jueves, 6 de agosto de 2009

6 de octubre: La Transfiguración del Señor es explicación de que la Cruz es camino de la Gloria, también para nosotros

Voy a comenzar a publicar aquí, desde hoy, una copia de las cosas que voy mandando a la red, para que puedan consultarse. Si alguien me enseña a poner orden, iré clasificando el material... Aquí comienzo hoy a poner los comentarios de las lecturas de hoy, día de la Transfiguración. Saludos,
 Llucià
 
Lectura de la profecía de Daniel 7,9-10.13-14. Durante la visión, vi
que colocaban unos tronos, y un anciano se sentó; su vestido era
blanco como nieve, su cabellera como lana limpísima; su trono, llamas
de fuego; sus ruedas, llamaradas. Un río impetuoso de fuego brotaba
delante de él. Miles y miles le servían, millones estaban a sus
órdenes. Comenzó la sesión y se abrieron los libros. Mientras miraba,
en la visión nocturna vi venir en las nubes del cielo como un hijo de
hombre, que se acercó al anciano y se presentó ante él. Le dieron
poder real y dominio; todos los pueblos, naciones y lenguas lo
respetarán. Su dominio es eterno y no pasa, su reino no tendrá fin.

Salmo 96,1-2.5-6.9. R. El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra.
El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean, justicia y derecho sostienen su trono.
Los montes se derriten como cera ante el dueño de toda la tierra; los
cielos pregonan su justicia, y todos los pueblos contemplan su gloria.
Porque tú eres, Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre
todos los dioses.

Segunda carta del Apóstol San Pedro 1,16-19. Queridos hermanos: Cuando
os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor
Jesucristo no nos fundábamos en invenciones fantásticas, sino que
habíamos sido testigos oculares de su grandeza. El recibió de Dios
Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en él yo me he complacido.» Esta voz traída
del cielo la oímos nosotros estando con él en la montaña sagrada. Esto
nos confirma la palabra de los profetas, y hacéis muy bien en
prestarle atención, como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro,
hasta que despunte el día y el lucero nazca en vuestros corazones.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 9,1-9. En aquel tiempo,
Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a
una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se
volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún
batanero del mundo. Se le aparecieron Elías y Moisés conversando con
Jesús. Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: -Maestro.
¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra
para Moisés y otra para Elías. Estaban asustados y no sabía lo que
decía. Se formó una nube que los cubrió y salió una voz de la nube:
-Esté es mi Hijo amado; escuchadlo. De pronto, al mirar alrededor, no
vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos. Cuando bajaban de la
montaña, Jesús les mandó: No contéis a nadie lo que habéis visto hasta
que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Esto se les
quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de
entre los muertos.

Comentario: Los teólogos medievales hablaban "de mysteriis vitae
Christi", la manifestación del Misterio en la carne humana de Jesús.
Este plan secreto de Dios, como dice san Pablo (cf., p.ex., Col 1,26;
Ef 3,5.9), era tan escondido que, cuando Jesús lo entreabre, Pedro lo
rechaza y debe ser reprendido, como leemos en el día de hoy en este
año 2009 en lo que tocaría leer en la lectura continuada, y Jesús
contesta: "Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres,
no como Dios!" Justamente en estas lecturas salen las dos piedras, la
de Moisés que brota agua (aunque dudó la primera vez) y la de Pedro
que Jesús (verdadero Moisés y guía) proclama, y que es una piedra que
duda… su fortaleza vendrá no de su poder, sino de la gracia de Dios, a
pesar de su debilidad. El relato de la Transfiguración forma un bloque
con la confesión de Pedro, el anuncio de la pasión, la reacción de
Pedro, la increpación de Jesús y la llamada al seguimiento: "el que
pierda su vida por mi causa, la salvará" (Lc 9,24). La Transfiguración
es el broche de este conjunto. Y la garantía en la que todo se
sustenta se encuentra en las palabras que se oyen desde la nube: "Este
es mi Hijo, el escogido; escuchadle". Sí: la gloria de Dios
resplandece en la faz del Hijo del hombre, del crucificado. Moisés y
Elías, gloriosos, conversaban con Jesús, "hablaban de su muerte, que
iba a consumar en Jerusalén". Y fue precisamente entonces cuando
"Pedro y sus compañeros vieron su gloria". La escenografía, las
palabras de la nube, la increpación de Jesús a Pedro (que concuerda
con la respuesta de Jesús a la tercera tentación, según Mt 4,10)
relacionan este texto con el del bautismo (que enlaza con la escena de
la tentación). Si entonces la voz del cielo proclamaba a Jesús Hijo
amado ("Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto": Lc 3,22), ahora la
voz de la nube dice imperativamente a los discípulos que lo escuchen
("Este es mi Hijo, el escogido; escuchadle"). "Para que sobrellevasen
el escándalo de la cruz", comenta el prefacio de hoy (Josep M.
Totosaus).
1. Dn 7,9-10.13-14. La visión de las cuatro bestias y el "hijo del
hombre" es la escena del juicio divino. -Siguiendo la línea del cap.
2, este cap. 7 nos habla de la sucesión de diversos imperios en el
devenir histórico bajo el símbolo de cuatro bestias que salen del mar,
fuerza caótica y morada de seres hostiles a la divinidad. -La liturgia
nos tiene acostumbrados a recortar los textos bíblicos del A.T. Pero
como nosotros nos preocupamos más de la intelección del texto que de
la mera duración temporal, propongo leer todo el cap.: vs. 1-14,
visión, y vs. 15-28, explicación. - Según la concepción mítica, el
océano del que surgen las bestias es morada de potencias hostiles a la
divinidad. Y de esta concepción mítica se hace eco la Biblia para
presentarnos el mar como algo hostil, caótico... del que surgen las
cuatro bestias que representan cuatro imperios. El león alado es
Nabucodonosor, monarca de Babilonia (cfr. cap. 2): cortadas las alas
de su soberbia puede razonar, comportarse como hombre. El oso, medio
erguido, representa a Media, animal feroz siempre dispuesto a atacar y
nunca satisfecho. El leopardo o pantera, con cuatro cabezas y cuatro
alas, simboliza al imperio persa con su gran agilidad para apoderarse
de todo el mundo. La cuarta fiera no es identificable, pero es más
feroz que las demás. Los dientes de hierro pueden hacer alusión a
Alejando Magno y al imperio griego; los diez cuernos aludirían a los
sucesores de Alejandro y el cuerno más pequeño sería el perverso
Antíoco, quien vence a los otros tres cuernos para hacerse con el
poder. -Las cuatro fieras se suceden en la historia, pero no han sido
capaces de mejorar a la humanidad. Por eso es necesario un juicio
universal. El anciano es el mismo Dios, con un vestido blanco como
símbolo de victoria y de poder; el fuego que de él brota ejecuta la
sentencia, sentándose sobre un trono (=tribunal) para juzgar a la vez
a todas las potencias de nuestra historia. Por su gran perversidad la
última bestia es consumida por el fuego, a las otras tres se les
arrebata el poder, pero pueden continuar existiendo. -En los vs. 13-14
aparece "como un hombre", es decir, una figura humana, un ser no
divino que contrasta con las bestias ya descritas y a quien se le
concede todo el poder y autoridad que antes poseía Nabucodonosor; su
reino no tendrá fin. (A. Gil Modrego).
La simbología remite a Dios en su trono celeste, rodeado de gloria y
de ángeles, como Señor. Los libros simbolizan que Dios tiene presentes
todas las acciones de los hombres (cf Jr 17,1; Ml 3,16; Sal 56, 9; Ap
20,12). El que viene en las nubes del cielo "como un hijo del hombre"
y al que, tras el juicio, se le da el reino universal y eterno, es la
antítesis de las bestias. No ha surgido del mar tenebroso como
aquéllas, ni tiene aspecto terrible y feroz, sino que ha sido
suscitado por Dios –viene en las nubes-, y lleva en sí la debilidad
humana. En ese juicio el hombre parece recuperar su dignidad frene a
las bestias a las que está llamado a dominar (cf Sal 8). Tal figura
representa al "pueblo de los santos del Altísimo" (7,27), el Israel
fiel. Hijo del hombre que fue entendido como Mesías persona en el
judaísmo en tiempo de Jesús (Libro de las parábolas de Henoc); pero
tal título sólo se une a los sufrimientos del Mesías y a su
resurrección de entre los muertos cuando Jesús se lo aplica a Sí mismo
(Biblia de Navarra): "Jesús acogió la confesión de fe de Pedro que le
reconocía como el Mesías anunciándole la próxima pasión del Hijo del
Hombre (cf. Mt 16,23). Reveló el auténtico contenido de su realeza
mesiánica en la identidad transcendente del Hijo del Hombre "que ha
bajado del cielo" (Jn 3,13; cf Jn 6,62; Dn 7,13) a la vez que en su
misión redentora como Siervo sufriente: "el Hijo del hombre no ha
venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por
muchos" (Mt 20,28; cf Is 53,10-12). Por esta razón el verdadero
sentido de su realeza no se ha manifestado más que desde lo alto de la
Cruz (cf Jn 19,19-22; Lc 23,39-43). Solamente después de su
resurrección su realeza mesiánica podrá ser proclamada por Pedro ante
el pueblo de Dios: "Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que
Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros
habéis crucificado" (Hch 2,36)" (Catecismo 440). Y la Iglesia cuando
proclama que Cristo se sentó a la derecha del Padre confiesa que fue a
Cristo a quien se dio el imperio: "Sentarse a la derecha del Padre
significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión
del profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio
imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le
sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su
reino no será destruido jamás" (Dn 7,14). A partir de este momento,
los apóstoles se convirtieron en los testigos del "Reino que no tendrá
fin" (Símbolo de Nicea-Constantinopla)" (Catecismo 664).
Es el comienzo de la segunda parte del libro de Daniel. Después de los
relatos relativos a Daniel y sus compañeros, encontramos ahora las
visiones de Daniel, clasificadas según un orden cronológico análogo al
de los relatos. Esta es la primera visión, un sueño simbólico con las
cuatro fieras y el Hijo del Hombre (vv. 2-14), lo que será explicado
por un ángel posteriormente (vv. 15-28). Se quiere presentar a Dios
como señor del tiempo y de la historia. Para evocar su presencia el
lenguaje de la fe recurre a representaciones simbólicas donde
subsisten los vestigios de antiguas mitologías despojadas de su lado
negativo: Dios es presentado como un anciano sin edad rodeado de una
corte de servidores. Dios queda velado pero se reconoce su presencia y
su acción en la historia del hombre. Apocalipsis de consuelo y coraje.
No hay asesor para Dios. El solamente juzga. En el NT, será el Hijo
del Hombre el que se constituirá en juez, asistido por los ángeles (Mt
25,31) y descrito con los rasgos del anciano de Dn 7 (Ap 1,13-14).
Cristo prometerá a sus discípulos participar en esta función judicial
(Mt 19,28; Lc 22,30). Hay aquí subyacente toda una concepción de la
historia de pecado. Todo conduce hacia un juicio final, hacia un gran
discernimiento histórico. Aquí se inscriben todas las pruebas que el
pueblo de Dios pasará en cualquier tiempo a causa de su fe. El rechazo
o aceptación del reino se convertirá en un motivo de discernimiento en
el momento último.
v. 13: "una especie de hombre".- Lit.: "un hijo de la humanidad". El
simbolismo del hombre se opone aquí al de los monstruos que le han
precedido: su venida entre las nubes lo sitúa en un contexto de
divinidad. Tenemos aquí una influencia clara de las teofanías del AT
en las que Dios aparece en la nube (cf Ex 34, 6; Lev 16, 2; Num 11,
25). La tradición judía posterior lo identificará con el mesías
(Parábolas de Enoc, 46), lo que se justifica en un contexto cultural
en el que todo grupo se incorpora, de alguna manera, a su jefe. La
liturgia, en la misma línea, ve en este Hombre a aquel, que constituye
la esperanza del creyente. De ahí que este pasaje, aplicado al triunfo
de Jesús, sea también un mensaje de esperanza. El triunfo de este Hijo
de Hombre lleva al creyente a ver reflejada en él su aspiración
personal. Así, incluso en el mismo libro de Daniel, se comienza a
esbozar el triunfo en categorías de resurrección. El desarrollo
ulterior de la revelación no se contentará con mantener esta doctrina.
Encontrará un marco muy apropiado para hacer inteligibles la muerte y
la resurrección de Jesús. Una prefiguración y una base para comprender
la significación de la transfiguración (Eucaristía 1978).
2. Salmo del Reino de Dios. Una vez más, Israel invita a la "tierra
entera", comprendidas también, las "islas lejanas" (para un judío
terreno por excelencia, las islas son símbolo de lo que está lejos,
perdido en el mar, ¡allá!). Y esta invitación, es una convocación para
venir a celebrar una fiesta de la "realeza" de Dios. Es una invitación
a la alegría porque el Señor reina y se manifiesta como Rey. La
grandeza de Dios es proclamada mediante títulos como estos: "¡Yahveh
es rey!"... "¡Señor de la tierra!" "Altísimo sobre toda la tierra!"...
"¡Santísimo!". Esta grandeza divina se manifiesta en una teofanía,
igual que en el Sinaí: ¡la tempestad, las tinieblas y las nubes los
relámpagos, el fuego, las montañas que tiemblan y se funden como la
cera! Esta "manifestación" sensible de Dios, que "aparece" en medio de
fuerzas cósmlcas no controlables por el hombre, provoca dos resultados
antitéticos:
-Los falsos dioses, los ídolos, las "vanidades", las nadas...
Desaparecen ante el rostro del único verdadero Dios: monoteísmo feroz:
"¡de rodillas todos los dioses!"
-Los fieles a este Dios, los justos, los "Hassidim", están alegres y
de fiesta, pero a una condición, la de renunciar al mal. Moralidad
feroz también "¡odiad el mal!" La religión de Israel no es una
religión de medias tintas, o de actitudes color de rosa: hay que
escoger el propio bando. "¡Ay de los servidores de los ídolos!"
•Chouraqui, judío de origen, más sensible que nosotros al juego de
palabras del hebreo traduce así: "¡petrificados, los esclavos de la
estatua!"
"El Señor es rey". "Venga tu Reino, así en la tierra como en el
cielo". Sabemos la pasión de Jesús por su Padre. Entregó su vida al
Reino. Sin embargo, Jesús, siendo el Hijo de Dios, evitó
deliberadamente todo destello divino durante el tiempo de su
Encarnación. Las "teofanías", de las cuales estaban ávidos los judíos
en los tiempos de Jesús (formados en ello por los salmos de ese
género), Jesús las rechazó sistemáticamente: "ellos pedían a Jesús un
signo bajado del cielo... De hecho, no será dado a esta generación
otro signo que el signo de Jonás. Los dejó allí y se marchó". (Mt
16,1-4). En comparación con el Antiguo Testamento, el Evangelio es
discreto. Sin embargo en la Transfiguración, citan los evangelios un
signo teofánico: "vino una nube luminosa y los cubrió con su sombra"
(Mt, Mc y Lc). Igualmente, al anunciar su gloria durante el juicio
ante el Sanedrín, Jesús recurre a este lenguaje bíblico: "Veréis venir
al Hijo del Hombre sobre las nubes del cielo" (Mt 26,64; Ap 1,7).
San Pablo cita este salmo, hablando de la Encarnación como una
entronización real: "Cuando Dios presentó su primogénito al mundo
dijo: "de rodillas ante El todos los ángeles (los dioses)" (Heb 1,6).
Pero es sobre todo la Parusía de Jesús, su última venida gloriosa, la
que se asemeja más a este salmo: "Cuando venga glorioso, sobre su
trono de gloria, todas las naciones estarán reunidas ante El... Como
el relámpago que se ve brillar de Oriente a Occidente, así será la
venida del Hijo del Hombre... (Mt 24,27-31). Entonces, los "justos" se
asociarán a este triunfo como lo dice el salmo. Estas son las palabras
de San Pablo: "fortificados por su glorioso poder, con alegría dad
gracias al Padre que os concede tener parte en la herencia de los
santos en la luz: El nos libró del poder de las tinieblas y nos
condujo al Reino de su amado Hijo"... (Col 1,11-12) Observemos
finalmente que Pentecostés asoció a la venida del Espíritu Santo, "la
tempestad", y "el fuego" (Hch 2,2-3).
Delante de Dios. El Dios ante quien estoy es viviente. Cinco veces, en
este salmo, somos invitados a estar "delante" de Dios. Lenguaje muy
elocuente. El hombre, en el fondo, no tiene existencia autónoma: su
ser no lo tiene por sí mismo... El está solamente "delante" de Dios.
¡El es! Yo soy, solamente "delante" de El.
El fuego símbolo de Dios. "Delante de él va el fuego y quema a los
enemigos que lo rodean... Sus relámpagos iluminan la tierra... Las
montañas se derriten como cera"... Estaríamos fuera de lugar, en el
siglo XXI, al considerar infantiles estas imágenes. Hacen referencia
ciertamente, a un viejo fondo mítico (confrontar el mito de Prometeo,
vencido cuando trató de dominar el fuego de los dioses). Sin embargo
la ciencia moderna, si bien nos ha enseñado a dominar un poco el
fuego, nos ha revelado que vivimos sobre ciclones de fuego: el corazón
de la tierra es un fuego temible que aflora a veces en los volcanes.
El universo es un ensamblaje fantástico de "bolas de fuego", los
astros. Nuestro sol es una enorme y permanente explosión atómica, a la
que nadie, jamás se acercará... sin desaparecer, sin "ser consumido"
dice el salmo. En este grandioso y aterrador universo de fuego, una
mano creadora ha preparado un espacio tibio, en que la vida pueda
existir, el planeta tierra. Sí, Dios nos ha permitido "ser delante" de
El. Nos ha dado un espacio, un tiempo... para existir. Haríamos el
ridículo pretendiendo pasar por astutos ante Dios.
¡Odiad el mal! El hombre moderno utiliza frecuentemente el lenguaje
del combate. La Biblia también. Este salmo no es ni mucho menos de
tranquilidad. En mí, alrededor de mí, debo luchar contra el mal. La
palabra es fuerte: debo "arrancarme" del poder del mal, con la ayuda
de Dios. La alegría brilla para el justo. Esta imagen de siembra
atempera la violencia de las otras imágenes: Jesús la utiliza
preferentemente. Más que el resplandor de un relámpago, el Reino de
Dios es una "semilla", destinada a crecer lentamente. La luz y la
alegría de Dios sembradas en la humanidad, crecen poco a poco... ¡Hay
que creerlo! Israel, a la merced de las naciones paganas que lo
rodeaban seguía creyendo que una "luz fue sembrada" (Noel Quesson).
«El Señor reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. El
gran mandamiento: ¡Alegraos! Esencia y resumen de todos los demás
mandamientos. Ama y adora, sé justo y amable, ayuda a los demás y haz
el bien. En una palabra, alégrate, y haz que los demás se alegren.
Logra en tu vida y muestra en tu rostro la felicidad que viene de
servir al Señor. Alégrate con toda tu alma en su servicio. Sé sincero
en tu sonrisa y genuino en tu reír. Trae la alegría a tu vida, y que
ello sea señal y prueba de que estás a gusto con Dios y con su
creación, con los hombres y la sociedad: en eso consisten la ley y los
profetas. Alégrate de corazón. El Señor está contigo.
«Lo oye Sión y se alegra. Se regocijan las ciudades de Judá por tus
sentencias, Señor». Esa es la ley de Sión y la regla de Judá.
Regocijaos y alegraos. Con eso demostraréis que el Señor es vuestro
Dios y vosotros sois su pueblo. Alegría en las personas y alegría en
el grupo. Ese es el camino de la virtud, el secreto de la fortaleza,
la llamada a todos los hombres para que vengan y vean y reflexionen
sobre la elección de Israel y el poder de su Dios. El poder de hacer
que su pueblo se alegre. La virtud de la alegría es virtud difícil. Y
es difícil, porque ha de ser genuina y profunda para merecer el
nombre, y no es fácil obtener alegría auténtica en un mundo de penas.
Necesito fe, Señor; necesito una visión larga y una paciencia
duradera; necesito sentido del humor y ligereza de ánimo y, sobre
todo, necesito me asegures que a través de todas las pruebas de mi
vida privada y de la historia de la humanidad, dentro de mí mismo,
allí en el fondo de mi alma, estás tú con toda la fuerza de tu poder y
la ternura de tu amor. Con esa fe puedo vivir, y con esa fe puedo
sonreír. El don de la alegría es la flor de tu gracia en la aridez de
mi alma. Gracias por la alegría que me das, Señor; gracias por el
valor de sonreír, el derecho a la esperanza, el privilegio de mirar al
mundo y sentirme contento. Gracias por tu amor, por tu poder y por tu
providencia, que son el fundamento inamovible de mi alegría diaria.
Alegraos conmigo todos los que conocéis y amáis al Señor. «Alegraos,
justos, con el Señor, celebrad su santo nombre» (Carlos G. Vallés)
A Ruperto de Deutz -como antes a otros escritores- la meditación de la
primera estrofa le sugiere el éxodo de los judíos por el desierto y la
teofanía del Sinaí. "¿Quién, pues, podría ser este guía del viaje,
sino Aquél que es para nosotros camino, Jesucristo, el Hijo de Dios?
Columna de fuego porque es verdadero Dios y columna de nube, porque es
verdadero Hombre. Durante el tiempo que duró la noche, sólo permanecía
la columna de fuego; pero cuando despierta el día de la gracia y el
tiempo de la misericordia, el fuego se convierte en nube. El que es
Dios se hace Hombre. De este modo, resulta ser incluso un sol de fuego
más intenso todavía: es sol de justicia, brillante en pleno día,
porque es fuego revelador.
Sin embargo, a fin de que nuestra mirada fuera capaz de contemplarlo,
ha venido en la nube: Dios ha venido en la carne para convivir con los
hombres... El verdadero Sol, la fuente de la Luz, viene todo El a
nosotros en la nube de su Carne. Y este sol, aún cubierto incluso por
la nube, difunde más claridad, que, antaño, la columna de fuego en la
noche."
La Carta a los Hebreos, partiendo de la traducción griega de los
Setenta, refiere este versículo a Cristo, afirmando que, en el momento
de la Encarnación, el Padre dice: "Que le adoren todos los Ángeles de
Dios." Los Ángeles, a los que podemos contemplar adorando al Señor al
instante siguiente del 'fiat' de la Virgen, cuando el Verbo se hizo
carne, se aprestaron también a su servicio en las circunstancias más
significativas de su vida terrena. De hecho, la alegría de Jerusalén
se manifiesta en la segunda parte del salmo con el verbo "alegrarse"
que da unidad al conjunto de la composición. La invitación a la
alegría que recorre el salmo culmina en la que el ángel desea a la
Virgen María al anunciarle la concepción y el nacimiento de Jesús (Lc
1,28). La Virgen escucha palabras semejantes a las que el profeta
Sofonías dirigía a Jerusalén la hija de Sión (So 3,14-15) porque ella
es la que representa al pueblo fiel y justo que siente la alegría de
la llegada del Reino de Dios.
En la agonía de Gethsemaní, Jesús se deja confortar por un Ángel, por
una criatura. Es el abismo de humildad que hay en Cristo. Él,
-prosigue la Epístola- "tras realizar la purificación de los pecados,
está sentado a la derecha de la Majestad en las alturas; hecho tanto
más superior a los Ángeles, cuanto más se eleva sobre ellos el nombre
que heredó." La realeza de Cristo, de la que está hablando todo el
salmo, se extiende, por tanto, no sólo a los pueblos de la tierra,
sino también a los Ángeles.
Es fácil descubrir en esta estrofa, con la ayuda de la tradición, una
profecía de la segunda venida de Cristo. Venida precedida de grandes
cataclismos cósmicos: Los montes se derretirán como cera ante el dueño
de toda la tierra y todos los pueblos contemplarán su gloria (v. 6).
Pero el Señor ha prometido a los suyos: "os volveré a ver y se
alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría." Para los
justos y rectos de corazón amanecerá entonces el gran día de la luz y
del gozo se alegrarán con el Señor y celebrarán su santo Nombre (Félix
Arocena / Biblia de Navarra).
Juan Pablo II comentaba así el salmo de esa alegría pascual: "El Salmo
comienza con una solemne proclamación:  "El Señor reina, la tierra
goza, se alegran las islas innumerables" y se puede definir una
celebración del Rey divino, Señor del cosmos y de la historia. Así
pues, podríamos decir que nos encontramos en presencia de un salmo
"pascual". Sabemos la importancia que tenía en la predicación de Jesús
el anuncio del reino de Dios. No sólo es el reconocimiento de la
dependencia del ser creado con respecto al Creador; también es la
convicción de que dentro de la historia se insertan un proyecto, un
designio, una trama de armonías y de bienes queridos por Dios. Todo
ello se realizó plenamente en la Pascua de la muerte y la resurrección
de Jesús.
(…) Inmediatamente después de la aclamación al Señor rey, que resuena
como un toque de trompeta, se presenta ante el orante una grandiosa
epifanía divina. Recurriendo al uso de citas o alusiones a otros
pasajes de los salmos o de los profetas, sobre todo de Isaías, el
salmista describe cómo irrumpe en la escena del mundo el gran Rey, que
aparece rodeado de una serie de ministros o asistentes cósmicos:  las
nubes, las tinieblas, el fuego, los relámpagos. Además de estos, otra
serie de ministros personifica su acción histórica: la justicia, el
derecho, la gloria. Su entrada en escena hace que se estremezca toda
la creación. La tierra exulta en todos los lugares, incluidas las
islas, consideradas como el área más remota (cf Sal 96,1). El mundo
entero es iluminado por fulgores de luz y es sacudido por un terremoto
(cf v 4). Los montes, que encarnan las realidades más antiguas y
sólidas según la cosmología bíblica, se derriten como cera (cf v 5),
como ya cantaba el profeta Miqueas:  "He aquí que el Señor sale de su
morada (...). Debajo de él los montes se derriten, y los valles se
hienden, como la cera al fuego" (Mi 1,3-4). En los cielos resuenan
himnos angélicos que exaltan la justicia, es decir, la obra de
salvación realizada por el Señor en favor de los justos. Por último,
la humanidad entera contempla la manifestación de la gloria divina, o
sea, de la realidad misteriosa de Dios (v 6), mientras los "enemigos",
es decir, los malvados y los injustos, ceden ante la fuerza
irresistible del juicio del Señor (cf v 3).
Después de la teofanía del Señor del universo, este salmo describe dos
tipos de reacción ante el gran Rey y su entrada en la historia. Por un
lado, los idólatras y los ídolos caen por tierra, confundidos y
derrotados; y, por otro, los fieles, reunidos en Sión para la
celebración litúrgica en honor del Señor, cantan alegres un himno de
alabanza. La escena de "los que adoran estatuas" (cf. vv. 7-9) es
esencial:  los ídolos se postran ante el único Dios y sus seguidores
se cubren de vergüenza. Los justos asisten jubilosos al juicio divino
que elimina la mentira y la falsa religiosidad, fuentes de miseria
moral y de esclavitud. Entonan una profesión de fe luminosa: "tú eres,
Señor, altísimo sobre toda la tierra, encumbrado sobre todos los
dioses" (v. 9). (…) El profeta Malaquías declaraba:  "Para vosotros,
los que teméis mi nombre, brillará el sol de justicia" (Ml 3, 20). (…)
El reino de Dios es fuente de paz y de serenidad, y destruye el
imperio de las tinieblas. Una comunidad judía contemporánea de Jesús
cantaba: "La impiedad retrocede ante la justicia, como las tinieblas
retroceden ante la luz; la impiedad se disipará para siempre, y la
justicia, como el sol, se manifestará principio de orden del mundo"
(Libro de los misterios de Qumrân)".
3. 2 P 1,16-19. La segunda lectura afirma que "habíamos sido testigos
oculares de su grandeza (...). Esta voz del cielo la oímos nosotros,
estando con él en la montaña sagrada". Ver, oír, contemplar... La
autoridad apostólica sobre la condición divina de Jesús no se basa en
"fábulas ingeniosas" (v 16), sino en los testigos oculares de la
revelación de Jesús en el Tabor, y esta divinidad velada se
manifestará en la segunda venida en plenitud. "Hemos contemplado su
gloria" (Jn 1,14); "lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros
propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos: la
Palabra de la Vida" (1Jn 1,1). Aunque hay cosas en la experiencia
cristiana no es algo que se pueda ver o tocar: "Dichosos los que crean
sin haber visto" (Jn 20,29). Esta segunda lectura termina
recomendándonos "prestarle atención" a la palabra de los profetas.
Afirmémonos, pues, en la Palabra ("la Palabra de la Vida"). El Hijo
del hombre que viene entre las nubes del cielo y a quien se le da
poder, honor y reino es el Hijo del hombre que han visto caminar y
vivir y morir y resucitar y proclamar: "Mi reino no es de este mundo;
mi reino no es de aquí" (Jn 18,36-37). Por esto también hay que
procurar vivir de fer y no nos perdamos por los caminos arenosos de
"invenciones fantásticas", de cuentos de hadas, o de "evidencias"
materiales. La Transfiguración del Señor, san Salvador. Que el Padre
nos conceda el don de descubrir y contemplar la claridad de su rostro
glorioso y vivificante en el rostro humilde y tan humano del Hijo del
hombre, del hombre de dolores. Que nos conceda el don de escuchar su
palabra de vida y seguir su camino, incluso cubiertos por la oscuridad
de la nube. "Contempladlo y quedaréis radiantes" (Sal 33, 6). Juan
Pablo II consideraba la Trinidad en esta escena: "«recibió de Dios
Padre honor y gloria, cuando la sublime gloria le dirigió esta voz:
"Este es mi Hijo predilecto, en quien me complazco». Nosotros mismos
escuchamos esta voz, venida del cielo, estando con él en el monte
santo. Y así se nos hace más firme la palabra de los profetas, a la
cual hacéis bien en prestar atención, como a lámpara que luce en lugar
oscuro, hasta que despunte el día y se levante en vuestros corazones
el lucero de la mañana" (2 P 1, 17-19). Visión y escucha,
contemplación y obediencia son, por consiguiente, los caminos que nos
llevan al monte santo en el que la Trinidad se revela en la gloria del
Hijo. «La Transfiguración nos concede una visión anticipada de la
gloriosa venida de Cristo "el cual transfigurará este miserable cuerpo
nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo" (Flp 3,21). Pero nos
recuerda también que "es necesario que pasemos por muchas
tribulaciones para entrar en el reino de Dios" (Hch 14,22)»
(Catecismo, 556).
La liturgia de la Transfiguración, como sugiere la espiritualidad de
la Iglesia de Oriente, presenta en los apóstoles Pedro, Santiago y
Juan una «tríada» humana que contempla la Trinidad divina. Como los
tres jóvenes del horno de fuego ardiente del libro de Daniel (cf Dn
3,51-90), la liturgia «bendice a Dios Padre creador, canta al Verbo
que bajó en su ayuda y cambia el fuego en rocío, y exalta al Espíritu
que da a todos la vida por los siglos» («Matutino de la fiesta de la
Transfiguración»).
También nosotros oremos ahora al Cristo transfigurado con las palabras
del «Canon de san Juan Damasceno»: «Me has seducido con el deseo de
ti, oh Cristo, y me has transformado con tu divino amor. Quema mis
pecados con el fuego inmaterial y dígnate colmarme de tu dulzura, para
que, lleno de alegría, exalte tus manifestaciones»".
En cuanto a su contenido, omite algunos detalles que aparecen en esa
narración, va al fondo, o mejor, a uno de los puntos básicos de ella:
manifestación de la gloria de Cristo, confirmación de la fe que ha de
prestarse a El, sólo a El y no a ninguna de las doctrinas "nuevas" que
amenazan al Evangelio.
Pasados los primeros entusiasmos, el desencanto hizo su aparición en
las primitivas comunidades cristianas. Una de las fuentes de este
desencanto fue el retraso de la parusía. En ambientes no cristianos,
parusía era el término empleado para designar la visita de los dioses
o del emperador. Pablo cristianizó el término refiriéndolo a la visita
o venida gloriosa de Cristo.
Al retrasarse esta venida, empezó a correrse la voz de que tal venida
era un cuento, una invención fraudulenta. A estas voces sale al paso
la segunda carta de Pedro, exhortando a los creyentes a mantenerse
firmes en la esperanza escatológica. Para garantizar la seguridad de
la esperanza cristiana, el autor de la carta aduce dos tipos de
pruebas: la transfiguración de Jesús (vs. 16-18) y el Antiguo
Testamento (v. 19).
La venida gloriosa de Cristo no es un cuento o un mito. Lo sería si
Cristo no poseyera una grandeza y una gloria. Nadie da lo que no
tiene. Pero Cristo posee esas prerrogativas. Testigos de ello son los
que estuvieron presentes en la "transfiguración" de Jesús ("Eucaristía
1978").
La 2P tiene como intención el salir al paso de una serie de teorías
religiosas que los "impíos" (2,1) van infiltrando en la comunidad.
Quiere mantener la pureza de la fe en un tiempo de prueba. Para ello
emplea numerosas construcciones y situaciones de apocalipsis. Con un
lenguaje plástico el autor se identifica con Pedro el apóstol
(probablemente la carta es posterior) y recuerda lo esencial de la fe.
De ahí que, concretamente, quiere dejar en claro que la gloria de
Jesús, su ser salvador, no se basa absolutamente en no sé qué
genealogías interminables, tal como parece postular la gnosis
cristiano-judía, sino en el poder y amor mismo de Dios. La historia de
Jesús no es una historia mitológica sino salvífica.
Este momento culmen y especial de revelación del que habla el autor
parece referirse al hecho de la transfiguración. Allí Jesús recibió el
testimonio más fuerte de su filiación divina. Para la 2 Pe la
filiación no es solamente una gracia, sino algo propio y lo más puro
de la fe, lo más hondo de la revelación. Celebrando la gloria de
Jesús, el creyente celebra su propia gloria.
La redacción revela una elaboración teológica posterior. La montaña es
allí una montaña alta (Mt 17,1), aquí es la montaña, un lugar de
revelación (cf Ex 19). El autor apela al hecho de la transfiguración
para mostrar la filiación divina de Jesús. Fe primitiva y sencilla
pero llena de fundamento. Celebrar la transfiguración es consolidar
nuestra fe en Jesús. La confirmación que Jesús da a toda la Escritura
anima al creyente para continuar creyendo en él como Hijo a pesar de
la contradicción externa o interna. Así la predicación apostólica se
convierte en verdadera antorcha que alumbra el camino del creyente. El
cristiano se apoya en la debilidad del signo de la Palabra y desde ahí
saca arrestos para vivir su fe. En esa debilidad encuentra fuerza. Un
argumento más para apoyarse en la gloria de Jesús ("Eucaristía 1978").
4. Mc 9,2-10 (paralelos: Mt 17,1-9; Lc 9,28b-36; cf comentarios en el
Domingo II de Cuaresma de cada uno de los tres ciclos). Algunos
elementos, como la nube y la voz celestial, la presencia de Moisés y
de Elías, evocan la presencia en el Sinaí. Con esto se quiere afirmar
que Jesús es el "nuevo Moisés", que en él llegan a su cumplimiento las
esperanzas, la alianza y la ley. Otros elementos, como la
transfiguración de su rostro, las vestiduras blancas, evocan al Hijo
del Hombre del profeta Daniel, glorioso y vencedor, y parecen ser un
anticipo de la resurrección: intentan revelarnos el significado
escondido de la vida de Jesús, su destino personal. Jesús, el que
camina hacia la cruz, es realmente el Señor. Jesús marcha hacia la
cruz: es donde encontramos el cumplimiento de todas las esperanzas. Y
es precisamente este camino mesiánico el que encierra un significado
pascual. La transfiguración se convierte en la revelación no sólo de
lo que será Jesús después de la cruz, sino lo que él es a lo largo del
viaje hacia Jerusalén. Es ésta una clave que nos permite captar la
verdadera naturaleza de Jesús detrás de lo que podríamos llamar su
realidad fenoménica. Pero la transfiguración no tiene sólo un
significado cristológico. En la intención de Marcos asume un papel
importante también en la experiencia de fe del discípulo. Los
discípulos han comprendido que Jesús es el Mesías y están ya
convencidos de que su camino conduce a la cruz; pero no llegan a
comprender que la cruz esconde la gloria. A este propósito tienen
necesidad de una experiencia, aunque sea fugaz y provisional: tienen
necesidad de que se descorra un poco el velo. Y éste es el significado
de la transfiguración en la vida de fe del discípulo: es una
verificación. Dios les concede a los discípulos, por un instante,
contemplar la gloria del Hijo, anticipar la pascua. El velo que se
descorre no revela únicamente la realidad de Jesús, sino también la
realidad del discípulo que camina con él hacia la cruz y también hacia
la resurrección, y está con él en posesión -por encima de la realidad
fenoménica engañosa- de la presencia victoriosa de Dios. En otras
palabras, podemos comparar a la transfiguración con lo que solemos
llamar las "comprobaciones", esos momentos luminosos que encontramos a
veces en el viaje de la fe, momentos gozosos dentro de la fatiga
cristiana. No son momentos que se encuentran automáticamente y de
cualquier manera; hay que saber descubrirlos. Y sobre todo no hay que
olvidar que su presencia es fugaz y provisional. EL discípulo tiene
que saber contentarse con ellos; esas experiencias tendrán que ser
escasas y breves. A Pedro le habría gustado eternizar aquella visión
clara e imprevista, aquella experiencia gloriosa. Se trata de un deseo
que manifiesta una incomprensión de aquel suceso, que no es el
comienzo de lo definitivo, que no es la meta, sino sólo una
anticipación profética de la misma. El camino del discípulo sigue
siendo todavía el camino de la cruz. Dios le ofrece una comprobación,
una prenda, y es preciso aceptar esa prenda, sin exigencias de ningún
género.
Finalmente, hay un aspecto sobre el que hay que reflexionar y que en
cierto sentido parece constituir el punto central del texto: la orden
de "escucharlo". Escuchar es lo que caracteriza al discípulo. Su
ambición no es la de ser original, sino la de ser servidor de la
verdad, en posición de escucha… Exige no solamente inteligencia para
comprender, sino también coraje para decidirse. En efecto, la palabra
que escuchamos es una palabra que nos compromete y que nos arranca de
nosotros mismos (Bruno Maggioni).
Ya leímos este evangelio en el segundo domingo de Cuaresma. Los
capítulos 8 y 9 de Mc constituyen una bisagra: Jesús pasa de Galilea a
Jerusalén, de la aceptación al rechazo de su persona, de la
proclamación del Reino al anuncio de su pasión. Entre la primera y la
segunda predicación de la pasión, Marcos coloca la escena de la
Transfiguración. Sus diferentes elementos como son el vocabulario, las
imágenes empleadas y las referencias al Antiguo Testamento nos indican
que el texto participa de las características de una epifanía
apocalíptica. El rostro resplandeciente y la túnica blanca nos
recuerdan la visión del Hijo del hombre que hemos leído en la primera
lectura. En Cristo se nos revela el rostro divino de Dios, del mismo
Dios que salva a Israel de Egipto por medio de Moisés (Ex 19), Elías
de la muerte (1R 19) y el pueblo de los Santos de la persecución
helenística (cf. Dn 7). Pero el relato se abre también a la actitud de
los discípulos en su camino tras Jesús. "Éste es mi Hijo amado;
escuchadlo" propone al discípulo la actitud receptiva de la escucha.
Escucha que no sólo incluye la palabra, sino también la aceptación de
la persona del nuevo Siervo de Yahvé (cf. Is 42,1, citado por Mc).
Cristo, el auténtico Hijo del hombre, invita al creyente a descubrir
la presencia divina en su predicación y en su obra. Jesús puede
también transfigurar nuestra vida, puede ayudarnos a descubrir la
presencia de Dios en nuestra historia, y a ser sus testigos ante un
mundo secularizado (Jordi Latorre).
Como cada año, el evangelio de este domingo nos describe la
transfiguración del Señor, y, como cada año, esta descripción está
orientada a preparar nuestros espíritus para una comprensión más
profunda del misterio pascual. El relato de Mc es más breve que el de
los otros dos sinópticos, pero contiene como elemento propio (aparte
del detalle del blanco de los vestidos que ningún batanero -¿por qué
no traducir "ningún detergente puede imitar"?- la insistencia en el
hecho de que los apóstoles no entendieron del todo qué querría decir
aquello de resucitar de entre los muertos.
Fue un instante de éxtasis, que les hizo entrever la realidad gloriosa
de Jesús, pero que aún no les mostró toda la profundidad de su
misterio. Para llegar a entenderlo, de algún modo, fue necesario el
contacto real con la vida, fue necesario que, a través de los
sufrimientos y muerte de Jesús -y a través de sus propios sufrimientos
y, más adelante, de su propia muerte-, comprendieran que hay que pasar
por la muerte para llegar a la vida, médula de la realidad del
misterio pascual. Tampoco nosotros entenderemos qué significa
"resucitar" si nos quedamos sólo en el terreno de la fe contemplativa
-y es muy posible que, en el nivel teórico, se nos presenten grandes
dificultades para aceptar este misterio-. En cambio, si descendemos de
la montaña de las ideas a la tierra firme de las realidades diarias,
experimentaremos en carne viva lo que significa morir a nosotros
mismos y vivir hacia Dios y hacia los hermanos; entenderemos qué es la
resurrección (J. Llopis).
En la Transfiguración, Jesús muestra anticipadamente a los discípulos
la gloria que merecerá por su pasión, en Él se cumplen las Escrituras
de Moisés y Elías. Como hemos recordado, se completa aquí lo referente
a la pasión que había anunciado poco antes a los discípulos, que aquí
vemos reaccionando desconcertados con alegría y temor. Los
representantes de la Ley y los Profetas se aparecen: "toda la
Escritura divina forma un solo libro, y ese único libro es Cristo, ya
que toda la Escritura divina habla de Cristo y toda ella se realiza en
Cristo" (Hugo de San Víctor). Además, "si, como dice el apóstol Pablo,
Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, y el que no conoce
las Escrituras no conoce el poder de dios ni su sabiduría, de ahí se
sigue que ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo" (S. Jerónimo).
El episodio es también una descripción de la personalidad de Jesús: es
Señor (v 4). Hijo de Dios, en quien Dios se complace (v 5; cf Is
42,1), a quien debemos escuchar (porque es el revelador de Dios): como
decía san Juan de la Cruz, en la Biblia nos habla el Señor de una sola
palabra, Cristo. Atanasio el Sinaíta escribe que «Él se había
revestido con nuestra miserable túnica de piel, hoy se ha puesto el
vestido divino, y la luz le ha envuelto como un manto». El mensaje que
Jesús transfigurado nos trae son las palabras del Padre: «Éste es mi
Hijo amado; escuchadle» (Mc 9,7). Escuchar significa hacer su
voluntad, contemplar su persona, imitarlo, poner en práctica sus
consejos, tomar nuestra cruz y seguirlo. Con el fin de evitar
equívocos y malas interpretaciones, Jesús «les ordenó que no contaran
a nadie lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre hubiera
resucitado de entre los muertos» (Mc 9,9). Los tres apóstoles
contemplan a Jesús transfigurado, signo de su divinidad, pero el
Salvador no quiere que lo difundan hasta después de su resurrección,
entonces se podrá comprender el alcance de este episodio. Cristo nos
habla en el Evangelio y en nuestra oración; podemos repetir entonces
las palabras de Pedro: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí!» (Mc 9,5),
sobre todo después de ir a comulgar. El prefacio de la misa de hoy nos
ofrece un bello resumen de la Transfiguración de Jesús. Dice así:
«Porque Cristo, Señor, habiendo anunciado su muerte a los discípulos,
reveló su gloria en la montaña sagrada y, teniendo también la Ley y
los profetas como testigos, les hizo comprender que la pasión es
necesaria para llegar a la gloria de la resurrección». Una lección que
los cristianos no debemos olvidar nunca (Joan Serra Fontanet).
Este pasaje, del cual se pueden sacar muchas conclusiones teológicas,
nos muestra que, si bien es cierto que toda nuestra vida esta fundada
en el encuentro profundo y personal con Jesús, producto de nuestra
oración, no debemos olvidar que nos espera un mundo en el que hay que
establecer el Reino. Los apóstoles, ante la visión gloriosa de Jesús,
desearían pasar toda la vida con él. Ya se les había olvidado incluso
sus amigos y compañeros a los cuales habían dejado al pie del monte.
La vida debe balancearse entre la oración y la actividad. De la
oración sacaremos la fuerza y la sabiduría para poder enfrentar al
mundo y construirlo; del trabajo en el mundo regresaremos a la oración
con los ojos pesados de sueño, pero con el corazón ardiendo en espera
del encuentro con el Señor. Cuando estemos gozando de la intimidad de
Dios, sea en nuestra oración cotidiana, después de la comunión, en un
retiro, etc., tengamos siempre presente este regalo nos lo ha
concedido Jesús, como lo hizo con sus apóstoles, para fortalecer
nuestra fe y para enviarnos a compartir lo que en la oración hemos
vivido y experimentado (Ernesto María Caro).
Comenta S. Agustín: "Ve esto Pedro y, juzgando de lo humano a lo
humano, dice: Señor, bueno es estarnos aquí (Mt 17,4). Sufría el tedio
de la turba, había encontrado la soledad de la montaña. Allí tenía a
Cristo, pan del alma. ¿Para qué salir de aquel lugar hacia las fatigas
y los dolores, teniendo los santos amores de Dios y, por tanto, las
buenas costumbres? Quería que le fuera bien, por lo que añadió: Si
quieres, hagamos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra
para Elías (ib.). Nada respondió a esto el Señor, pero Pedro recibió,
no obstante, una respuesta, pues mientras decía esto, vino una nube
refulgente y los cubrió. Él buscaba tres tiendas. La respuesta del
cielo manifestó que para nosotros es una sola cosa lo que el sentido
humano quería dividir. Cristo es la Palabra de Dios, Palabra de Dios
en la ley, Palabra de Dios en los profetas. ¿Por qué quieres dividir,
Pedro? Más te conviene unir. Busca tres, pero comprende también la
unidad.
Al cubrirlos a todos la nube y hacer en cierto modo una sola tienda,
sonó desde ella una voz que decía: Éste es mi Hijo amado (ib., 5).
Allí estaba Moisés, allí estaba Elías. No se dijo: «Éstos son mis
amados». Una cosa es, en efecto, el único, y otra los adoptados. Se
recomienda a aquél de donde procedía la gloria a la ley y a los
profetas. Éste es, dice, mi Hijo amado, en quien me he complacido;
escuchadle (ib.), puesto que en los profetas fue a él a quien
escuchasteis y lo mismo en la ley. Y ¿dónde no le oísteis a él? Oído
esto, cayeron a tierra. Ya se nos manifiesta en la Iglesia el reino de
Dios. En ella está el Señor, la ley y los profetas; pero el Señor como
Señor; la ley en Moisés, la profecía en Elías, en condición de
servidores, de ministros. Ellos, como vasos; él, como fuente. Moisés y
los profetas hablaban y escribían, pero cuanto fluía de ellos, de él
lo tomaban.
El Señor extendió su mano y levantó a los caídos. A continuación no
vieron a nadie más que a Jesús solo (ib., 8). ¿Qué significa esto?
Cuando se leía el Apóstol, oísteis que ahora vemos en un espejo, en
misterio, pero entonces veremos cara a cara. Hasta las lenguas
desaparecerán cuando llegue lo que ahora esperamos y creemos. En el
caer a tierra simbolizaron la mortalidad, puesto que se dijo a la
carne: Tierra eres y a la tierra volverás (Gn 3,19). Y cuando el Señor
los levantó, indicaba la resurrección. Después de ésta, ¿para qué la
ley, para qué la profecía? Por esto no aparecen ya ni Elías ni Moisés.
Te queda sólo: En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba
junto a Dios y la Palabra era Dios (Jn 1,1). Te queda el que Dios es
todo en todo. Allí estará Moisés, pero no ya la ley. Veremos allí a
Elías, pero no ya al profeta. La ley y los profetas dieron testimonio
de Cristo, de que convenía que padeciese, resucitase al tercer día de
entre los muertos y entrase en su gloria. Así se cumple lo que Dios
prometió a los que lo aman: El que me ama será amado por mi Padre y yo
también lo amaré. Y como si le preguntase: «Dado que le amas, ¿qué le
vas a dar?». Y me mostraré a él (Jn 14,21). ¡Gran don y gran promesa!
El premio que Dios te reserva no es algo suyo, sino él mismo. ¿Por qué
no te basta, ¡oh avaro!, lo que Cristo prometió? Te crees rico, pero
si no tienes a Dios ¿qué tienes? Otro puede ser pobre, pero si tiene a
Dios, ¿qué no tiene?
Desciende, Pedro. Querías descansar en la montaña, pero desciende,
predica la palabra, insta oportuna e importunamente, arguye, exhorta,
increpa con toda longanimidad y doctrina. Trabaja, suda, sufre algunos
tormentos para poseer en la caridad, por el candor y la belleza de las
buenas obras, lo simbolizado en las blancas vestiduras del Señor.
Cuando se lee al Apóstol, oímos que dice en elogio de la caridad: No
busca lo propio (1 Cor 13,5). No busca lo propio, porque entrega lo
que tiene. Y en otro lugar dijo algo, que si no lo entiendes bien,
puede ser peligroso; siempre con referencia a la caridad, el Apóstol
ordena a los miembros fieles de Cristo: Nadie busque lo suyo, sino lo
ajeno (1 Cor 10,24). Oído esto, la avaricia, como buscando lo ajeno a
modo de negocio, maquina fraudes para embaucar a alguien y conseguir,
no lo propio, sino lo ajeno. Reprímase la avaricia y salga adelante la
justicia.
Escuchemos y comprendamos. Se dijo a la caridad: Nadie busque lo
propio, sino lo ajeno. Pero a ti, avaro, que ofreces resistencia y te
amparas en este precepto para desear lo ajeno, hay que decirte:
«Pierde lo tuyo». En la medida en que te conozco, quieres poseer lo
tuyo y lo ajeno. Cometes fraudes para poseer lo ajeno; sufre un robo
que te haga perder lo tuyo, tú que no quieres buscar lo tuyo, sino que
quitas lo ajeno. Si haces esto, no obras bien. Oye, avaro; escucha. En
otro lugar te expone el Apóstol con más claridad estas palabras: Nadie
busque lo suyo, sino lo ajeno. Dice de sí mismo: Pues no busco mi
utilidad, sino la de muchos, para que se salven (ib., 33). Pedro aún
no entendía esto cuando deseaba vivir con Cristo en el monte. Esto,
¡oh Pedro!, te lo reservaba para después de su muerte. Ahora, no
obstante, dice: «Desciende a trabajar a la tierra, a servir en la
tierra, a ser despreciado, a ser crucificado en la tierra. Descendió
la Vida para encontrar la muerte; bajó el Pan para sentir hambre; bajó
el Camino para cansarse en el camino; descendió el Manantial para
sentir sed, y ¿rehúsas trabajar tú? No busques tus cosas.-Ten caridad,
predica la verdad; entonces llegarás a la eternidad, donde encontrarás
seguridad»".
Muéstrate, por fin, Señor. / No permanezcas por más tiempo / oculto a
nuestros ojos. / No guardes silencio más días.
¿Hasta cuándo vamos a caminar entre tinieblas, / cansados,
desorientados y abatidos? / Desata tu brazo, Señor, desata tu poder /
y sal en defensa del pobre y oprimido. / Tiende tus brazos a los que
vacilan, / hazte encontradizo a los que te buscan,  / sorprende a los
que te huyen.
No permitas que se blasfeme tu nombre, / diciendo: es el azar, / es el
inconsciente, / es la materia. / ¿Acaso el que ha hecho el oído... no
oye? / ¿No ve el que se ha inventado los ojos?
Los pensamientos de todos los hombres / están en tu ordenador, / todas
sus palabras están registradas.
Bienaventurado / el que se deja enseñar por tu palabra. / Dichosos los
que no ven y creen. / Sin estar en la seguridad social, están seguros.
/ Sin necesidad de tranquilizantes, / dormirán tranquilos y vivirán en
paz.
Porque tú, Señor, / eres nuestro Padre / y nos quieres.

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