sábado, 24 de noviembre de 2012


Domingo 34, último del Año litúrgico: Jesucristo, Rey del universo.
“En aquel tiempo, dijo Pilato a Jesús: - «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: - «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? » Pilato replicó: -«¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?» Jesús le contestó: - «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.» Pilato le dijo: - «Conque, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: - «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Juan 18,33b-37). 

1. El Evangelio nos cuenta que Pilato preguntó a Jesús: «¿Eres tú el rey de los judíos?» Jesús le contestó: «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí». Pilato le dijo: «Con que, ¿tú eres rey?» Jesús le contestó: «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz». Jesús es Rey, pero no quiere ser dominante sino servidor, quiere ser rey de mi corazón, para hacerme feliz, quiere que llevemos amor a los demás, para hacer feliz a todos. Hoy pedimos que Cristo sea rey del universo no solo cuando venga a juzgar la historia y el mundo, a todos, sino que muchos lo acepten ya, que no haya guerras, que nos ayudemos todos, que no haya hambre, que no haya peleas, que haya enseguida hacer las paces, que todos nos sintamos hermanos, hijos de Dios, servidores de este Rey que es nuestro hermano.
2. El profeta Daniel nos habla de que vendrá “en las nubes del cielo como un hijo del hombre”, es decir que es Dios y hombre, Jesús: “le dieron poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo respetarán. Su domino es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin”.
En el Salmo vemos al Señor como Rey, vestido de majestad, con poder. Pero nos gusta verlo como buen pastor que nos cuida: “el Señor es mi pastor, nada me falta”. Recuerdo que un sacerdote que se preparaba para morir, me pidió que le leyera este salmo: “en verdes praderas me hace reposar; hacia aguas tranquilas me guía…”, era un buen excursionista, y pensaba en las veces que subiendo por los prados iba cantando el salmo, y ahora subía al cielo entonándolo también... “reconforta mi alma, me conduce por sendas rectas…” sin miedo, pues con Él vamos seguros: “aunque camine por valles oscuros, no temo ningún mal, porque Tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan”. Y claro, él que había celebrado como sacerdote la Misa cada día se imaginaba estar con Jesús: “preparas una mesa para mí…” y después de haber sido ungido con el bautismo y el sacramento del orden, ahora era ungido con la unción de los enfermos: “unges con óleo mi cabeza”, pero –sigue diciendo el salmo- ya iba a pasar de la mesa de la Misa terrena a la del cielo: “mi copa rebosa”, para tener con Dios un sitio: “tu bondad y misericordia me acompañan todos los días de mi vida” –una vida que ya no se acaba nunca- “y habitaré en la Casa del Señor por años sin fin”.
3. San Juan nos habla de que Jesús nos ha hecho libres de todos los pecados y así como él resucitó de entre los muertos: el primero de todos, también nos resucitará a nosotros, nos ha convertido en su reino. “Él viene en las nubes”, para reinar sobre todos, y al final no habrá nada malo, todo será bueno. Nos dice que hemos de ser “sacerdotes” por el bautismo, decía san Josemaría que hemos de tener alma sacerdotal, pues en la Misa ofrecemos nuestra vida con Jesús a Dios. Un día hablaba con dos personas sobre decoración y al fijarse en una lámpara con pantalla de pergamino con letras de canciones, dijo: “¡qué cosa más bonita!: pone Jesús, música maravillosa para el oído que te escucha, miel dulcísima, para los labios que te nombran, delicia para el corazón que te ama!". Se fijaba en las cosas y todo le ayudaba a rezar. Alma sacerdotal significa tener los mismos sentimientos de Cristo Jesús, que nos ayude a hacer las paces enseguida, a sonreír y luchar otra vez para mejorar en aquello que no ha salido bien, sin rabietas ni orgullo. Hacer las cosas con Jesús, dejando que reine en nuestro corazón. Cuando le preguntaban a san Josemaría qué oratorio le gustaba… a veces decía: “¡la calle!… me gustan los oratorios, para rezar, pero me gusta más la calle… ahí donde estudiamos y hacemos los deberes sin retrasos y con atención, ahí está Jesús en los juegos sin trampas y sin enfados si perdemos, esto es saber ofrecer todo. Pero para funcionar bien necesitamos rezar cada día, pues así será Jesús nuestro Rey, si le tratamos, nos podrá orientar.

Llucià Pou Sabaté

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