martes, 18 de agosto de 2009

Miércoles de la 19 semana

Miércoles de la 19ª semana de Tiempo Ordinario: la amistad con Dios se rompe con el pecado, y la separación es como una muerte, pero tiene un sentido salvífico por la aceptación del dolor padecido y el perdón

 

Lectura del libro del Deuteronomio 34,1-12. En aquellos días, Moisés subió de la estepa de Moab al monte Nebo, a la cima del Fasga, que mira a Jericó; y el Señor le mostró toda la tierra: Galaad hasta Dan, el territorio de Neftall, de Efraín y de Manasés, el de Judá hasta el mar occidental, el Negueb y la comarca del valle de Jericó, la ciudad de las palmeras, hasta Soar; y le dijo: -«Ésta es la tierra que prometí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, diciéndoles: "Se la daré a tu descendencia." Te la he hecho ver con tus propios ojos, pero no entrarás en ella.» Y allí murió Moisés, siervo del Señor, en Moab, como había dicho el Señor. Lo enterraron en el valle de Moab, frente a Bet Fegor; y hasta el dia de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba. Moisés murió a la edad de ciento veinte años; no habla perdido vista ni habla decaído su vigor. Los israelitas lloraron a Moisés en la estepa de Moab treinta días, hasta que terminó el tiempo del duelo por Moisés. Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés le había impuesto las manos; los israelitas le obedecieron e hicieron lo que el Señor había mandado a Moisés. Pero ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto contra el Faraón, su corte y su país; ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

 

Salmo responsorial Sal 65,1-3a.5 y 8.16-17. R. Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida.

Aclamad al Señor, tierra entera; tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. Decid a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!»

Venid a ver las obras de Dios, sus temibles proezas en favor de los hombres. Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas.

Fieles de Dios, venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua.

 

Santo evangelio según san Mateo 18,15-20. En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: -«Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano. Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.»

 

Comentario: 1.- Dt 34,1-12. –Antes de morir, Moisés subió de las estepas de Moab al monte Nebó sobre una cima frente a Jericó. De lo alto de esta montaña se domina el Mar Muerto y el Valle del Jordán y, si el día es claro, toda la comarca de Jerusalén, «la tierra de Palestina». Sobre esta montaña contempla la tierra prometida (desde ahí no se alcanza todo lo que se describe, pero simbólicamente se hace ver a Moisés todas las regiones que no abarcan la vista), y murió Moisés, muy cerca de la Tierra prometida. -El Señor le mostró todo el país y le dijo: «Esta es la tierra que bajo juramento prometí a Abraham, a Isaac y a Jacob, dar a su descendencia. Te dejo verla, pero no entrarás en ella. Después del desierto del Negueb, después de las estepas de Moab, es un verdadero país de Jauja lo que Moisés tiene a la vista: el verde palmeral de Jericó, los cultivos irrigados de las orillas del Jordán. Es el oasis, la abundancia tras las duras marchas bajo el sol, el hambre y la sed. Este es el resultado final de toda la vida de un hombre que ha dado lo mejor de sí mismo para «liberar a su pueblo» y conducirlo a esa «Tierra de libertad y de felicidad», ¡una tierra que mana leche y miel! Episodio emocionante, Moisés no entrará en ella. Esa mirada de Moisés es todo un símbolo. Danos, Señor, el valor de emprender, en la Fe, aunque no podamos humanamente terminar lo emprendido: ¡hay que empezar! ¡hay que proseguir! -Allí murió Moisés, servidor del Señor, "amigo de Dios" (Ex 33,11), en el país de Moab, según la palabra del Señor. Fue enterrado en el Valle frente a Bet-Peor en el país de Moab. Nadie hasta hoy ha conocido su tumba. Misterio de la muerte. Si es el punto final de una vida de hombre, nada más absurdo. Pero nuestra Fe nos dice que la muerte es sólo un episodio: Dios continúa viviendo y pasamos a El para vivir su vida. En la montaña de la Transfiguración, Moisés estaba de pie con Elías, cerca de Jesús, hablando con El (Mc 9, 4). La vida continúa. El proyecto de Dios continúa. El Nuevo Testamento es continuación de Moisés. ¿Creo de veras que Dios prosigue siempre HOY su proyecto?

-No ha vuelto a surgir en Israel un profeta como Moisés, a quien el Señor trataba cara a cara. Moisés «servidor de Dios» «profeta que el Señor trataba cara a cara». Se le recordaba como a un hombre excepcional... ¡como a alguien de los que ya no quedan!

Pero los evangelistas presentarán, precisamente, a Jesús como el «nuevo Moisés», el verdadero servidor de Dios, aquel que, más aún que Moisés, conocía a Dios cara a cara. En las controversias con sus contemporáneos, Jesús hablará a menudo de Moisés. A quien se consideraba como el mediador y el protector de los judíos delante de Dios: Jesús se atreverá a presentarlo como su acusador (Jn 5, 45-46) porque los judíos no querían comprender que el verdadero sentido de la Ley estaba en orientar hacia la revelación definitiva que Jesús aportaba. «Si la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo" (Jn 1,7). «En verdad, no fue Moisés quien os dio pan del cielo, es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo" (Jn 6,32).

Contemplo interiormente la continuidad de las obras de Dios. Moisés y el pueblo de Israel... Jesús y la Iglesia de hoy... El Padre, incansablemente, prosigue su designio. La historia contemporánea está inmersa en ese gran movimiento. ¿Participo yo de él? (Noel Quesson).

El desamparo de Israel, que pierde a su guía y profeta, queda paliado con la sucesión: «Josué, hijo de Nun, poseía grandes dotes de prudencia, porque Moisés le había impuesto las manos» (34,9). La imposición de manos significaba la investidura del cargo y, sobre todo, la transmisión del espíritu. El relato de la muerte de Moisés está íntimamente relacionado con la sucesión carismática de Josué (como ocurre con Elías y Eliseo); en ambos, la narración es el resultado de una «teología» profética del Espíritu. La desaparición de Moisés no podía ser menos numinosa que la de Elías: «Lo enterró en el valle», habría que traducir, para ajustarse al texto hebreo. Es decir, lo enterró Yahvé, fórmula que explica el hecho inexplicable de que «hasta el día de hoy nadie ha conocido el lugar de su tumba» (6). Sobre el lugar de sus restos surgió toda una literatura, de la que hay huellas en el NT («el arcángel Miguel, cuando altercaba con el diablo disputándole el cuerpo de Moisés...: Jds 9). Según la tradición rabínica, la tumba de Moisés estaba preparada allí (en las llanuras de Moab) desde los seis días de la creación, para expiar por el pecado de Israel (idolatría: Nm 25) (Rashi, ad loc. = Aboth 5,9). En realidad, la tumba de Moisés no será centro de peregrinaciones, porque Moisés sigue viviendo en su pueblo.

Profeta grandioso («ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés»: v 10), cuya plenitud y superación sólo se encuentran en Jesús: «La ley se dio por medio de Moisés, el amor y la verdad se hicieron realidad en Jesucristo» (Jn 1,17), fuente de vida para todos (R. Vicent).

2. Terminamos hoy la lectura del Deuteronomio, y con él, la del Pentateuco el grupo de los primeros cinco libros de la Biblia. Y lo hacemos con el relato sobrio por demás, de la muerte del gran protagonista de las últimas semanas. Muere a la vista de la tierra que Dios había prometido a Abrahán y sus descendientes. Los ciento veinte años no habría que entenderlos como números aritméticos, sino simbólicos: Moisés muere habiendo llevado a cabo la misión que se le había encomendado. La historia sigue. Ahora, bajo la guía de Josué, el pueblo se dispone a la gran aventura de la ocupación de la tierra de Canaán. Pero, dentro de la discreción del pasaje, es lógico que se haga un breve resumen de la figura de Moisés y que se nos diga que «ya no surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara». Gran profeta, amigo de Dios, solidario de su pueblo, hombre de gran corazón, líder consumado, gran orante, convencido creyente, que ha dejado tras sí la impresión de que no es él, un hombre, sino Dios mismo el que ha actuado a favor de su pueblo. El protagonista ha sido Dios. Incluso en su muerte, Moisés es discreto: no se conoce dónde está su tumba.

El salmo parece que pone en sus labios esta invitación: «Aclama al Señor, tierra entera, cantad himnos a su gloria, venid a ver las obras de Dios... venid a escuchar, os contaré lo que ha hecho conmigo: a él gritó mi boca y lo ensalzó mi lengua».

Ojalá se pudiera resumir nuestra vida, y la misión que realizamos, cada cual en su ambiente, con las mismas alabanzas que la de Moisés. Recordemos las veces que lo nombra el mismo Jesús. Y cómo en la escena de la Transfiguración en el monte, aparece Moisés, junto con Elías, acompañando a Jesús en la revelación de su Pascua y de su gloria. ¿Se podrá decir de nosotros que hemos sido personas unidas a Dios, que hemos orado intensamente? ¿y que hemos estado en sintonía con el pueblo, sobre todo con los que sufren, trabajando abnegadamente por ellos? ¿se podrá alabar nuestro corazón lleno de misericordia? Tal vez no se nos permitirá ver el fruto de nuestro esfuerzo, como Moisés no vio la tierra hacia la que había guiado al pueblo durante cuarenta años de esfuerzos y sufrimientos. Pero no se nos va a examinar por los éxitos y los frutos a corto plazo, sino por el amor y la entrega que hayamos puesto al colaborar en la obra salvadora de Dios.

"Cuando el alma recuerda los beneficios que antaño recibió de Dios y considera aquellas gracias de que la colma en el presente, o cuando endereza su mirada hacia el porvenir sobre la infinita recompensa que prepara el Señor a quienes le aman, le da gracias en medio de indecibles transportes de alegría" (Casiano).

3.- Mt 18,15-20 (ver domingo 23, ciclo A). Sigue el «discurso eclesial o comunitario» de Jesús, esta vez referido a la corrección fraterna. La comunidad cristiana no es perfecta. Coexisten en ella el bien y el mal. ¿Cómo hemos de comportarnos con el hermano que falta? Jesús señala un método gradual en la corrección fraterna: el diálogo personal, el diálogo con testigos y, luego, la separación, si es que el pecador se obstina en su fallo.

Todos somos corresponsables en la comunidad. En otras ocasiones, Jesús habla de la misión de quienes tienen autoridad. Aquí afirma algo que se refiere a toda la comunidad: «lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo», «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». Cuando un hermano ha faltado, la reacción de los demás no puede ser de indiferencia, que fue la actitud de Caín: «¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?». Un centinela tiene que avisar. Un padre no siempre tiene que callar, ni el maestro o el educador permitirlo todo, ni un amigo desentenderse cuando ve que su amigo va por mal camino, ni un obispo dejar de ejercer su gula pastoral en la diócesis. No es que nos vayamos a meter continuamente en los asuntos de otros, pero nos debemos sentir corresponsables de su bien. La pregunta de Dios a Caín nos la dirige también a nosotros: «¿qué has hecho con tu hermano?». Esta corrección no la ejercitamos desde la agresividad y la condena inmediata, con métodos de espionaje o policíacos, echando en cara y humillando. Nos tiene que guiar el amor, la comprensión, la búsqueda del bien del hermano: tender una mano, dirigir una palabra de ánimo, ayudar a rehabilitarse. La corrección fraterna es algo difícil, en la vida familiar como en la eclesial. Pero cuando se hace bien y a tiempo, es una suerte para todos: «has ganado a un hermano». Una clave fundamental para esta corrección es la gradación de que nos habla Cristo: ante todo, un diálogo personal, no empezando, sin más, por una desautorización en público o la condena inmediata. Al final, podrá ocurrir que no haya nada que hacer, cuando el que falta se obstina en su actitud. Entonces, la comunidad puede «atar y desatar», y Jesús dice que su decisión será ratificada en el cielo. Se puede llegar a la«excomunión», pero eso es lo último. Antes hay que agotar todos los medios y los diálogos. "Las palabras atar y desatar significan: aquel a quien excluyáis de vuestra comunión, será excluido de la comunión con Dios; aquel a quien que recibáis de nuevo en vuestra comunión, Dios lo acogerá también en la suya. La reconciliación con la Iglesia es inseparable de la reconciliación con Dios" (Catecismo 1445). Somos hermanos en la comunidad.

Corrección fraterna entre amigos, entre esposos, en el ámbito familiar, en una comunidad religiosa, en la Iglesia. Y acompañada de la oración: rezar por el que ha fallado es una de las mejores maneras de ayudarle y, además, nos enseñará a adoptar el tono justo en nuestra palabra de exhortación, cuando tenga que decirse (J. Aldazábal).

El tema importante de este pasaje es el perdón. Cristo recuerda su universalidad (vv. 21-23 y al mismo tiempo da poderes para concederlo (vv. 15-18). La nueva era se caracteriza porque el Señor ofrece al hombre la posibilidad de liberación del pecado, no solo triunfando del suyo en la vida personal, sino también triunfando del de los demás por medio del perdón. La sociedad primitiva se manifestaba violentamente contra la falta del individuo, porque carecía de medios para perdonarle y tan solo podía vengar la ofensa mediante un castigo ejemplar setenta y siete veces más fuerte que la misma falta (Gn 4, 24). Se producirá un progreso importante cuando la ley establezca el talión (Ex 21, 24). El Levítico (Lev 19, 13-17) da un paso más hacia adelante. Propiamente hablando no establece la obligación del perdón (el único caso de perdón en el Antiguo Testamento es: 1 Sam 24 y 1 Sam 26), pero insiste en la solidaridad que une a los hermanos entre sí y les prohíbe acudir a los procedimientos judiciales para arreglar sus diferencias. La doctrina de Cristo sobre el perdón señala un progreso decisivo. El Nuevo Testamento multiplica los ejemplos: Cristo perdona a sus verdugos (Lc 23,34); Esteban (Act 7,59-60), Pablo (1 Cor 4,12-13) y otros muchos hacen lo mismo. Generalmente, la exigencia del perdón va ligada a la inminencia del juicio final: para que Dios nos perdone en ese momento decisivo es necesario que nosotros perdonemos ya desde ahora a nuestros hermanos (sentido parcial del v 35) y que tomemos como medida del perdón la misma que medía primitivamente la venganza (v 22; cf Gen 4,24). Basado en la doctrina de la retribución (Mt 6,14-15; Lc 11,4; Sant 2,13), este punto de vista es todavía muy judío. Pero la doctrina del perdón se orienta progresivamente hacia un concepto típicamente cristiano: el deber del perdón nace entonces del hecho de que uno mismo es perdonado por Dios (Mt 18,23-25; Col 3,13). El perdón que se ofrece a los demás no es, pues, tan solo una exigencia moral; se convierte en el testimonio visible de la reconciliación de Dios que actúa en cada uno de nosotros (2 Cor 5,18-20).

El perdón no podía concebirse dentro de una economía demasiado sensible a la retribución y a la justicia de Dios entendida como una justicia distributiva. Corresponde a una vida dominada por la misericordia de Dios y por la justificación del pecador. Eco de esta manera de concebir las cosas, Mt 18,15-22 la formula aún a la manera judía. Pero al menos el evangelista es consciente de que la Iglesia es una comunidad de salvados que no puede tener otras intenciones que salvar al pecador. Si no lo consigue es porque el pecador se endurece y se niega a aceptar el perdón que se le ofrece (v 17). La comunidad cristiana se diferencia, pues, de la comunidad judía en que no juzga al pecador sino perdonándole. Por consiguiente, la condena solo puede caer sobre él si se niega a vivir en el seno de esa comunidad acogedora. El pecador no descubre el perdón de Dios si no toma conciencia de la misericordia de Dios que actúa en la Iglesia y en la asamblea eucarística. Los miembros de una y de otra no viven tan solo una solidaridad nacional que les obligaría a perdonar tan solo a sus hermanos; están incorporados a una historia que arrastra a todos los hombres hacia el juicio de Dios y que no es otra cosa que su perdón ofrecido en el tiempo hasta su culminación eterna (Maertens-Frisque).

v. 15: Si tu hermano te ofende, ve y házselo ver, a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. La ofensa crea división en la comunidad y ésa ha de ser reparada lo antes posible. Por eso, Jesús no prescribe al ofensor que vaya a pedir perdón al ofendido, sino, al contrario, es éste quien ha de tomar la iniciativa, para mostrar que ha perdonado y facilitar la reconciliación. El ofensor ha de mostrar su buena voluntad reconociendo su falta. Dado lo anormal que es esta situación en la comunidad y el daño que puede producir, no se dará publicidad al asunto. Es un caso particular del expuesto en la parábola de la oveja perdida. Cuando el extravío tiene por causa una falta contra un miembro de la comunidad, que nadie sabe más que éste, ha de considerarse responsable de atraer a la unidad al culpable. -Si tu hermano te ofende... Ya se ha tratado este caso en el pasaje precedente: y Jesús había dicho que no había que despreciar al extraviado sino ir en su busca... La Iglesia no es una comunidad de "puros" -cátaros-. Cuando nos echan en cara que los "cristianos no son mejores que los demás", debemos reconocer sencillamente que es verdad, y que Jesús lo ha previsto y ha establecido una serie de actitudes a tomar en este caso. -Ve y házselo ver a solas entre los dos. Si te hace caso, has ganado a tu hermano. El hermano que ha notado el "mal" en otro ha de dar el primer paso. Pero éste será discreto, a solas los dos para que el mal no trascienda, en lo posible... y el hermano pueda conservar su reputación y su honor. ¿Somos nosotros delicados como lo fue Jesús... o bien nos apresuramos a publicar los defectos de los demás? ¿Tenemos el sentido de los "contactos personales"... o bien preferimos ser un enderezador publico de entuertos? ¿Nuestras intervenciones intentan "salvar", "ganar" a nuestros hermanos... o contribuyen a hundirles mas todavía?

vv. 16-17: Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que toda la cuestión quede zanjada apoyándose en dos o tres testigos (Dt 19-15).

17Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un recaudador. En caso de que el ofensor no quiera reconocer su falta, algunos otros miembros pueden apoyar la oferta de reconciliación. Mt cita Dt 19,15. Se mueve en ambiente judío. Si el individuo tampoco acepta el arbitraje y se niega a restablecer la unidad, el árbitro será la comunidad entera. Si fracasa el intento, el ofendido se desentiende del ofensor, lo considera como un extraño para sí. El uso de los términos «pagano» y «recaudador» es sorprendente, dado que Jesús era llamado amigo de pecadores y recaudadores (11,19). Pero el texto no habla de individuos, sino de situaciones. Jesús no aprobaba la situación de recaudadores y pecadores, aunque no la consideraba definitiva y les ofrecía la posibilidad de salir de ella. Sin embargo, esas situaciones eran objetivamente de error e injusticia: el pagano equivale al que no conoce al verda dero Dios; el recaudador, al que, conociéndolo, hace caso omiso de su voluntad. -Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos para que toda la cuestión quede zanjada por la palabra de dos o más testigos. Si no los escucha, díselo a la comunidad de la Iglesia. Si rehúsa escuchar a la Iglesia, considéralo como un pagano o un publicano. En esa gradación progresiva, hay varias indicaciones importantes:

1º No resignarse a los fracasos; continuar, por otros medios, a querer salvar.

2º No usar las grandes condenas sin haber probado otros medios.

3º No fiarse del propio juicio personal y, en fin, remitirse al juicio del conjunto de la comunidad, de la Iglesia.

4º Consideremos por fin que es el hermano mismo, quien se ha situado fuera de la comunidad, por sus rechazos repetidos. La dureza de la última frase -"considéralo como un pagano"- no se explica, precisamente, más que ¡por el hecho de haberlo probado todo para la retractación del pecador! ¿Adoptamos esas actitudes misericordiosas en nuestros grupos, en nuestras comunidades, en la Iglesia? El gran riesgo de todos los grupos "fervientes" es hacerse sectarios, es encerrarse en capillitas que pasan el tiempo en excluir a los que no piensan como ellos: condenar, criticar, rebatir... ¡a los demás!

v. 18: Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra que dará desatado en el cielo. Se dirige Jesús a la comunidad, repitiendo las palabras dichas a Pedro como primer creyente (16,19). Todos los que profesan la misma fe en Jesús pueden decidir sobre admitir o expulsar de la comunidad. Se ve que Pedro en aquella escena era prototipo de la comunidad misma. La decisión humana está refrendada por Dios. -Todo lo que desatéis en la tierra, quedará desatado en el cielo, y todo lo que atéis en la tierra, quedará atado en el cielo. ¡Sorprendente! Jesús repite ahora a toda la comunidad lo que había dicho personalmente a Pedro (Mt 16,19). Así pues, por las palabras de Jesús, todos los miembros de la comunidad quedan encargados de perdonar a sus hermanos. Y esto es verdad, y muy psicológico: muchas personas no descubrirán el "perdón de Dios" -perdón del cielo- si no descubren, cerca de ellos a unos hermanos -en la tierra- que lleven a la práctica, en su conducta humana, una actitud concreta de misericordia y de perdón. La Iglesia es el lugar maravilloso de la misericordia. Los cristianos "obligan" a Dios. Entre "cielo" y "tierra" hay semejanza: ¡qué responsabilidad!

vv. 19-20: Os lo digo otra vez: Si dos de vosotros llegan a un acuerdo aquí en la tierra acerca de cualquier asunto por el que hayan pedido, surtirá su efecto por obra de mi Padre del cielo, 20pues donde están dos o tres reunidos apelando a mí, allí en medio de ellos, estoy yo. Jesús repite el mismo principio con otras palabras. La traducción de este pasaje es difícil. La correspondencia temática de los dos versículos se aprecia por la oposición entre tierra y cielo y entre hombres y Dios (implícito en los verbos pasivos de v. 18). El tema común es que lo acor dado por los hombres queda confirmado por Dios. Entra, sin embargo, en la segunda formulación el elemento de la petición. La eficacia del acuerdo se debe a la presencia de Jesús entre los que apelan a él. No se toman, pues, las decisiones a la ligera, ni resultan tampoco del mero parecer humano: se hacen contando con la presencia del Señor en el grupo cristiano a quien se dirige la petición. Las expresiones «por el que hayan pedido» (19) y «apelando a mí» (20) son equivalentes. -Además en verdad os digo: Cuando dos o tres personas se reúnen en mi nombre -apelando a mí- Yo estoy allí en medio de ellas. Hay que rezar "juntos". No hay que encerrarse en las propias y mezquinas intenciones o en actitudes personales. "Estar-con". La Iglesia hoy, desde el Concilio Vaticano II, ha revalorizado esta necesidad de la participación de todos en la misma plegaria, y la dimensión colectiva de todos los sacramentos (Noel Quesson).

En la comunidad son inevitables los conflictos interpersonales, pero lo importante es que esté preparada para enfrentar las dificultades. La preparación no consiste en la formulación de un conjunto de leyes o un curso de relaciones humanas. La comunidad asume el conflicto interno ante todo con la buena formación de sus integrantes. Seres humanos que se han abierto al Espíritu de Dios y son capaces de vivir un clima de diálogo, tolerancia, compresión y escucha. Personas dispuestas a construir una comunidad de hermanos en la que no prevalezcan ninguna clase de ventajas particulares, pues los únicos privilegiados son las personas más pobres y necesitadas.

Esta formación lleva al ofendido a buscar a la persona que le ha causado el problema y trata de hacerle ver el error. De este modo, se rompe el círculo vicioso de las ofensas mutuas porque el ofendido toma una actitud reconciliadora. Si el que ofende se niega a reconocer el error cometido, entonces se llama a dos testigos, no para recriminarle la falta, sino para ayudarle a entrar en razón. Cuando esto no funciona, entonces, el problema pasa a manos de la comunidad. Ésta examina si la persona es factor permanente de discordia y crea mal ambiente en la comunidad, entonces, actúa aislándolo, siendo indiferente con su actitud pendenciera.

Hoy necesitamos que nuestras comunidades ofrezcan excelentes espacios de formación. Comunidades abiertas al diálogo, tolerantes y comprometidas con las necesidades de quienes lo necesitan. Iglesias donde las personas que se sientan agredidas por el hermano, se adelanten a ayudarle al otro a reconocer su falta. De esta manera, se enfrentarán los problemas no con la ley en la mano, sino con una actitud cordial, respetuosa y ante todo, fraterna (Servicio Bíblico Latinoamericano).

 

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