domingo, 22 de mayo de 2011

Domingo 5º de Pascua, ciclo A: en Jesús la misericordia divina se vierte sobre todos los hombres, se nos da el Camino auténtico (caridad, servicio), l

Domingo 5º de Pascua, ciclo A: en Jesús la misericordia divina se vierte sobre todos los hombres, se nos da el Camino auténtico (caridad, servicio), la Verdad que llena (la oración es el medio para llegar), la Vida eterna (la Eucaristía es ya de ella prenda)

Lectura de los Hechos de los Apóstoles 6,1-7: En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los apóstoles convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: “No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu de sabiduría; y los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra”. La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.

SALMO RESPONSORIAL 32,1-2. 4-5. 18-19: R/. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.
Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos; dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas.
La palabra del Señor es sincera y todas sus acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena la tierra.
Los ojos del Señor están puestos en sus fieles, en los que esperan en su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y reanimarlos en tiempo de hambre.

Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 2,4-9: Queridos hermanos: Acercándoos al Señor; la piedra viva desechada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo. Dice la Escritura: «Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado.»
Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos es la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse. Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino. Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que nos llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 14,1-12: En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no os lo habría dicho, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy, ya sabéis el camino.
Tomás le dice: -Señor, no sabemos adónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?
Jesús le responde: -Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto.
Felipe le dice: -Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
Jesús le replica: -Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: «Muéstranos al Padre»? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores. Porque yo me voy al. Padre.

Comentario: «Cantad al Señor un cántico nuevo, porque ha hecho maravillas; revela a las naciones su justicia. Aleluya» (Sal 97,1-2: ant. de entrada). Vemos la Iglesia desarrollarse, como sacramento pascual: de la resurrección de Jesús surgen todas las virtualidades unidas al Espíritu Santo, fruto de la Pascua. Se van desarrollando las lecturas como una explosión de frutos, decía Jacint Verdaguer que la naturaleza –árboles, flores- no puede aguantar la primavera que lleva dentro, y estalla en un mar de colores: así es la alegría de este tiempo pascual: «Señor, Tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos; míranos siempre con amor de Padre y haz que cuantos creemos en Cristo tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna» (Colecta). Y también pedimos hoy: «¡Oh Dios!, que por el admirable trueque de este sacrificio nos haces partícipes de tu divinidad; concédenos que nuestra vida sea manifestación y testimonio de esta verdad que conocemos» (Ofertorio). La clave está en la unión a Jesús, que hoy –después de contemplarlo la semana pasada como buen pastor, aparece hoy como Camino, Verdad y Vida, especialmente en la Comunión: «Yo soy la vid verdadera; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante. Aleluya» (Jn 15,1.5); por eso le pedimos en la Postcomunión: «Ven Señor en ayuda de tu pueblo y, ya que nos has iniciado en los misterios de tu Reino, haz que abandonemos nuestra antigua vida de pecado y vivamos, ya desde ahora, la novedad de la vida eterna».
Ya desde los tiempos del Crisóstomo y de Agustín está documentada la lectura de los Hechos de los Apóstoles durante la cincuentena pascual. Se narran los orígenes de la Iglesia; la selección de los domingos ofrece, en cada uno de los ciclos, a modo de un álbum de fotos de familia de la primera comunidad cristiana. Se pone de relieve que la vida de la Iglesia arranca del misterio pascual. Pero este domingo son las tres lecturas las que se prestan a un tratamiento eclesiológico. Permiten proponer tres aspectos complementarios del misterio de la Iglesia, siempre en relación con la perspectiva pascual obligada en este tiempo, que coinciden con las tres lecturas (puntos 1, 3, 4, pues el salmo es como una glosa poética de la primera):
1. Por vez primera en los Hechos se nombra a los "discípulos" en contraposición a los "apóstoles". En los evangelios se llama "discípulos" a cuantos siguen a Jesús (Mt 28. 19). Los "apóstoles" proponen a los "discípulos" que elijan a siete varones para que se encarguen de servir a los pobres. Al parecer, se tiene en cuenta la queja de los helenistas, y la comunidad elige precisamente a siete hombres que llevan nombres de origen griego. La comunidad elige, pero sólo los Apóstoles imponen las manos. La "imposición de manos" es un rito ya conocido en el A.T. (Gn 48.14; Nm 8. 10s). Aquí aparece como un símbolo sagrado y jurídico (Hch 8. 17; 13. 3; 14. 23; 28. 8; 1 Tm 4. 14; 5. 22; 2 Tm 1. 6; Hb 6. 2). No es fácil ver en otros casos si tiene o no carácter sacramental, pero aquí es muy probable. Es dudoso que se trate de la ordenación de unos "diáconos" en el sentido actual, y parece más bien que debe pensarse en aquellos "presbíteros" que, más tarde, hallaremos en este mismo libro unidos a los Apóstoles (11.30; 14. 23; 15. 2; etc.). Como puede verse, estamos en una fase inicial en la que comienza un proceso de institucionalización cada vez más necesario e inevitable ante el crecimiento de la comunidad. Ya se van distinguiendo funciones y servicios, pero estamos todavía muy lejos de unos "ministerios" perfectamente definidos en el ámbito de la Iglesia. San Ignacio de Antioquía distinguirá ya claramente entre obispos, presbíteros y diáconos. La Iglesia sigue ordenando hoy a sus "ministros" (es decir, servidores) mediante la imposición de manos. Pero se ha olvidado, por desgracia, la participación del pueblo en la elección de aquellos que le han de servir (“Eucaristía” 1981).
a) La primera lectura nos muestra una Iglesia en formación, en la primera crisis, de crecimiento: "al crecer el número de los discípulos"; y a las primeras tensiones, y se solucionó aquel problema organizando mejor entre sus miembros el servicio, la "diakonía". Así es como se establece el reino de Cristo: "Si dejamos que Cristo reine en nuestras almas, no nos convertiremos en dominadores, seremos servidores de los demás hombres. Servicio. Como me gusta esta palabra, Servir a mi Rey y por El a todos los demás hombres, que han sido redimidos con su sangre. ¡Si los cristianos supiéramos servir! Vamos a confiar al Señor nuestra decisión de aprender a realizar nuestra tarea de servicio, porque sólo sirviendo podremos conocer y amar a Cristo y darlo a conocer y lograr que otros más lo amen…
-Servicio es el punto central del funcionamiento de la Iglesia. ¡Cómo me gusta esta palabra! Servir a mi Rey, Cristo Jesús. Servir, y servir siempre. Danos, Madre nuestra, este sentido de servicio. Tu que antes las maravillas del Dios que se iba a ser hombre, dijiste: ecce ancilla! Enséñame a servir así" (san Josemaría Escrivá). En el "pueblo del Servidor de Yahvé" todo ha de entenderse como servicio humilde (el número siete era para los griegos símbolo de universalidad, como lo era el número doce para los judíos). En la Iglesia de Cristo todo es servicio: servicio de la Palabra, servicio de la oración, servicio de las mesas. Todos son "servidores" -"diakonoi"-, empezando por los responsables de la comunidad. De una manera u otra, todos están al servicio de la comunión. El modelo supremo, la referencia última obligada, es el gran Acto de Servicio que realizó en la cruz aquél que "no vino para que le sirvieran, sino para servir y dar su vida en rescate por todos" (Mc 10,5). A partir de aquel momento, en la Iglesia el servicio no se practica como un gesto aislado, sino como estilo de vida. Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida. ¡Ya es suficiente recompensa! Servicio alegre, como nos recomienda la Sagrada Escritura: Servid al Señor con alegría, especialmente en aquellos trabajos de la convivencia diaria que pueden resultar más molestos o ingratos y que suelen ser con frecuencia los más necesarios. La vida se compone de una serie de servicios mutuos diarios. Procuremos nosotros excedernos en esta disponibilidad, con alegría, con deseos de ser útiles. Encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en medio del trabajo, en la vida de familia..., con parientes, amigos, conocidos, y también con personas que nunca más volveremos a ver. Cuando somos generosos en esta entrega a los demás, sin andar demasiado pendientes de si lo agradecerán o no, de si lo han merecido.... comprendemos que «servir es reinar» (Concilio Vaticano II). Aprendamos de Nuestra Señora a ser útiles a los demás, a pensar en sus necesidades, a facilitarles la vida aquí en la tierra y su camino hacia el Cielo. Ella nos da ejemplo: «En medio del júbilo de la fiesta, en Caná, sólo María advierte la falta de vino... Hasta los detalles más pequeños de servicio llega el alma si, como Ella, se vive apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios» (san Josemaría). Entonces hallamos con mucha facilidad a Jesús, que nos sale al encuentro y nos dice: cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a Mí me lo hicisteis (Mt 25,40).
-Para ello hace falta humildad, la gran virtud eclesial: María es el modelo, por eso une, la medida de su fe es su humildad sin medida. San Juan Bautista ya lo indicó: “Preciso es que él crezca y que yo mengüe” (Io 3, 30). Es no buscar ser más que los demás: “La humidad humildad se ignora, / sabrá que la tiene el alma, / si sufre cuando la elogian”. Dice S. Fco de Sales : “soportar los oprobios es la piedra de pargón de la humildad y de la verdadera virtud”. Si no es como una caña vacía. Y el de Kempis: “quien no tiene Dios ante los ojos se conturba por toda palabra que desprecio que oye”. Tampoco trabajar por tener “buena imagen”: “Humildad es contentarse / con lo que les dan, no pidan. Todo el que quiera alcanzar / perfección, huya mil leguas / del “razón tuve”… “me hicieron / sin razón”… “razonar quieran”… / De tantas buenas razones / Dios libre a las almas buenas”. El soberbio es como un balón de viento que aparece grande a sí mismo, pero en sustancia toda su grandeza se reduce a un poco de viento, que abriéndose el balón, todo en un momento se desvanece, como aquel sapo de la fábula que hinchándose quiso interrumpir el camino a la vaca, que inadvertida aplastó al que se sobreestimaba. Hay gente que busca tener el éxito en la vida, pero es mucho más importante que la vida sea un éxito, y así oímos muchos decir: “He desperdiciado la vida…” pero cuando se sirve esto no ocurre, la vida no es banal cuando hay amor, a una persona que sirve hay que decirle: tú sí que “sirves”, estos años de servicio “no los has tirado por la borda”… te has gastado eficazmente. Nunca se pierde el tiempo ni los talentos, cuando se entregan por amor.
-Manifestaciones de este servicio: -Dejarse llevar por el Espíritu Santo, donde nos coloque en la vida. -Olvido de mí, solo Dios basta. -Rectificar la intención, cuando me busque, no hacerme la víctima cuando venga la señal de la cruz: acoger a Cristo en ella. -No retener cargos, por desgracia los dictadores no saben hacer equipo, y no tienen continuidad. -No “santificar nuestros defectos”, pensando que por el prestigio que tenemos ya todo lo hacemos bien, acoger las correcciones. Sucede que uno descuida el trato con las personas, cuando tiene poder y no ha de cuidar tanto la imagen, pero la gente sencilla no valora el prestigio social sino estas pequeñas atenciones, el interés cordial por cada persona, y eso es lo que da fruto. -No hacer como esas gallinas que apenas ponen un solo huevo van cacareando por toda la casa: pasar inadvertidos… -No preocuparse por los fracasos, tomar experiencia. No me parece oportuno lo de olvidar, sino aprovechar esas cosas malas, para el servicio: nos hacen más humildes, y con la humildad hay una renovada lucha fruto de confiar más en Dios y menos en nuestras fuerzas, y así el remordimiento convertido en arrepentimiento sirve para el servicio: la mejor penitencia es pensar en los demás: “darse, darse, darse a los demás… es de tal eficacia que Dios lo premia con una humildad llena de servicio, de gozo espiritual” (san Joseraría). Las ramas secas enterradas a los pies del árbol, dan vida y lozanía. –no ser tan tontos de pensar que lo nuestro es lo mejor: estar abiertos. –No pensar nunca “éste no sirve” para trabajar en esto; “eres tú el que no sirves”, por no saber gobernar, poner a cada uno en su sitio… Como la lamparilla alumbrando en el sagrario, así el servicio, gastar los años de juventud y de madurez en los demás, indica: “ahí está Dios”. Servir es poner en práctica lo que antes escribían en “la medalla del amor: + que ayer, – que mañana”. -Que sepa escuchar, aprender de los demás. -No ser nunca susceptible, ni justificarme, pues no tengo razón cuando me pierdo en razonar todo. –Ser acogedores como Jesús, que no va a imponer el criterio, sino a amar, y a partir de lo que a la gente le preocupa (el agua, la cosecha…) va subiendo las miras hacia el agua viva, el fruto que no se pudre… S. Francisco de Sales decía que la humildad es “base y fundamento de todas las otras y sumamente necesaria al hombre en la vida presente”, y añadía: “Amadas imperfecciones, que nos hacen descubrir nuestra miseria y nos ejercitan en la humildad!” Boylan señalaba que los desequilibrios mentales muchas veces es por no adaptarse a la realidad. Servir es trabajar por Dios, sin delirios de grandeza, pues todo es grande cuando se hace por amor. S. Bernardo decía: el pecador por caminar sobre las pisadas del ángel, en este camino de la humildad, toma una vía más segura que el hombre que en su virginidad sigue el camino de la soberbia, porque la humildad de uno lo purificará de sus daños, mientras la soberbia del otro no puede que manchar su pureza. S. Juan Crisóstomo: madre, raíz, nutriz y centro de todos los otros bienes: la soberbia de por sí (secundum genus suum) es el peor de los pecados, más grave que la infidelidad, que la desesperación, que el homiciod, que la lujuria, etc. (S. Francisco de Sales habla mucho de esto, Tissot y otros lo han recogido ordenadamente). “Plus placet Deo humilitas malis in factis quam superbia in bonis” (Dios mira más complaciente acciones malas acompañadas de la humildad, que buenas obras infectadas de orgullo” (S. Agustín). San Ottato de Milevi: “mejor pecados con humildad, que inocencia con orgullo”. San Gregorio Niseno: “un carro lleno de obras buenas, conducido con soberbia, lleva al infierno; un carro de pecados, conducido con humildad, conduce al paraíso”. San Gregorio Magno: “sucede a menudo que quien se ve cubierto de muchas manchas ante Dios, no es menos ricamente embellecido con el vestido de una más profunda humildad”.
El hombre santo y humilde, cuando es corregido gime por el error cometido: y el soberbio también gime cuando es corregido, pero gime porque se ve descubierto en su defecto, y por eso se turba, responde y se indigna con quien lo corrige”. Y dice La Chantal: “si no podemos adquirir muchas virtudes, por lo menos tengamos la humildad!” ¿La razón?: si el pecado es aversión contra Dios, la soberbia es el peor, pues los otros pecados alejan de Dios por la ignorancia, debilidad, deseo de un bien. La soberbia porque no quiere someterse a El y a su ley, y Dios resiste a los soberbios (Iac 4). La aversión a Dios y a sus preceptos en los demás pecados es una consecuencia, en la soberbia en la que el acto propio es el desprecio de Dios, tal aversión le es natural.
Triste la persona en la que nada quede del niño que lleva dentro: «Un testimonio elocuente para los creyentes de cómo "reinar" significa "servir"», concluyó. Ejemplo que no es sólo válido para los «padres», sino también para todos aquellos que tienen un papel de «guía»”, decía el Papa refiriéndose a los obispos. En la Iglesia se toma el “poder” ordenarse sacerdote no como un servicio, y ahí está el problema de hoy, de las reivindicaciones, que dejan entrar en la comunidad lo domina en la sociedad civil: el afán de dominio sobre los demás. Lo que vale es el amor, el servicio.
Hay que afrontar como aquellos primeros cristianos las problemáticas de pobreza actual: «Nuestra época, por primera vez, tiene el conocimiento, los medios y las posibilidades políticas para derrotar a la pobreza y las desigualdades. A pesar de ello, los fuertes desequilibrios siguen existiendo» (Diarmuid Martin). Se habla mucho de ayuda pero crece la pobreza: “hay algo que no funciona”. “Los países desarrollados, empezando por la Unión Europea…, deben tener el valor de admitir sus errores, que se pueden resumir en una postura de superioridad respecto a los países más pobres. Un comportamiento de superpotencia que debe ser sustituido por una relación de cooperación… Se trata de invertir en la capacidad de las personas. Invertir en formación. En el fondo el objetivo del desarrollo es preparar a las personas para que puedan aportar las capacidades que Dios les ha dado. Traducido en pocas palabras: menos asistencia y más desarrollo de la persona… se habla todavía demasiado de asistencia y no se habla, por ejemplo, de creación de puestos de trabajo. Y sin embargo, este es un tema central, un pilar para cualquier política de desarrollo real. Sobre todo, porque un trabajo digno es el primer factor que permite al hombre poner a disposición sus propias capacidades. Y, en segundo lugar, permite a la persona ser dueña de su destino, no depender de la ayuda del poderoso de turno. La creación de nuevos puestos de trabajo debería usarse también como instrumento para evaluar la eficacia de los diversos programas de lucha contra la pobreza. Invertir en formación es importante pero lo es también crear un espíritu de pequeña empresa. Los ejemplos positivos no faltan y demuestran también que las mujeres son especialmente capaces de responder a este estímulo. Las relaciones de cooperación deberían por tanto premiar a las pequeñas empresas que funcionan. Y aquí se engancha el tema de la deuda externa. Cuando estas empresas funcionan, es importante que se garantice la reinversión de los beneficios en el mismo lugar. Los altos niveles de deuda, en cambio, impiden esto, de manera que las riquezas locales se gastan en pagar intereses que ya no son sostenibles, y se perpetúa la espiral de la pobreza”. El comercio de armas y en general los gobiernos occidentales no son modelo de solidaridad: hasta que no bloqueen el tráfico de armas hacia estos países, “dado que la guerra y los conflictos civiles están entre las primeras causas de la pobreza”, no hay que confiar en esas políticas.
-Caridad, servicio… “quien quiera ser grande entre vosotros, sea vuestro servidor; y quien entre vosotros quiera ser el primero sea esclavo de todos”. Es un nuevo señorío el que instaura el Señor, demuestra que ahí está el fundamento de la nobleza y su razón de ser: “porque el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar Su vida en redención de muchos”: no cargos, servicio, eso es lo que vale, el éxito auténtico. A la luz de esta actitud de Cristo se puede reinar sólo sirviendo, a la vez, el servir exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como reinar. Necesitamos de la humildad de corazón, la generosidad, la fortaleza, la alegría para poner la vida al servicio de Dios y de los hombres. La vida de Jesús es un incansable servicio a los hombres: los enseña, los conforta, los atiende…, hasta dar la vida. Y nosotros, si queremos ser discípulos de Cristo, debemos fomentar esa disposición del corazón que nos impulsa a darnos constantemente a quienes están a nuestro lado. La última noche, antes de la Pasión, Cristo, ante los discípulos, que discutían por motivos de soberbia y de vanagloria, realizó la tarea propia de los siervos, se inclina y lava sus pies: fustiga amorosamente la falta de generosidad de aquellos hombres. La vida eclesial, familiar, profesional, es un excelente lugar para manifestar este espíritu de servicio en multitud de detalles que pasarán frecuentemente inadvertidos, pero que ayudan a fomentar una convivencia grata y amable, en la que está presente Cristo. El Señor nos llama particularmente en los enfermos y en los ancianos, para ayudarlos con humildad y finura humana que apenas se advierten. El Señor sirve con alegría, amablemente, con gesto y tono cordiales. Y así debemos ser nosotros cuando realizamos esos quehaceres que son un servicio a Dios, a la sociedad o a quienes están próximos: Servid al Señor con alegría (Salmo 99, 2), nos dice el Espíritu Santo por boca del Salmista. El Señor promete la felicidad a quienes sirven a los demás. Aquello que entregamos con una sonrisa, con una actitud amable, parece como si adquiriera un valor nuevo y se apreciara también más. Además, para servir, hemos de ser competentes en nuestro trabajo: para servir, servir. Acudamos a San José, servidor fiel y prudente, y con su ayuda veremos en los demás a Jesús y María. Así nos será fácil servirles (Francisco Fernández Carvajal-Tere Correa).
Cristo es siempre consciente de ser el "Siervo del Señor", según la profecía de Isaías (cf. 42,1; 49,3.6; 52,13), en la cual se encierra el contenido esencial de su misión mesiánica: la conciencia de ser el Redentor del mundo. María, desde el primer momento de su maternidad divina, de su unión con el Hijo que "el Padre ha enviado al mundo, para que el mundo se salve por él" (cf. Jn 3, 17), se inserta en el servicio mesiánico de Cristo. Precisamente este servicio constituye el fundamento mismo de aquel Reino, en el cual "servir" (...) quiere decir "reinar". Cristo, "Siervo del Señor", manifestará a todos los hombres la dignidad real del servicio, con la cual se relaciona directamente la vocación de cada hombre, decía Juan Pablo II, quien proponía también formas concretas de ayuda como adoptar una familia del tercer mundo: «una nueva forma de adopción a distancia -aclaró el obispo de Roma- que, a través de la mediación directa de los misioneros, permite asegurar un trabajo digno a los cabezas de familia en los países más pobres».
Hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso, se acercó a Él una mujer que traía un frasco de alabastro, con perfume muy caro, y lo derramó sobre su cabeza mientras estaba a la mesa. Al ver esto los discípulos se indignaron y dijeron: ¿para qué este despilfarro? Se podía haber vendido a buen precio y habérselo dado a los pobres. Mas Jesús, dándose cuenta, les dijo: ¿Por qué molestáis a esta mujer? Pues una "obra buena" ha hecho conmigo. Porque pobres tendréis siempre con vosotros, pero a mí no me tendréis siempre. Y al derramar ella este ungüento sobre mi cuerpo, en vista de mi sepultura lo ha hecho. Yo os aseguro: dondequiera que se proclame esta Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya (Mt 26,6). Luego Juan explica que quien murmuraba, Judas, era para quedarse con el dinero, no porque le importaran los pobres. Cuando alguien critica la Iglesia diciendo que no se ocupa suficientemente de los pobres, digamos que sí, que somos pecadores, pero con sencillez digamos: “yo hago esto...”, y hagámosles también la pregunta: “¿tú qué haces por los pobres?” Los Apóstoles centran la cuestión: la dedicación a la palabra y la oración es prioritaria, para ellos; conviene que haya otros, escogidos por sus virtudes, quienes administren el dinero destinado a esas cosas sociales. El servicio es aquí lo prioritario: servicio a Dios, a las almas: perfume dedicado al Señor, y que ese amor se vierta en los demás. Jesús no vino 'a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención por muchos' (Mt 20,28). Si no, se vive muy lejos de Dios con una falsa piedad, aunque mucho se rece. Bien claro ha hablado el Maestro: "apartaos de mí, e id al fuego eterno, porque tuve hambre..., tuve sed..., estaba en la cárcel..., y no me atendisteis". El servicio va ligado a la alegría, pues servir con caras largas, es igual que no hacerlo.
S. Agustín pedía a Dios: “"Míranos siempre con amor de Padre". El tiempo pascual es particularmente apto para gustar la realidad de la paternidad divina recibida en el Bautismo. El plan eterno de Dios, preparado largamente, llegó a su plena realización en la pasión y resurrección del Hijo. El regalo de la Pascua del Hijo es el don del Espíritu. Por él podemos llamar a Dios "Padre". Ya no somos esclavos sino hijos en el Hijo. El Padrenuestro "entregado" y "devuelto" por los bautizados durante la Cuaresma tenía la finalidad de conducir, por la oración modelo de los cristianos, a una experiencia gozosa de Dios como Padre. De ella debe vivir toda su vida el bautizado. Por eso pide la oración colecta: "...míranos siempre con amor de Padre". Dios desea ver siempre grabada en nosotros la imagen del Hijo. Aquella unidad promovida por el entusiasmo de los creyentes y de la que nos habla san Lucas en los primeros capítulos de los Hechos, tiene que afirmarse ahora, superando el primer conflicto. La comunidad cristiana de Jerusalén estaba formada por "hebreos", es decir, los indígenas de habla aramea, y de "helenistas", judíos procedentes de la diáspora, de habla griega (cf. Hch 2.5-11). Al parecer, se daba una cierta discriminación, en perjuicio de los pobres del grupo de los helenistas, a la hora de distribuir los bienes de la comunidad (2. 45; 4. 35).
2. El punto central en el fragmento del salmo de hoy es la gratitud hacia Dios, por su misericordia (vv. 4-5), su providencia se ensancha hacia todos los hombres (vv. 18-19), y se ha manifestado especialmente en Jesús, la máxima revelación divina. Es necesario personalizar este salmo, en nuestra propia vida y en nuestra propio estilo: alabar... Creer en el poder de Dios... Creer que Dios interviene "hoy y siempre en los acontecimientos contemporáneos..." "hacerse pobre": la "mirada de Dios" sobre nosotros es una defensa más segura que todos los medios del poder humano. He aquí un ejemplo de personalización... He aquí como PAUL Claudel "releía" este salmo a su manera, vigorosa, truculenta, poética:
"Escuchad, pájaros cantores, el ímpetu que doy a mi canto: lo que llaman en música la anacrusa. Mirad mis dedos que sin hacer ruido en los rayos del sol, pulsan el arpa entre mis rodillas: hay diez cuerdas, ¡Atentos cuando levante la mano! Yo también canto muy suave, y los ojos bien abiertos, llevo el compás, el oído atento a vuestra vociferación. Dios es hombre de bien: se escucha la conciencia en todo lo que El ha hecho. Alguien de confianza y de buenos sentimientos: que no pide otra cosa que estar bien con el mundo. Esto es sólido, vamos, este cielo que ha fabricado con sus manos, y es El quien está en el interior, este espíritu que hace marchar todo. Es El quien ha juntado el mar como en un odre y que ha colocado cuidadosamente aparte los abismos para servirse de ellos. ¡Toda la tierra, si tiene corazón, que palpite sobre el corazón de Dios! En un abrir y cerrar de ojos todo fue hecho. Y entonces, las combinaciones de las gentes, poco tienen que ver con él. ¡Hacéos los listos, hombres de estado! Dios es alguien que recurre a su eternidad para pasar el tiempo. Escoge, Señor, entre nosotros: dichosos aquellos a quienes tú has confiado la tarea de continuar tu obra. De lo alto de los cielos el Señor abre los ojos para mirar: ¿son esos los hijos de los hombres? De lo alto de su arquitectura, esta tierra que El ha hecho, mira cómo nos las arreglamos para habitarla. ¡Todo está unido!, ¡nadie es intercambiable! Ha puesto dentro de nosotros un corazón, para que fuera nuestro corazoncito para nosotros solos. Alguien hace de rey, otro de gigante. Esto es gracioso. El caballo para salvaros, deberá tener más de cuatro patas para atarlo a vuestra ruleta. Decid solamente: espero, tú eres bueno, eso basta. ¿Eso basta para no ir al infierno y no tener hambre? ¡Nunca más tendremos hambre! Dios es como una columna entre mis brazos. ¡Intentad arrebatármela! Estamos felices de estar juntos: nos decimos el nombre de pila unos a otros. Y entonces, queridos hijos, atentos y todos juntos. "Que tu amor, Señor, esté sobre nosotros, como nuestra esperanza está en ti".
Así tradujo Claudel para él, este salmo. A nosotros toca ahora, "gritar a Dios nuestra alabanza" (Noel Quesson).
Recordaba Juan Pablo II que este salmo, de “22 versículos, tantos cuantas son las letras del alfabeto hebraico, es un canto de alabanza al Señor del universo y de la historia. Está impregnado de alegría desde sus primeras palabras: "Aclamad, justos, al Señor, que merece la alabanza de los buenos. Dad gracias al Señor con la cítara, tocad en su honor el arpa de diez cuerdas… La tercera y última parte del Salmo (vv. 16-22) vuelve a tratar, desde dos perspectivas nuevas, el tema del señorío único de Dios sobre la historia humana. Por una parte, invita ante todo a los poderosos a no engañarse confiando en la fuerza militar de los ejércitos y la caballería; por otra, a los fieles, a menudo oprimidos, hambrientos y al borde de la muerte, los exhorta a esperar en el Señor, que no permitirá que caigan en el abismo de la destrucción. Así, se revela la función también "catequística" de este salmo. Se transforma en una llamada a la fe en un Dios que no es indiferente a la arrogancia de los poderosos y se compadece de la debilidad de la humanidad, elevándola y sosteniéndola si tiene confianza, si se fía de él, y si eleva a él su súplica y su alabanza. "La humildad de los que sirven a Dios -explica también san Basilio- muestra que esperan en su misericordia. En efecto, quien no confía en sus grandes empresas, ni espera ser justificado por sus obras, tiene como única esperanza de salvación la misericordia de Dios". El Salmo concluye con una antífona que es también el final del conocido himno Te Deum: "Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti" (v. 22). La gracia divina y la esperanza humana se encuentran y se abrazan. Más aún, la fidelidad amorosa de Dios (según el valor del vocablo hebraico original usado aquí, hésed), como un manto, nos envuelve, calienta y protege, ofreciéndonos serenidad y proporcionando un fundamento seguro a nuestra fe y a nuestra esperanza”.
3. b) La Iglesia, templo espiritual: estamos en la segunda lectura, san Pedro nos ofrece una de las más bellas descripciones de la Iglesia, pueblo sacerdotal, templo de Dios. Es una construcción "espiritual", no en el sentido de realidad "invisible", sino por estar construida y habitada por el Espíritu (cf. 1 Co 3. 15): la cohesión mutua de las piedras vivas que la conforman es obra del Espíritu. Estas piedras vivas "entran en la construcción del templo del Espíritu" por el sacramento del Bautismo, primera experiencia pascual del cristiano, que lo deja marcado para toda la vida. No olvidemos que el tiempo pascual es el tiempo de los sacramentos de la iniciación cristiana, que definen la condición del cristiano como comunión con la Pascua del Señor. Sin apartarse de la imagen y del texto de Pedro, cabe hablar del origen pascual de esta construcción espiritual que es la Iglesia: descansa sobre "la piedra escogida y preciosa" que los constructores desecharon, el Señor Jesús, a quien crucificaron los hombres, pero Dios hizo "piedra angular" de la Iglesia (cf. Ef 2,20-22). "Nadie puede poner otro cimiento fuera del ya puesto, que es Jesucristo" (1Co 3,11). La Iglesia es "un pueblo adquirido por Dios": lo adquirió con la sangre de su Hijo.
La Iglesia, en su triple función -sacerdotal, regia y profética- está llamada a "ofrecer sacrificios espirituales", "proclamar las hazañas del que nos llamó". En el Evangelio se nos dirá que todos están llamados a participar de la salvación de Cristo, el único camino para la verdad y la vida.
Pe 2,4-9 dice: Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real. Por nuestra unión con Cristo Sacerdote todos debemos sentirnos piedras vivas de un inmenso templo viviente que glorifica a Dios y es signo de salvación para todos los hombres. Orígenes afirma: «Todos los que creemos en Cristo Jesús somos llamados piedras vivas... Para que te prepares con mayor interés, tú que me escuchas, a la construcción de este edificio, para que seas una de las piedras próximas a los cimientos, debes saber que es Cristo mismo el cimiento de este edificio que estamos describiendo. Así lo afirma el Apóstol Pablo. Nadie puede poner otro cimiento distinto del que está puesto, que es Jesucristo (1 Cor 3,11)»… “¡Ea, pues, hermanos! Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba donde está Cristo sentado a la derecha del Padre; gustad las cosas de arriba, no las de la tierra (Col 3,1-2). Ésta es la razón por la que Cristo, nuestro cimiento, fue puesto allí en lo alto: para ser edificados hacia arriba. En las construcciones terrestres, como los pesos tienden por su propio peso a los lugares más bajos, se ponen allí los cimientos; lo mismo sucede en nuestro caso, pero al revés: la piedra que sirve de cimiento, está colocada arriba, para elevarnos hacia arriba por el peso de la caridad. Alegremente, pues, obrad vuestra salvación con temor y temblor. Dios es quien obra en nosotros el querer y el obrar según la buena voluntad. Haced todo sin murmurar (Flp 2,12-14). Como piedras vivas, contribuís a la edificación del templo de Dios (1 Pe 2,5); como vigas incorruptibles, haced de vosotros mismos la casa de Dios. Ajustaos, tallaos en el trabajo, en la necesidad, en las vigilias, en las ocupaciones; estad dispuestos a toda obra buena, para que merezcáis descansar en la vida eterna, como en la trabazón de la sociedad de los ángeles” (S. Agustín).
4. Juan 14,1-6: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (cf. comentario del viernes 4ª semana).
c) La Iglesia, sacramento del Reino: El pasaje evangélico está enteramente proyectado hacia las "estancias del cielo". Por continuidad con los dos puntos anteriores, cabe interpretarlo también en clave eclesiológica: la Iglesia, aparece pueblo en marcha hacia la casa del Padre, va guiada por el Hijo resucitado. Su gran esperanza es volver a estar con su Señor, que ha llegado a la comunión total con el Padre. Su destino último y definitivo es entrar también ella en la familiaridad perfecta con Dios (Ignacio Oñatibia). En Juan se suma como elemento decisivo el que esa vida eterna no se entienda sólo como algo futuro que sólo se nos otorgará en el futuro lejano o después de la muerte, sino que la fe es el comienzo de esa vida eterna. Con la fe el hombre alcanza ya, aquí y ahora, una nueva calidad de vida escatológica. La fe es el paso decisivo "de la muerte a la vida", porque es la participación del hombre en la comunión divina que se le ha abierto por Jesús (cf. 1 Jn 1,1-4).
Dícele Felipe: "Señor, muéstranos al Padre..." Objetivamente la súplica formula el deseo de una contemplación de Dios. En ese deseo de contemplar directamente la divinidad en toda su plenitud, se condensa la quintaesencia de todo anhelo religioso, el anhelo de que en el encuentro con Dios se nos abra el sentido del universo. Pese a toda la diversidad de sus respuestas, las religiones son las formas expresivas de un sentido último definitivo y que ya no puede superarse. También la Biblia conoce ese deseo del hombre de contemplar a Dios, pero alude una y otra vez a sus limitaciones. A Moisés, que dirige a Yahveh la súplica "Déjame contemplar tu gloria", se le da la respuesta: "No puedes contemplar mi rostro, pues ningún hombre que me ve puede seguir viviendo." Lo más que puede otorgársele es que pueda contemplar "las espaldas" de la gloria divina, pero nada más (cf. Ex 34,18-23). También el evangelio de Juan mantiene esta concepción de que ningún hombre ha visto a Dios ni puede verle (1,18; 6,46; cf. 1Jn 4,12). Ese principio de la invisibilidad de Dios por el hombre constituye precisamente un supuesto básico de la teología joánica de la revelación. Ciertamente que al hablar de Dios se tiene a menudo la impresión de que ese principio básico ha quedado en el olvido, pues de otro modo nos encontraríamos hombres con mayor inteligencia que no se contentan con la fe en Dios.
Según la concepción bíblica Dios se muestra sobre todo al "oyente de la palabra". La respuesta de Jesús se mantiene exactamente en ese cuadro. El reproche "Llevo tanto tiempo con vosotros, ¿y no me has conocido, Felipe?", remite al lector una vez más al trato con el Jesús histórico. Conocer a Jesús equivale justamente a reconocerle como el revelador de Dios. Sobre Jesús se pueden decir muchas cosas. Cuando no se ha encontrado ese punto decisivo, es que aún no se ha dado con el lugar justo para hablar de Jesús, por seguir moviéndose siempre en preliminares y cuestiones acusatorias. Todo trato con Jesús, el teológico y el piadoso, así como el trato mundano con él, debe siempre plantearse esta cuestión.
Ahora el lado positivo: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". En el encuentro con Jesús encuentra su objetivo la búsqueda de Dios. Pues ése es el sentido de la fe en Jesús: que en él se halla el misterio de lo que llamamos Dios. Por lo demás, el "ver a Jesús", de que aquí se trata, no es una visión física, sino la visión creyente. La fe tiene su propia manera de ver, en que siempre debe ejercitarse de nuevo. Pero lo que en definitiva llega a ver la fe en Jesús es la presencia de Dios en este revelador. Y es evidente que, así las cosas, huelga la súplica de "¡Muéstranos al Padre"!
Se da ahora la razón de por qué la fe en Jesús puede ver al Padre: "¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?" Hallamos aquí una forma de lenguaje típica de Juan (fórmula de inmanencia recíproca), para indicar que Jesús está "en el Padre" y que el Padre está "en Jesús". En esa fórmula, que no debe interpretarse mal como una concepción espacial, se manifiesta la íntima relación y comunión entre Dios y Jesús. Que Jesús "está en el Padre" quiere decir que está condicionado en su existencia y en su obrar por Dios, a quien él entiende como su Padre; y, a la inversa, que Dios se revela a través de la obra Jesús, hasta el punto de que "en Jesús" se hace presente. Se comprende que la verdad de esta afirmación sólo se manifiesta en la fe, y no en una especulación sobre Dios que pueda separarse de la fe. Y que la fe pone al hombre en una relación viva con Jesús y, justamente por ello, en una relación viva con Dios, asegurando una participación en la comunión divina (“El Nuevo Testamento y su mensaje”).Llucià Pou Sabaté

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