jueves, 26 de julio de 2012

Viernes de la semana 16 de tiempo ordinario

La palabra de Dios es viva y eficaz, camino para la felicidad, y germina en nosotros hasta darnos la vida eterna

“En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Vosotros oíd lo que significa la parábola del sembrador: Si uno escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y la acepta en seguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y, en cuanto viene una dificultad o persecución por la palabra, sucumbe. Lo sembrado entre zarzas significa el que escucha la palabra; pero los afanes de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende; ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno»” (Mateo 13,18-23).

1. Jesús, nos haces tu explicación de la parábola del sembrador: las diversas clases de terreno que suele encontrar la Palabra.

El que oye la palabra del reino y no la comprende... Las palabras materiales del evangelio han sido oídas o leídas; pero a la manera de una "lectura ordinaria". El evangelio es una palabra viva: el autor del evangelio, el que nos habla a través de las palabras, está vivo HOY... Se dirige a mí. No es pues ante todo una colección de ideas o de bonitos pensamientos, es el "encuentro con alguien". En una meditación sobre el evangelio, hay que hacerse siempre esta pregunta: ¿qué descubro de ti, Señor, a través de este pasaje evangélico? Quisiera saber abrir mi corazón a tu palabra, no hacer como los discípulos que en el sermón eucarístico, asustados de lo que exigías (Jn 6,60), se fueron. La Palabra que Dios nos dirige es siempre eficaz, salvadora, llena de vida. Pero, si no encuentra terreno bueno en nosotros, no le dejamos producir su fruto. ¿Se nos nota durante la jornada que hemos recibido la semilla de la Palabra y hemos recibido a Cristo mismo como alimento? (J. Aldazábal).

Hoy vemos la interpretación espiritual de la parábola del sembrador. Compara Jesús a los hombres con cuatro clases de terreno: la misma simiente, la misma Palabra divina, dan resultados más o menos profundos según la respuesta subjetiva que acordamos a la Palabra.

El que recibe el mensaje con alegría; pero no tiene raíces, es el hombre inconstante: cuando surge la dificultad o persecución, falla. Algunos empiezan a meditar con entusiasmo, pues es verdad que al principio se suele encontrar mucha consolación en la oración. Pero es necesario perseverar. No basta seguir a Dios, cuando esto resulta agradable y fácil... también en la prueba y en la noche del espíritu es necesario perseverar. Hay un conocimiento profundo de Dios que no se adquiere más que con una larga e incansable frecuencia con el evangelio, leído, meditado y vuelto a meditar. Jesús se nos revela en esta frase como un hombre perseverante, que no se contenta con nuestros fervores pasajeros: espera nuestras fidelidades.

El que escucha la palabra, pero el agobio de esta vida, y la seducción de la riqueza la ahogan y se queda estéril. Hay que saber elegir. "No podéis servir a la vez a Dios y al dinero" (Mt 6,24) El descubrimiento de Dios es una maravillosa aventura que implica nuestra entrega y compromiso total: las preocupaciones mundanas, el agrado del placer, el afán de riqueza ¡pueden ahogar la Palabra de Dios! Hemos sido advertidos suficientemente y además tenemos de ello experiencia. Sobre la riqueza, Jesús tiene una palabra reveladora: habla de la "ilusión de la riqueza"... "del engaño de la riqueza"... La riqueza es un falso amigo: promete mucho y decepciona también mucho.

El que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta. El Reino de Dios es una invitación a la esperanza y al optimismo: ¡un solo grano de trigo puede producir cien granos! Es una invitación al trabajo y a la oración y esto depende de nosotros (Noel Quesson).

Quisiera conocer, Jesús, cómo dejar germinar la semilla de tu palabra en mi vida. Te pido entender tu doctrina, captar tu mensaje, no quedándome en lo superficial. Pienso que puedo hacer propósitos en estos campos, que aseguran mi buena disposición:

a) rezar cada día, pues para acoger tu palabra tengo que estar a la escucha

b) lectura espiritual, y si puedo asisto regularmente a algún medio de formación cristiana;

c) hablar de las cosas de mi alma, por ejemplo en un acompañamiento espiritual que me ayude a percibir tu palabra, a resolver dudas que en la oración voy viendo que necesito también pedir consejo: «Dios ha dispuesto que, de forma ordinaria, los hombres se salven con la ayuda de otros hombres; y así a los que El llama a un grado más alto de santidad les proporciona también a unos que les guíen hacia esta meta» (León XIII).

d) frecuentar ambientes donde vea encarnada esa Palabra tuya, donde me estimule el ejemplo de los demás a ir a buen paso hacia ti, Señor, en la lucha por no dejarme dominar por la riqueza, egoísmo, sensualidad, comodidad, etc...

«Disipación. Dejas que se abreven tus sentidos y potencias en cualquier charca. Así andas tú luego: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia.

”Vuelve con seriedad a sujetarte a un plan, que te haga llevar vida de cristiano, o nunca harás nada de provecho» (san Josemaría, Camino 375).

“Jesús, quiero que mi tierra sea buena tierra. Para ello necesito los medios de formación, la constancia en mi plan de vida, y la guarda de mi corazón de modo que no se llene de frivolidad. Cuando dejo de luchar en estos puntos, qué rápido me ahoga el ambiente, qué pronto se marchita esa vida interior que estaba empezando a brotar en mi corazón. Y me quedo, Jesús, como atontado: sin fijeza, esparcida la atención, dormida la voluntad y despierta la concupiscencia. Jesús, es hora de decir: ¡basta! Quiero de verdad ser santo, corresponder a tu amor, hacer fructificar la semilla de la gracia que has puesto en mi alma. Es hora de volver a empezar” (Pablo Cardona).

2. Jeremías (3,14-17) transmite hoy: -“Volved, hijos rebeldes, porque yo soy vuestro Señor. Os iré recogiendo uno a uno de cada ciudad y por parejas de cada familia y os reconduciré a Sión”. Es la esperanza del «reencuentro» que desea la humanidad: estar juntos, volver a encontrarse cuando se ha estado separados. En ese sentido «Babel» es el símbolo de la dispersión de los hombres que no logran vivir reunidos. Jerusalén será el símbolo de una concentración universal.

-“Os daré pastores según mi corazón, que os conducirán con prudencia e inteligencia”. Es la oración por los pastores, la que nos sostiene unos a otros…

-“Cuando seáis más y fructifiquéis en el país, Palabra de Dios, no se hablará más del arca de la alianza, ni vendrá en mientes, ni se acordarán de ella, ni la echarán en falta, ni será reconstruida”. No será necesaria el Arca, pues es imagen de Dios que viene con su Espíritu.

-“En aquel tiempo, llamarán a Jerusalén: el "Trono del Señor"”. El Arca representaba como una imagen a Dios; pero vendrá una presencia del mismo Dios, como dirá Jesús: «Destruid ese Templo y lo reconstruiré en tres días... hablaba del templo de su cuerpo.» (Juan 2, 19-21)

-“Todas las naciones se incorporarán a Jerusalén, en el nombre del Señor, y abandonarán la obstinación de sus perversos corazones”. Señor, haz que todos los hombres vivamos como hermanos (Noel Quesson).

3. La presencia de Dios mismo será la sustitución del Arca: «llamarán a Jerusalén Trono del Señor, por el nombre del Señor que está en Jerusalén». El salmo prolonga esta perspectiva esperanzadora: «El que dispersó a Israel lo reunirá, lo guardará como pastor a su rebaño».

Jesús, antes de despedirse, nos aseguró: «yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo». No le vemos, pero sabemos que el Señor Resucitado está con nosotros a lo largo del camino. Señor, te pido más fe, para vivir esta fiesta: «Entonces se alegrará la doncella en la danza, gozarán los jóvenes y los viejos; convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas».

Llucià Pou Sabaté

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