martes, 11 de agosto de 2009

Sábado de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El mandamiento más grande es el amor a Dios y a los demás, para que el amor sea auténtico ha de estar fundamentado en la la roca de la fe

Sábado de la 18ª semana de Tiempo Ordinario. El mandamiento más grande es el amor a Dios y a los demás, para que el amor sea auténtico ha de estar fundamentado en la la roca de la fe

 

Lectura del libro del Deuteronomio 6,4-13. Moisés habló al pueblo, diciendo: -«Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas. Las palabras que hoy te digo quedarán en tu memoria, se las repetirás a tus hijos y hablarás de ellas estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado; las atarás a tu muñeca como un signo, serán en tu frente una señal; las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portales. Cuando el Señor, tu Dios, te introduzca en la tierra que juró a tus padres -a Abrahán, Isaac y Jacob- que te había de dar, con ciudades grandes y ricas que tú no has construido, casas rebosantes de riquezas que tú no has llenado, pozos ya excavados que tú no has excavado, viñas y olivares que tú no has plantado, comerás hasta hartarte. Pero, cuidado: no olvides al Señor que te sacó de Egipto, de la esclavitud. Al Señor, tu Dios, temerás, a él sólo servirás, sólo en su nombre jurarás.»

 

Salmo 17,2-3a.3bc-4.47 y 51ab. R. Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza.

Yo te amo, Señor; tú eres mi fortaleza; Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador.

Dios mío, peña mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte. Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos.

Viva el Señor, bendita sea mi Roca, sea ensalzado mi Dios y Salvador: tú diste gran victoria a tu rey, tuviste misericordia de tu Ungido.

 

Santo evangelio según san Mateo 17,14-20. En aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre, que le dijo de rodillas: -«Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y le dan ataques; muchas veces se cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos, y no han sido capaces de curarlo.» Jesús contestó: -« ¡Generación perversa e infiel! ¿Hasta cuándo tendré que estar con vosotros? ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? Traédmelo.» Jesús increpó al demonio, y salió; en aquel momento se curó el niño. Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte: -«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?» Les contestó: - «Por vuestra poca fe. Os aseguro que si fuera vuestra fe como un grano de mostaza, le diríais a aquella montaña que viniera aquí, y vendría. Nada os sería imposible.»

 

Comentario: 1.- Dt 6,4-13: Meditamos hoy el «Semá Israel», «Escucha Israel», que es aún ahora el comienzo de la oración cotidiana de los judíos fieles. El shemá (Dt 6,4-9), llamado así por la palabra hebrea con que comienza («¡escucha, Israel!»), es la gran oración judía, núcleo de la piedad personal y litúrgica a lo largo de su historia. Esta confesión de fe no proclama un concepto filosófico (la unicidad de Dios), sino el fruto de la experiencia de todo un pueblo: fuera de Yahvé, ningún dios se ha mostrado capaz de salvar. Y frente a este carácter excepcional de Yahvé, ¿qué se le pide a Israel? Todo se condensa en un precepto: «Amarás a Yahvé, tu Dios, con todo el corazón...» (v 5). Se trata de un único precepto que unifica la vida entera. En otros pasajes del Antiguo Testamento no se exige directamente amar a Yahvé. En los libros proféticos y en los Salmos se invita al pueblo a corresponder con fidelidad a la alianza, a «temer a Yahvé», a «obedecerle», a «adherirse a él»... El Dt usa también esas expresiones, pero es el único que presenta el «amarás a Yahvé» como expresión suprema: es la respuesta profunda del hombre libre (liberado por Yahvé) que se entrega libremente a él. Se trata de un amor que incluye la obligación de servirle y cumplir sus preceptos: «Y nos mandó cumplir todos estos mandatos temiendo a Yahvé...» (24); pero excluye el temor de esclavo: la alianza con Dios capacita al pueblo para servirlo y amarlo. El «amarás a Yahvé, tu Dios», llega hasta lo más profundo del creyente: «Con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas...» (5). Es una actitud que no admite límites ni pausas. De lo más íntimo del creyente brota luego hacia el exterior y se manifiesta en el cumplimiento fiel de cuanto dispone Yahvé. La obligación de recordar este precepto básico abarca toda la gama de actividades humanas: «Estando en casa y yendo de camino, acostado y levantado» (7). Se extiende a toda la vida en el momento presente y se despliega hacia el futuro: "Las inculcarás a tus hijos" (7). Así se formará una cadena viva que hará resonar en cada generación las maravillas del pasado. En tiempos de Jesús, el shemá es el compendio de la piedad judía: «Este es el mandamiento principal y el primero» (Mt 22,37s). Jesús lo reafirma y lo amplía al prójimo: si entramos en alianza con Dios sentiremos que todos los hombres son hermanos nuestros (R. Vicent). Las exhortaciones de llevar colgados los preceptos, tomadas en sentido literal, forman las filactelias, costumbre judía de llevar los textos en cajitas colgadas de lacitos atados en la frente y brazo izquierdo. También están en las jambas de las puertas, que tocan con los dedos y luego besan al entrar o salir de la casa.

Ciertamente Jesús dijo esa plegaria todos los días de su vida. Constituye el corazón de la Fe judaica. El mismo Jesús hizo que recitase este pasaje el hombre que le hizo la célebre pregunta: «¿Qué debo hacer para obtener la vida eterna?» Y, prolongando esa enseñanza de Moisés, Jesús relató la parábola del «buen samaritano» (Lc 10,25-37). ¡Escucha Israel, el Señor nuestro Dios es el único Señor! Nuestra fe, como la de los judíos, no es ante todo una religión natural que el hombre ha podido descubrir reflexionando. Es una religión revelada. En una fe que procede de la «escucha» de Dios. Concédeme, Señor, que te escuche más. Tú eres el único Dios. -Amarás al Señor, tu Dios. Jesús dirá: «toda la ley se resume en este único mandamiento: ¡amarás! Dios no es ante todo el Ser supremo, el motor inicial del que necesita el universo para existir. Dios no es solamente el Gran Arquitecto, la Inteligencia primera que explica la finalidad del mundo y preside los fenómenos de la naturaleza. Dios no es únicamente el Bien por excelencia, el Valor perfecto en relación al cual serán juzgadas todas las conciencias por su elección del bien o del mal... Dios es todo esto, ciertamente. Pero, por encima de todo, quiere ser alguien con quien se entra en relación. Dios es "Alguien que ama y espera ser amado". Dios es un corazón. Dios es un ser que aceptó ser vulnerable, como si, a imagen nuestra, le hiriera la indiferencia. «He ahí ese Corazón que tanto ha amado a los hombres y que en correspondencia recibe sólo indiferencia y desprecio.» Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas Dios espera que nos comprometamos por entero. Con el corazón, con la mente, la sensibilidad, la afectividad, el cuerpo, la actividad. No es un «amor de boquilla» lo que espera de nosotros; sino un amor que se pone de manifiesto por los actos cotidianos. ¿Qué haré HOY por Ti? -Sentado... caminando... acostado... de pie... repetirás esas palabras grabadas en tu corazón... en tu casa... en el camino... las inscribirás en tus manos... en tu frente... en las jambas de tus puertas. ¡Qué insistencia! ¡Amarás! ¡Amarás! ¡Amarás! Por todas partes, de todas las maneras, en todo momento. Para mi cuenta personal, puedo componer «mi» letanía de amor de Dios, según mi género de vida: amarás aseando tu casa y cocinando, trabajando en eso o aquello, educando a los hijos, en tu despacho, ante la máquina de escribir, con las manos al volante... en los ojos de aquellos que tú amas, en los cuidados dados a los que sufren... etc. -Cuando te hayas saciado, cuida de no olvidarte del Señor. ¡Cuidado! que la felicidad no nos aleje nunca del amor de Dios. Por lo contrario en la felicidad debemos cantar «gracias Señor». Por todo lo que de Ti he recibido, Señor, te doy las gracias. Tu eres bueno. Yo te amo. Esto es verdad. Haz que mi vida entera te lo pruebe (Noel Quesson).

Lo que Israel proclama directamente en esta fórmula es que fuera de su Dios no se le ha mostrado como divina ninguna deidad o deificación. El que se le ha revelado como Dios le ha liberado de la opresión de todos los ídolos del mundo. El "amarás" es la respuesta adecuada ante el que se ha revelado como Dios. También el Dt conoce el término temer, así como obedecer, confiarse, apegarse. Pero encontró el término "amar" como el más feliz de todos, porque expresa la entrega total del ser y nunca admite un alto o un basta. Oseas y Jeremías hacen suyo ese término; parte de la realidad humana del amor conyugal como la mejor analogía y como el lugar en que se puede vivir la relación del hombre con Dios. El Dt tiene más bien ante los ojos la imagen del amor filial: Dios es el padre que da el ser y que educa a su pueblo, como hace un padre con su hijo (8.5; 14.1), y el pueblo debe responder como el hijo ante el padre. Por supuesto, todas las analogías tienen un punto en que son válidas y muchos en que no lo son.

Esa actitud de amor ante el Dios único no debe ahorrar modos ni medios, ya que es de suprema incumbencia. Hay que grabar en la memoria tanto el "Dios es solamente uno" como el "amarás", llevarlo en la lengua, repetirlo, anunciarlo en todo momento a los hijos, escribirlo en el propio cuerpo y en los lugares visibles de la casa. Esos modos externos de actualización ayudarán a tenerlo presente a toda hora y así llenar con la fe y con el amor la existencia (Coment., edic. Marova).

El lugar que ocupa el Señor en nuestra vida. O él es el primero, el único, el todo. O no es nada. Él no se resigna a ser "también". Él se niega a ser algo así como un relleno o un suplemento. O es solamente él, y entonces está bien, aun cuando usted esté mal. Pero si es "también" él, esto es humillante y es un fracaso. También debe ser el primero en nuestras penas. Él no se contenta con añadir una pomada más, una venda suplementaria. Quiere ser el primero en ver nuestras llagas. El primero en ser informado acerca de lo que nos ha sucedido. Y quiere ser el único que las cure. Con su método especial. Tomándolas sobre sí (Alessandro Pronzato).

2. Probablemente, necesitamos que se nos vuelva a recordar: «cuidado, no olvides al Señor... al Señor tu Dios temerás, a él solo servirás». El mundo nos invita a otros altares y a otros cultos, con ídolos más o menos atrayentes. Pero nuestro Dios, el que luego se ha mostrado como el Padre de nuestro Señor Jesús, es el único que nos ha amado de veras y está pidiendo nuestro amor indivisible. La consigna de los judíos es también nuestra: «escucha, cristiano», ponte en actitud de apertura hacia ese Dios que te dirige su palabra. Es la única palabra que te ayudará a encontrar el camino verdadero.  Hoy podemos recitar, cada uno, el salmo: «Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza...Invoco al Señor de mi alabanza y quedo libre de mis enemigos. Viva el Señor, bendita sea mi Roca...».

La proclamación de Dios como refugio seguro e inexpugnable –"roca", "fortaleza", "peña", "escudo", etc.-, la encontramos también al final del salmo, aquí se toman estos versículos; así los comenta S. Agustín: "¡oh Dios mío, que primeramente me prestaste el auxilio de tu llamamiento para que pudiera confiar en ti! Protector mío y escudo de salud y mi redentor: eres mi protector porque no presumí de mis fuerzas levantándome contra ti con el arma de la soberbia, sino que fuiste mi arma, es decir, encontré una firme fortaleza de salvación, de modo que al instante de mostrármela me redemiste".

3.- Mt 17,14-19. Al bajar del monte, después de la escena de la transfiguración -que no hemos leído-, Jesús se encuentra con un grupo de sus apóstoles que no han sido capaces de curar a un epiléptico. Jesús atribuye el fracaso a su poca fe. No han sabido confiar en Dios. Si tuvieran fe verdadera, «nada les sería imposible». Después, «increpó al demonio y salió, y en aquel momento se curó el niño». ¡Cuántas veces fracasamos en nuestro empeño por falta de fe! Tendemos a poner la confianza en nuestras fuerzas, en los medios, en las instituciones. No planificamos con la ayuda de Dios y de su Espíritu.  Jesús nos avisó: «sin mí no podéis hacer nada». Apoyados en él, con su ayuda, con un poco de fe, fe auténtica, curaríamos a más de un epiléptico de sus males. El que cura es Cristo Jesús. Pero sólo se podrá servir de nosotros si somos «buenos conductores» de su fuerza liberadora. Como cuando Pedro y Juan curaron al paralítico del Templo. La de cosas increíbles que han hecho los cristianos (sobre todo, los santos) movidos por su fe en Dios. Tener fe no es cruzarse de brazos y dejar que trabaje Dios. Es trabajar no buscándonos a nosotros mismos, sino a Dios, motivados por él, apoyados en su gracia (J. Aldazábal).

-Un hombre se acerco a Jesús: "Señor, ten compasión de mi hijo, que tiene epilepsia y con los ataques su estado es muy deplorable... Se lo he traído a tus discípulos y no han podido curarlo". Es curioso: Este pobre hombre, en lugar de ir directamente a Jesús, se ha dirigido primero a los apóstoles. No habiendo obtenido nada se dirige luego a su Maestro. Todo lo que sigue versará sobre un diálogo de Jesús con sus apóstoles. Y, de entrada, la respuesta de Cristo es de una increíble dureza para ellos: -"¡Gente sin fe y pervertida! ¿Hasta cuándo os tendré que soportar? ¡Traédmelo aquí!" Tres o cuatro veces en el evangelio Jesús manifiesta su sufrimiento de tener que vivir con gente que no entiende nada. Tú, el Hijo de Dios altísimo, Tú, el Santo, la Inteligencia sumamente aguda... has aceptado vivir con pobres seres obtusos, pecadores, incrédulos. Perdón, Señor, por nuestras pequeñeces y por nuestras mezquindades. Perdón, Señor, por todas las decepciones que te infligimos. Y ¡eran tus apóstoles los que merecían esos reproches violentos! Sí, hoy todavía, debes seguir sufriendo de ese modo y por la misma razón: obispos, sacerdotes, que dudan de que el Espíritu continúa obrando..., cristianos, que no creen en el poder del Espíritu. -...¿Por qué razón no pudimos echar ese demonio nosotros? -Porque tenéis poca fe. Jesús tropezó con la incredulidad, con la ineficacia de su trabajo: sembró la Palabra sin resultado aparente. La fe. El punto de apoyo en Dios. Sí, creo. La correspondencia a la Palabra de Dios. Sí, creo. La confianza otorgada a la Palabra de Jesús. Sí, creo. Ven, Señor, ayúdanos cuando falla nuestra fe. -Os aseguro que si tuvierais fe como un grano de mostaza, diríais a esta colina: "Muévete de aquí allá". Y se movería. ¡Hay que tomar en serio esas palabras del Señor! Efectivamente no se trata de desplazar materialmente "montañas~ de piedras; pero la Fe puede realizar otras tareas que no son menos difíciles: desplazar montañas de orgullo, de egoísmo, de cobardía... cambiar corazones, hábitos... transformar hombres, haciéndoles capaces de entrar en relación con Dios... La Fe, tal como es considerada aquí por Jesús, es una fuente de audacia, de iniciativa, de empresas aparentemente imposibles. ¡Desplaza mis "montañas", Señor! ¡Dame esa fe, que es el apoyo de tu propio poder divino! -Y nada os será imposible. ¡Cuánto me gusta oírte decir esto, Señor Jesús! Repíteme esa palabra. La escucho. La aplico serenamente a mi jornada de hoy sin exaltación extraordinaria, pues me conozco, sino contando solamente contigo. Sí, líbrame de mis entusiasmos que no llegan al día siguiente. Pero dame esa tenacidad de la Fe adulta, y nada me será imposible, como lo has prometido... La Fe, tal como Jesús la ve, es una fuerza: triunfa de lo imposible, duplica las fuerzas del hombre, es un "poder de Dios" para la salvación de cualquiera que cree (Rm 1,15; Noel Quesson).

 

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