sábado, 14 de mayo de 2011

JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: Jesús, pan de Vida, nos enseña el sentido del sufrimiento, y nos estimula a preocuparnos de los demás

JUEVES DE LA TERCERA SEMANA DE PASCUA: Jesús, pan de Vida, nos enseña el sentido del sufrimiento, y nos estimula a preocuparnos de los demás

1ª Lectura, He 8,26-40: 26 El ángel del Señor dijo a Felipe: «Ponte en marcha hacia el sur, por el camino que va de Jerusalén a Gaza a través del desierto». 27 Y se puso en marcha. En esto un etíope eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía, administrador de todos sus bienes, que había venido a Jerusalén, 28 regresaba y, sentado en su carro, leía al profeta Isaías. 29 El Espíritu dijo a Felipe: «Avanza y acércate a ese carro». 30 Felipe corrió, oyó que leía al profeta Isaías y dijo: «¿Entiendes lo que estás leyendo?». 31 Él respondió: «¿Cómo lo voy a entender si alguien no me lo explica?». Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él. 32 El pasaje de la Escritura que leía era éste: “Como cordero llevado al matadero, como ante sus esquiladores una oveja muda y sin abrir la boca. 33 Por ser pobre, no le hicieron justicia. Nadie podrá hablar de su descendencia, pues fue arrancado de la tierra de los vivos”. 34 El eunuco dijo a Felipe: «Por favor, ¿de quién dice esto el profeta? ¿De él o de otro?». 35 Felipe tomó la palabra y, comenzando por este pasaje de la Escritura, le anunció la buena nueva de Jesús. 36 Continuaron su camino y llegaron a un lugar donde había agua; el eunuco dijo: «Mira, aquí hay agua; ¿qué impide que me bautice?». 38 Y mandó detener el carro. Bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. 39 Al salir del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco ya no lo vio más, y continuó su camino muy contento. 40 Felipe se encontró con que estaba en Azoto, y fue evangelizando todas las ciudades hasta llegar a Cesarea.

Salmo Responsorial 66/65,8-9.16-17.20: 8 Pueblos, bendecid a nuestro Dios, proclamad a plena voz sus alabanzas; 9 Él nos conserva la vida y no permite que tropiecen nuestros pies. 16 Fieles del Señor, venid a escuchar, os contaré lo que Él hizo por mí. 17 Mi boca lo llamó y mi lengua lo ensalzó. 20 Bendito sea Dios, que no ha rechazado mi plegaria ni me ha retirado su misericordia.

Evangelio: Jn 6,44-51 (igual que el domingo 19 del tiempo ordinario (B))
44 Nadie puede venir a mí si el Padre que me envió no lo trae, y yo lo resucitaré en el último día. 45 Está escrito en los profetas: Todos serán enseñados por Dios. Todo el que escucha al Padre y acepta su enseñanza viene a mí. 46 Esto no quiere decir que alguien haya visto al Padre. Sólo ha visto al Padre el que procede de Dios. 47 Os aseguro que el que cree tiene vida eterna. 48 Yo soy el pan de la vida. 49 Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. 50 Éste es el pan que baja del cielo; el que come de él no muere». 51 «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente; y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Comentario: 1. a) Hoy meditaremos sobre un nuevo avance del evangelio que se encamina ya hacia los "confines de la tierra" según la promesa. El diácono Felipe convertirá a un etíope, un alto funcionario de la reina de Etiopía. Etiopía es el reino de Nubia, entonces su capital era Meroe, y se extendía al sur de Egipto más allá de Asuán (actualmente parte del Sudán), y Candace no era una persona real sino la dinastía de las reinas (entonces el país era gobernado por mujeres, todo esto según Eusebio de Cesarea). Eunuco era en general un empleado de la corte (quizá ministro del tesoro), no sabemos si era judío de raza, de religión o “temeroso de Dios”. “Y he ahí que dentro de unos días, cuando llegue a casa, habrá un primer cristiano en el Sudán actual, al sur del Nilo, en pleno corazón de África, sólo algunos meses después de la resurrección de Jesús... será promesa de la evangelización de éste y de otros continentes. Dejémonos embargar por la alegría y el dinamismo interior de los Hechos de los Apóstoles... ¡un dinamismo pascual!
-«Levántate y marcha hacia el mediodía, por el camino que baja de Jerusalén a Gaza.» Por el camino que va de Jerusalén a Emaús... El evangelio está en los caminos y no en el Templo. ¡A Jesús se le encuentra por las carreteras! Por la vía que va de París a Marsella... Por la que va de Alejandría a Addis-abeba... Por la calle que va de «mi» casa a la casa de los demás. El etíope volvía a su casa, muy sencillamente, hacia el sur.
-El espíritu dijo a Felipe: «Acércate, y alcanza ese carruaje...» Por el camino dos vehículos se encuentran o se cruzan. Los dos conductores se hablan. El etíope está leyendo la Biblia. Y hay un pasaje que no entiende. Lee, en el profeta Isaías, el poema del Siervo -que hemos meditado durante la semana santa-. Y se sorprende de que el «justo» sea conducido al matadero como un cordero mudo, de que la vida del "justo" sea humillada y de que se termine en el fracaso. El sufrimiento... la muerte de los inocentes... ¡Es también nuestra pregunta! La injusticia, la opresión...¡es la pregunta de todos los hombres! A Dios no se le encuentra cerrando los ojos ante las verdaderas preguntas de los hombres. No se logra hacer que los hombres encuentren a Dios, si uno cierra los ojos ante las verdaderas preguntas humanas que nuestros hermanos se formulan.
A veces la vida nos deja tristes y desconcertados, con una visión pesimista de la condición humana. Hay presiones, surge un sentimiento de insatisfacción, nos falta aire... "Tengo pena de la vida, siento lastima de mis lagrimas, mis ojos están secos de tanto llorar, mi alma está resentida de tantos golpes, mi corazón lleno de cicatrices de tantas puñaladas, mi vida es un libro con palabras cubiertas de pena, escucho mi voz y sólo son lamentos, tengo pena de esta vida resignada, tengo pena de mi cuerpo cansado, de este corazón marchito, tengo pena de la sequedad de sueños, tengo pena de mi falta de amor…, tengo pena por no poder soñar, tengo pena de lo que soy"… Así se leía en Internet, es la sensación que tiene alguien que sufre.
Me acordaba de la historia de una chica joven, que desconsolada cuenta a su madre lo mal que le va todo: “-los estudios, un desastre; con el marido, la cosa no va bien, el examen de conducir suspendido”… Su madre, de pronto, le dice: "-vamos a hacer un pastel". La hija, desconcertada por esta salida ilógica, le ayuda entre sollozos. La madre le pone delante harina, y le dice: "-come". Ella contesta asombrada: "-¡si es incomible!" Luego le pone unos huevos, y vuelve a decirle: "-come", y la hija: "-¡si ya sabes que los huevos crudos me dan asco!" Y luego un limón, y otros ingredientes…, y la hija que insiste en que eran cosas muy malas para comer. La madre lo revuelve todo bien amasado, luego lo pasa por el horno, y queda un pastel que dice “cómeme” de sabroso que está. La madre le dice a su hija la moraleja: "-Tantas cosas de la vida son impotables, no nos gustan, son malas. Decimos: ¡vaya pastel! Y muchas veces nos preguntamos por qué Dios permite que pasemos por momentos y circunstancias tan malos, y trabaja estos ingredientes malos, los revuelve bien, de la misma manera que hemos hecho ahora... dejando que Él amase todo esto, bien cocinado, saldrá un pastel pero no malo sino delicioso… Solamente hemos de confiar en Él, y llegará el momento en el que ¡las cosas malas que nos pasan se convertirán en algo maravilloso! Lo mejor siempre está por llegar.
El tiempo nos da muchas respuestas, vemos que el dolor ennoblece a las personas y las sensibiliza, las hace solidarias, al punto de olvidar su propio dolor y conmoverse por el ajeno... Aprendemos a valorar las cosas importantes que están cercanas, y no desear lo que está lejano… El silencio de Dios ante tanto mal es un silencio que habla en todas las páginas de la Escritura Santa, de la fe de la Iglesia, que habla en Jesús colgado en la Cruz, que sufre callando, que sintió “eso” en su vida, y murió para con su dolor dar sentido al nuestro. Este Dios vivo nos deja rastros a su paso por la historia, como los montañeros que dejan marcas en el camino por donde pasan, hay unos mensajes que nos llegan como en una botella a la playa, en medio del mar de dolor, mensajes que se pueden oír en cierta forma, cuando tenemos el oído y corazón preparado. Son pistas que nos hablan de confiar, de amar, de que ante nosotros se abren dos puertas, la del absurdo (el sin-sentido) y la del misterio (la fe): abandonarnos en las manos de Dios es el camino que da paz, aunque no está exento de dolor, pero éste adquiere un sentido.
Y sobre todo es Jesús en la Cruz que en tres horas de agonía nos muestra un libro abierto, hasta exclamar aquel “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” Él, sin perder la conciencia de que aquello acabaría en la muerte, cuando se siente abandonado incluso por Dios, se abandona totalmente en los brazos de Dios, y se produce el milagro: pudo proclamar aquel grito desgarrador por el que decretó que “todo está consumado”; así, con la entrega de su vida la muerte ha sido vencida, ya no es una puerta a la desesperación sino hacia el amor del cielo, la agonía se convirtió en victoria y podemos unirnos, por el sufrimiento, al suyo y a su Vida. Es ya un canto a la esperanza, a la resurrección, pues el dolor no se convierte en el ladrón que nos roba los placeres que hay en la vida, sino un camino que nos habla de que la muerte es la puerta abierta para el gozo sin fin que es el cielo. Jesús nos salva en la Pascua, pero sobretodo demuestra su amor en el sufrimiento llevado hasta la muerte, que es lo que tiene mérito: resucitar no tiene tanto mérito como dar la vida, esto sí cuesta, y es lo que hace Jesús por nosotros, para darnos la Vida.
b) Señor, que estemos atentos a las preguntas de nuestros hermanos.
-“Felipe tomó entonces la palabra, y, partiendo de ese texto bíblico, le anunció la Buena Nueva de Jesús”. La humillación de Jesús, su fracaso aparente, sólo son un pasaje. La finalidad de la vida de Jesús no ha sido la "matanza" del calvario, sino la alegría de Pascua. La finalidad de la vida del hombre no es el sufrimiento y la muerte a perpetuidad, ni la opresión y la injusticia para siempre...¡es la vida a perpetuidad, es la vida eterna, es la vida resucitada! «¡Era necesario que Cristo sufriera para entrar en su gloria!»
-“Aquí hay agua, ¿qué impide que yo sea bautizado?” Este es el último punto de la andadura catecumenal, la marcha de toda iniciación cristiana, el ritmo del descubrimiento de Dios: 1. Una pregunta formulada por los acontecimientos, por la vida, por una lectura, por un encuentro... 2. Una respuesta hallada en la Palabra de Dios comentada por la Iglesia, y que da un «sentido» nuevo a la existencia... 3. La terminación del encuentro con Dios en un rito, signo sacramental, que explicita el «don que Dios hace al hombre»... La vida eterna, la salvación.
-“Y el Etiope siguió gozoso su camino”. Jesucristo está presente en todos nuestros caminos, pero está «velado». Está en todas nuestras casas, en todos nuestros ambientes de trabajo... ¡portador de alegría! (Noel Quesson).
c) El diácono Felipe -siempre guiado por Dios, que lleva la iniciativa- nos da una espléndida lección de pedagogía en la evangelización: ayudar a las personas, a partir de su curiosidad, de sus deseos, de sus cualidades, a que encuentren la plenitud de todo ello en Cristo Jesús y le acepten en su vida. Cada una de las personas que encontramos tiene su particular AT, su formación, su sensibilidad, sus dones, sus ansias, sus miedos. Nosotros tendríamos que ser el diácono Felipe que sube a su carroza, les acompaña en su camino y les ayuda a descubrir a Cristo. Como el mismo Jesús, que también se hizo compañero de camino de los de Emaús y con paciencia les iluminó para que entendieran los planes de Dios. Los deseos humanos, leídos desde Cristo. Muchos siguen buscando y preguntando dónde está el Mesías y el Salvador: ¿en las sectas? ¿en las religiones orientales? ¿en los mil medios de huida de la vida hacia mundos utópicos? ¿Quién les anuncia a estas personas, jóvenes o mayores, que la respuesta está en Cristo Jesús? De un encuentro y un diálogo con nosotros, ¿suelen marchar las personas con una chispa de fe y con alegría interior? (J. Aldazábal). La alegría del recién bautizado es lógica por las muchas gracias que confiere el bautismo, como dice San Juan Crisóstomo: «Los nuevos bautizados son libres, santos, justos, hijos de Dios, herederos del cielo, hermanos y coherederos de Cristo, miembros de su Cuerpo, templos de Dios, instrumentos del Espíritu Santo... Los que ayer estaban cautivos son hoy hombres libres y ciudadanos de la Iglesia. Los que ayer estaban en la vergüenza del pecado se encuentran ahora en la seguridad de la justicia; y no sólo libres sino santos». Y San León Magno: «El sacramento de la regeneración nos ha hecho partícipes de estos admirables misterios, por cuanto el mismo Espíritu, por cuya virtud fue Cristo engendrado, ha hecho que también nosotros volvamos a nacer con un nuevo nacimiento espiritual». Es un tiempo de recordar, al ver el cirio pascual, los compromisos del bautismo, que es un don que requiere respuesta personal: don de ser hijos de Dios, de la familia que Jesús comenzó y continúa con su Espíritu (del Hijo y del Padre) y que comenzó en nosotros una vida nueva, como una semilla que germina, como una luz que nace y hemos de mantener encendida y que se haga fuego que se extienda con su alegría de hijos de Dios.
2. Sal. 65. La salvación del pueblo es el tema de estos versos, lo libra de los desastres de una derrota que había sufrido como prueba (vv. 8-12; quizá se refiere a las campañas asirias: cf. 2 R 18-19 o al destierro), pero el pueblo sigue subsistiendo en paz (cf. Is 40,1-2) y da testimonio de que Dios le ha escuchado (vv. 16-20). Aquí tenemos presente no sólo lo que Dios hizo por Israel, sino lo que hace por su pueblo que es la Iglesia, la mantiene en pie a pesar de las pruebas que ha sufrido a lo largo de la historia. Cualquier cristiano, al recitar el salmo, puede sentirse elegido por Dios para ser “alabanza de su gloria” (Ef 1,12.14; cf. Biblia de Navarra). Quien ha recibido los beneficios de Dios; quien ha sido perdonado de sus pecados, aun cuando estos hayan sido demasiado graves; quien ha sido hecho hijo de Dios participando de su misma Vida y de su mismo Espíritu, no puede quedarse mudo ante un mundo dominado por todos aquello males de los cuales uno ha sido librado, de un modo totalmente gratuito, por la bondad y misericordia de Dios. Aquel mandato de Cristo al antes endemoniado: “Ve a los tuyos, a los de tu casa, y cuéntales lo misericordioso que ha sido Dios para contigo”, debe también ser cumplido por nosotros, que hemos sido objeto de su amor y de su misericordia. Alabemos al Señor agradecidos por todo lo que de Él hemos recibido; y proclamemos ante el mundo entero lo que Él hizo por nosotros, pues, siendo pecadores, nos envió a su propio Hijo, el cual entregó su vida para que fuésemos perdonados y hechos hijos de Dios. Así vemos cómo Dios ha cumplido sus promesas de salvación para con cada uno de nosotros. Dejemos que su salvación se haga realidad en nosotros, pues Él nos ama sin medida y sin distinción de personas. Entonces, no sólo nuestras palabras, sino nuestra vida misma, se convertirá en un anuncio eficaz de la Buena Nueva de salvación que Dios quiere que llegue a todos y hasta el último rincón de la tierra, como decimos en la Entrada de hoy: «Cantemos al Señor; sublime es su victoria. Mi fuerza y mi poder es el Señor. Él fue mi salvación. Aleluya» (Ex 15,1-2).
3. Enlaza muy bien el don de la fe del etíope con este Evangelio sobre el don de ir a Cristo, que Dios concede con su gracia a quien se dispone, que mueve el corazón, lo convierte a Dios, abre los ojos del alma y da la suavidad para aceptar y creer la verdad (cf. Dei Verbum 5).
a) -Nadie puede venir a mí si el Padre, que me ha enviado, no le trae. En los profetas está escrito: "Serán todos enseñados por Dios mismo" (cf. Is 54,13; Jer 31,33ss. Donde los profetas se refieren a la futura Alianza que quedará sellada con la sangre del Mesías, y que Dios escribirá en los corazones: Is 53,10-12; Jer 31,31-34). Aquí en un contexto no eucarístico Jesús habla de esta Nueva Alianza, Eterna. “Todo el que escucha las enseñanzas del Padre, viene a mí”. He aquí un pensamiento muy sutil. Sin entrar en ninguna controversia, Jesús afirma buenamente: -el papel de la "gracia", iniciativa divina... -el papel de la "libertad", correspondencia humana... "Todos serán instruidos por Dios". ¡Es la acción de Dios! "Todo el que escucha al Padre". ¡Aquí está la parte del hombre! Ambas acciones son necesarias.
-"Nadie puede venir a mí si el Padre no le trae". Jesús pone de relieve la necesidad absoluta de la gracia: es necesaria una iluminación interna de Dios para comprender las cosas de Dios, para venir hacia Cristo, para tener la Fe. Pero, a esta iluminación divina, dada a todos, el hombre puede siempre resistir: sólo aquellos que consienten en "escuchar" al Padre vienen a Jesús. Es el gran misterio de la responsabilidad libre del hombre. Señor, ¿te escucho yo?, ¿te respondo?, ¿me dejo instruir y atraer?
-“Nadie ha visto al Padre, sino Aquel que viene de Dios. Ese ha visto al Padre” (cf. Jn 1,18), y Jesús dirá más tarde a Tomás “el que me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14,9), porque Él es “el camino, la verdad y la vida”, y nadie va al Padre sino por Él (Jn 14,6; cf. Jn 1,1-18; Dei Verbum 4); pretende aportarnos algo más que una ideología; Él es la irrupción en la historia humana de una Persona divina; Él afirma "venir de Dios"... Él afirma "ser el único que ha visto a Dios"... Por Jesús, estamos introducidos verdaderamente en el dominio de Dios, en el conocimiento de Dios... y ¡le veremos, y viviremos con Él!
-“El que cree en mí tiene la vida eterna. Yo soy el pan de vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. Pero este es el pan que desciende del cielo, a fin de que quien comiere de él, no muera. Yo soy el pan vivo, que ha descendido del cielo. Quien comiere de este pan, vivirá eternamente”. Sacramento de nuestra fe, el núcleo de la fe está ahora anunciando Jesús en esta parte del discurso. El primer libro de la Biblia, el Génesis, afirma que Dios había hecho al hombre para la inmortalidad, pues estaba en un "jardín donde había el árbol de la vida". Siguiendo con lo que ayer veíamos, el último libro, el Apocalipsis, afirma que Dios volverá a dar esta inmortalidad: "Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el jardín de Dios" (Ap 2, 7. 17). Ahora bien, Jesús afirma aquí que esta inmortalidad nos está ya devuelta por la Fe, y por la Eucaristía... "Quien come de ese pan no morirá jamás": «El maná era signo de este pan, como lo era también el altar del Señor. Ambas cosas eran signos sacramentales: como signos son distintos, más en la realidad hay identidad... Pan vivo, porque desciende del cielo. El maná también descendió del cielo; pero el maná era sombra, éste la verdad... ¡Oh qué misterio de amor, y qué símbolo de la unidad y qué vínculo de la caridad! Quien quiere vivir sabe dónde está su vida y sabe de dónde le viene la vida. Que se acerque y que crea, y que se incorpore a este cuerpo, para que tenga participación de su vida...» (San Agustín). Se podría objetar: pero, ¡los que comen el pan eucarístico mueren como todo el mundo! Pues bien, Jesús afirma que el alimento eucarístico, recibido en la Fe pone al fiel en posición, ya desde ahora -en el presente- de una vida eterna a la cual la muerte física no la afecta en absoluto: «Cosa grande, ciertamente, y de digna veneración, que lloviera sobre los judíos maná del cielo. Pero, presta atención. ¿Qué es más: el maná del cielo o el Cuerpo de Cristo? Ciertamente que el Cuerpo de Cristo, que es el Creador del cielo. Además, el que comió el maná, murió; pero el que comiere el Cuerpo recibirá el perdón de sus pecados y no morirá para siempre. Luego, no en vano dices tú “Amén”, confesando ya en espíritu que recibes el Cuerpo de Cristo... Lo que confiesa la lengua, sosténgalo el afecto» (San Ambrosio).
Más que un dogma, más que una moral, más que una ideología, más que un comportamiento humano generoso... el cristianismo es esto: ¡la divinización del hombre! El gozo y la acción de gracias -eucaristía en griego- deberían ser el estado normal de los cristianos. La grande, la gozosa, la "buena nueva" -evangelio en griego-, hela aquí: Dios nos da ¡su vida eterna!
-“El pan que Yo daré es mi carne, para la vida del mundo”. Es sobre todo a partir de este párrafo, que el conjunto de los comentaristas ven en este discurso de Jesús una orientación más explícitamente eucarística: "el pan que Yo daré es mi carne... (Noel Quesson).
b) El discurso de Jesús en la sinagoga de Cafarnaum sigue adelante, progresando hacia su plenitud. La idea principal sigue siendo también hoy la de la fe en Jesús, como condición para la vida. La frase que la resume mejor es el v. 47: «os lo aseguro, el que cree tiene vida eterna». Ahora bien, a los verbos que encontrábamos ayer-«ver», «venir» y «creer»- hoy se añade uno nuevo: «nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no le atrae». La fe es un don de Dios, al que se responde con la decisión personal. Dentro de este discurso sobre la fe en Jesús hay una objeción de los oyentes -que no se lee en la selección de la Misa- que refleja bien cuál era la intención de Jesús. Murmuraban y se preguntaban: «¿cómo puede decir que ha bajado del cielo?» (v. 42). Lo que escandalizaba a muchos era que Jesús, cuyo origen y padres creían conocer, se presentara como el enviado de Dios, y que hubiera que creer en Él para tener vida. Al final de la lectura de hoy parece que cambia el discurso. Ha empezado a sonar el verbo «comer». La nueva repetición: «yo soy el pan vivo» tiene ahora otro desarrollo: «el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo». Donde Jesús entregó su carne por la vida del mundo fue sobre todo en la cruz. Pero las palabras que siguen, y que leeremos mañana, apuntan también claramente a la Eucaristía, donde celebramos y participamos sacramentalmente de su entrega en la cruz.
Nosotros, cuando celebramos la Eucaristía, acogiendo la Palabra y participando del Cuerpo y Sangre de Cristo, tenemos la suerte de que sí «vemos, venimos y creemos» en Él, le reconocemos, y además sabemos que la fe que tenemos es un don de Dios, que es Él que nos atrae. Tenemos motivos para alegrarnos y sentir que estamos en el camino de la vida: que ya tenemos vida en nosotros, porque nos la comunica el mismo Cristo Jesús con su Palabra y con su Eucaristía. La vida que consiguió para nosotros cuando entregó su carne en la cruz por la salvación de todos y de la que quiso que en la Eucaristía pudiéramos participar al celebrar el memorial de la cruz. Creemos en Jesús y le recibimos sacramentalmente: ¿de veras esto nos está ayudando a vivir la jornada más alegres, más fuertes, más llenos de vida? Porque la finalidad de todo es vivir con Él, como Él, en unión con Él (J. Aldazábal), como pedimos en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que en estos días de Pascua nos has revelado claramente tu amor y nos has permitido conocerlo con más profundidad; concede a quienes has librado de las tinieblas del error adherirse con firmeza a las enseñanzas de tu verdad», y también pedimos que seamos testimonios de la Verdad, como se dice en el Ofertorio: «¡Oh Dios! que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos». Es un vivir “para” los demás: «Cristo murió por todos, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para el que murió y resucitó por ellos. Aleluya» (2 Cor 5,15, ant. de comunión). Y en la Postcomunión: «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
“Hoy cantamos al Señor de quien nos viene la gloria y el triunfo. El Resucitado se presenta a su Iglesia con aquel «Yo soy el que soy» que lo identifica como fuente de salvación: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,48). En acción de gracias, la comunidad reunida en torno al Viviente lo conoce amorosamente y acepta la instrucción de Dios, reconocida ahora como la enseñanza del Padre. Cristo, inmortal y glorioso, vuelve a recordarnos que el Padre es el auténtico protagonista de todo. Los que le escuchan y creen viven en comunión con el que viene de Dios, con el único que le ha visto y, así, la fe es comienzo de la vida eterna. El pan vivo es Jesús. No es un alimento que asimilemos a nosotros, sino que nos asimila. Él nos hace tener hambre de Dios, sed de escuchar su Palabra que es gozo y alegría del corazón. La Eucaristía es anticipación de la gloria celestial: «Partimos un mismo pan, que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, para vivir por siempre en Jesucristo» (San Ignacio de Antioquía). La comunión con la carne del Cristo resucitado nos ha de acostumbrar a todo aquello que baja del cielo, es decir, a pedir, a recibir y asumir nuestra verdadera condición: estamos hechos para Dios y sólo Él sacia plenamente nuestro espíritu. Pero este pan vivo no sólo nos hará vivir un día más allá de la muerte física, sino que nos es dado ahora «por la vida del mundo» (Jn 6,51). El designio del Padre, que no nos ha creado para morir, está ligado a la fe y al amor. Quiere una respuesta actual, libre y personal, a su iniciativa. Cada vez que comemos de este pan, ¡adentrémonos en el Amor mismo! Ya no vivimos para nosotros mismos, ya no vivimos en el error. El mundo todavía es precioso porque hay quien continúa amándolo hasta el extremo, porque hay un Sacrificio del cual se benefician hasta los que lo ignoran” (Pere Montagut). La Consagración en la Santa Misa ha sido y es la piedra de toque de la fe cristiana. Por la transubstanciación, “convertida la sustancia o naturaleza del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, no queda ya nada de pan y de vino, sino las solas especies: Bajo ellas Cristo entero está presente en su realidad física, aun corporalmente, aunque no del mismo modo como los cuerpos están en su lugar” (Pablo VI). En la Sagrada Comunión se nos entrega el mismo Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre; misteriosamente escondido, pero deseoso de comunicarnos la vida divina. Su Divinidad actúa en nuestra alma, mediante su Humanidad gloriosa, con una intensidad mayor que cuando estuvo aquí en la tierra. Oculto bajo las especies sacramentales, Jesús nos espera, y le decimos: Tú eres nuestro Redentor, la razón de nuestro vivir. La Comunión sustenta la vida del alma de modo semejante a como el alimento corporal sustenta al cuerpo: mantiene al cristiano en gracia de Dios librando el alma de la tibieza, y ayuda a evitar el pecado mortal y a luchar contra el venial. La Sagrada Eucaristía también aumenta la vida sobrenatural, la hace crecer y desarrollarse, y deleita a quien comulga bien dispuesto. Nada se puede comparar a la alegría de la cercanía de Jesús, presente en nosotros. Jesús nos espera cada día (Francisco Fernández Carvajal - Tere Correa de Valdés Chabre).
c) Ya en el desierto Dios había alimentado al pueblo con el maná (Ex 16). Y el profeta Eliseo había alimentado a cien hombres con veinte panes de cebada que alguien le había llevado de regalo, y también en aquella ocasión había sobrado pan (2Re 4,42-44). Ahora Jesús, el profeta por excelencia, el mediador de la nueva alianza alimenta al pueblo hambriento en el desierto. En el naciente siglo XXI de las telecomunicaciones, la globalización y el mercado mundial, todavía hay millones y millones de seres humanos hambrientos. Millones de niños siguen muriendo de la enfermedad más elemental que podamos sufrir: el hambre, la desnutrición. El milagro de Jesús es una protesta por nuestra falta de solidaridad. Con lo que desperdiciamos en vanidades, en comidas superfluas que después nos hacen daño: golosinas, helados, exquisiteces, con eso nada más podríamos alimentar a nuestros hermanos necesitados. Con lo que los países desarrollados gastan en producir armas, la humanidad podría solucionar el problema del hambre en el mundo. Pero nosotros no somos como Jesús, no somos capaces de compadecernos, ni de invitar fraternalmente a la solidaridad. La gente agradecida reconoce que Jesús es “el profeta que tenía que venir al mundo” (Dt 18,15), el nuevo Moisés, y quieren hacerlo rey, porque Él sí se compadece de sus sufrimientos y los alivia, no como los reyes de este mundo que solo han explotado al pobre pueblo. Pero Jesús sabe que su reino no es de este mundo, ha despreciado el poder universal que le ofrecía el tentador, sabe que su misión es hacer la voluntad del Padre, por eso se retira, solo, a la montaña.
Jesús no sólo se conforma con anunciar el Evangelio; también se preocupa, lleno de compasión, por el bienestar de quienes le siguen con fidelidad. Multiplica para ellos el pan. Pero en esta acción en que Dios se muestra misericordioso para con los suyos, quiere que los suyos pongan lo que poseen al servicio de los demás. La medida de lo que se ofrece manifiesta el grado de amor que se tiene hacia los demás. Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. Y la vida pueden ser dos moneditas de muy poco valor, o pueden ser cinco panes y dos pescados. Puesta nuestra vida en manos de Dios Él nos bendecirá y hará que de nuestro interior brote un río de vida eterna para todos. Esto es obra de Dios y no del hombre. En nuestra entrega, en nuestro servicio a los demás no busquemos nuestra propia gloria, sino sólo la gloria de Dios. Huyamos de quienes quieran centrar su vida en nosotros y no en Cristo, el cual es el único camino de salvación para todos los hombres.
Y la Pascua de Cristo se convierte para nosotros en un Memorial con el que somos abundantemente saciados, colmados en nuestras esperanzas de plenitud y de eternidad. El Señor se ha hecho alimento para la humanidad entera de todos los tiempos y lugares. Dejémonos saciar por Él. Busquémoslo no como a Aquel que colma nuestras esperanzas temporales y pasajeras. Él, antes que nada, quiere que su vida esté en nosotros para que, junto con Él, seamos hechos hijos de Dios y herederos de la gloria que le corresponde como a Hijo unigénito del Padre. Por eso, además de venir a alabar y adorar al Señor, vengamos con el corazón dispuesto a escuchar su Palabra para vivir conforme a sus enseñanzas y para hacer que toda nuestra vida, guiada por el Espíritu Santo, se convierta en alimento de vida para todos, de tal forma que les ayudemos a levantar su esperanza y a fortalecerse en su camino hasta que logren su perfección en Dios junto con nosotros.
Si nos encontramos con Cristo y en verdad nos alimentamos de Él entonces su vida está ya en nosotros. A partir de nuestra unión a Cristo debemos abrir los ojos ante el hambre que padecen muchos hermanos nuestros. No podemos guardar lo nuestro mientras haya millones de seres humanos que continúan siendo víctimas del hambre, de la desnudez, de la injusticia, de la falta de paz, de la enfermedad, de la persecución injusta, de la explotación como si fueran bestias o esclavos. Quienes creemos en Cristo hemos de poner no sólo lo nuestro, sino nuestra vida misma al servicio de quienes viven desprotegidos y angustiados, y que esperan una mano que se les tienda para ayudarles. Ojalá y no seamos nosotros mismos quienes se conviertan en destructores de la vida de los demás.
Que Dios nos conceda, por intercesión de la Santísima Virgen María, nuestra Madre, la gracia de sabernos amar como hermanos, no sólo con buenas palabras y deseos, sino con un amor que nos lleve a compartir lo nuestro con quienes nada tienen. Entonces Dios nos verá como a sus hijos amados, a quienes invitará a participar de su Banquete eterno. Amén (www.homiliacatolica.com). Llucià Pou Sabaté

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