viernes, 7 de septiembre de 2012

La Natividad de la Santísima Virgen María

«Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán... (...). La generación de Jesucristo fue así: Estando desposada su madre Maria con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo. José su esposo, como era justo y no quería exponerla a infamia, pensó repudiarla en secreto. Estando él considerando estas cosas, he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. Todo esto ha ocurrido para que se cumpliera lo que dijo el Señor por medio del Profeta: He aquí que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien llamarán Emmanuel, que significa Dios-con-nosotros. Al despertarse José hizo como el ángel del Señor le había mandado, y recibió a su esposa.» (Mateo 1, 1-16.18-24)

1º. «La venida del Hijo de Dios a la tierra es un acontecimiento tan inmenso que Dios quiso prepararlo durante siglos» (CEC.-522).

Hoy aparece en el Evangelio toda la genealogía tuya desde Abrahán.

Catorce generaciones de Abrahán a David, catorce más hasta la deportación a Babilonia y otras catorce hasta Ti.

¡Cuánta gente ha pasado!

¿Qué queda de ellos?

La vida es corta y después de mí vendrá otra generación, y después otra.

«Maria Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo.

Aprende de Ella a vivir con «naturalidad» (Camino.-499).

Madre, nadie se entera de que eres la Elegida; nadie sabe los favores especiales que has recibido de Dios.

No vas con la cara alta, mostrando lo que sólo pertenece a Dios y a quien Él se lo quiera revelar.

Ni siquiera a José le dijiste nada hasta que Dios no le hizo partícipe de la misión que te había encomendado.

Sin embargo, se nota que eres especial. Porque eres dócil, humilde.

Porque eres atenta y servicial. Porque siempre sonríes y tienes una palabra de ánimo. Porque haces las cosas bien.

Esa es tu «naturalidad».

Una vida sin espectáculo pero llena de contenido.

Una vida que tiene un fundamento: Jesús.

Madre, esa es la «naturalidad» que te pido para mí.

No se trata de que vaya pregonando mi vocación personal de cristiano donde no haga falta; pero sí debe notarse en mi modo de comportarme.

Porque yo también tengo a Jesús dentro de mí, en mi alma en gracia.

Por ello tengo la posibilidad de quedarme a solas con él y ofrecerle silenciosamente mi trabajo, las alegrías y las dificultades del día; y decirle que quiero hacerlo todo por Él y para Él.

3º. María está encinta y José no se lo explica.

¡Cómo debiste sufrir, José, durante estos días de desconcierto!

Y lo peor es que ibas a tener que abandonar a la persona que más amabas en esta tierra.

Esta fue la cruz de José, la prueba que Dios le puso antes de encomendarle la gran misión: ser el esposo de María, la Madre de Dios; ser el jefe de la Sagrada Familia.

Jesús, también yo sufro dificultades, reveses, tentaciones.

Son pequeñas pruebas, pequeñas cruces comparadas con la que tuvo que sufrir San José.

Pero son grandes oportunidades para mostrar el amor que te tengo, y para que Tú me puedas también confiar cosas más grandes.

José, no buscaste la solución más fácil, sino la más justa, aunque te costaba terriblemente ponerla en práctica.

Ayúdame a tener siempre esa fortaleza.

Que sepa sufrir, que aguante la dificultad, que tenga el aplomo necesario para que Dios se pueda apoyar en mí y me pueda confiar lo que quiera.

4º. Jesús, hoy quieres que aprenda de tu padre en la tierra, de José.

Quieres que aprenda de su vida corriente en apariencia, pero llena de sentido por la misión que tenía de cuidarte.

Quieres que yo también sea, en medio de mi vida de trabajo, piadoso, servidor irreprochable de Dios, cumplidor de la voluntad divina.

José, eres mi padre y señor, eres mi maestro.

Tú has sabido como nadie trabajar en presencia de Dios, con justicia, con profesionalidad; tú has aprendido a amar a Dios cumpliendo sus mandamientos y orientando toda tu vida en servicio de tus hermanos, los demás hombres.

Tú has obedecido siempre la voluntad de Dios: «José hizo como el ángel del Señor le había mandado.»

Ayúdame a comportarme así en mis circunstancias concretas, cada día.

Esta meditación está tomada de: “Una cita con Dios” de Pablo Cardona. Ediciones Universidad de Navarra. S. A. Pamplona.

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