miércoles, 26 de septiembre de 2012


Jueves de la 25ª semana de Tiempo Ordinario. Jesús no es un gran hombre, sino Dios encarnado. Y el hombre solo se realiza cuando se abre a Dios

“En aquel tiempo, el virrey Herodes se enteró de lo que pasaba y no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado, otros que habla aparecido Elías, y otros que habla vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se decía: -«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?» Y tenía ganas de ver a Jesús” (Lucas 9,7-9).

1. La fama de Jesús se extiende y llega a oídos de Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea, el asesino de Juan el Bautista. Este Herodes era hijo de Herodes el Grande, el de los inocentes de Belén. Su actitud parece muy superficial, de mera curiosidad. Está perplejo, porque ha oído que algunos consideran que Jesús es Juan resucitado, al que él había mandado decapitar. Este Herodes es el que más tarde dice Lucas que amenaza con deshacerse de Jesús y recibe de éste una dura respuesta: "id y decid a ese zorro..." (Lc 13,31-32). En la pasión, Jesús, que había contestado a Pilato, no quiso, por el contrario, decir ni una palabra en presencia de Herodes, que seguía deseando verle, por las cosas que oía de él "y esperaba presenciar alguna señal o milagro" (Lc 23,8-12; cf J. Aldazábal).
-“Herodes, príncipe de Galilea, se enteró de lo que pasaba acerca de Jesús. Y estaba perplejo. Porque unos decían: "Es Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos." Otros decían: "Es Elías que ha aparecido de nuevo." Y otros: "Es uno de los antiguos Profetas que ha vuelto a la vida."” El afán de algo extraordinario hacía que los judíos esperaran un nuevo Moisés, un nuevo Elías (Noel Quesson).
-“Y Herodes decía: "A Juan yo le hice decapitar. ¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?"” Parece que tenía la inquietud de la conciencia intranquila, del peso del crimen cometido. Hay una luz interior: "cuando los paganos, que no tienen Ley hacen espontáneamente lo que ella manda, aunque la Ley les falte, son ellos su propia Ley... y muestran que llevan escrito en su corazón el contenido de la Ley cuando la conciencia aporta su testimonio" (Rom 2,14).
-“Y tenía ganas de ver a Jesús”. Parece que Herodes no sigue esa luz interior de su conciencia, por el crimen cometido («A Juan le corté yo la cabeza»), y se pregunta por la identidad de Jesús: «¿Quién es éste de quien oigo semejantes cosas?» Es fácil suponer que tiene miedo, y necesita cierto control de las cosas que hace. Hay una contradicción en todo esto, pues si bien «tenía ganas de verlo» se nos dirá más tarde que lo «quería matar» (13,31).
En una vida llena de miedos ante la incertidumbre de un futuro amenazante, muchos se abandonan en sectas y falsas seguridades. Herodes quiere espectáculo, tiene curiosidad por todo lo sobrenatural, como vemos hoy día en algunos. Lo maravilloso y mágico es siempre algo que interesa a la imaginación, y tenemos mucha literatura de leyendas fantásticas, cuentos en los que lo mágico se funde con lo real. La Edad Media, como también la época romántica, fueron tiempos en los que proliferaban esas historias y cuentos. En la época pop se quiso un Jesús "superstar", o un gran hombre, o un admirable maestro. Pero Jesús no es solo un hombre, es Dios encarnado. Sólo los que se acercan a él con fe y sencillez de corazón logran entender poco a poco su identidad como enviado de Dios y su misión salvadora. Señor, yo creo, pero dame tu fuerza para ayudar a los demás, a buscarte, a encontrarte, pues sólo tu eres la respuesta plena a todas nuestras búsquedas.
 Veo que en épocas pasadas, en la Iglesia, también hemos empobrecido tu mensaje, Señor, al mostrar un Dios “impasible” demasiado metafísico (pues estás encarnado), y la fe se nos ha llenado de definiciones sin alma. Cuando estudié teología estaba ilusionado, pero luego me sentí defraudado al encontrarme con explicaciones de dogmas fríos y secos. La fe no es solo creer en cosas, sino seguirte a ti, Jesús. La fe es asombro, que compromete a arriesgarse en tu aventura divina, Señor, en un encuentro de experiencia contigo, en un deseo de tenerte en plenitud.
Dios de eterna juventud, / aviva en nosotros la sed de conocerte / y el deseo de descubrirte. // Haznos sentir curiosidad por tu palabra: / que ella nos inicie en tu misterio / sin agotar el gozo del encuentro siempre nuevo, / incluso en los siglos sin fin (Dios cada día, Sal terrae).

2. Este libro del Eclesiastés ("el predicador", traducción griega del título original, Qohelet) nos dice que el hombre está insatisfecho, busca el sentido de la vida…
-“Vanidad de vanidades, ¡todo es vanidad!”El autor de estas palabras decepcionantes, vivía hacia el siglo III a. de J.C. en una época de brillante civilización: el Helenismo, en que, muchos de sus contemporáneos se lanzaban ávidamente a la facilidad, al confort, incluso al lujo de la civilización griega.
Nada puede «satisfacer» totalmente al hombre: ni el placer, ni la riqueza, ni el trabajo, garantizan al hombre su felicidad. Todo es «vano»... vacío... hueco... insatisfactorio.
-“¿Qué saca el hombre de toda la fatiga con que se afana bajo el sol?” Si en la vida no hay más luz que la del sol, lo terreno, entonces no hay más que "vanidad", aparece el desencanto, aburrimiento, peso de la condición humana, la aparente absurdidad de la vida y de la muerte... Sólo Dios puede colmar al hombre.
-“Sale el sol y el sol se pone... Sopla el viento y gira al norte... Todos los ríos van al mar y el mar nunca se llena... Todo es «fastidioso»... Nadie puede decir que se cansa el ojo de ver, ni que el oído esté harto de oír”. Se tiene la impresión que nada avanza un paso, que todo se repite indefinidamente; y nada es más deprimente para un hombre que esta impresión de inutilidad, de ese estar haciendo algo que no sirve para nada. El carácter «cíclico» de la vida nos da precisamente esta sensación de estar «encerrados en un círculo», dando siempre vueltas en él, y esto puede agobiar, como la película “El día de la marmota”, en la que un reportero que cubre un servicio de la fiesta de la marmota que celebran en el pueblo, ve que todo se repite indefinidamente en una triste monotonía, está atrapado en el tiempo y no pasa nunca un día que se repite una y otra vez, hasta que el amor desbloquea ese infierno…
¿Quién romperá ese círculo? ¿Tiene el hombre una «salida»? El autor sabe por experiencia que la salida no se halla en la saciedad carnal: nuestros ojos y nuestros oídos y todos nuestros sentidos no están nunca saciados... el deseo renace.
La historia de la salvación no es cíclica puesto que sabemos a dónde vamos, y con quien vamos. El sentido del hombre está lleno de optimismo (Sal 103/104, Job 38-40) sobre el mundo. Es el tiempo de Dios. Pero en este libro llamado de Qohelet vemos también lo que hoy, una sociedad sin Dios. No es que Dios no exista, pero al no mirarlo estamos tristes, dominados por la angustia y el pensamiento de que todo es absurdo. Los desengaños de ciertas filosofías siempre vienen de una idea de universo material que no ve más allá de sí mismo (Maertens-Frisque).
-“Nada nuevo hay bajo el sol... Si alguien dice: «¡mira, eso es nuevo!» Aun eso ya sucedió; pero no hay recuerdo de las cosas de antaño”. Cuando el hombre cree descubrir algo nuevo, su memoria le falla.
Danos, Señor, esa lucidez necesaria para que se agudice en nosotros el deseo de Ti (Noel Quesson).

3. Lo único que no pasa es Dios. Por eso el salmo nos hace decir: "Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación... mil años en tu presencia son un ayer, que pasó". Juan XXIII decía que este salmo tenía el secreto para ver con sabiduría el discurrir de la historia: "enséñanos a calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato". Fija la mirada en Dios, que no cambia y da sentido a todo.

Llucià Pou Sabaté

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