro sacramento que Cristo. Dichoso el que espera en el Señor, su Dios: Por ser ya bienaventurado, Jesús poseía y gozaba plenísimamente de Dios, que es el objeto primario de la esperanza, y, por tanto, carecía de esta virtud. No obstante, como explica Tomás de Aquino, pudo tenerla -y la tuvo de hecho- con relación al auxilio de su Padre para alcanzar la glorificación e inmortalidad de su Cuerpo. Además, "a lo largo de toda su actividad terrena, el Señor, que experimentaba continuamente a su alrededor el favor de su Padre, percibió de una manera espontánea y vital los sentimientos contenidos en este salmo. Para Él mismo sería grato alabar al Padre entonando este mismo himno de alabanza. No obstante, siendo esto verdad, es sobre todo durante las afrentas de su Pasión cuando el Señor obtuvo una experiencia más intensa de este favor con que su Padre le rodea. Parece que el salmo canta en sintonía con el martillo que le cose al madero y, cuando acaban de crucificarle con los mismos instrumentos de su profesión, exclama: 'In manus tuas commendo spíritum meum'. En medio de este confiado abandono recibe la recompensa de su Resurrección gloriosa. Así pues, el salmo, puesto en labios de Cristo resucitado, se reviste de una luz del todo nueva.
El Señor puede dejarnos desprovistos de apoyos humanos y proclamar, en virtud de su experiencia decisiva después de la Pasión, que son verdaderamente dichosos quienes eligen por protector a Dios, que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en él."
"Actualmente Cristo no reina de un modo perfecto en sus miembros porque sus corazones están distraídos en pensamientos vanos... pero cuando este cuerpo mortal se revista de inmortalidad (1 Cor 15: 24), y abandone el mundo, se desgajará de esas distracciones y, entonces, Cristo reinará de un modo perfecto en sus Santos y 'Dios será todo en todos' (1 Cor 15,28).
La contemplación del Profeta le empuja a situarse, por así decir, en el final de los tiempos. Entonces, viendo la fragilidad de todo lo que, por ser terreno, resulta caduco, no piensa mas que en alabar a Dios. Este fin del mundo vendrá presto para cada uno de nosotros: vendrá en el momento en el que muramos y nos desliguemos de cuanto nos rodea. Enderecemos, pues, nuestros afanes hacia lo que constituirá, al fin, nuestra ocupación perenne" (Casiosodo: Félix Arocena).
Este salmo tiene una especie de letanía de desgraciados a los cuales ayuda Dios: los "oprimidos", los "hambrientos", los "prisioneros", los "ciegos", los "abatidos", los "extranjeros", las "viudas", los "huérfanos"... ¡Toda la desgracia del mundo que conmueve a Dios! Parecen un preludio de las bienaventuranzas que Jesús pronunció: "bienaventurado aquel cuyo auxilio es Dios... Bienaventurado el que escucha la palabra de Dios..." Y a estas Bienaventuranzas, corresponde una "maldición" igual que en el salmo: "deja extraviar a los malvados"... "Ay de vosotros los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo". (Lucas 6,24). Jesús repitió a menudo, con este salmo, que la vida materialista conduce a la nada. Recordemos lo del rico que quería ampliar sus ¡graneros! "No confiéis en los poderosos, ellos vuelven a la tierra, y ese día sus proyectos se desploman". Es obvio que la liturgia relacione este salmo 145 con el Evangelio de San Marcos 12, 38-44 por la alusión a la "viuda pobre" que Jesús exalta... Y por la alusión a los escribas, los poderosos de la época, "que devoran los bienes de la viudas", mientras Dios "¡sustenta a la viuda y al huérfano!"
Señor, concédenos esta felicidad profunda. Haz que creamos que allí, y únicamente allí está la felicidad estable, que nada, absolutamente nada, puede lastimar ni empañar.
En una hermosa noche sin nubes, mirad las estrellas, imaginad las galaxias. Pensad en la vida que bulle, en millares y millares de seres sobre la tierra y en el fondo del mar. Podría uno imaginar lejano, este gran Dios del universo. Esto hacen muchos filósofos. Pero escuchad: El se ocupa con predilección de los pequeños, de los maltrechos, de los despreciados, de los desgraciados... (Noel Quesson).
«No confiéis en los príncipes». Aviso oportuno que adapto a mi vida y circunstancias: No dependas de los demás. No me refiero a la sana dependencia por la que el hombre ayuda al hombre, ya que todos nos necesitamos unos a otros en la común tarea del vivir. Me refiero a la dependencia interna, a la necesidad de la aprobación de los demás, a la influencia de la opinión pública, al peligro de convertirse en juguete de los gustos de quienes nos rodean, al recurso servil a «príncipes». Nada de príncipes en mi vida. Nada de depender del capricho de los demás. Mi vida es mía. Sólo rindo juicio ante ti, Señor. Acato tu sentencia, pero no acepto la de ningún otro. No concedo a ningún hombre el derecho a juzgarme. Sólo yo me juzgo a mí mismo al reflejar en la honestidad de mi conciencia el veredicto de tu tribunal supremo. No soy mejor porque me alaben los hombres, ni peor porque me critiquen. Me niego a entristecerme cuando oigo a otros hablar mal de mí, y me niego a regocijarme cuando les oigo colmarme de alabanzas. Sé lo que valgo y lo que dejo de valer. No rindo mi conciencia ante juez humano. En eso está mi libertad, mi derecho a ser yo mismo, mi felicidad como persona. Mi vida está en mi conciencia, y mi conciencia está en tus manos. Tú solo eres mi Rey, Señor. «Dichoso aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios» (Carlos S G. Vallés).
“No estamos abandonados a nosotros mismos; las vicisitudes de nuestra vida no se hallan bajo el dominio del caos o del hado; los acontecimientos no representan una mera sucesión de actos sin sentido ni meta. A partir de esta convicción se desarrolla una auténtica profesión de fe en Dios, celebrado con una especie de letanía, en la que se proclaman sus atributos de amor y bondad (cf. vv. 6-9).
Dios es creador del cielo y de la tierra; es custodio fiel del pacto que lo vincula a su pueblo. Él es quien hace justicia a los oprimidos, da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos. Él es quien abre los ojos a los ciegos, quien endereza a los que ya se doblan, quien ama a los justos, quien guarda a los peregrinos, quien sustenta al huérfano y a la viuda. Él es quien trastorna el camino de los malvados y reina soberano sobre todos los seres y de edad en edad. Son doce afirmaciones teológicas que, con su número perfecto, quieren expresar la plenitud y la perfección de la acción divina. El Señor no es un soberano alejado de sus criaturas, sino que está comprometido en su historia, como Aquel que propugna la justicia, actuando en favor de los últimos, de las víctimas, de los oprimidos, de los infelices.
Así, el hombre se encuentra ante una opción radical entre dos posibilidades opuestas: por un lado, está la tentación de "confiar en los poderosos" (cf. v. 3), adoptando sus criterios inspirados en la maldad, en el egoísmo y en el orgullo. En realidad, se trata de un camino resbaladizo y destinado al fracaso; es "un sendero tortuoso y una senda llena de revueltas" (Pr 2, 15), que tiene como meta la desesperación. En efecto, el salmista nos recuerda que el hombre es un ser frágil y mortal, como dice el mismo vocablo 'adam, que en hebreo se refiere a la tierra, a la materia, al polvo. El hombre -repite a menudo la Biblia- es como un edificio que se resquebraja (cf. Qo 12, 1-7), como una telaraña que el viento puede romper (cf. Jb 8, 14), como un hilo de hierba verde por la mañana y seco por la tarde (cf. Sal 89, 5-6; 102, 15-16). Cuando la muerte cae sobre él, todos sus planes perecen y él vuelve a convertirse en polvo: "Exhala el espíritu y vuelve al polvo; ese día perecen sus planes" (Sal 145, 4).
Ahora bien, ante el hombre se presenta otra posibilidad, la que pondera el salmista con una bienaventuranza: "Bienaventurado aquel a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor su Dios" (v. 5). Es el camino de la confianza en el Dios eterno y fiel. El amén, que es el verbo hebreo de la fe, significa precisamente estar fundado en la solidez inquebrantable del Señor, en su eternidad, en su poder infinito. Pero sobre todo significa compartir sus opciones, que la profesión de fe y alabanza, antes descrita, ha puesto de relieve. Es necesario vivir en la adhesión a la voluntad divina, dar pan a los hambrientos, visitar a los presos, sostener y confortar a los enfermos, defender y acoger a los extranjeros, dedicarse a los pobres y a los miserables. En la práctica, es el mismo espíritu de las Bienaventuranzas; es optar por la propuesta de amor que nos salva desde esta vida y que más tarde será objeto de nuestro examen en el juicio final, con el que se concluirá la historia. Entonces seremos juzgados sobre la decisión de servir a Cristo en el hambriento, en el sediento, en el forastero, en el desnudo, en el enfermo y en el preso. "Cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40): esto es lo que dirá entonces el Señor”, así decía Juan Pablo II.
Orígenes, cuando llega al versículo 7 del salmo, que dice: "El Señor da pan a los hambrientos y liberta a los cautivos", descubre en él una referencia implícita a la Eucaristía: "Tenemos hambre de Cristo, y él mismo nos dará el pan del cielo. "Danos hoy nuestro pan de cada día". Los que hablan así, tienen hambre. Los que sienten necesidad de pan, tienen hambre". Y esta hambre queda plenamente saciada por el Sacramento eucarístico, en el que el hombre se alimenta con el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
3. St 5,7-10. ¿Se acabarán los males? En tiempos de Santiago no parecían las cosas tan claras. ¿Dios ha venido? Pues no se nota demasiado. El apóstol nos responde: Dios ha venido, pero tiene que volver. La primera venida fue en debilidad, la segunda será en poder y gloria, y no tardará. Necesitáis mucha paciencia. No os pongáis nerviosos. Paciencia. Lo repite cuatro veces. Para todo se necesita paciencia. ¿O es que el labrador tira de las plantas para que crezcan más deprisa? ¿Y no hubo que esperar largos siglos para la primera venida del Señor? Y el Señor ¿no fue paciente? ¿A quiénes podemos poner hoy por ejemplo de paciencia? También los hay, pero la verdad es que vivimos en un tiempo dominado por las prisas y el nerviosismo (Caritas). Santiago habla de la paciencia… es una lección para vivir en esa vigilante espera de la venida del Señor, pero también de cómo Dios sabe sacar de todo algo bueno.
Hay una estrecha relación entre este breve e importante pasaje de la carta de Santiago y lo que acaba de anunciar amenazando a los ricos con el día de su "matanza", esto es, con el día del juicio de Dios. Pues los ricos engordan para la muerte, mientras los pobres han de esperar con paciencia la venida del Señor que les hará justicia. Ahora Santiago se dirige a los pobres y no simplemente a los cristianos.
Las víctimas de la explotación de los ricos, los pobres, a los que Santiago llama cariñosamente "hermanos", están en peligro de perder la paciencia y caer en la desesperación. Por eso les anima para que perseveren hasta el fin, hasta que venga el Señor.
La paciencia cristiana vive de la esperanza, y es una virtud activa que no debe confundirse con una resignación fatalista. El que espera no se amilana ante las dificultades y peligros, vive atento a los signos de los tiempos y procura sacar el mayor provecho de todas las ocasiones para acercarse cada vez más al reino de la paz y de la justicia. Esta paciencia de los pobres que esperan se parece a la que tienen los hombres del campo. Ellos saben esperar después de sembrar, ellos saben que vendrá el tiempo de la cosecha. No todo está en las manos del labrador, y el labrador necesita paciencia, pero sería estúpido esperar nada cuando nada se ha sembrado. Cierto que ha de venir la lluvia en otoño y sembrar la semilla, cierto que hace falta la lluvia más tardía, la de abril, para que grane la mies...; pero cuando la cosecha está a punto de siega, el segador no debe descuidarse en meter la hoz en los trigales. También los pobres que esperan el día del juicio, el día de la justicia de Dios, han de esperar con serenidad y paciencia, vigilando siempre, dispuestos a emplearse a fondo cuando llegue el momento oportuno.
Y mientras tanto, es preciso evitar las quejas, las murmuraciones y la crítica destructiva en medio de la comunidad. Nadie debe constituirse así mismo en juez de los demás y anticipar impacientemente un juicio que sólo puede hacer el que ha de venir, el Señor que está viniendo. Santiago da este consejo a los pobres que esperan, y se refiere a la necesidad de evitar entre ellos la discordia y la mutua condenación.
Después de este inciso sobre el recto comportamiento en la comunidad de los pobres del Señor, Santiago vuelve a recomendarles la paciencia. Ahora les presenta el ejemplo de los profetas que deben imitar. También los profetas padecieron persecuciones y sufrieron en su carne la fuerza de los poderosos de este mundo, pero supieron perseverar hasta el fin y anunciaron contra viento y marea la palabra de Dios. Nunca renunciaron a la esperanza. En el versículo siguiente se refiere a la paciencia de Job (“Eucaristía 1980”).
4.Juan vuelve a ser protagonista este otro domingo; nos enseña a situarnos al servicio de Jesús: «No soy digno de desatarle las sandalias» (Jn 1,27); nos enseña dejar actuar a Dios en nosotros: «Es preciso que Él crezca y que yo disminuya» (Jn 3,30); nos enseña a ser instrumentos suyos, “amigo del esposo” (cf. Jn 3,26). Cirilo de Jerusalén recoge esta actualización del precursor, en nuestros días: «Nosotros anunciamos la venida de Cristo, no sólo la primera, sino también la segunda, mucho más gloriosa que aquélla. Pues aquélla estuvo impregnada por el sufrimiento, pero la segunda traerá la diadema de la divina gloria». La temática de este domingo es pues preparar la venida del Señor en primer lugar en nuestra vida, y ser precursores de la luz ayudando a llevar las almas a Jesús.
Si tomamos los textos litúrgicos, nos encontramos a Isaías en la primera lectura (31,1-6.10) nos habla de una tierra desierta que “florecerá como lirio”, que está en relación con lo que dice en otro lugar, más adelante, de dejarnos llevar por el Espíritu: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido"; también Santiago, dentro del contexto de la paciencia ante las contrariedades nos anima a tener paciencia: “mirad como el labrador espera el precioso fruto de la tierra… Esperad, pues, también vosotros con paciencia y fortificad vuestros corazones” (Santiago 5, 7-10) que es fruto de esta acción del “Espíritu del Señor sobre mío: me envió para evangelizar a los pobres”, diremos en el Aleluya (Is 61, 1). También el Evangelio nos mostrará cómo reconocer esta luz interior, cuando Jesús nos habla de san Juan como del más grande entre los nacidos de mujer, pero el más pequeño en el Reino de los cielos (11, 2-11). Él es el precursor, “de quien está escrito: ‘he aquí que Yo envío mi ángel ante tu faz, que aparejará tu camino delante de ti”.
En la Antífona de entrada el “Gaudete in Domino semper. Iterum dico: Gaudete!” da nombre al domingo: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres” y nos da la razón de esta alegría: “Dominus prope, El Señor está cerca” (Fil 4,4-5). Se nos invita a estar alegres porque se acerca la Navidad, faltan pocos días. María es modelo de mujer feliz, como profetizó Isabel en la Visitación: “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1,43-45). El hijo que llevaba en las entrañas ya señalaba al Maestro, ya en el vientre de su madre el pequeño Juan mostraba el camino para Cristo (cf. Lc 1,76). Y responde con las palabras del Magnificat, “Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre? (Lc 1,46-49). Con María podemos penetrar estos días en la unión profunda entre alegría y estar con el Señor, dejar el corazón –por la humildad- dispuesto a que entre el Señor y nos posea. Hemos de hacernos pequeños, estar siempre alegres y exultar… pues el Señor está cerca, viene para salvarnos.
“Conviene que Él crezca y que yo mengüe”; es preciso fiarse de Dios y dejarle hacer y sustituir nuestra lógica por la suya; hacer un hueco en nuestro corazón para la llegada de Dios, que Él crezca y disminuya mi orgullo: "Padre mío —¡trátale así, con confianza!—, que estás en los Cielos, mírame con compasivo Amor y haz que te corresponda. //—Derrite y enciende mi corazón de bronce, quema y purifica mi carne inmortificada, llena mi entendimiento de luces sobrenaturales, haz que mi lengua sea pregonera del Amor y de la Gloria de Cristo." (San Josemaría, Forja, 3).
Seguir su obra mística Camino en algunos de sus puntos, nos ayuda a ver ese proceso del alma que se abre a la alegría fruto de dejar actuar a Dios: "Señor, nada quiero mas que lo que Tú quieras. Aun lo que en estos días vengo pidiéndote, si me aparta un milímetro de la Voluntad tuya, no me lo des." (Forja, 512). “El ‘gaudium cum pace’ —la alegría y la paz— es fruto seguro y sabroso del abandono” (C 768; cf. C 758: “la aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada”). Como dice Camino 758, “La aceptación rendida de la Voluntad de Dios trae necesariamente el gozo y la paz: la felicidad en la Cruz. —Entonces se ve que el yugo de Cristo es suave y que su carga no es pesada” (15.11.1931), con “el gozo y la paz” que sitúa S. Pablo en el segundo y tercer lugar entre los “frutos” del Espíritu Santo en el alma (Gal 5, 22; cf. también Rom 14, 17; 15, 13; y Mt 11, 30 para la parte final sobre la cruz). Subraya que esa alegría se da “en la Cruz”, en “su dulce Cruz” (n. 658), comenta Pedro Rodríguez (Edición crítica, p. 842). Es un tema central de la espiritualidad de S. Josemaría (cf. lo dicho en 555). “Felicidad en la Cruz”, como dice Juan Pablo II: “muchas veces los Santos han vivido algo semejante a la experiencia de Jesús en la cruz en la paradójica confluencia de felicidad y dolor”: “Te acogota el dolor porque lo recibes con cobardía. —Recíbelo, valiente, con espíritu cristiano: y lo estimarás como un tesoro” (C 169).
“Gozo y la paz” (cf. Rom 14, 17; 15, 13; Gal 5, 22; sobre “carga no es pesada”: cf. Mt 11, 30). “¿Y qué es la paz? La paz es algo muy relacionado con la guerra. La paz es consecuencia de la victoria. El fruto de esa lucha por cumplir la voluntad de Dios es la paz de Camino 759: “¡Paz, paz!, me dices. —La paz es… para los hombres de "buena" voluntad” (Cf. Lc 2, 14, que tiene el sentido “en los que Dios se complace”, que tiene su relación en 258: “Rechaza esos escrúpulos que te quitan la paz. —No es de Dios lo que roba la paz del alma.
Cuando Dios te visite sentirás la verdad de aquellos saludos: la paz os doy…, la paz os dejo…, la paz sea con vosotros…, y esto, en medio de la tribulación” (hace ref. a Lc 24, 36 en el anuncio de la gloria; Jn 14, 27; 20, “el espíritu sopla donde quiere”: Jn 3, 8); el capítulo “escrúpulos” tiene la perspectiva de tribulación, de la que se sale por la obediencia (cf. com/259), y entonces “surge... et ambula” (cf. Mt 9, 5).
La paz exige de mí una continua lucha, sin lucha no podré tener paz” (480): aquí “aparece en su clave espiritual, siguiendo el texto de Gal 5, 22: como ‘fruto’ del Espíritu Santo, del abandono a la acción del Espíritu Santo. Hay que situar esto en el contexto de Alegría, un capítulo que termina el de las virtudes (cap. 31, de la sección II-B), que perfila –como dice el Autor- lo que constituye un hijo de Dios: “quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino” (p/ 665). Es el “semper gaudete” (1 Thes 5, 16; cf. C 662; cf. C 152; 2 Cor 5, 9). El abandono “en los brazos amorosos de tu Padre-Dios” (C 659) es la ‘condición’ para la paz (C 767); el “secreto” para ser feliz en la tierra (766). Abandono es lo mismo que el ‘fiat’ de la Virgen (763). Amor a la Voluntad de Dios y alegría de paz señalan así, el arco de la vida critiana según el Autor de C. (Vid cap. ‘Alegría’” especialmente el n. 848. Además, todo el cap. “los medios” está unido a este optimismo sobrenatural que más arriba se ha dicho).
“"Nonne cor nostrum ardens erat in nobis, dum loqueretur in via?" —¿Acaso nuestro corazón no ardía en nosotros cuando nos hablaba en el camino? / Estas palabras de los discípulos de Emaús debían salir espontáneas, si eres apóstol, de labios de tus compañeros de profesión, después de encontrarte a ti en el camino de su vida” (C 917; Lc 24, 32).
Hasta aquí los puntos de “Camino”. El actuar de Dios, amante que sale a nuestro encuentro, busca la oveja perdida y envía a su hijo para salvarnos: Jesús se hace hombre y muere en la cruz y con su sacrificio cruento paga abundantemente los pecados de todos los hombres y nos reconcilia con Dios, y nos abre las puertas del cielo. El Padre organiza la gran fiesta para el hijo que vuelve después de haberse perdido. Pensemos en un mendigo que es elevado a la categoría de hijo, y el rey lo acoge como hijo propio. Pues mucho más que esto es lo que Dios hace con nosotros a través del misterio pascual de Jesús, de toda su vida. Podemos considerar la Eucaristía como punto central de ese venir Jesús a nosotros: bajo varios aspectos, principalmente como sacrificio ofrecido a Dios, y como sacramento de la presencia de Jesús. El sacrificio de Jesús por amor nuestro es infinito, y en la comunión tenemos la presencia. Cuando el sacerdote consagra, ahí pasa algo muy importante que aconteció hace 2000 años: el hijo de Dios baja a la tierra, nace haciéndose uno de nosotros, se sacrifica por mí, se ofrece por cada uno en la Cruz, el calvario, místicamente pues el sacrificio se realizó sólo una vez. Pero es el mismo sacrificio. Una la víctima, Jesús. Uno el sacerdote, Jesús. Y sólo se distingue en el modo (en la cruz, en su cuerpo que muere, y en el altar de modo "eucarístico", bajo las especies). Todos nos juntamos para hacer la Misa, que no solamente vamos para "oír la Misa", sino a "hacerla" con el sacerdote. Porque vamos a ofrecer y a hacer sacrificios con él. La Misa es la viva actualización del sacrificio de la Cruz. En la Misa se cumplen también aquellas palabras de Jesús: "cuando fuere levantado sobre la tierra atraeré a todos hacia mí" (Jn 12, 32). Somos entonces sacerdotes de nuestra propia existencia, como dice san Pedro en la primera carta: "vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, pueblo adquirido por Dios". En la Eucaristía el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor nuevo. Esta participación de toda la comunidad asume un particular relieve en el encuentro dominical, que permite lleva al altar la semana transcurrida con las cargas humanas que la han caracterizado.Y por esto Jesús en palabras del sacerdote dice "sacrificio mío y vuestro".
El aspecto central y principalísimo de la Misa consiste en su carácter de sacrificio, que perpetúa el único y perfecto sacrificio de Cristo en la cruz; ahora de manera incruenta, con la separación mística de las dos especies; y el ofrecimiento de este sacrificio se realiza -por el ministerio del sacerdote- mediante la doble consagración del pan y del vino, que significa la separación del Cuerpo y de la Sangre, la muerte de Cristo. Ahí es cuando nos dice Jesús: “Yo llamo a tu puerta, escúchame, ábreme”.
Para concluir, unas palabras de Juan Pablo II en el día de hoy: "El Adviento es tiempo de alegría, pues permite revivir la espera del acontecimiento más alegre de la historia: el nacimiento del Hijo de Dios de la Virgen María… Saber que Dios no está lejos, sino cercano; que no es indiferente, sino compasivo; que no es ajeno, sino un Padre misericordioso que nos sigue con cariño en el respeto de nuestra libertad: este es motivo de una alegría profunda que las cambiantes vicisitudes cotidianas no pueden ocultar". Una característica inconfundible de la alegría cristiana "es que puede convivir con el sufrimiento, pues se basa totalmente en el amor. De hecho, el Señor que se encarna, viene a infundirnos su alegría, la alegría de amar.". Y mientras preparamos el pesebre estos días, pensemos lo que decía Juan Pablo II a los niños: "cuando pongáis en el Nacimiento la imagen del Niño Jesús, rezad una oración por mí y por las muchas personas que se dirigen al Papa en sus dificultades". Llucià Pou Sabaté

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