sábado, 27 de agosto de 2011

Tiempo ordinario, XXII domingo (A): en medio de las dificultades, nos guía la ciencia divina de la cruz que es camino de alegría

Tiempo ordinario, XXII domingo (A): en medio de las dificultades, nos guía la ciencia divina de la cruz que es camino de alegría



Lectura del Profeta Jeremías 20,7-9.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; / me forzaste y me pudiste.

Yo era el hazmerreír todo el día, / todos se burlaban de mí.

Siempre que hablo tengo que gritar «Violencia», / y proclamar «Destrucción».

La palabra del Señor se volvió para mí / oprobio y desprecio todo el día.

Me dije: no me acordaré de él, / no hablaré más en su nombre; / pero la palabra era en mis entrañas fuego ardiente, / encerrado en los huesos; / intentaba contenerla, / y no podía.



SALMO RESPONSORIAL 62,2. 3-4. 5-6. 8-9. R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, / mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario / viendo tu fuerza y tu gloria! / Tu gracia vale más que la vida, / te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré / y alzaré las manos invocándote. / Me saciaré como de enjundia y de manteca / y mis labios te alabarán jubilosos.

Porque fuiste mi auxilio, / y a la sombra de tus alas canto con júbilo; / mi alma está unida a ti, / y tu diestra me sostiene.



Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 12,1-2.

Hermanos: Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que agrada, lo perfecto.



Lectura del santo Evangelio según San Mateo 16,21-27.

En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo: -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.

Jesús se volvió y dijo a Pedro: -Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios.

Entonces dijo a los discípulos: -El que quiera venirse conmigo que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del Hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta.



Comentario: 1. Jr 20. 7-9. La lectura litúrgica de este día no es más que un breve extracto de una serie de escritos autobiográficos (Jer 20, 7-18), en los que el profeta maldice el día de su nacimiento, exterioriza su desaliento ante el odio que le rodea y no duda en comparar el llamamiento de Dios con una tentativa de seducción. Lo que hace Jeremías en sus confesiones no es tanto mostrar un alma deprimida como adoptar una postura litúrgica: después de haber proclamado delante del pueblo la voluntad de Dios, trasciende su caso personal y se vuelve hacia Dios para formular una oración intercesora y describir, en forma de lamentación, la miseria de Israel. Otros relatos de vocación también subrayan la decepción de quienes son objeto de la llamada: tentación de abandono en Moisés (Ex 32), desaliento de Elías (1 R 19), decepción de Jonás (Jon 4), depresión de Jeremías (Jr 20), etc. Resulta especialmente penoso sentirse excluido de una comunidad por haber recordado ciertas exigencias o testimoniado su existencia espiritual. La vacilación del profeta ante su misión y sus exigencias (v. 9) es igualmente la del pueblo, vacilante y turbado ante su vocación.

En el v. 7a, el profeta establece la clave de todo el pasado: Yahvé le ha "seducido", ha seducido al pueblo, su esposa. El drama vivido por el profeta o por el pueblo no es, después de todo, más que la necesaria repercusión del misterio de Dios en la vida del hombre. Sin duda, quien no conserve de Dios más que una idea o una definición no vivirá jamás el drama de su encuentro y no llegará jamás a despojarse de sí mismo y a perderse para identificarse con la voluntad de Dios. Incluso en su misterio fulgurante, Dios no destruye la libertad. El hombre puede dejarse "seducir", pero él se da así a quien tiene el derecho de tomarle. Ahí reside la razón de ser de la obediencia de Cristo en la cruz, obediencia que la celebración eucarística nos invita a conseguir (Maertens-Frisque).

La crisis de Jeremías es fuerte y dura y gracias a ella poseemos una experiencia de lo que realmente es e implica una vocación, en qué consiste vivencialmente la inspiración profética y el "fortiter et suaviter" de la acción de Dios en juego con la libertad humana sin que comprendamos nunca el cómo. Es uno de los pasajes más reveladores de toda la literatura profética. La intimidad de Jeremías queda al descubierto: "Me sedujiste, me forzaste…" Algo intrínseco que se apodera de él, que le domina, le vence y se le impone de nuevo desde dentro con la fuerza y el calor de un fuego devorador. Quizás tuviera ante sí el recuerdo de ese calor psicológico que nos abrasa en los momentos de duda y crisis hasta llegar a producir fiebre. "Intentaba contenerlo y no podía". Difícilmente podría decírsenos con mayor fuerza en qué consiste ese impulso irresistible que llamamos unas veces vocación y otras inspiración según la finalidad de dicho impulso. Nunca podremos confundir las reflexiones personales de cualquier hombre, profeta o no, con la voluntad de Dios, que se manifiesta de todos modos, incluso a veces a través de esas reflexiones personales que se imponen con tal evidencia, que, aun deseando evitarlas, hay que anunciarlas por necesidad interior, por imperativo divino. En la famosa película sobre la “angustia y el éxtasis” de la inspiración del escultor y pintor Miguel Ángel en su capilla sixtina, el Papa le hace ver que Dios se sirve de ellos como de un pincel el artista para hacer una gran obra, también aprovechando nuestros defectos… A nosotros es imposible seleccionar esta acción conjunta de Dios y el hombre o delimitar las fronteras de lo divino y lo humano. Es una auténtica simbiosis de lo humano y lo divino con vistas a la redención de los demás. Igual acontece con la vocación. Admitamos sumisamente el misterio sin curiosear en lo divino. Dios quiere al hombre confiado en él, no seguro de sí mismo. Jeremías al final de sus días vio cumplirse todas sus profecías, todo cuanto Yahvé le había anunciado. Sin quizás percatarse de ello, desahogándose ante un papiro, construyó en el concatenaje de la revelación la más consoladora experiencia de lo divino. Él sembró y regó, para que otros recogiéramos los frutos. Así son los caminos de Dios (Comentarios de Edic. Marova). La dureza, casi sobrehumana, de la tarea profética, el abandono y la soledad en la que se ven envueltos estos mensajeros de la palabra... Y tanto dolor ¿para qué? A los ojos humanos no tiene explicación, pero ésta es la gran paradoja del dolor, del sufrimiento liberador: muerte para unos y vida o fecundidad para otros. Y este dolor lo han experimentado en sus propias carnes todos los salvadores o liberadores de la humanidad: Abrahán..., Jeremías..., el siervo del Señor..., Jesús de Nazaret, el gran abandonado y reducido al silencio de la cruz por los políticos y eclesiásticos oficiales de aquella época. Lo veremos en el Evangelio de hoy.

-La misión profética suele conducir al más descarnado aislamiento humano (cf 16.1-13). Los israelitas abandonan al profeta quien no puede fiarse ni siquiera de sus parientes. El desgarrador grito del hombre abandonado emitido por Jr nos evoca el grito de Jesús en la cruz así como los gritos de tantos hombres que se sienten solos por muy bien acompañados que externamente puedan encontrarse.

-El sufrimiento y el dolor de Jr son liberadores..., pero esto no quiere decir que todos debamos ser fieles seguidores y vivamos por y para el dolor, como nos decían los viejos espiritualistas incapaces de reír en la vida y molestos con todos los que vivían con alegría. El gozo también puede ser liberador. Si Jr sufrió, si Jesús padeció..., no por eso debemos deducir que todos tenemos que sufrir ya que si ellos lo pasaron mal es para que nosotros disfrutemos del gozo de la paz que ellos nos proporcionaron. Otra cosa muy diversa es que la vida humana vaya envuelta en el dolor, pero el mensaje bíblico es siempre liberador y no sadomasoquista (A. Gil Modrego).

El sufrimiento del profeta debía de ser inmenso; sentía irresistiblemente que en su vida no podía prescindir de su tarea y, por otra parte, veía ésta como algo no deseable y contrario a su manera de ver las cosas. Es el sentimiento de quien intenta ser fiel a la vocación de Dios, a pesar de que ésta conduce muchas veces a situaciones límite que no agradan a quien ha sido llamado a tal misión. El cristiano, por el hecho de serlo, no ha superado todas las dudas y crisis de fe. Al contrario, su vida y su actividad están llenas de continua inseguridad. Pero también es cierto que siente al mismo tiempo que el Señor está a su lado, dándole fuerza para cumplir su tarea de ayudar al prójimo a encontrar el camino de la fidelidad al Padre. Es obvio que el NT es un testimonio de esta lucha de sentimientos. La cruz es el lugar donde se unen la debilidad y la fuerza de Dios. Y esto lo vive Jesús en su dialéctica existencial muerte-vida, que conmemoramos en las celebraciones de semana santa (R. de Sivatte).

2. Sl 62. Un salmo tradicionalmente matutino debido a una frase del v. 2, que en la versión española se ha traducido así: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo». En la versión latina. Como decía S. Agustín, tiene un sentido cristológico, y también se aplica a nostoros: “Luego con razón su voz es nuestra voz, y la nuestra, la de él. Oigamos ya el salmo, y en él entendamos a Cristo que habla”. Son voz de Cristo porque él los rezó en su vida mortal y sigue rezándolos unido a la asamblea eclesial (voz dirigida al Padre) y, también, porque por medio de ellos él nos habla (voz de Cristo dirigida a la Iglesia). Pero, además, son voz de la Iglesia dirigida a Cristo Señor. Así lo expresa en otro lugar: «Cuando nosotros, pues, presentamos nuestra súplicas a Dios, no nos separemos del Hijo, y, cuando el cuerpo del Hijo [es decir, la Iglesia] reza, que no se separe de la cabeza [Cristo]. Que él mismo, único salvador de su cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, [...], ruegue por nosotros, ruegue en nosotros y sea rogado por nosotros. Jesucristo ruega por nosotros como nuestro sacerdote; ruega en nosotros como cabeza nuestra; es rogado por nosotros como nuestro Dios. Reconozcamos, pues, nuestras palabras en él y las suyas en nosotros.» Hay, pues, una profunda unión entre los miembros de la Iglesia y Cristo en el rezo de los salmos. Esto significa, por lo tanto, que han de ser rezados desde Cristo: en unión con él, centrados en él, a la luz de su palabra y de su vida, a partir de nuestra incorporación a él. «Si vigiláis, debéis cotidianamente decir a éstos [los que se hallan en el sueño del alma]: Tú que duermes, despierta y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará (Ef 5,14). Vuestra vida y vuestras costumbres deben estar despiertas en Cristo para que las perciban otros, los dormidos paganos, y así, al ruido de vuestra vigilia, se exciten y desperecen del sueño y comiencen a decir con vosotros: ‘¡Oh Dios! tú eres mi Dios, por ti madrugo’. Es una vigilia permanente, sedienta de él: «Hay algunos que tienen sed, pero no de Dios. Todo el que pretende conseguir algo para sí, se halla en el ardor del deseo. Este deseo es la sed del alma [...]. Todos los hombres arden en deseos y apenas se encuentra quien diga: ‘Mi alma está sedienta de ti’. Sienten los hombres sed del mundo, y no comprenden que [...] debe el alma sentir sed de Dios. Digamos nosotros: De ti tuvo sed mi alma. Digámoslo todos, porque en la unión con Cristo todos somos una sola alma». La carne tiene sed del agua del torrente de los deleites divinos, de los que habla el salmo 35,9, pero «sólo nos saciaremos y nos hartaremos de ella cuando termine esta vida y arribemos a la promesa de Dios». Allí seremos «saturados de verdad y de santidad en la fuente del Señor». En esta vida, «la carne» tiene sed de muchos modos, tantos cuantas son las fatigas y los decaimientos de todo tipo que sufren los humanos. «Así nuestra carne siente sed de Dios de muchas maneras»; lo cual significa que toda ansia de felicidad en el fondo es deseo de Dios. Luego insiste en lo que podríamos llamar la sed existencial del ser humano; mientras se hallan en la vida presente, alma y carne (entendiendo por «carne» la dimensión corporal de los humanos) tienen sed de Dios, cada una a su manera. Aquí identifica la vida presente con la «tierra desierta, sin camino y sin agua» de que habla el salmo. En todas las cosas que ella nos depara, el cristiano debe vivir en la esperanza de la resurrección y debe pedir a Dios lo necesario para el cuerpo. De todos modos, en la presente vida tenemos, también, «algunos consuelos de compañeros de camino o de agua»; nos los da Dios que se compadece de nosotros, nos visita y nos ofrece un camino a través del desierto. Tenemos por compañero a «nuestro Señor Jesucristo» y por «consuelo» a «los predicadores de su palabra». "Y también nos dio agua en el desierto llenando del Espíritu Santo a sus predicadores para que se formase en ellos la fuente que brota hasta la vida eterna".

Sigue el salmo: "Te contemplo en el santuario para ver tu fuerza y tu gloria", insinúa un tema muy agustiniano: "¿Qué quiere decir "Te contemplo?". "Me presenté a ti para que me vieras, y por esto me viste para que te viera». Es decir, describe brevemente todo el itinerario de la búsqueda de Dios por parte del que experimenta la sed existencial de que hablábamos hace poco. Siente sed de Dios y trata de presentarse ante él, pero se encuentra con que Dios ya le estaba buscando (ya le era presente) para dársele a conocer con más profundidad. Agustín lo relaciona con el texto de Gal 4,9: "Te contemplo para ver tu fuerza y tu gloria. De aquí que también dice el Apóstol: Mas ahora, habiendo conocido a Dios, mejor dicho, habiendo sido conocidos por Dios. Primeramente os presentasteis a Dios para que Dios pudiera presentarse a vosotros". Pero para que Dios pueda mostrar su gloria y su fuerza conviene vivir en la mayor fidelidad a él posible. Así nos va concediendo diversos consuelos en esta vida para prepararnos a la felicidad eterna. Aunque, a veces, en su pedagogía salvadora nos los quita: «Cuando nos enseña a soportar necesidades, quiere que le amemos todavía mucho más, no sea que quizá nos pervirtamos con el alimento y nos olvidemos de él. Algunas veces nos quita las cosas que nos son necesarias y nos hiere a fin de que conozcamos que es Padre y Señor, y esto no sólo cuando nos acaricia sino también cuando nos castiga. De esta forma nos prepara para una heredad incorruptible y grande». Y lo razona a partir del sentido común de sus oyentes. Dios hace lo mismo que los padres cuando quieren dejar alguna propiedad a sus hijos, para que no la pierdan les instruyen, les llaman al orden e incluso les castigan. Y Dios, viene a decir, tiene mucha más razón para actuar así, pues «nos ha de dar en herencia a sí mismo para que le poseamos y seamos poseídos eternamente de él». Y sigue: «Presentémonos, pues, a Dios en el santuario para que él se presente a nosotros; presentémonos a él con el santo deseo para que él se presente a nosotros con la fuerza y la gloria del Hijo de Dios», que es uno con el Padre».

“Te alabarán mis labios”… sigue diciendo el salmo. Y comenta: «No te alabarían mis labios si tu misericordia no me hubiera precedido. Por tu don te alabo; debido a tu misericordia te alabo. Pues no hubiera podido alabar a Dios si no me hubiera dado él que pudiera alabarle». Para que podamos alabar a Dios, él en su misericordia nos ha dado la vida auténtica, no los estilos de vida mundanos. Es desde esta vida divina -que no es mérito nuestro sino don gratuito- que bendecimos a Dios según las palabras del salmo: Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Esta frase lleva a Agustín a hacer otra referencia cristológica. La mención de las manos levantadas le sugiere las manos de Jesús extendidas en la cruz «para que nosotros extendiéramos las nuestras en las buenas obras». Es en la cruz del Señor que nos ha sido ofrecida la misericordia: «Al levantar él sus manos y ofrecerse por nosotros en sacrificio a Dios [...] se borraron todos nuestros pecados». También el cristiano debe, pues, levantar sus manos a Dios en la oración, pero debe hacerlo acompañado de las buenas obras. Es decir, la oración debe ser lo más coherente posible con la vida. Luego se extiende a exponer qué es lo que se debe pedir en la oración. No debemos pedir nimiedades, ni simplemente cosas materiales. Por encima de todo debemos pedir cosas espirituales: la sabiduría para hacer obras buenas, la hartura del cielo (significada simbólicamente por la enjundia y la manteca de que habla el v. 6 del salmo), que Dios mismo sea nuestra riqueza. Debemos orar mientras tenemos «sed», es decir, mientras estamos en esta vida. Luego, una vez pase la sed, pasará también la oración y le sucederá la alabanza: mis labios te alabarán jubilosos.

“…velando medito en ti porque fuiste mi auxilio”. Con un gran conocimiento de la vida espiritual, insiste en que cuando uno descanse no se disipe y se acuerde de Dios, porque «aquel que no piensa en Dios cuando está en el descanso, en sus actividades no podrá pensar en él». Y quien se acuerda de Dios, puede realizar las buenas obras que enseña Cristo, gracias al auxilio que él le ofrece para que no desfallezca por debilidad. Las buenas obras son las obras propias de la luz y de los hijos de la luz. A esto lo llama Agustín «obrar de madrugada» y equivale a "obrar en Cristo". Para ello, Cristo nos ampara con sus alas, según su afirmación: ¡Jerusalén, Jerusalén! ¡cuántas veces quise reunir a tus hijos como la gallina a sus polluelos, y no quisiste! (Mt 23,37). Debemos hacernos pequeños para que el Señor nos cubra y así paradójicamente nos haremos grandes: «Queramos estar siempre protegidos por él, porque podremos ser siempre grandes en él si siempre permanecemos parvulitos debajo de él. Y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Ahí está el tema de la humildad cristiana; cuanto más humildes («parvulitos») más grandes ante Dios. Y más alegría interior. El salmista sediento se adhiere a Dios: “Mi alma está unida a ti”. Esta adhesión nace y crece mediante la caridad: «Ten caridad; con este aglutinante se adhiere tu alma a Dios». Pasa nuevamente a ver la voz de Cristo y de la Iglesia en el salmista: «Mi alma está unida a ti y tu diestra me sostiene. Esto lo dijo Cristo en nosotros; es decir, lo dijo en el hombre que llevaba por nosotros, que ofrecía por nosotros. Esto también lo dice la Iglesia en Cristo; lo dice por medio de su Cabeza, porque también la Iglesia padeció aquí grandes y generales persecuciones, y asimismo ahora también las padece particulares. Pues ¿quién de los hombres que pertenezca a Cristo no es hostigado con frecuentes tentaciones [...] para que se pervierta con cualquier deseo, con cualquier temor de desgracias, con algún halago de vida, con algún temor de muerte o con la amenaza de poderosos amigos o enemigos? [...] Vivimos en medio de persecuciones, tenemos perpetuos enemigos [...]. Pero no temamos. [...] Estamos debajo las alas de la gallina y no nos pueden tocar; la gallina que nos protege es poderosa. Nuestro Señor Jesucristo es débil por nosotros, pero en sí es fuerte, es la misma sabiduría de Dios. Luego también dice esto la Iglesia: Mi alma está unida a ti; tu diestra me sostiene» (de la “Oración de las horas” 1993).

Parece que nuestra época ha descubierto la oración íntima. Este salmo 62 expresa la oración de un hombre muy avanzado en el camino de la oración: Sus actitudes religiosas son de tal sublimidad e intensidad mística... que al hacerlas nuestras, nos sentimos poco sinceros. Quién de nosotros puede decir lealmente; "¡permanezco horas enteras hablándote, mi Dios!" O esto otro: "¡Te busco desde la aurora... Mi alma tiene sed de Ti!... Cuando olvidamos por cualquier cosa nuestra "oración de la mañana", y nos dejamos arrastrar por la indiferencia. Ahora bien, quizá, en el contexto materialista del mundo moderno, a fuerza de recitar y repetir las palabras ardientes del salmo (¡que después de todo son palabras inspiradas por Dios!) nuestros corazones se transformarán poco a poco y "los labios alegres", "las manos Ievantadas", "el grito de alegría", "los ojos ardientes de tanto contemplar el Tabernáculo"... acabarán por arrastrar también lo profundo del corazón. Estas expresiones del salmo son "expresiones corporales", como dicen los muchachos de hoy. No podemos despreciar nuestro cuerpo, debemos redescubrir gestos y posturas que facilitan la oración. Ocurre a veces que el único que ora ante Dios es nuestro cuerpo: de rodillas o prosternado, mientras nuestro espíritu vagabundea por otro lugar... Después de todo, la comunión con el pan de vida , es un gesto eminentemente corporal: signo eficaz de la presencia íntima de Cristo, de una realidad profunda que va más allá de lo perceptible y lo racional. El padre Rimaud, comenta humildemente: "Dios mío, ¿dónde están los cantos de tu morada? ¿Dónde el festín? y en los desiertos áridos en que me hundo, ¿dónde están las aguas de mi bautismo? ¡Socórreme!, Dios mío!"(Noel Quesson).

Juan Pablo II en su catequesis también comenta: “El salmo 62, sobre el que reflexionaremos hoy, es el salmo del amor místico, que celebra la adhesión total a Dios, partiendo de un anhelo casi físico y llegando a su plenitud en un abrazo íntimo y perenne. La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo. Como escribe santa Teresa de Ávila, "sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata". La liturgia nos propone las primeras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la luminosidad y la dulzura del resto del salmo. Así pues, comenzamos nuestra meditación con el primer canto, el de la sed de Dios (cf. vv. 2-4). Es el alba, el sol está surgiendo en el cielo terso de la Tierra Santa y el orante comienza su jornada dirigiéndose al templo para buscar la luz de Dios. Tiene necesidad de ese encuentro con el Señor de modo casi instintivo, se podría decir "físico". De la misma manera que la tierra árida está muerta, hasta que la riega la lluvia, y a causa de sus grietas parece una boca sedienta y seca, así el fiel anhela a Dios para ser saciado por él y para poder estar en comunión con él. Ya el profeta Jeremías había proclamado: el Señor es "manantial de aguas vivas", y había reprendido al pueblo por haber construido "cisternas agrietadas, que no retienen el agua" (Jr 2, 13). Jesús mismo exclamará en voz alta: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba, el que crea en mí" (Jn 7, 37-38). En pleno mediodía de una jornada soleada y silenciosa, promete a la samaritana: "El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en fuente de agua que brota para vida eterna" (Jn 4, 14).

Con respecto a este tema, la oración del salmo 62 se entrelaza con el canto de otro estupendo salmo, el 41: "Como busca la cierva corrientes de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo" (vv. 2-3). Ahora bien, en hebreo, la lengua del Antiguo Testamento, "el alma" se expresa con el término nefesh, que en algunos textos designa la "garganta" y en muchos otros se extiende para indicar todo el ser de la persona. El vocablo, entendido en estas dimensiones, ayuda a comprender cuán esencial y profunda es la necesidad de Dios: sin él falta la respiración e incluso la vida. Por eso, el salmista llega a poner en segundo plano la misma existencia física, cuando no hay unión con Dios: "Tu gracia vale más que la vida" (Sal 62, 4). También en el salmo 72 el salmista repite al Señor: "Estando contigo no hallo gusto ya en la tierra. Mi carne y mi corazón se consumen: ¡Roca de mi corazón, mi porción, Dios por siempre! (...) Para mí, mi bien es estar junto a Dios" (vv. 25-28).

Después del canto de la sed, las palabras del salmista modulan el canto del hambre (cf. Sal 62, 6-9). Probablemente, con las imágenes del "gran banquete" y de la saciedad, el orante remite a uno de los sacrificios que se celebraban en el templo de Sion: el llamado "de comunión", o sea, un banquete sagrado en el que los fieles comían la carne de las víctimas inmoladas. Otra necesidad fundamental de la vida se usa aquí como símbolo de la comunión con Dios: el hambre se sacia cuando se escucha la palabra divina y se encuentra al Señor. En efecto, "no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca del Señor" (Dt 8, 3; cf. Mt 4, 4). Aquí el cristiano piensa en el banquete que Cristo preparó la última noche de su vida terrena y cuyo valor profundo ya había explicado en el discurso de Cafarnaúm: "Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él" (Jn 6, 55-56).

A través del alimento místico de la comunión con Dios "el alma se une a él", como dice el salmista. Una vez más, la palabra "alma" evoca a todo el ser humano. No por nada se habla de un abrazo, de una unión casi física: Dios y el hombre están ya en plena comunión, y en los labios de la criatura no puede menos de brotar la alabanza gozosa y agradecida. Incluso cuando atravesamos una noche oscura, nos sentimos protegidos por las alas de Dios, como el arca de la alianza estaba cubierta por las alas de los querubines. Y entonces florece la expresión estática de la alegría: "A la sombra de tus alas canto con júbilo" (Sal 62, 8). El miedo desaparece, el abrazo no encuentra el vacío sino a Dios mismo; nuestra mano se estrecha con la fuerza de su diestra (cf. Sal 62, 9).

En una lectura de ese salmo a la luz del misterio pascual, la sed y el hambre que nos impulsan hacia Dios, se sacian en Cristo crucificado y resucitado, del que nos viene, por el don del Espíritu y de los sacramentos, la vida nueva y el alimento que la sostiene. Nos lo recuerda san Juan Crisóstomo, que, comentando las palabras de san Juan: de su costado "salió sangre y agua" (cf. Jn 19, 34), afirma: "Esa sangre y esa agua son símbolos del bautismo y de los misterios", es decir, de la Eucaristía. Y concluye: "¿Veis cómo Cristo se unió a su esposa? ¿Veis con qué nos alimenta a todos? Con ese mismo alimento hemos sido formados y crecemos. En efecto, como la mujer alimenta al hijo que ha engendrado con su propia sangre y leche, así también Cristo alimenta continuamente con su sangre a aquel que él mismo ha engendrado" (Juan Pablo II).

3. Rm 12. 1-2. En la ética paulina, todo fundamento es el nuevo ser del hombre en Cristo. Un hombre nuevo tiene que vivir conforme a ese nuevo ser. No por obligación, temor o imposición sino por la fe y el amor. Los moralismos están fuera de la perspectiva paulina. Hará más adelante aplicaciones concretas. Pero no está agobiado por "una" única manera de proceder. El único criterio será la voluntad de Dios. Y ella tiene muy en cuenta la realidad concreta de cada hombre, época y lugar (F. Pastor). Después de la salvación de Jesús (ésa es "la misericordia de Dios") no está el culto ligado a un único templo, sino que el culto es la vida del hombre; no hay sólo un sacerdocio exclusivo, sino que participa también y a su modo del sacerdocio el hombre cristiano; y finalmente tampoco hay ofrendas materiales que ofrecer a Dios, sino que la ofrenda es el actuar del cristiano según el hecho salvador de Jesús. Esta situación solamente es posible si se refiere al hecho rehabilitador de Jesús que hace que no haya ni santo ni profano, sino la vida consagrada al Señor en la vivencia concreta del Evangelio. La "nueva mentalidad" es el nuevo estilo de obrar traído por Jesús. A esta nueva mentalidad, a adquirir este nuevo estilo de vida apuntan todos los esfuerzos del hombre que cree (“Eucaristía 1978”).

4. Mt 16. 21-27 (paralelos: Lc 9, 22-25; Mc 8, 31-38). Mateo habla de la necesidad teológica de la pasión en el plan de Dios. intenta decirnos que la cruz es querida por Dios. Se puede aceptar al mesías y sin embargo rechazar que deba sufrir. La tentación de jesús es ahora la de los discípulos: rechazar en nombre del mesías glorioso al siervo de Dios. En el fondo el acto de fe esta concretamente en esto: creer vivir cuando todo parece hundirse. Para comprender a Jesús se necesita una conversión a fondo; no sólo renunciar a expresar a Jesús recurriendo a las figuras de los antiguos profetas, sino también a expresarlo por medio de la noción corriente de Dios. Porque el discípulo corre el riesgo de atribuir a Jesús la divinidad que viene de la "carne y de la sangre"; una divinidad según los hombres, de acuerdo con el esquema de grandeza que los hombres se forjan. Ahora bien, la divinidad de Jesús obedece a otros esquemas. Los tiempos ya están maduros para la revelación sobre Jesús Mesías como Hijo del hombre paciente. Paralelamente despunta un nuevo tipo de incomprensión, no ya por parte de las multitudes, sino típica de los discípulos: se puede aceptar al Mesías y, sin embargo, rechazar que deba sufrir; se puede confesar que Jesús es Dios y, sin embargo, no caer en la cuenta de que es un Dios diverso. Mateo continúa diciendo que Jesús comenzó a hablar de su pasión. Con esto se afirma en primer término una progresión en la revelación mesiánica; no una evolución psicológica en la conciencia de Jesús, perspectiva ajena a la preocupación de los evangelios, sino una progresión en la manifestación del plan salvífico de Dios. Además, se afirma que, desde aquel momento, el tema de la pasión es habitual y central. Mucha atención se merece el "debía", con que el evangelista intenta expresar no simplemente una necesidad de orden histórico o psicológico, sino una verdadera y propia necesidad de orden teológico. Observando la reacción que la predicación de Jesús suscitaba por parte de la autoridad, cualquiera hubiera podido prever cuál sería el desenlace. Pero Mateo no quiere hablarnos de esto. Intenta decirnos que la cruz es querida por Dios. Además, quiere decirnos que Jesús no sólo tuvo conciencia de ello, sino que fue voluntariamente al encuentro de la muerte, porque comprendió que entraba en los planes de Dios y la asumió, precisamente a la luz del designio divino, como un servicio. A diferencia de Marcos, que usa el verbo enseñar, Mateo prefiere el verbo "demostrar". Es un matiz que no carece de significado. Porque, una vez más, no se trata simplemente de predecir la pasión, de preverla y con ello de preparar a los apóstoles para ella. Se trata de "demostrar" su coherencia con el plan de Dios, su necesidad; necesidad que no es evidente (la pasión no es un acontecimiento claro en sí mismo), sino que hay que demostrar. Mateo indica una referencia a las Escrituras: en ellas es donde se lee el plan de Dios, y a la luz de las Escrituras es como se puede comprender la lógica profunda de la pasión. Esta necesidad de la pasión es justamente lo que escandaliza a Pedro. Prisionero todavía de la lógica de los hombres, intenta impedir que Cristo se atenga a la lógica de Dios. Y entonces Jesús responde a Pedro con la misma exclamación que encontramos en el relato de las tentaciones; en ambos casos se le propone a Cristo una elección mesiánica que rechaza los caminos de Dios para recorrer los caminos de los hombres (Bruno Maggioni).

El "cargar con la cruz" del que Jesús habla tiene un sentido real en lo que él hará, cargar el "patibulum" y ser escarnecido por muchos: "Ven y escucha. Quien golpea a una persona que es conducida a la ejecución, está libre de castigo, porque a esa persona se la considera ya como muerta" (Sanh 85a). De aquí se deduciría que el comprometerse a seguir a Jesús significa arriesgarse a un tipo de vida tal que es tan difícil como el último camino del condenado a muerte. El seguimiento de Cristo comprende para todos la disposición para recorrer el camino en solitario y soportar el odio del pueblo, de la comunidad, de la nación, de la propia familia. Palabras duras, cuyas aristas no podrán ser limadas por nuestra mediocridad (“Eucaristía 1978). La cruz de Jesús significa todo esfuerzo que nos convierte en fieles cumplidores de la voluntad del Padre y que es asumido y realizado por amor. Sin esa perspectiva y sin esa motivación, no puede darse cruz en sentido expresado por Jesús. Entendida según él, es algo transformado y transformador de todas las realidades humanas. Jesús asumió las realidades humanas y al asumirlas las transformó. Tomó nuestra carne mortal y la hizo inmortal. Tocó un día el barro del camino y con él devolvió la vista a un ciego. Tocó el pan y el vino para transformarlo en su cuerpo y sangre, y así hizo con otras realidades humanas. También tocó el sufrimiento y lo transformó. La cruz tocada por él se convierte de fracaso en signo de victoria, de humillación en símbolo de triunfo, de muerte en fecundo signo de vida, de locura a los ojos del mundo en sabiduría de Dios, en triunfo del bien sobre el mal, en triunfo del amor sobre el odio, del poder santificador de la gracia sobre el poder destructor del pecado (Guillermo Gutiérrez).

Teilhard de Chardin escribía a quien se le quejaba del peso de las cruces en su vida consagrada a Dios: "Quizá miras mal a la cruz y no ves en ella más que dos palos cruzados. Da la vuelta a la cruz y verás en ella a Jesús clavado por amor. Entonces todo cambiará de sentido y lo comprenderás todo". S. Agustín comentaba: “Quiero decir algo sobre este texto. Me espanta vuestra atención, me lo ordena vuestra oración. ¿Qué significa -os suplico-: ‘Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame’. Comprendemos lo que quiere decir con las palabras tome su cruz, es decir, soporte las tribulaciones; tome está aquí por sufrir. Acepte con paciencia -dijo- todo lo que ha de sufrir por mí. Y sígame. ¿A dónde? Adonde sabemos que fue él después de resucitado: subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Allí nos ha colocado también a nosotros. Entretanto, vaya delante la esperanza, para que le siga la realidad. ¿Cómo debe ir delante la esperanza? Lo saben quienes escuchan: «Levantemos el corazón». Sólo nos queda por averiguar -en la medida en que nos ayude el Señor, discutir; entrar, si él nos abre; hablar, si él nos lo concede, y exponeros a vosotros lo que haya podido encontrar- qué significa Niéguese. ¿Cómo se niega -a sí mismo quien se ama? Esto es un razonamiento; pero un razonamiento humano. Un hombre me pregunta: «¿Cómo se niega a sí mismo quien se ama?» Pero el Señor responde a ese tal: «Si se ama, niéguese». En efecto, amándose a sí mismo se pierde y negándose se encuentra. ‘Quien ama -dice- su vida la perderá’ (Jn 12,25)… No hay nadie que no se ame a si mismo; pero hay que buscar el recto amor y evitar el perverso. Quien se ama a sí mismo abandonando a Dios, y quien abandona a Dios, por amarse a sí mismo, ni siquiera permanece en sí, sino que sale incluso de sí. Sale desterrado de su corazón, depreciando lo interior y amando lo exterior… Quien respeta a su conciencia, pone limites a su maldad. Así, pues, dado que despreció a Dios para amarse a si mismo, amando exteriormente lo que no es él mismo, se despreció también a sí mismo… Por el dinero llegas a mentir: La boca que miente da muerte al alma (Sab 1,11). Ve, pues, que cuando vas detrás del dinero, has perdido tu alma. Trae la balanza, pero la de la verdad, no la de la ambición; tráela, te lo ruego, y pon en un platillo el dinero y en el otro el alma… Apártate, sea Dios quien pese; pese él que no puede engañar ni ser engañado. Ved que pesa él; vedle pesando y escuchad su fallo: ‘¿Qué aprovecha a un hombre ganar todo el mundo?’ Son palabras divinas… palabras de quien anuncia y avisa… Vuelve a ti mismo, más cuando hayas vuelto a ti, no permanezcas en ti… devuélvete a quien te hizo, a quien te buscó cuando estabas perdido, a quien te alcanzó cuando huías y a quien te volvió hacia sí cuando le dabas la espalda”. Él nos dará esa luz que pedía el Card. Newman: “Guíame, luz bondadosa, / en medio de las tinieblas / que me rodean, / guíame adelante. / La noche es oscura, / me encuentro lejos del hogar, / guíame adelante. / Protégeme al caminar, / no te pido ver en lontananza, / me basta asegurar el paso siguiente. / No siempre fue así. // En el pasado yo no rezaba para que tú me guiases por el camino. / Amaba elegir y ver mi sendero, / pero ahora guíame Tú. / Amaba el tiempo soberbio y vanidoso y, a pesar de temores, / el orgullo y rebelión dominaban mi voluntad: no recuerdes más los años pasados. // Durante tanto tiempo me ha bendecido tu poder que, / sin duda, me seguirá guiando adelante todavía. / Me guiará en medio del brezal / y del pantano. / Me guiará por encima del peñasco / y del raudal / hasta que pase la noche. / Al amanecer sonreirán aquellos rostros angélicos / que he amado desde hace tanto tiempo, y que por breve tiempo he perdido”.



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