domingo, 15 de mayo de 2011

DOMINGO 4º DE PASCUA (A): abrir nuestra puerta a Jesús, buen pastor, que nos da la felicidad, vivir la sublime alegría de sentirnos hijos de Dios, ama

DOMINGO 4º DE PASCUA (A): abrir nuestra puerta a Jesús, buen pastor, que nos da la felicidad, vivir la sublime alegría de sentirnos hijos de Dios, amar a los demás en la esperanza del cielo

PRIMERA LECTURA. Lectura de los Hechos de los Apóstoles 2,14a. 36-41: El día de Pentecostés se presentó Pedro con los once, levantó la voz y dirigió la palabra: -“Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: -“¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Pedro les contestó: -“Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo. Porque la promesa vale para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el Señor Dios nuestro, aunque estén lejos”. Con éstas y otras muchas razones los urgía y los exhortaba diciendo: -“Escapad de esta generación perversa”. Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agregaron unos tres mil.

SALMO RESPONSORIAL 22,1-3a. 3b-4. 5. 6: R/. El Señor es mi pastor, nada me falta [o Aleluya].
El Señor es mi pastor, nada me falta: / en verdes praderas me hace recostar, / me conduce hacia fuentes tranquilas / y repara mis fuerzas. // Me guía por el sendero justo; por el honor de su nombre. / Aunque camine por cañadas oscuras, / nada temo, porque tú vas conmigo / tu vara y tu cayado me sosiegan. / Preparas una mesa ante mí, / enfrente de mis enemigos; / me unges la cabeza con perfume, / y mi copa rebosa. // Tu bondad y tu misericordia me acompañan / todos los días de mi vida, / y habitaré en la casa del Señor / por años sin término.

SEGUNDA LECTURA. Lectura de la primera carta del Apóstol San Pedro 2,20b-25: Queridos hermanos: Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas. El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando lo insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia. Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

Lectura del santo Evangelio según San Juan 10,1-10: En aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos: -“Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños”.
Jesús, les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: -“Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante”.

Comentario: El pastor se distingue del ladrón en que frente al rebaño tiene una actitud de generosidad y de entrega. La división de los cristianos en muchos rebaños replantea si realmente seguimos el “buen pastor”. Ayer veíamos a Pedro como portavoz de la Iglesia, es más: como fiel fundamento de la unidad de la fe, como le anunció Jesús (“confirma a tus hermanos” “sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”). El hecho de que Benedicto XVI haya rechazado el título de Patriarca de Occidente va en esta línea, quitar los obstáculos temporales para un papel que ha de ser espiritual: no un jefe de los obispos, sino el fundamento de la unidad en la fe, que se puede ejercer de muchas formas, y ahora se está estudiando desde el ecumenismo, el compromiso decidido a favor del «rebaño». Cristo es a la vez Pastor del pueblo y Cordero de Dios entregado en sacrificio. Porque se entregó hasta la muerte para salvar al pueblo, sin conservar para sí nada, hemos sido salvados, pues andábamos descarriados como ovejas. Jesús es Pastor porque ha renunciado a su vida, haciéndose Cordero de Dios entregado para la salvación de todos, es el hilo de la liturgia de hoy, concentrada en la Colecta: «Dios Todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo; concédenos también la alegría eterna del Reino de tus elegidos, para que así el débil rebaño de tu Hijo tenga parte en la admirable victoria de su Pastor».. Acudimos para ello a lo alto, pues «la misericordia del Señor llena la tierra, la palabra del Señor hizo el Cielo. Aleluya» (Sal 32,5-6; ant. entrada).
1. –Hechos 2,14.36-41: Dios lo ha hecho Señor y Mesías. Pedro es siempre el Primer Pastor-Vicario de Cristo que nos llama a todos, por la conversión y por la fe al redil de salvación que es la Iglesia. Pedro habla tanto en la primera como segunda lectura, sigue como ayer siendo el protagonista en el seguimiento de Jesús, el discernimiento para el buen espíritu, el fiel intérprete del sentir cristiano: “Convertíos y bautizaos…” instrumentos del Espíritu Santo, ofrecido a todos para participar en la familia de Jesús, pero de una manera segura (como refleja el cirio pascual encendido) con el Bautismo lo recibimos en un asentimiento de la fe, que es principio de la vida espiritual, como señalan los Padres como p. ej., san San Basilio: «De la misma manera que los cuerpos transparentes y nítidos, al recibir los rayos de luz se vuelven resplandecientes e irradian brillo, las almas que son llevadas e ilustradas por el Espíritu Santo se vuelven también espirituales y llevan a los demás la luz de la gracia. Del Espíritu Santo proviene el conocimiento de las cosas futuras, el entendimiento de los misterios, la comprensión de las verdades ocultas, la distribución de los dones, la ciudadanía celeste, la conversación con los ángeles. De Él la alegría que nunca termina, la perseverancia en Dios, la semejanza con Dios y, lo más sublime que puede ser pensado, el hacerse Dios».
“Ni entonces ni hoy se trata de un mero proselitismo para que aumente el número de los socios de la institución-iglesia, sino de facilitar el encuentro de Cristo con el hombre de nuestro tiempo, porque la iglesia no es la luz, sino testigo de la luz. Si con excusas de libertad y respeto, jamás presentamos y ofrecemos a nuestros amigos el valor de nuestra fe, tendrían que pensar forzosamente o que no creemos de verdad en Jesucristo o que no les queremos verdaderamente a ellos. Cuando alguien descubre un tesoro, debe intentar compartirlo con aquellos a quienes ama” (“Eucaristía” 1990).
Se trata del final del primer discurso de Pedro a un auditorio exclusivamente judío (v. 36) y de la reacción provocada en el mismo (vs. 37-41). El v. 36 es una apretada síntesis del mensaje pascual. Dos hechos. El primero (la crucifixión), simplemente constatado; el segundo (la resurrección), interpretado. La resurrección de Jesús es presentada como entronización. Señor y Mesías, una realeza que lleva a cumplimiento las profecías mesiánicas; un Señor, que abre el futuro: volverá y su vuelta inaugurará la fase gloriosa del Reino de Dios. Testigo y actor de excepción es Dios en persona. Durante su caminar por Palestina, Jesús se había manifestado de tal manera que denunciaba poseer rango divino. Tenía, pues, que ser Dios mismo, en cuyo lugar se había puesto Jesús, quien aclarase si éste era o no un impostor. La resurrección constituye precisamente la respuesta de Dios; es la gran señal de que Dios aprueba la actitud prepascual de Jesús. El es efectivamente el Hijo de Dios. La conversión predicada por los profetas (Mt 3,2) y Jesús mismo (Mt 4, 17) se expresa en el bautismo (Mt 28, 19). S. Agustín ponía la atención en el centro del misterio cuando decía que este discurso muestra la magnitud del perdón hacia los que mataron a Jesús y ahora son invitados a la Eucaristía, mucho más la redención se extiende a todos: “¿Quién perderá la esperanza de que se le perdonen los pecados, si se les perdonó el crimen de dar muerte a Cristo? Pertenecían al pueblo judío y se convirtieron; se convirtieron y se bautizaron. Se acercaron a la mesa del Señor y bebieron con fe la sangre que habían derramado con furor. Los Hechos de los Apóstoles manifiestan cuán total y plena fue su conversión. Vendieron todo lo que poseían y depositaron el precio de la venta a los pies de los apóstoles; y se distribuía a cada uno según lo que necesitaba, y nadie llamaba propio a nada, sino que todas las cosas les eran comunes. Así está escrito: ‘Tenían un alma sola y un solo corazón tendido hacia Dios’ (Hch 4,32-35).
Éstas son las ovejas de las que dijo: ‘No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel’ (Mt 15,24). A ellas manifestó su presencia, y al ser crucificado oró por ellas que se ensañaban contra él, diciendo: ‘Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen’ (Lc 23,34). El médico veía a los locos que, perdida la razón, daban muerte al médico, y al dar muerte al médico, sin saberlo, se propinaban una medicina. Con ese Señor muerto nos hemos curado todos; hemos sido redimidos con su sangre y liberados del hambre con el pan de su cuerpo. Esa presencia manifestó Cristo a los judíos. Por eso dijo: No he sido enviado sino a las ovejas que perecieron de la casa de Israel (Mt 15,24). Quería manifestarles la presencia de su cuerpo, pero no desdeñar o marginar a las ovejas que tenía entre los gentiles”.
2. Con el Salmo 22 vemos la maravillosa profecía de lo que es la esperanza cristiana, siglos antes de ser proclamada; estos 6 versículos en sus 4 estrofas dan la pauta de todo comportamiento confiado en este Dios que lo es todo, a modo de excursión, en el camino que es la vida. La primera nos lleva de buena mano a un lugar delicioso: «El Señor es mi Pastor nada me falta, en verdes praderas me hace recostar...». Cuando las cosas no están tan fáciles, en el dolor, aparece en la segunda estrofa la confianza: “aunque pase por barrancos tenebrosos el Señor está a mi vera”, él nos cuida y nos da serenidad y paz en la dificultad. Luego, la llegada: el festín: sentados a su mesa (alusión a la Eucaristía, donde tenemos la prenda de vida eterna) él llena nuestra copa y nos sirve: "El bienaventurado David te da a conocer la gracia del sacramento (de la Eucaristía), cuando dice: "Has preparado una mesa delante de mis ojos, frente a los que me persiguen. ¿Qué otra cosa puede significar con esta expresión sino la Mesa del sacramento y del Espíritu que Dios nos ha preparado? Has ungido mi cabeza con óleo. Sí. El ha ungido tu cabeza sobre la frente con el sello de Dios que has recibido para que quedes grabado con el sello, con la consagración a Dios. Y ves también que se habla del cáliz; es aquél sobre el que Cristo dijo, después de dar gracias: Este es el cáliz de mi sangre" (S. Cirilo de Jerusalén). Y San Ambrosio: "Escucha cuál es el sacramento que has recibido, escucha a David que habla. También él preveía, en el espíritu, estos misterios y exultaba y afirmaba "no carecer de nada". ¿Por qué? Porque quien ha recibido el Cuerpo de Cristo no tendrá jamás hambre. ¡Cuántas veces has oído el salmo 22 sin entenderlo! Ahora ves qué bien se ajusta a los sacramentos del cielo". Por fin, concluido el camino terreno viviremos –cuarta estrofa- en la casa de Dios por años sin fin, en el gozo del Señor.
Ayer veíamos como S. Pedro, ante la desbandada posterior al discurso de Cafarnaum, y la pregunta de Jesús de si querían ellos también irse, respondía: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”. Jesús, el buen pastor, es el único que nos habla con verdad de las dos palabras importantes de la vida: amor y muerte. No como los charlatanes que no saben tocar la fibra, hablar auténticamente del sentido de la vida. Jesús –recordaba Benedicto XVI- es el filósofo: “Él nos dice quién es en realidad el hombre y qué debe hacer para ser verdaderamente hombre. Él nos indica el camino y este camino es la verdad. Él mismo es ambas cosas, y por eso es también la vida que todos anhelamos. Él indica también el camino más allá de la muerte; sólo quien es capaz de hacer todo esto es un verdadero maestro de vida. Lo mismo puede verse en la imagen del pastor... el pastor expresaba generalmente el sueño de una vida serena y sencilla, de la cual tenía nostalgia la gente inmersa en la confusión de la ciudad. Pero ahora la imagen era contemplada en un nuevo escenario que le daba un contenido más profundo: «El Señor es mi pastor, nada me falta... Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo...» (Sal 22,1-4). El verdadero pastor es Aquel que conoce también el camino que pasa por el valle de la muerte; Aquel que incluso por el camino de la última soledad, en el que nadie me puede acompañar, va conmigo guiándome para atravesarlo: Él mismo ha recorrido este camino, ha bajado al reino de la muerte, la ha vencido, y ha vuelto para acompañarnos ahora y darnos la certeza de que, con Él, se encuentra siempre un paso abierto. Saber que existe Aquel que me acompaña incluso en la muerte y que con su «vara y su cayado me sosiega», de modo que «nada temo» (cf. Sal 22,4), era la nueva «esperanza» que brotaba en la vida de los creyentes”.
El salmo 22 comienza con una afirmación atrevida: "El Señor es mi pastor, nada me falta". Hay gente que lo tiene todo aparentemente, pero se aburre... hay muchas cosas, que podríamos llamar salud física, y “social”, pero la salud interior es la más importante. Este sentido espiritual de la persona es lo esencial, donde desde Aristóteles se ha situado la centralidad de lo que es la búsqueda de la felicidad; y hay elementos difíciles de encuadrar como las emociones y sentimientos, sobre todo la búsqueda de belleza y sus variantes artísticas (música, pintura, contemplación de la naturaleza y el cosmos...). Podemos sin embargo especificar 3 aspectos: conocer la verdad (la búsqueda de la verdadera sabiduría, es, según Boecio, la verdadera medicina del alma); amar y sentirse amado (lo esencial de la persona); y tener esperanza incluso más allá de la muerte, es decir motivos para luchar en los proyectos, que es el máximo ejercicio de la libertad: el compromiso (para un cristiano, quedan ahí reflejadas la fe, la caridad y la esperanza). Con ello tenemos la armonía de las tres funciones espirituales –trascendentales- de la persona, que son inteligencia, amor y libertad. Interactúan en una realización personal en la comunión, pues la persona no se realiza sola sino como don a los demás, y es importante saber relacionarse, la empatía y formas de carácter sociable: buscando la felicidad de los demás encontramos la propia.
Iremos desarrollando estos puntos, pero ahora quería tocar algo que está como en el motor de arranque, eso que llaman ganas de emprender proyectos, ilusión por la vida, o como dice Jesús Arellano “encontrarse existiendo”, ese disfrutar de la vida tiene algo que ver con el sentido de lo sublime, de participar de lo grandioso, de lo bello: sólo la belleza es divina (porque de ahí surge todo crecimiento espiritual, en el entender, sentirse amado y amar, y vivir la libertad en una apertura a la esperanza). Perseguimos la sublimidad, como opuesto a lo muerto, lo banal: queremos optar por la vida y la tenemos en la Vida: en el fondo tenemos ganas de ser Dios, y esto se cumple con lo la suplantación (tomar el fruto del árbol de la vida con técnicas reproductivas o progresos que nos hagan innecesario a Dios) sino con la filiación divina, por el encuentro con Cristo, ser el mismo Cristo (“ipse Christus”), o como dice s. Pablo, el “sublime conocimiento de Jesucristo” (Fil 3, 8). Si la persona humana es, y debe seguir siendo, la clave hermenéutica para encontrar el camino hacia este diálogo por la promoción humana, la Iglesia ha declarado claramente su convicción de que su propia identidad está fundada al mismo tiempo y de manera igual en los órdenes antropológicos, teológicos y evangélicos que se reúnen en la clave hermenéutica de la persona de Jesucristo. Gaudium et Spes 22 lo indica claramente al enseñar que “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado.” Jesucristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación”. El es “el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones” (n 45). De este deseo de sublimidad nacen las ganas de vivir para algo alto, aunque no se sepa qué es… y de ahí surge esta multiplicidad de funciones que se han sintetizado antes.
Las pasiones incontroladas desencadenan pulsiones instintivas y dependencias (alcohol, sexo, drogas). Hay que educar toda pasión para que –integrándola en la interioridad– nos ayuden a tener un corazón bueno, a base de acciones buenas que se convierten en virtudes. Así, las tendencias hacia el bien, la verdad y la belleza van dominando todo lo que hacemos, va creciendo en nosotros un anhelo de sublimidad, de cosas grandes, y el deseo básico de amar y ser amado se va purificando de adherencias egoístas que hacen daño. La nostalgia de no tenerlo aún todo se va transformando en plenitud de tenerlo todo en la esperanza. La pena causada por la limitación de la realidad (limitaciones físicas o psicológicas, mal de la naturaleza y maldad humana) se vuelve entrega, servicio, y la certeza de que todo mal no sería permitido por Dios si no fuera porque de ello puede sacar –por caminos a nosotros desconocidos todavía– un bien más alto: surge de ahí una confianza muy grande en la vida, que ponemos no en nuestras fuerzas o en el destino, sino en algo que está más allá… en el fondo, en el amor de Dios, que no siempre se intuye directamente. Pero cuando miramos un paisaje precioso, una puesta de sol, los ojos de una persona amiga, nos embarga esa emoción del misterio… Einstein en 1930 publicó un credo, “En qué creo”, apoyando a un grupo de derechos humanos. En él defendía la noción de misterio. “La emoción más hermosa que podemos experimentar es lo misterioso. Es la emoción fundamental que está en la cuna de todo verdadero arte y ciencia. Aquel a quien esta emoción le es ajena, que ya no puede maravillarse y extasiarse en reverencia, es como si estuviera muerto, un candil apagado. Sentir que detrás de lo que puede experimentarse hay algo que nuestras mentes no pueden asir, cuya belleza y sublimidad nos alcanza sólo indirectamente: esto es la religiosidad. En esto sentido, y sólo en este, soy un hombre devotamente religioso.”
Desde el punto de vista teológico, estamos hablando de la conformación con Cristo por la gracia y en la gloria, como explicaría Santo Tomás. Si la predestinación lleva a ser conformes a la imagen de Cristo resucitado (Rom 8, 29), ¿en qué consiste esta conformación, para que seamos dios sin dejar de ser nosotros mismos? Es decir, en el cielo no podemos estar como pegados exteriormente a un Cristo total, pero tampoco podemos disolvernos en Él pues sería panteísmo. Veamos los datos que tenemos en la teología tomasiana de la conformación “in via”, para intuir más de la sublimidad de este misterio: algunos términos claves en este sentido son: -similitudo, assimilatio de la persona a Cristo, o coniformitas, conformatio, configuratio: hay una misteriosa presencia del Espíritu Santo en el alma (misión invisible): “Spiritus enim Sanctus in se sempre vivit, sed in nobis vivit, quando facit nos in se vivere”. Y esta presencia no es pasiva sino activa (cfr. Gal 4, 6), es el Espíritu del Hijo que nos conforma a Cristo. Y así “la criatura racional puede poseer la Persona divina”. El “vivir la vida de Cristo”, es “revestirse de Cristo”, la radicalidad bautismal: Revestirse de Cristo es vivir a su semejanza por las virtudes; es necesario que quien se asemeja a Cristo por el bautismo, se asemejen a su resurrección por la inocencia de la vida (cf. 2 Tim 2, 11), revestirse del hombre nuevo (induite novum hominem: Ef 4, 24) que es Jesucristo, que es principio de vida espiritual. La vida de Cristo «redunda» y «se reproduce» de algún modo en el cristiano. ¿De qué modo? Él es un maestro que enseña interiormente, mostrando los errores, y limpia los afectos -pues mueve los corazones para aspirar a los bienes más altos-, también a través de los Sacramentos, acciones de Cristo. Cristo es la Luz que dirige interiormente al hombre, moviendo su voluntad, con la colaboración libre del creyente que entonces recibe por el Espíritu Santo no sólo el Hijo sino también el Padre (cf. Io 13, 20). «El Hijo de Dios quiso comunicar a los hombres una filiación semejante a la suya (conformitatem suæ), de modo que fuera no sólo Hijo, sino el primogénito de muchos hijos», “teniendo el mismo Padre que Él”. La elevación a ser divinæ consortes naturæ (2 Petr 1, 4), en el Aquinate, es sinónimo de la gracia : «Gratia est quædam supernaturalis participatio divinæ naturæ, secundum quam divinæ efficimur consortes naturæ, ut dicitur in 2 Petr 1, 4, secundum cuius acceptionem dicimur regenerari in filios Dei». En continuidad con los Padres de la Iglesia, considera Santo Tomás que el hombre es imagen de Dios, por su ser espiritual, y que se produce una espiritualización progresiva. «No conviene creer, sin embargo, que el alma racional esté tomada de la substancia de Dios, como erróneamente han creído algunos». Se trata de una perfección real de la «esencia del alma» que sitúa a quienes la reciben en un “cierto orden divino”, en virtud del cual son “en un cierto modo constituidos deiformes”. Esta “semejanza divina” no lo es sólo de las operaciones de Dios, sino también de su vida eterna. El camino para esa unión es la Humanidad Santísima de Jesucristo. La expresión “in Christo” expresa entre otras cosas una participación escatológica en la misma vida misma de Cristo: por la filiación divina participamos en el linaje de Cristo, el nuevo Adán, nos incorporamos a la vida de Cristo: somos hijos de Dios in Christo, viviendo su vida.
Desde el punto de vista antropológico, estamos hablando de entender la vida como regalo. A veces pasamos por delante de algo precioso y no nos paramos a mirar, banalizamos lo más grande, y así nos pasa cuando dedicamos nuestra condición de personas a otra cosa que al regalo de darse a los demás, como decía T. Melendo: “Cualquier otra realidad, incluso el trabajo o la obra de arte más excelsa, se demuestra escasa para acoger la sublimidad ligada a la condición personal: ni puede ser «vehículo» de mi persona, ni está a la altura de aquella a la que pretendo entregarme. De ahí que, con total independencia de su valor material, el regalo sólo cumple su cometido en la medida en que yo me comprometo —me «integro»— en él. («¿Regalo, don, entrega? / Símbolo puro, signo / de que me quiero dar», escribió magistralmente Salinas)”, y la entrega a Dios Padre, la filiación divina, es lo más sublime. Quizá se podría poner ahí la clave de ser uno mismo, sentirse vivo, y la energía para ser feliz: el sentirse hijos de Dios, pero claro, para quien no conoce mucho le basta seguir ese impulso, tan luminoso que a veces los Padres lo usan como base de sus argumentos para demostrar otras verdades de fe, y se entusiasman en presentar la excelencia y sublimidad de la adopción sobrenatural; ha sido para ellos tema de desarrollos al mismo tiempo elevados como también prácticos. Así Cirilo de Jerusalén y el de Alejandría, S. Basilio, S. Juan Crisóstomo, S. Agustín, etc. Según S. Ireneo, constituye el fin de la Encarnación. S. Atanasio deja clara su relación con la totalidad de la obra salvadora de Cristo, también con sus sufrimientos. Clemente de Alejandría muestra su conexión con la vocación a través del bautismo. Insisten -con la Escritura- en que la gloria de Dios consiste en hacer de nosotros hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia (Eph 1, 5-6): «Porque la gloria de Dios es el hombre vivo, y la vida del hombre es la visión de Dios: si ya la revelación de Dios por la creación procuró la vida a todos los seres que viven en la tierra, cuánto más la manifestación del Padre por el Verbo procurará la vida a los que ven a Dios» S. Agustín resalta: «El Verbo se hizo carne y moró entre nosotros. ¡Trueque admirable! Él se hace carne, y éstos se hacen espíritu (...). Fuisteis comprados a mucho precio; por vosotros se hizo el Verbo carne; por vosotros, quien era el Hijo de Dios, hízose hijo del hombre, a fin de que los hijos del hombre fuerais hechos hijos de Dios». A los que creen en su nombre dioles facultad de ser hijos de Dios (Io 1, 12); y añade: «¿Y cómo son hechos hijos de Dios? Los cuales no de la sangre, ni de la voluntad de varón ni de la voluntad de la carne, sino que de Dios son nacidos. Al recibir la facultad de ser hechos hijos de Dios, nacieron de Dios. Notadlo bien: nacieron de Dios, no por la mezcla de las sangres, como tiene lugar la primera generación (...). ¿Qué eran, en efecto, estos nuevos hijos de Dios? (...) El primer nacimiento es de varón y mujer; el segundo es de Dios y de la Iglesia». Sentirse en casa, libres, sin atarse a nada más que a intentar dejarse amar por ese Dios que nos ama… eso es la vida. Decía Mossen Cima que un alma se fue al cielo, con miedo de qué decirle a Dios, y el ángel le tranquilizó: “-le dirás lo que todos…” y él insistió en sus miedo: “¿y qué me dirá Dios, pues me he portado tan mal…” –“tranquilo, le respondió el ángel: te dirá lo que a todos”. Cuando estuvo en la presencia de Dios le dijo sólo: “¡Gracias, Señor, por amarme tanto!”, y Dios Padre le contestó: “-Gracias a ti, por haberme pedido perdón tantas veces”. Es la única cosa que Dios no puede, esa limitación e impotencia de Dios, de superar la barrera de nuestra libertad, por eso el Evangelio nos pide (Juan Pablo II lo repetía): “¡abrir las puertas a Cristo!”, o al menos abrir el cerrojo de nuestra alma, para que él pueda entrar. Santa Catalina de Siena, al ver en la persona humana la imagen de la dignidad del Autor, su amor inextinguible “con el que contemplaste a tu criatura en ti mismo y te dejaste cautivar de amor por ella… ¡Inmenso abismo de caridad! ¿Puede haber un corazón tan duro que pueda mantenerse entero y no partirse al contemplar el descenso de la infinita sublimidad hasta lo más hondo de la vileza, como es la de la condición humana?” Espíritu de Amor que remite a la sublimidad de la propia esencia de Dios en la revelación de Jesucristo. El lenguaje humano siente la rígida limitación de sus palabras, encerradas siempre dentro de la «jaula» (L. Wittgenstein) que nos impide dar nombre a lo que constituye la esencia del misterio, de esta vida auténticamente vivida, de aprender a disfrutar estos “momentos mágicos” especiales de la vida, pero sobre todo encontrar la sublimidad en lo ordinario. La felicidad no está tanto en las grandes hazañas que soñamos con la imaginación, como en vivir de manera sublime las cosas pequeñas, cosa más difícil: dicen que los españoles son capaces de un “2 de mayo” (fecha del levantamiento ante los invasores), es decir un acto heroico, pero que lo que no son capaces es de un “3 de mayo, de un 4…”, es decir la rutina del día a día… Vivimos para la sublimidad, y hemos de saber encontrar la belleza en lo ordinario, no hemos de esperar un mañana donde se hagan realidad los sueños que vamos haciendo, ese “mañana” también vendrá, pues lo mejor siempre está por llegar, pero lo que es verdaderamente importante es encontrar en el “hoy” una vida llena, aunque no tenga momentos de “éxtasis”, entusiasmantes, de estar haciendo continuamente algo “extraordinario”, con descargas de adrenalina. En este sentido, es equivocado quien busca emociones siempre nuevas, porque no hay fuego sólo en la hoguera, también es fuego las brasas, que a veces bajo la ceniza van dando calor... En el fondo, cada día tiene un sentido positivo, porque la vida es una canción que tiene una letra y una música; la letra, es lo que toca hacer, y la música lo que da el ritmo, el entusiasmo, la armonía. Ésta es la música del corazón: el amor, y se trata de ponerla en la letra ordinaria, el “guión” de cada día. El misterio de la vida está ahí, descubrir que todo es del Señor, y cuando nos alejamos de Él perdemos esta sublimidad, vuelve el vacío, cuando hemos probado el cielo la tierra no satisface, lo auténtico está, como decía Joan Maragall, en ver que Dios está aquí, en lo de cada día, el hombre está hecho para Dios, y de tendencia mira también la tierra, y cuando absolutiza esta tendencia pierde terreno la otra, y se pierde. No hablamos aquí de quien se aburre porque tiene falta de serotonina, por una cuestión química, sino que hay una retro-alimentación entre el sentido de sublimidad que estamos analizando bajo la óptica de la filiación divina, y la vida en el espíritu y virtudes, que de alguna manera vemos en toda educación, que básicamente consta de dos elementos: motivación y esfuerzo. Quien está motivado, se esfuerza, y quien se esfuerza crece interiormente y se va motivando. Según este esquema, la vida cristiana tendría como motor de arranque (más o menos consciente) este querer ser dios, hijos de Dios, que se aviva con su consideración: el sentirse hijos de Dios, que da alegría y libertad, de ello hablaremos en otro momento.
Al ver el mundo materializado, no hemos de juzgar ni condenar, que Jesús no lo hace, sino proclamar la divina misericordia, ese amor de Dios, que es lo que más mueve: el castigo también existe, pues si no hay posibilidad de rechazo no hay libertad. Pero una vez dejado claro este supuesto, volvamos a la necesidad de las personas, de sentirse valoradas, cosa que se nota cuando oímos hablar a alguien, cuando reclama atención nos lo está diciendo de mil modos. Esto no quiere decir que las obligaciones no sean importantes, pues son todo palabras si no hay hechos, servicio, y aunque muchas personas hayan trabajado por hacer la voluntad de Dios, por un sentido de obligación quizá muy ligado a la ley, ahí están sus obras de amor, que son lo que cuentan, y no las palabras. Pero también es importante el acogimiento, sentirse querido, como me decía una persona al conocer a otros: “aquí me he sentido acogido, me he sentido bien, querido: me gusta…” Por esto hemos de volver siempre a Jesús, pues en los momentos de la historia (Papas, Concilios, teología…) se ha explicado en el tiempo, en la cultura del momento, una verdad que tienen mil potencialidades, que es dinámica, como también es dinámica nuestra comprensión, nuestro acercamiento a la verdad… La Biblia nos da siempre pistas del discernimiento, para salir de la cultura racionalista que nos ha aprisionado y nos aprisiona con su moralismo y sus reglas que se multiplican hasta un nuevo fariseísmo, hay que volver a Jesús continuamente, a ese sentirnos mirados por Él, sentir el amor que cura. Jesús cuando nos mira nos muestra como podemos ser, y esto nos mueve a ser nosotros mismos, a amar más, a vivir la radicalidad del Evangelio, todo esto significa la luz del cirio pascual. Y fuera de Jesús, todo cansa, nos despistamos, y hemos de volver a la pista… todo esto es que con Jesús “nada me falta”: es quien se sabe guiado y acompañado por la mano firme y protectora del pastor, proclama con tranquila audacia su ausencia de ambiciones. Tiene todo lo que necesita: conducción, seguridad, alimento, defensa, escolta, techo donde habitar... Difícilmente anidarán en su corazón la agresividad, la envidia, la rivalidad, todas esas actitudes que amenazan siempre el convivir con los otros fraternalmente.
Tendríamos que imaginarnos cómo pronuncia Jesús en persona: "Nada me falta... El Padre me conduce... Aunque tenga que pasar por un valle de muerte, no temo mal alguno... Mi copa desborda... Benevolencia y felicidad sin fin... Porque Tú, Oh Padre, estás conmigo...". ¿Quién mejor que Jesús, vivió una intimidad amorosa con el Padre, su alimento, su mesa (Jn 4,32.34)? Es oveja, y pastor… "Yo soy el Buen Pastor" (Juan 10,11). La tonalidad íntima de este salmo, hace pensar en "una oveja", la única oveja que se siente mimada por el Pastor: "El Señor es mi Pastor, nada me falta". Esto evoca la solicitud de que habla Jesús cuando no duda un momento en "dejar las 99 para ir a buscar la única oveja perdida" (Mateo 18,12). Este mismo clima de "intimidad" evocará San Juan para hablar de la unión con Cristo Resucitado, retomando la imagen de la mesa servida: "entraré en su casa para cenar con El, yo cerca de El y El cerca de mí" (Apocalipsis 3,20). Los primeros cristianos cantaron mucho este salmo que lo consideraron como el salmo bautismal por excelencia: este salmo 22 se leía a los recién bautizados, la noche de Pascua, mientras subían de la piscina de inmersión de "aguas tranquilas que los hicieron revivir"... Y se dirigían hacia el lugar de la Confirmación, en que se "derramaba el perfume sobre su cabeza"... antes de introducirlos a su primera Eucaristía, "mesa preparada para ellos". Bajo estas imágenes pastorales de "majada" como telón de fondo, tenemos una oración de gran profundidad teológica y mística; Jesucristo es el único Pastor que procura no falte nada a la humanidad... El nos hace revivir en las aguas bautismales... Nos infunde su Espíritu Santo... Nos preparó la mesa con su cuerpo entregado... Y la copa de su Sangre derramada... El conduce a los hombres, más allá de los valles tenebrosos de la muerte, hasta la Casa del Padre en que todo es gracia y felicidad. No podemos buscar ser felices mientras miramos tanta gente desgraciada, la felicidad es una puerta que se abre hacia fuera, hacia los demás. Pero tiene una fuente secreta, estar con Dios: "porque Tú estás conmigo"... "Nada me falta", cuando vivo esta experiencia. Vuelta a la naturaleza. Es esta una de las aspiraciones del hombre moderno. "Mirad las flores del campo", decía Jesús. Este salmo nos invita a mirar las praderas, las fuentes, los trabajos pastoriles, la mesa en que recibimos a los amigos, las casas que nos alojan. Muchas alegrías inocentes están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlas? ¿Por qué no proporcionarlas a los demás? (Noel Quesson).
San Gregorio Nisa escribe: "En el salmo, David invita a ser oveja cuyo Pastor sea Cristo, y que no te falte bien alguno a ti para quien el Buen Pastor se convierte a la vez en pasto, en agua de reposo, en alimento, en tregua en la fatiga, en camino y guía, distribuyendo sus gracias según tus necesidades. Así enseña a la Iglesia que cada uno debe hacerse oveja de este Buen Pastor que conduce, mediante la catequesis de salvación, a los prados y a las fuentes de la sagrada doctrina". San Cirilo de Alejandría dice de este salmo que es "el canto de los paganos convertidos, transformados en discípulos de Dios, que alimentados y reanimados espiritualmente, expresan a coro su reconocimiento por el alimento salvador y aclaman al Pastor, pues han tenido por guía no un santo como Israel tuvo a Moisés, sino al Príncipe de los pastores y al Señor de toda doctrina en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia."
3. 1 Pedro 2,20-25: Hay situaciones en las que el hombre, injustamente oprimido, sólo puede resistir a la injusticia con la paciencia. Si el cristiano descubre entonces el sentido del sufrimiento y, sin temor a los hombres, acepta la cruz pacientemente, su dolor estará fortalecido con la esperanza que no defrauda; imitará al Maestro que también padeció injustamente, y alcanzará la vida. Jesús, que fue llevado a la muerte como oveja al matadero; Jesús, por cuyas heridas hemos sido curados, vive, y ahora es el pastor y guardián de nuestras vidas. El sufrimiento del cristiano, asociado al sufrimiento de Cristo, tiene un sentido redentor. La paciencia cristiana es la única manera de resistir a la injusticia sin desesperaciones suicidas y sin traiciones cobardes a la justicia. Estos consejos que Pedro da a los esclavos de su tiempo, deben entenderse teniendo en cuenta la situación y sabiendo que, en cualquier caso, es preciso obedecer antes a Dios que a los hombres (Hech 5, 29). Por eso, recuerda en este contexto: "Respetad al rey, pero temiendo a Dios" (v. 17). Con ello señala un límite a toda autoridad humana y condena todo servilismo (“Eucaristía” 1981). Esta paciencia tiene su fundamento en la esperanza en Jesús, como recordaba S. Agustín: “¿Cuál es, sino, la esperanza de los fieles santos que llevan bajo la alianza conyugal, con castidad y concordia, el yugo del matrimonio, o la de quienes doman en la continencia de la viudez los placeres de la carne, o la de quienes, poniendo más alta la cima de la santidad y floreciendo en la nueva virginidad, siguieron al cordero adondequiera que fuera? ¿Qué esperanza, repito, les queda; qué esperanza nos queda a nosotros, si sólo siguen a Cristo quienes derraman su sangre por él? ¿Ha de perder la madre Iglesia a sus hijos, que engendró con tanta mayor fecundidad cuanta mayor era la tranquilidad de que gozaba en tiempo de paz? ¿Ha de suplicar que llegue la persecución y la prueba para perderlos? De ninguna manera, hermanos. ¿Cómo puede pedir la persecución quien grita día a día: No nos dejes caer en la tentación? (Mt 6,13). Aquel huerto del Señor, hermanos, tiene -y lo repito una y tres veces- no sólo las rosas de los mártires, sino también los lirios de las vírgenes, la hiedra del matrimonio y las violetas de las viudas. De ninguna manera, amadísimos, tiene que perder la esperanza de su vocación ninguna categoría de hombres: Cristo padeció por todos. Con toda verdad está escrito de él: ‘Quien quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad’ (1 Tim 2,4)”.
Si nos preguntamos qué es ser cristiano no podemos responder que es creer en Dios, y menos aún creer en cualquier imagen de Dios (recordemos que los primeros cristianos fueron acusados de ateísmo... y de ateísmo militante). Ser cristiano es creer en aquel Dios que se nos ha manifestado en Jesús el Cristo. Pero una cosa es que Jesús sea la puerta, y otra que se quite la libertad. Los cristianos han querido configurar socialmente el espíritu del evangelio: habla de la necesidad de entrar en la Vida, y se ha querido formar un Reino, facilitando “entrar por la puerta y no intentar saltar por otras partes”. Estas comparaciones, típicas del lenguaje de Juan, son espirituales, pero en la historia se han hecho leyes sociales sobre este espíritu, y algunos se han sentido forzados. Se ha asociado la fe a unas obligaciones, mirando más la explicación histórica de la doctrina, que a la esencia del mensaje de Jesús de Nazaret. Las formas renacentistas y ilustradas de pensamiento, nacidas en estos países cristianos, y no en otras partes del mundo, que han dado lugar al progreso que hoy conocemos en occidente, han surgido como hijas de ese “humus” griego-judeo-romano-cristiano, pero no han sido reconocidas por su padre, al mismo tiempo que ellas también se han alejado de su padre. La filosofía también ha ayudado a formar este modo de pensar, quizá por esto junto al monoteísmo, en esas sociedades cristianas se ha dado también el teísmo y el ateísmo, como formas de adhesión o rechazo a una cierta unión entre reino espiritual-reino terrenal. Todos desean también eso que denominamos la Vida, el Reino (o, simplemente, Dios). Pero han escogido otros caminos, por motivos emotivos, de ideas equivocadas, de incomprensiones y falta de diálogo fe-razón (basta pensar en el ateísmo de Nietzsche y su crítica a la “religión de esclavos”).
Son efectivamente las formas equivocadas de religiosidad, que provocan rechazo en gentes que –sin ser unos santitos- tienen, eso sí, percepción de qué no es humano… ¿Qué tiene la Ley que es tan duramente descalificada en el texto de san Pablo que comentamos? La respuesta es clara: la Ley infantiliza y mata. Jesús es el fin de la Ley. Con el cuarto evangelio en la mano la respuesta es también clara: la Ley incapacita, inmoviliza. Su símbolo son la muchedumbre de ciegos, cojos y paralíticos en el estanque de cinco soportales y en donde la vida se reparte a cuentagotas (cf. Jn 5,1ss). En contraposición con este panorama leemos en el texto de hoy: "quien entre a través de mí estará a salvo; entrará y saldrá libremente y siempre encontrará sustento... Yo he venido para que todos tengan vida y la tengan abundante". El hombre religioso prefiere la Ley; el cristiano prefiere a Jesús. El primero es heterónomo y servil; el segundo es autónomo y dueño. Es importante tener muy clara esta distinción en los tiempos que corren, más propensos a lo religioso que a lo cristiano. Sucede también muy a menudo que ambos órdenes se confunden y se habla de Jesús, cuando lo que en el fondo importa es la Ley (A. Benito).
4. El domingo 4º de Pascua es siempre el del Buen Pastor, se lee Juan 10 dividido, según los ciclos. Este año, la primera parte: la referida a Cristo como puerta: "Tenemos entrada libre al santuario, en virtud de la sangre de Jesús; contamos con el camino nuevo y vivo que él ha inaugurado para nosotros a través de la cortina, o sea de su carne" (Hb 10.19; Mt 27. 51). Es, pues, la misma humanidad pascual de Cristo la que se ha convertido en puerta de acceso al "santuario", a los bienes de la salvación, a "los pastos", a "la vida abundante". Aunque estemos en una Misa con pocos hermanos en la fe, de ahí surge una fuerza que puede llegar a todos, pues la salvación, ofrecida para todos, viene por esta Humanidad de Jesús y sus frutos de la aplicación de la redención, que se vive en estos sacramentos. Jesús camina delante y conoce a sus ovejas, es el interesarse por cada uno con amor, no trata a la gente como “masa social”. Censura los malos pastores. S. Agustín hablaba de cómo hay que tener un amor que lleve a buscar incluso al que no quiere ser buscado: “Tú quieres errar, tú quieres perderte; pero no quiero yo. En última instancia no quiere aquel que me atemoriza. Si yo lo quisiera, mira lo que me dice, mira cómo me increpa: No recondujisteis a la que estaba descarriada ni buscasteis a la que se había perdido”, no es fácil “conquistar” un alma que no quiere y que da miedo de que no nos escuche, en un análisis psicológico entra al fondo del alma como el buen pastor: “Llamaré a la oveja descarriada, buscaré a la perdida. Quieras o no, lo haré. Y aunque al buscarla me desgarren las zarzas de los bosques, pasaré por todos los lugares, por angostos que sean; derribaré todas las vallas; en la medida en que me dé fuerzas el Señor que me atemoriza, recorreré todo. Llamaré a la descarriada, buscaré a la perdida. Si no quieres tener que soportarme, no te extravíes, no te pierdas”. Recuerdo una película-serie, “La mejor juventud” en la que cae por el suelo el concepto de libertad de “dejar hacer” sin más, de la revolución cultural de 1968, a veces se ve cómo esconde falta de amor, cuando con un poco más de cuidado se evitan daños graves.
-«Yo soy la puerta» «Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor; he visto claro que por esta puerta hemos de entrar», escribía desenfadada Santa Teresa de Jesús. No hay otro camino que Cristo para llegar a Dios. Su humanidad es la puerta del templo. Cristo-Puerta. La puerta es una imagen entrañable y familiar; es una invitación a la relación y al encuentro; es signo de apertura. Cristo es, en primer lugar, puerta de Dios, porque nos facilita el acceso al Padre. «Siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor» (Santa Teresa).
“La Eucaristía de hoy está empapada de la presencia de Jesús bajo la imagen del Buen Pastor. En otras páginas del cuarto evangelio, san Juan nos presenta a Jesús -generalmente utilizando sus mismas palabras- bajo imágenes muy ricas y sugerentes: cordero inmolado que quita el pecado del mundo; camino, verdad y vida; luz que ilumina a los que están en las tinieblas; fuente de agua viva para todos los que tienen sed; pan bajado del cielo para dar vida a la humanidad... Hoy nos lo presenta bajo la figura del buen Pastor y de puerta del aprisco. Todas estas imágenes tienen su razón de ser y su explicación en esas últimas palabras del evangelio de hoy: "yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante".
La parábola-alegoría del buen Pastor tiene un gran interés eclesiológico. La Iglesia de Cristo es como un rebaño espiritual, al cual todo el mundo está llamado. Conducido por un solo Pastor (Cristo), vive la misma vida sobrenatural (la gracia) y se alimenta en los mismos pastos (palabra de Dios y sacramentos).
Entre el Pastor supremo y guardián del rebaño y las ovejas, existe una mutua relación de simpatía y de amor efectivo, una vida íntima de familia. Todo el rebaño se beneficia de la muerte del Pastor que dio libremente su vida por las ovejas. Resucitado de entre los muertos, sigue influyendo sobre ellas, sirviéndose normalmente de otros pastores que, unidos sacramental- mente con él y subordinados a él, hacen presente y eficaz su acción redentora.
Estas figuras del evangelio de hoy (puerta y pastor) expresan la función salvadora y mediadora de Jesús y también su estilo de servidor sacrificado que da la vida por sus ovejas. Jesús es el único mediador entre Dios y los hombres (1 Tm 2. 5); sólo a través de él la vida y la luz llegan a los hombres, y los hombres llegan a la salvación y al Padre. Jesús no admite ninguna concurrencia en esta función; todas las demás mediaciones -incluso la singular de María- son derivadas y analógicas” (Josep Maria Guix). San Gregorio de Nisa dice al Buen Pastor: «¿Dónde pastoreas, Pastor Bueno, Tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey? Muéstrame el lugar de tu reposo, guíame hasta el pasto nutritivo, llámame por mi nombre, para que yo escuche tu voz y tu voz me dé la vida eterna» (J. Gomis). La Iglesia ora este domingo por las vocaciones a los distintos ministerios y servicios, dentro del Pueblo de Dios. Necesitamos imperante- mente pastores al estilo del Buen Pastor. Hacen falta personas generosas, dispuestas a ofrecerse a Dios y a la Iglesia, para ser signo de la presencia y el amor del Buen Pastor, mensajeros de su Palabra, testigos de su amor, encarnación de su acogida y entrega (Jn 4,35). La figura evangélica del Buen Pastor es una imagen bella y poética que penetró hondamente en los corazones de los cristianos de Roma. En las catacumbas de Domitila, que se remontan al siglo I, aparecen pinturas del Buen Pastor. Imagen oficial en lugar del crucificado; tal vez por repugnancia. Sabemos que Cristo tiene muchos nombres. Fray Luis de León escribió un libro sobre ellos: Pimpollo o Retoño, Rostro de Dios, Camino, Monte, Rey, Pujanza de Dios, Hijo, Verbo, Salvador, Cordero de Dios, Esposo, Amado, Padre del siglo venidero, Príncipe de la Paz, Profeta, etc, etc. Pero este nombre de Pastor es el que se impuso Él solemnemente al final de su predicación y lo explicó largamente. No fue nada original... en el nombre, sí en lo que significa. Homero llamó a uno de sus héroes Agamenón, "Pastor de pueblos". Y su casi contemporáneo Isaías escribe en el Libro de la Consolación: "Ahí está vuestro Dios. Como Pastor pastorea su rebaño, recoge en sus brazos a los corderillos, en el seno los lleva y trata con cuidado a las paridas".
Vivimos en un mundo de contradicciones, ídolos y modelos que ofrecen liderazgos contrapuestos, variados, contradictorios… ¿estamos en un mundo vacío de ideales? Son días de oír al Buen Pastor: “Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Por descubrirte mejor / cuando balabas perdida, / dejé en un árbol la vida, / donde me subió tu amor; / si prenda quieres mayor, / mis obras hoy te la den. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también. // Pasto al fin yo tuyo hecho, / ¿cuál dará mayor asombro, / el traerte yo en el hombro / o traerme tú en el pecho? / Prendas son de amor estrecho / que aun los más ciegos las ven. // Oveja perdida, ven / sobre mis hombros; que hoy / no sólo tu Pastor soy / sino tu pasto también” (Luís de Góngora). Son días de pedirle: “Pastor bueno, vela con solicitud sobre nosotros y haz que el rebaño adquirido por la sangre de tu Hijo pueda gozar eternamente de las verdes praderas de tu reino y tener parte de la admirable victoria de su Pastor” (Oración después de la comunión / Oración colecta).Llucià Pou Sabaté

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