viernes, 1 de febrero de 2013


En medio de las dificultades el Señor se hace presente y nos ayuda. Pide de nosotros la fe, que nos da un sentido a todo
“Al atardecer de ese mismo día, les dijo: "Crucemos a la otra orilla". Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron a la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: "¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?". Despertándose, él increpó al viento y dijo al mar: "¡Silencio! ¡Cállate!". El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: "¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe?". Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: "¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?"(Marcos 4,35-41).
1. Después de la serie de parábolas, Marcos aborda una serie de milagros. Los cuatro milagros citados aquí por san Marcos no fueron hechos en presencia de la muchedumbre, sino sólo ante los discípulos... para ellos, para su educación. Es algo así como con las parábolas, de las que Marcos cuida varias veces de advertirnos de "que Jesús lo explicaba todo, en particular, a sus discípulos" (Mc 4,10; 4,34).
-Jesús había hablado a la muchedumbre. Llegada ya la tarde dijo a sus discípulos: "Pasemos al otro lado. Y despidiendo a la muchedumbre, le llevaron según estaba en la barca”... Instantes de intimidad más tranquilos, en los que Jesús está solo con sus amigos. Deja la Galilea, va a la región pagana de los Gerasenos, país nuevo donde la Palabra de Dios no ha sonado todavía, país de misión... donde viven nuevos creyentes en potencia y donde hay nuevas conversiones posibles. Va allá "con sus discípulos". Tendrán algo más de tiempo para hablar, con la mente reposada, tranquilamente, lejos de la gente. Señor, si lo quieres, sube a menudo a mi barca, salgamos juntos.
-“Se levantó un fuerte vendaval. Las olas se echaban sobre la barca, de suerte que se llenaba de agua”. ¡Sorpresa! La ráfaga que empuja la vela y, de repente, sin esperarlo, tumba la barca. El lago Tiberíades parece estar habituado a estos bruscos asaltos inesperados. Desconcertante. ¿Acepto yo dejarme conducir por Dios, hasta no saber adónde me va a llevar?
-“Él estaba en la popa, durmiendo sobre un cabezal”. Para esto, se necesita: -Sea un equilibrio natural excepcional... -Sea una fatiga inmensa... Te contemplo, Jesús, durmiendo, tu cabeza sobre el cabezal, en la popa del barco.
-Sus discípulos le despiertan y le gritan: "Maestro, ¿no te importa? Estamos perdidos”. ¡Cuántas veces tenemos también nosotros esta impresión! Señor, ¿Tú duermes? ¡Despiértate, no me dejes solo con este problema! (Noel Quesson).
Una tempestad es un buen símbolo de otras muchas crisis humanas, personales y sociales. El mar es sinónimo, en la Biblia, del peligro y del lugar del maligno. También nosotros experimentamos en nuestra vida borrascas pequeñas o no tan pequeñas. Tanto en la vida personal como en la comunitaria y eclesial, a veces nos toca remar contra fuertes corrientes y todo da la impresión de que la barca se va a hundir. Mientras Dios parece que duerme.
-“Y despertando, mandó al viento y dijo al mar: "Calla, sosiégate". Y se aquietó el viento y se hizo completa calma”. Sueño, Señor, con esa completa calma que siguió... recuerdo cuanto has dicho, de que estarás con nosotros cada día, hasta el final de los tiempos. Contigo, ¿cómo temeré?
-“Jesús les dijo: "¿Por que teméis? ¿Aún no tenéis fe?" Y sobrecogidos de gran temor se decían unos a otros: "¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar le obedecen?" El aviso va también para nosotros, por nuestra poca fe y nuestra cobardía. No acabamos de fiarnos de que Cristo Jesús esté presente en nuestra vida todos los días, como nos prometió, hasta el fin del mundo. No acabamos de creer que su Espíritu sea el animador de la Iglesia y de la historia. A los cristianos no se nos ha prometido una travesía apacible del mar de esta vida. Nuestra historia, como la de los demás, es muchas veces una historia de tempestades. Cuando Marcos escribe su evangelio, la comunidad cristiana sabe mucho de persecuciones y de fatigas. A veces son dudas, otras miedo, o dificultades de fuera, crisis y tempestades que nos zarandean. Pero a ese Jesús que parece dormir, sí le importa la suerte de la barca, sí le importa que cada uno de nosotros se hunda o no. No tendríamos que ceder a la tentación del miedo o del pesimismo. Cristo aparece como el vencedor del mal. Con él nos ha llegado la salvación de Dios. El pánico o el miedo no deberían tener cabida en nuestra vida. Como Pedro, en una situación similar, tendríamos que alargar nuestra mano asustada pero confiada hacia Cristo y decirle: «Sálvame, que me hundo» (J. Aldazábal).
2. El Antiguo Testamento nos da ejemplos de «hombres de Fe»: “-La fe es anticipo de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven”. La fe es una paradoja: nos hace «poseer» ya lo que no tenemos y además nos hace «conocer» lo que cae fuera de la capacidad de nuestros sentidos.
La fe es Dios en el hombre, es un inicio del cielo, es la alegría eterna, presente ya en el seno de la monotonía cotidiana.
La fe es un dinamismo vital extraordinario, una aventura en compañía de lo invisible.
La fe es la familiaridad con un inmenso entorno de realidades invisibles a los demás.
La fe es un nuevo modo de conocimiento, unos «ojos nuevos» para verlo todo.
Tantos han encontrado una vida con sentido, por la fe. Ayúdanos, Señor, a ser hombres de fe, hombres que esperan o ¡poseen ya lo que esperan!
-“Gracias a la fe, Abraham obedeció a la llamada de Dios...” Partió sin saber adonde iba... La fe es confiar en la palabra de alguien... es ponerse en camino... es avanzar en la noche hacia la luz... es esperar una ciudad perfecta donde ¡todo será «edificado» sobre el amor! La fe es también trabajar en ese «sentido» sin ver aún los resultados... pero con la seguridad que está el taller preparado y que ya se construye, porque Dios actúa: Él es a la vez el arquitecto, que hace el plano, el constructor, el que realiza la obra día a día.
-“Gracias a la fe, Sara también, aun fuera de la edad, recibió vigor para ser madre porque creyó que Dios sería fiel a su promesa”. Creer en la fecundidad de mi vida, a pesar de las apariencias contrarias. Trabajar según mis medios y confiar en las promesas de Dios: cuando se ha hecho todo como si no se esperase nada de Dios, aún es preciso esperarlo todo de El como si uno mismo no hubiera hecho nada...
-“En la fe murieron todos ellos sin haber conseguido la realización de la promesas, pero la habían visto y saludado desde lejos. De hecho aspiraban a una patria mejor, la de los cielos”. El «hermoso riesgo de la fe» llega hasta aceptar morir pensando que la muerte no es caer en la nada, sino en las manos del Padre. Se deja una patria por otra mejor (Noel Quesson).
3. ¿Creemos también en tiempos de crisis y de «noche oscura del alma»?, ¿o sólo cuando Dios nos regala la sensación de su cercanía? Abrahán, patriarca de los creyentes, es modelo de fe para animarnos en tiempos que a nosotros nos parecen difíciles. Su fe en la fidelidad de Dios la deberíamos tener también nosotros, los que en el Benedictus de Laudes (y hoy como salmo responsorial), decimos que nos alegramos de la fidelidad de Dios, porque actúa «recordando su santa alianza y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán»; los que confiamos en que, como decimos en el Magníficat de Vísperas, Dios se acuerda «de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (J. Aldazábal).
Llucià Pou Sabaté


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