miércoles, 21 de noviembre de 2012



Jueves de la 33ª semana de Tiempo Ordinario (par). Jesús siente la infidelidad de Jerusalén: “¡Si comprendieras lo que conduce a la paz!”

“En aquel tiempo, al acercarse Jesús a Jerusalén y ver la ciudad, le dijo llorando: -« ¡Si al menos tú comprendieras en este día lo que conduce a la paz! Pero no: está escondido a tus ojos. Llegará un día en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te sitiarán, apretarán el cerco, te arrasarán con tus hijos dentro, y no dejarán piedra sobre piedra. Porque no reconociste el momento de mi venida»” (Lucas 19,41-44).  

1. –“Jesús se acercaba a Jerusalén, y al verla”... El viaje hacia Jerusalén se está acabando, desde Jericó Jesús ha andado veinte kilómetros de cuesta. Llegado a Betania, desde esas alturas  se domina el espléndido paisaje de Jerusalén. La magnífica ciudad está allí extendida a nuestros pies... las casas apiñadas unas contra otras sobre el rocoso espolón que limitan el valle de Cedrón y la Geena... las sólidas murallas que protegen la ciudad... El Templo del Dios viviente, en el centro de Jerusalén, resplandeciente con sus columnas de mármol, y el techo de oro fino. Era en ese lugar de su camino donde los peregrinos llenos de entusiasmo entonaban el Salmo 121: «Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor, Ya están pisando nuestros pies, tus umbrales, Jerusalén: Jerusalén, ciudad bien construida, maravilla de unidad... Haya «paz» en tus muros y en tus palacios, días espléndidos. Por amor de mis hermanos y amigos, diré: «¡La paz contigo!». Por amor de la casa del Señor, nuestro Dios, yo os auguro la felicidad» . Esto es lo que Jesús oye cantar a su alrededor.
-“Jesús lloró”... Tienes sentimientos, Señor, y no quieres ocultarlos. Esas lágrimas manifiestan tu no poder hacer nada ante la libertad, Jesús. Trataste de «convertir» Jerusalén, pero esa ciudad, en conjunto, te resistió, y te rechaza: dentro de unos días serás juzgado, condenado, y ejecutado...
Dios prefiere "llorar de impotencia en Jesús antes que privar al hombre de su libertad" (Stöger). Este llanto es todavía llamamiento a su paz mesiánica, y te vemos, Jesús, cómo amas a tu pueblo, y cómo tus sentimientos de pena prorrumpen en llanto. Aún hoy este pueblo busca su conversión, quizá sin saberlo, y san Pablo dirá que será un signo del fin de los tiempos, esa conversión.
La misma conversión que buscamos todos, la que S. Ambrosio explicaba así a las vírgenes: “La que de esta manera busca a Cristo y lo encuentra puede decir: Lo abracé, y ya no lo soltaré, hasta meterlo en la casa de mi madre, en la alcoba de la que me llevó en sus entrañas. ¿Cuál es la casa de tu madre y su alcoba, sino lo más íntimo y secreto de tu ser?
”Guarda esta casa, limpia sus aposentos más retirados, para que, estando la casa inmaculada, la casa espiritual fundada sobre la piedra angula, se vaya edificando el sacerdocio espiritual, y el Espíritu Santo habite en ella.
”La que así busque a Cristo, la que así ruega a Cristo no se verá abandonada por Él; más aún, será visitada por Él con frecuencia, pues está con nosotros hasta el fin del mundo”.
-“¡Si también tú, en ese día, comprendieras lo que te traería la «paz»!” Era el deseo del Salmo. Era el nombre mismo de Jerusalén: «Ciudad de la Paz». Jesús sabe que el aporta la expansión, la alegría, la paz a los hombres. Pero se toma en serio la libertad del hombre y respeta sus opciones: más que manifestar su poder, llora y se contenta con gemir... «Si comprendieras...»
-“Pero, por desgracia, tus ojos no lo ven”. La incredulidad de Jerusalén, es símbolo de todas las otras incredulidades... La incredulidad de aquel tiempo, símbolo de la incredulidad de todos los tiempos... Jerusalén está ciega: no ha «visto» los signos de Dios, no ha sabido reconocer la hora excepcional que se le ofrecía en Jesucristo. Jerusalén crucificará, dentro de unos días, a aquél que le aportaba la paz. “No reconociste el tiempo de la visita de Dios”. ¡Admirable fórmula de ternura! Era el tiempo de la «cita» de amor entre Dios y la humanidad. Esa visita única, memorable, se desarrollaba en esa ciudad única en toda la superficie de la tierra. «Y Jerusalén, ¡tú no compareciste a la cita!» Pero ¿estoy yo, a punto hoy para las «visitas» de Dios? De cuántas de ellas estoy ausente también por distracción, por culpa, por ceguera espiritual!... por estar muy ocupado en muchas otras cosas.
-“Días vendrán sobre ti en que tus enemigos te rodearán de trincheras, te estrellarán contra el suelo a ti y a tus hijos, y no dejarán en ti piedra sobre piedra”. Cuando Lucas escribía eso, ya había sucedido la predicción del Señor: en el 70, los ejércitos de Tito habían arrasado prácticamente la ciudad... esa hermosa ciudad que Jesús contemplaba aquel día con los ojos llenos de lágrimas... (Noel Quesson).

2. Sigue el Apocalipsis: “-Vi en la mano derecha «del que» está sentado en el trono, un libro escrito por el anverso y el reverso, y «sellado» con siete sellos...” Es lo de Ezequiel 2, 9-lO: «lo tiene en su mano derecha», él es el dueño, lo tiene «en sus manos»... «un libro sellado», sólo El conoce el secreto de la historia...
El libro de la historia del mundo, el libro de la creación, de la redención, el libro del tiempo... ¡está en la mano de Dios! Veo la historia y su evolución, los cambios culturales, disciplinares… somos historia, hacemos historia… hemos de tener paciencia en ver esos cambios…
-“«¿Quién es digno de abrir el libro y de soltar los sellos?» Nadie era capaz de ello ni en el cielo ni en la tierra. Y yo lloraba mucho porque no se había encontrado a nadie digno de abrir el libro ni de leerlo”. Juan se lamenta y llora mucho, en nombre de la Iglesia perseguida de su tiempo, que se pregunta por el significado de los acontecimientos que está sufriendo.
También nosotros nos sentimos a veces trastornados: ¿quien podría decirnos el sentido de lo que estamos viviendo?, ¿qué significa tal acontecimiento, la muerte de un inocente, de una madre de familia con hijos pequeños?, ¿a donde nos llevará todo esto?, ¿cuál es el porvenir de mis hijos, de mi oficio, de la Iglesia?
-“Uno de los ancianos me dijo: «No llores. El león de la tribu de Judá ha triunfado, el retoño de David podrá abrir el libro de los siete sellos...»
«De pie, delante del trono había un Cordero, como degollado: el cordero recibió el libro...»
Dos imágenes superpuestas: «el león es el símbolo del Mesías» (Génesis 49,9-12), «el cordero» es también símbolo del Mesías, según todo el Nuevo Testamento. En efecto, Cristo, que fue inmolado y que venció, es el único ser capaz de decirnos el significado de lo que vivimos. La historia de la humanidad tiene su única y definitiva significación en Cristo Jesús: él es en verdad la clave de la historia del mundo. Sin El, el mundo no tiene sentido. Sin él, la creación entera es como un libro «escrito en el anverso y reverso» pero indescifrable, ilegible, incomprensible. Señor, cuando no entienda nada de lo que sucede en el mundo, de lo que suceda en mi vida… hazme confiar en ti, en tu lógica, en que tú das sentido a todo…
-«Tú eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos, porque fuiste degollado: y con tu sangre compraste para Dios hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación... » La humanidad no camina hacia el anonadamiento, la muerte, las catástrofes, sino hacia la «salvación», el «rescate», la «vida para Dios, junto a Dios» de hombres venidos de todos los horizontes, razas y culturas. El Cordero derramó su sangre por la humanidad. No hay un más grande amor. De todo lo malo sacas bueno. De tu muerte, nuestra salvación…
-“Y de esos hombres de toda raza... has hecho de ellos, para nuestro Dios, un Reino de Sacerdotes que reinarán sobre la tierra”. ¡He ahí la llamada misteriosa, que une esta lectura a tus lágrimas sobre la infidelidad de Jerusalén! Tu invitación sigue viva más allá de toda infidelidad nuestra… Se hacen «reyes», «sacerdotes» que alaben a Dios y «ofrezcan, en todo lugar, una ofrenda a Dios», su vida ofrecida, entregada a Dios. Y todo esto tiene su origen en tu sacrificio, Jesús, y se proyecta en la historia, en mi vida... (Noel Quesson).

3. El salmo es de victoria: "cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la asamblea de los fieles", con un estribillo tomado del himno del Apocalipsis: "nos hiciste para nuestro Dios reyes y sacerdotes".
Señor, tú eres el Cristo, centro de toda la liturgia en el cielo y la tierra. El Sacerdote y el Maestro y la Palabra y el Cantor y el Orante y el Templo. Rezamos contigo en nuestras súplicas, que concluimos con: "por Cristo Nuestro Señor". Contigo somos mediadores y sacerdotes: "has hecho de ellos una dinastía sacerdotal". Hoy me fijaré con más amor al cantar en la misa el Santo, y el "Cordero de Dios". Para ver en la misa el "banquete de bodas del Cordero", sentirlo cuando se nos diga: "Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".
El "Cristo total" está aquí presente en la misa, todos los unidos a ti Señor, y ya ahora "participamos ya de la liturgia del cielo, allí donde la celebración es enteramente comunión y fiesta" (Catecismo).

Llucià Pou Sabaté

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