domingo, 14 de agosto de 2011

Tiempo ordinario XX, domingo (A): el amor y salvación de Dios hacia cada uno de nosotros es irrevocable, y universal: nadie es más que otros, lo que n

Tiempo ordinario XX, domingo (A): el amor y salvación de Dios hacia cada uno de nosotros es irrevocable, y universal: nadie es más que otros, lo que nos salva es ese amor divino y nuestra respuesta de fe



Lectura del Profeta Isaías 56,1. 6-7: Así dice el Señor: Guardad el derecho, practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y se va a revelar mi victoria.

A los extranjeros que se han dado al Señor, para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que guardan el sábado sin profanarlo y perseveran en mi alianza: los traeré a mi Monte Santo, los alegraré en mi casa de oración; aceptaré sobre mi altar sus holocaustos y sacrificios, porque mi casa es casa de oración y así la llamarán todos los pueblos.



Salmo 66,2-3.5.6.8 (R:4): R/. Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

El Señor tenga piedad y nos bendiga, / ilumine su rostro sobre nosotros: / conozca la tierra tus caminos, / todos los pueblos tu salvación.

Que canten de alegría las naciones, / porque riges la tierra con justicia, / riges los pueblos con rectitud / y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos, / que todos los pueblos te alaben. / Que Dios nos bendiga; que le teman / hasta los confines del orbe.



Lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 11,13-15.29-32: Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: Mientras sea vuestro apóstol, haré honor a mi ministerio, por ver si despierto emulación en los de mi raza y salvo a alguno de ellos.

Si su reprobación es reconciliación del mundo, ¿qué será su reintegración sino un volver de la muerte a la vida? Los dones y la llamada de Dios son irrevocables. Vosotros en otro tiempo, desobedecisteis a Dios; pero ahora, al desobedecer ellos, habéis obtenido misericordia. Así también ellos que ahora no obedecen, con ocasión de la misericordia obtenida por vosotros, alcanzarán misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.



Evangelio según san Mateo 15, 21-28: En aquel tiempo, Jesús se marchó y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: -«Ten compasión de mi, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo.» Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle -«Atiéndela, que viene detrás gritando.» Él les contestó: -«Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.» Ella los alcanzó y se postró ante él, y le pidió: -«Señor, socórreme.» Él le contestó: -«No está bien echar a los perros el pan de los hijos.» Pero ella repuso: -«Tienes razón, Señor; pero también los perros se comen las mi-gajas que caen de la mesa de los amos.» Jesús le respondió: -«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas.» En aquel momento quedó curada su hija.



Comentario: 1. Is 56.1.6-7. Comienza la tercera y última sección del libro de Isaías, con poemas posteriores al destierro, y se nos habla del derecho y la justicia -cumplimiento de la voluntad de Dios-, donde guardar el sábado no es tanto una "práctica" ritualista y externa sino una "actitud" de fidelidad a las exigencias fundamentales de la Alianza (vv. 2.4.6): practicar la justicia, proteger al desvalido... con esto amplia las condicones que la ley ponía de pertenencia al pueblo escogido. También para pertenecer a la comunidad de Jesús se requiere la libre adhesión de cada miembro a su persona, a sus exigencias evangélicas. Este debe ser el nuevo orden que Jesús instaura. Los ritos, ceremonias... pueden ser convenientes, útiles... pero nunca indispensables. El sábado está hecho para el hombre y no el hombre para el sábado. Dios nos quiere felices, no esclavos sino libres pues como recuerda Jacques Philippe, la libertad va unida a la felicidad, y la “poderosa aspiración de libertad en el hombre contemporáneo, aun cuando contenga buena parte de engaño y a veces se lleve a cabo por caminos erróneos, siempre conserva algo de recto y noble. En efecto, el hombre no ha sido creado para ser esclavo, sino para dominar la Creación. Así lo dice el Génesis explícitamente. Nadie ha sido hecho para llevar una vida apagada, estrecha o constreñida a un espacio reducido, sino para vivir «a sus anchas». Por el simple hecho de haber sido creado a imagen de Dios, los espacios limitados le resultan insoportables y guarda en su interior una necesidad irreprimible de absoluto e infinito. Ahí reside su grandeza y, en ocasiones, su desgracia.

Por otro lado, el ser humano manifiesta tan gran ansia de libertad porque su aspiración fundamental es la aspiración a la felicidad, y porque comprende que no existe felicidad sin amor, ni amor sin libertad: y así es exactamente. El hombre ha sido creado por amor y para amar, y sólo puede hallar la felicidad amando y siendo amado. Como dice Santa Catalina de Siena, el hombre no sabría vivir sin amor. El alma no puede vivir sin amor; necesita siempre algo que amar, pues está hecha de amor y por amor la creé. El problema es que a veces ama al revés; se ama egoístamente a sí mismo y termina sintiéndose frustrado, porque sólo un amor auténtico es capaz de colmarlo.

Si es cierto que sólo el amor puede colmarlo, también lo es que no existe amor sin libertad: un amor que proceda de la coacción, del interés o de la simple satisfacción de una necesidad no merece ser llamado amor. El amor no se cobra ni se compra. El verdadero amor, y por lo tanto el amor dichoso, sólo existe entre personas que disponen libremente de ellas mismas para entregarse al otro.

Así es como se entiende la extraordinaria importancia de la libertad, que proporciona su valor al amor; y el amor constituye la condición para la felicidad. Es sin duda la intuición -incluso vaga- de esta verdad la que hace al hombre estimar la libertad, y nadie puede convencerlo de lo contrario”.

Pero ¿cómo acceder a esta libertad que permite el desarrollo del amor? Un problema actualmente grande es confundir libertad con autonomía, sin dependencia alguna. Nos muestra el profeta cómo el “sábado” es la dependencia de Dios, que nos hace ser nosotros mismos y por tanto libres. Aquí nos habla también de la libertad interior, que también vemos en la Iglesia: Nunca podemos decretar, como hacían los judíos, quiénes pertenecen o no a la comunidad cristiana. La Iglesia podrá decir que un miembro cumple o no con los requisitos exigidos por ella, e incluso podrá expulsarlo de su seno; pero nunca podrá afirmar que ese miembro es o no cristiano. La adhesión a Jesús es una actitud existencial y no un servicio cultural. Lo importante es tomarse a Jesús en serio y tratar de imitarlo siguiendo sus caminos. ¡Jesús no excomulga a nadie que intente ser auténtico en su conducta! (A. Modrego).

2. El Salmo 66 canta la piedad y bendición de Dios, que se harán realidad plenamente en Cristo. "Que su rostro aparezca ante nosotros". El "rostro" de Dios, luminoso: La sonrisa de Dios a la humanidad. Jesús, en su encarnación, ¿no fue acaso la respuesta inaudita a esta oración? El Dios invisible, el Dios "sin rostro", se hizo visible a nuestros ojos en el rostro humano de Cristo. “Ilumine su rostro sobre nosotros”, y Agustín desarrolla su plegaria "cristiana" con estas palabras: "Ya que nos grabaste tu imagen, ya que nos hiciste a tu imagen y semejanza, tu moneda, ilumina tu imagen en nosotros, de manera que no quede oscurecida. Envía un rayo de tu sabiduría para que disipe nuestras tinieblas y brille tu imagen en nosotros ... Aparezca tu Rostro, y si -por mi culpa-, estuviese un tanto deformado, sea reformado por ti, aquello que Tú has formado".

¡"Que los pueblos te aclamen oh Dios, que te aclamen todos los pueblos"!, también es una realidad plena cuando Jesús proclama: "Id por todo el mundo: haced discípulos míos entre todas las gentes"... entonces sí hay este "universalismo" de Israel. "¡Jesús debió recitar este salmo con gran fervor!". "Que venga tu reino universal, que se haga tu voluntad".

"Tu camino será conocido sobre la tierra". Jesús se llamó a sí mismo el "camino". "Yo soy el camino, la verdad, la vida".

"Tu salvación será conocida entre todas las naciones". Esta salvación la trajo Él, Jesús. Recitando este salmo, Cristo oró por su propia misión en el plan del Padre: "He venido, no para condenar sino para salvar". "Tú conduces las naciones sobre la tierra". Conducir, guiar, papel divino. Jesús reivindicó explícitamente este papel, presentándose como el "buen pastor" que conduce sus ovejas hacia las fuentes de agua viva.

La tierra entera... El mundo entero... Todos los pueblos... Todos los hombres. Esta visión amplia, cósmica, mundial, es muy moderna. Nunca como hoy se han traspasado las fronteras que separan los pueblos. Entramos cada vez más en la era de los viajes al exterior. El mundo entero llega a nuestra casa por la televisión. La manera de vivir de otros pueblos, sus problemas se aproximan a nosotros. Al mismo tiempo se acentúan los sueños de paz universal y definitiva. ¡"Que las naciones se alegren, que canten"! Al hacer esta oración hoy, no podemos encerrarnos en nuestros pequeños universos particularistas o nacionalistas estrechos... Al contrario, este salmo contribuye a ampliar nuestros horizontes. Teilhard de Chardin hablaba de "la Misa sobre el mundo". Admiremos la amplitud de esta "eucaristía". El sol ilumina, allá, la franja extrema del primer oriente. Una vez más, bajo el mantel móvil de sus fuegos, la superficie viviente de la tierra despierta, vibra y reinicia su aterradora labor. Pondré en mi patena, oh Dios mío, la cosecha esperada de este nuevo esfuerzo. Echaré en mi cáliz la savia de todos los frutos que serán triturados hoy"...

Dios nos bendice en los caminos de la tierra. Ha habido en ciertas épocas de la historia de la Iglesia una tentación de espiritualismo desencarnado, un desprecio de las cosas de aquí abajo, un cierto pesimismo ante los alimentos terrestres, considerados como impuros. No se trata de caer en el exceso inverso que idolatra los "bienes de la tierra". Jesús trató de "loco" al hombre que amplió sus graneros al tener una cosecha excepcional... No precisamente por el éxito, sino porque se olvidó de pensar en "su alma". ¡Sí, es verdad! Los placeres terrestres son frágiles, no pueden saciar totalmente el "hambre" y la "sed" del hombre. La verdadera actitud cristiana es la del hombre que se da sin medida al éxito de la "creación": recoger una hermosa cosecha, llevar a feliz término una empresa, terminar bien un trabajo, hacer evolucionar las situaciones, educar a un hombre o una mujer... Esto es un "don de Dios": "Dios, nuestro Dios, nos ha bendecido". ¡Hay que hacer una espiritualidad del fracaso, cuando llegue! pero es más urgente hacer una espiritualidad de la "cosecha": "He aquí el pan, fruto del trabajo del hombre y de la tierra, te lo presentamos, él se convertirá en tu cuerpo".

Que las naciones se alegren, que canten. ¡La búsqueda de la felicidad, de la fiesta. Atreverse a orar así! Atreverse a pedir a Dios no solamente que cese el dolor, sino que aumente la felicidad y la alegría. Y si nosotros oramos para que los pueblos estén "alegres" y "canten"... ¿Cómo podemos tener caras aburridas? La alegría es el gran secreto del cristiano (Chesterton). Un santo triste es un triste santo. Hagamos a aquellos que viven con nosotros la primera caridad, la caridad de la alegría y de la sonrisa.

La oración del tiempo de cosecha: oración de otoño: La vejez no es un tiempo fácil de vivir. Un poeta habló de esta edad que "siente la decadencia de las cosas perecederas". Este salmo sugiere que nada se acaba. El otoño es una estación nostálgica, es cierto. Pero todo continúa, en las cosechas que se guardan en el granero: todo lo que ha habido de trabajo, de amor, de sacrificio, de don de sí en una vida... "Está guardado en Dios" mejor que en ningún granero. Lo que ha hecho un anciano en su vida, los granos que ha cosechado, servirán para próximas siembras. Para quien cree en Dios, nada se acaba (Noel Quesson).

Esa es mi plegaria, Señor. Sencilla y directa en tu presencia y en medio de la gente con quien vivo. Bendíceme, para que los que me conocen vean tu mano en mí. Hazme feliz, para que al verme feliz se acerquen a mí todos los que buscan la felicidad y te encuentren a ti, que eres la causa de mi felicidad. Muestra tu poder y tu amor en mi vida, para que los que la vean de cerca puedan verte a ti y alabarte a ti en mí.

Mira, Señor, los seres que viven a mi alrededor adoran cada uno a su dios, y algunos a ninguno. Cada cual espera de sus creencias y de sus ritos las bendiciones celestiales que han de traer la felicidad a su vida como prenda de la felicidad eterna que le espera luego. Valoran, no sin cierta lógica, la verdad de su religión según la paz y alegría que proporciona a sus seguidores. Con ese criterio vienen a medir la paz y alegría de que yo, humilde pero realmente, disfruto, y que declaro abiertamente que me vienen de ti, Señor. Es decir, que te juzgan a ti según lo que ven en mí, por absurdo que parezca; y por eso lo único que te pido es que me bendigas a mí para que la gente a mi alrededor piense bien de ti.

Eso era lo que ocurría en Israel. Cada pueblo a su alrededor tenía un dios distinto, y cada uno esperaba de su dios que su bendición fuera superior a la de los dioses de sus vecinos y, en concreto, que le bendijera con una cosecha mejor que la de los pueblos circundantes. Israel te pedía que le dieses la mejor cosecha de toda la región, para demostrar que tú eras el mejor Dios del cielo, el único Dios verdadero. Y lo mismo te pido yo ahora. Dame una cosecha evidente de virtudes y justicia y paz y felicidad, para que todos los que me rodean vean tu poder y adoren tu majestad.

«El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros: conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación». Quiero que todo el mundo te alabe, Señor, y por eso te pido que me bendigas. Si yo fuera un ermitaño en una cueva, podrías hacerme a un lado; pero soy un cristiano en medio de una sociedad de hecho pagana. Soy tu representante, tu embajador aquí abajo. Llevo tu nombre y estoy en tu lugar. Tu reputación, por lo que a esta gente se refiere, depende de mí. Eso me da derecho a pedir con urgencia, ya que no con mérito alguno, que bendigas mi vida y dirijas mi conducta frente a todos éstos que quieren juzgarte a ti por lo que ven en mí, y tu santidad por mi virtud.

Bendíceme, Señor, bendice a tu pueblo, bendice a tu Iglesia; danos a todos los que invocamos tu nombre una cosecha abundante de santidad profunda y servicio generoso, para que todos puedan ver nuestras obras y te alaben por ellas. Haz que vuelvan a ser verdes, Señor, los campos de tu Iglesia para gloria de tu nombre (Carlos Vallés).

“Todos los pueblos alaben a Dios”… y comenta Juan Pablo II algo que enlaza con cuanto se ha dicho en la primera lectura, de hecho –aún cuanto se trata de un comentario de la liturgia de las horas- es en la Misa cuando vemos que el salmo explica lo que se ha dicho en el profeta Isaías; por esto pienso que la mejor manera de interpretar la Biblia es en el uso que le da la liturgia, en su interrelación entre un lectura y otra: “Acaba de resonar la voz del antiguo salmista, que ha elevado al Señor un canto jubiloso de acción de gracias. Es un texto breve y esencial, pero que se abre a un inmenso horizonte, hasta abarcar idealmente a todos los pueblos de la tierra.

Esta apertura universalista refleja probablemente el espíritu profético de la época sucesiva al destierro babilónico, cuando se deseaba que incluso los extranjeros fueran llevados por Dios al monte santo para ser colmados de gozo. Sus sacrificios y holocaustos serían gratos, porque el templo del Señor se convertiría en "casa de oración para todos los pueblos" (Is 56, 7).

También en nuestro salmo, el número 66, el coro universal de las naciones es invitado a unirse a la alabanza que Israel eleva en el templo de Sión. En efecto, se repite dos veces esta antífona: "Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben" (vv. 4 y 6).

Incluso los que no pertenecen a la comunidad elegida por Dios reciben de él una vocación: en efecto, están llamados a conocer el "camino" revelado a Israel. El "camino" es el plan divino de salvación, el reino de luz y de paz, en cuya realización se ven implicados también los paganos, invitados a escuchar la voz de Yahveh (cf. v. 3). Como resultado de esta escucha obediente temen al Señor "hasta los confines del orbe" (v. 8), expresión que no evoca el miedo, sino más bien el respeto, impregnado de adoración, del misterio trascendente y glorioso de Dios.

Al inicio y en la parte final del Salmo se expresa el deseo insistente de la bendición divina: "El Señor tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros (...). Nos bendice el Señor nuestro Dios. Que Dios nos bendiga" (vv. 2. 7-8).

Es fácil percibir en estas palabras el eco de la famosa bendición sacerdotal que Moisés enseñó, en nombre de Dios, a Aarón y a los descendientes de la tribu sacerdotal: "El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz" (Nm 6, 24-26).

Pues bien, según el salmista, esta bendición derramada sobre Israel será como una semilla de gracia y salvación que se plantará en el terreno del mundo entero y de la historia, dispuesta a brotar y a convertirse en un árbol frondoso.

El pensamiento va también a la promesa hecha por el Señor a Abraham en el día de su elección: "De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y serás tú una bendición. (...) Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra" (Gn 12, 2-3)...

La composición ofrece, por tanto, una perspectiva universal y misionera, tras las huellas de la promesa divina hecha a Abraham «Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra» (Génesis 12, 3; Cf. 18, 18; 28, 14).

La bendición divina pedida por Israel se manifiesta concretamente en la fertilidad de los campos y en la fecundidad, es decir, en el don de la vida. Por ello, el Salmo se abre con un versículo (Cf. Salmo 66, 2), que hace referencia a la famosa bendición sacerdotal del Libro de los Números: «El Señor te bendiga y te guarde; ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Números 6, 24-26)…

Gracias a la bendición implorada por Israel, toda la humanidad podrá experimentar «la vida» y «la salvación» del Señor (cf. v.3), es decir, su proyecto salvífico. A todas las culturas y a todas las sociedades se les revela que Dios juzga y gobierna a los pueblos y a las naciones de todas las partes de la tierra, guiando a cada uno hacia horizontes de justicia y paz (Cf. v. 5).

Esta será también la proclamación cristiana que delineará san Pablo al recordar que la salvación de todos los pueblos es el centro del «misterio», es decir, del designio salvífico divino: «los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo y partícipes de la misma Promesa en Cristo Jesús por medio del Evangelio» (Efesios 3, 6).

Ahora Israel puede pedir a Dios que todas las naciones participen en su alabanza; será un coro universal: «Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben», se repite en el Salmo (cf. 4.6).

El auspicio del Salmo precede al acontecimiento descrito por la Carta a los Efesios, cuando parece hacer alusión al muro que en el templo de Jerusalén separaba a los judíos de los paganos: «En Cristo Jesús, vosotros, los que en otro tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad... Así pues, ya no sois extraños ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y familiares de Dios» (2,13-14.19).

Hay aquí un mensaje para nosotros: tenemos que abatir los muros de las divisiones, de la hostilidad y del odio, para que la familia de los hijos de Dios se vuelva a encontrar en armonía en la única mesa, para bendecir y alabar al Creador para los dones que él imparte a todos, sin distinción (Cf. Mateo 5, 43-48)”.

3. Rm 11, 13-15. 29-32: Pablo no pierde de vista a su pueblo: el judío. Su conversión sería para los judíos un paso de muerte a vida (sentido bautismal). Por la aceptación de Cristo, entrarán en posesión de la nueva vida.

-"Los dones y la llamada de Dios son irrevocables": La elección de Israel es algo irrevocable. Por el hecho de su "no" a Cristo, Dios no ha retirado su elección. Simplemente, ahora, judíos y gentiles están en un mismo plano. Los gentiles eran desobedientes, porque no creían en Dios; ahora los judíos también lo son porque no han descubierto su revelación en Cristo. Resultado: "Dios nos encerró a todos en desobediencia". Dios se ha servido de esta infidelidad general para manifestar a todos su misericordia, revelando así su ser de amor (J. Naspleda). Comentaba un joven sacerdote a otro mayor: ¿por qué cuesta tanto la entrega al Señor? Y éste le contestó: porque sólo se entregan las ovejas cuando el pastor da su vida por ellas. Jesús lo ha hecho, pero a Jesús no se le ve, nos ven a nosotros… y nos cuesta sentir como Jesús, y hacer lo que él hizo…Ahora, al ver cómo Pablo habla con tanto afecto de los judíos, pensemos cómo durante tanto tiempo muchos cristianos los tenían por un pueblo maldito. Olvidamos a veces que toda nuestra esperanza se apoya en esta fidelidad de Dios a sus promesas, y no tanto en nuestros méritos ni en nuestra correspondencia. Nuestro Dios es un Dios fiel, y por eso es misericordioso y acogedor (J. Totosaus).

La Iglesia es el nuevo Israel, puesto que es el punto de realización de las promesas y del ejercicio de los privilegios espirituales del pueblo elegido. Ahora bien: esa Iglesia está constituida por antiguos paganos: los judíos no constituyen dentro de ella más que una reducida minoría, un pequeñísimo "resto" (Rm 11. 4-5; cf. 9. 27-29). El patrimonio de Israel es, pues, ahora de la Iglesia, pero ¿por qué han de gozar de él los cristianos sin los judíos? El pueblo judío sigue siendo objeto de la promesa, incluso en la ruptura, porque Dios mismo sigue estando presente. La ruptura actual no es una caída, sino un paso en falso (v. 11). Por tanto, el pueblo elegido tiene, incluso fuera de la Iglesia, una razón de ser, un contenido positivo. Cuando Israel se convierta a Cristo aportará a esa conversión una cualidad que el pagano no podría aportar: recibirá, en efecto, la plenitud de Cristo como culminación de una historia que él ha sido el único en vivir; verificará, mejor que otro cualquiera, cómo la salvación es un don de la misericordia de Dios. Nacido de una iniciativa de amor, Israel es un pueblo perseguido por ese amor hasta en su repulsa; continúa viviendo de la fidelidad de Dios a su Palabra. Ojalá pueda el cristiano preparar la vuelta de Israel y el cumplimiento de lo que es preparándole una Iglesia digna de recibirle en su seno, es decir, que no busque su fuerza más que en la iniciativa de Dios (Maertens-Frisque).

Después de largos y complicados argumentos en estos capítulos sobre Israel en la historia de la salvación, Pablo va llegando hacia el final. La argumentación puede parecer poco interesante, pero basta ver cómo hay ahí una de las claves de que Israel sea paradigmático: la irrevocabilidad del plan de Dios (v. 29). Esto vale de Israel, pero no se ve porqué no ha de valer de otros.

Israel no ha respondido a los ofrecimientos divinos, pero no por eso ha sido rechazado por Dios. Lo mismo el hombre pecador. Es decir, cada uno: haga lo que haga, Dios me ama igual, no me desprecia. Dios no es como los hombres. No se le pueden atribuir sentimientos de venganza o castigo humanos, de represalias. Dios es Dios para siempre respecto al hombre.

No se puede hacer depender la acción de Dios de la acción o respuesta humana. No es una reacción a provocaciones. hay que darle el auténtico lugar y creer verdaderamente en el Dios salvador y no en un ídolo a la manera humana, como normalmente imaginamos a Dios.

En este argumento vemos también que nadie es más que nadie. Tendemos a mostrar nuestros méritos, poder adquirido por dinero o conocimientos (curriculum), o incluso por estirpe… Nadie es más que nadie… ni los judíos por tener una historia de relaciones con Dios, ni los paganos que han entrado a sustituir a Israel en la historia de salvación cuando este pueblo ha dejado su sitio vacío. Ni se puede uno enorgullecer de su suerte ni presumir, ni mucho menos despreciar farisaicamente a quienes aparecen menos buenos por las razones que sean.

Pero, ¿y la mediación humana en la historia de la salvación? Pues “Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti”, dirá S. Agustín: y es que necesitamos acoger el amor que Dios nos brinda, dejarnos querer por Dios, que como hemos ido repitiendo en sucesivos comentarios es siempre lo fundamental de nuestra vida cristiana, y de ahí nace toda correspondencia fiel de verdad, incluso los pecados sirven entonces... Por medio de Israel, de su papel positivo y de su propio fallo a aceptar el plan de Dios, llega la salvación al mundo. También ahora llega a unos por medio de otros, no sólo de las acciones positivas, sino de las negativas.

Acaba la lectura de hoy con que Dios tendrá “misericordia de todos”, clave de todo Amor de Dios definitivo. Aun sin respuesta humana a los beneficios de Dios, éste no se arrepiente y se aleja. La desobediencia, la falta de méritos, el propio pecado en sí, no son obstáculos definitivos a la acción de Dios. Sólo la cerrazón definitiva, la soberbia total. Y aún así Dios sabrá encontrar el camino para llegar al hombre. Encerró al mundo en la desobediencia, en el pecado, o sea, dejó que el mundo se encerrase en esa situación, pero de ahí sacó una nueva forma de salvación. Porque la misericordia de Dios es salvación.

El ejemplo de Israel es prototípico para el hombre, la iglesia y la historia. Sólo es necesario ver los puntos en que Pablo insiste en esta situación y aplicarlos a la nuestra (F. Pastor). La historia de la salvación es el triunfo de la misericordia de Dios sobre el pecado de los hombres: de los judíos y de los gentiles; pero no hay entre ellos diferencia; unos y otros han desobedecido. Y si ahora la desobediencia de los judíos es ocasión para la obediencia de los gentiles, hay que esperar que al fin también vuelva a la obediencia el pueblo que ahora rechaza el evangelio. Donde abundó el pecado, sobreabundará la gracia. Porque Dios ha querido encerrarnos a todos en una misma desobediencia para tener de todos una misma misericordia. La triste realidad del pecado humano tiene que servir para manifestar mejor la libertad y la gloria de la gracia de Dios (“Eucaristía 1987”).

El pensamiento de Pablo es profundo: no envanecerse de posesión de Dios… Si desprecias a los demás, estás demostrando que también tú te has apropiado indebidamente el don de Dios. «Mantenerse por la fe» equivale a «conservarse en la benevolencia», entender que sólo la benevolencia de Dios te ha podido salvar significa hacer de la benevolencia el principio orientador de toda la vida. Pablo da otra razón: los judíos son por naturaleza (la frase es del propio Pablo) el olivo sano, y tú eres el olivo silvestre. Con eso no se niega la libertad de Dios para crearse un nuevo pueblo ni la posibilidad de pecar por parte del hombre. Se afirma con fuerza inigualable el firme propósito de Dios de continuar dando la gracia donde la ha dado una vez: de no abandonarnos si no lo abandonamos y de buscarnos si lo hemos abandonado.

Se afirma, pues, el carácter perpetuamente sagrado (a semejanza del «carácter» sacramental) del pueblo que ha sido portador de la elección de Dios: Tú eres una rama injertada; "no sostienes tú a la raíz, sino que la raíz te sostiene a ti" (J. Sánchez Bosch).

¿Cómo aplicarlo también a los que dicen que no creen? La libertad va ligada a la respuesta y dependencia de Dios, y no podemos dejar de plantearnos las preguntas importantes de la vida. No hacer como aquel que pregunta a otro: -¿crees que en el mundo de hoy es peor la ignorancia de la gente o su indiferencia? Y contesta su amigo: -Ni lo sé ni me importa. Aportamos otra cita de J. Philips: “Si la libertad parece constituir un dominio común del cristianismo y la cultura moderna, quizá es también el punto en el que discrepan de forma más radical. Para el hombre moderno ser libre a menudo significa poder desembarazarse de toda atadura y autoridad: «Ni Dios ni amo». En el cristianismo, por el contrario, la libertad sólo se puede hallar mediante la sumisión a Dios, esa obediencia de la fe de que habla San Pablo. La auténtica libertad es menos una conquista del hombre que un don gratuito de Dios, un fruto del Espíritu Santo recibido en la medida en que nos situemos en una amorosa dependencia frente a nuestro Creador y Salvador. Es aquí donde se pone más plenamente de manifiesto la paradoja evangélica: “Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará”, o dicho de otro modo: quien quiera a toda costa preservar y defender la libertad la perderá; pero quien acepte «perderla» devolviéndola confiadamente a las manos de Dios, la salvará. Le será restituida infinitamente más hermosa y profunda, como un regalo maravilloso de la ternura divina”. Nuestra libertad “es proporcional al amor y a la confianza filial que nos unan a nuestro Padre del cielo. Para alentarnos contamos con el ejemplo vivo de los santos, que se han entregado a Dios sin reservas, no deseando hacer más que Su voluntad, y que en recompensa han ido recibiendo progresivamente el sentimiento de gozar de una inmensa libertad que nada en este mundo puede arrebatarles, y en consecuencia una intensa felicidad”.

4. Mt 15. 21-28 (paralelo: Mc 7, 24-30). Aprendamos a admirarnos de la fe de los de fuera, de la gente sencilla, como hace Jesús. Y aprendamos a confiar en los movimientos sinceros de nuestro corazón. Es una oración de petición que arranca de una fe profunda en que Dios, en este caso Jesús, puede hacer lo que se le pide, y de una confianza ilimitada en que lo hará. La fe es el distintivo esencial del cristiano. Una fe que recibe lo que quiere, porque lo que quiere es la voluntad de Dios. La "lucha" que esta mujer mantiene con Jesús, que la rechaza una y otra vez, resulta paradigmática. Está en la línea de lo mandado por Jesús: "pedid... buscad... llamad..." Esto es lo que define sustantivamente al hombre. De ahí la necesidad de "luchar" con Dios en el terreno de una oración perseverante. La cananea obtuvo lo que pedía porque se mantuvo en esa actitud de esencial pobreza. Ante ella aparece la palabra de Dios: "...recibiréis, ...hallaréis, ...se os abrirá" (7. 7). Tres aspectos que definen a Dios (como los tres anteriores habían definido al hombre). Dios y el hombre puestos frente a frente y haciendo cada uno lo que le es propio (Edic. Marova).

El texto está lleno de sorpresas. Una extranjera da a Jesús el título típicamente judío de hijo de David. Con este título ha introducido Mateo la ascendencia de Jesús (Mt. 1,1). El título resuena cuando Mateo acaba de presentar a Jesús saliendo de territorio judío tras el cuestionamiento de algo tan esencial y sagrado para los judíos como es el comportamiento en consonancia con la tradición (ver Mt. 15, 1-20).

Las sorpresas continúan con el silencio de Jesús primero y su respuesta después a la demanda de los discípulos. Esta respuesta, que se encuentra en el v. 24, es repetición del mandato de Jesús a los doce de ir en busca de las ovejas perdidas de Israel. Leída después de la escena anterior sobre la tradición, la respuesta es, cuanto menos, sorprendente.

Una tercera sorpresa es la presentación de la mujer en el v. 25 con el gesto típico judío de adoración a Dios, gesto característico en el evangelio de Mateo para expresar la actitud creyente ante Jesús.

La cuarta sorpresa es la respuesta de Jesús a la mujer. "No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros".

Jesús hace suyo el afrentoso y despreciativo apelativo de perros, que los judíos aplicaban a los paganos. ¿Lo hace suyo aceptándolo o ironizándolo? La frase la escuchamos fuera del territorio judío, donde Jesús se encuentra tras su cuestionamiento de la tradición judía.

La quinta y última sorpresa es la reacción de la mujer pagana, que no aspira a suplantar, sino sencillamente a participar.

Todo este conjunto de sorpresas, especialmente elaboradas por Mateo, no parecen tener otra función que la de preparar y resaltar la frase final de Jesús. "¡Qué grande es tu fe, mujer!" Es la frase que el lector de Mateo presentía y esperaba. Ella ratifica la caída del muro de separación entre judíos y paganos (que hemos comentado en las lecturas anteriores). Un mundo religioso cerrado en sí mismo queda aquí superado y derrumbado; surge otro de todos y para todos.

-Comentario. Es difícil encontrar en cualquiera de los cuatro evangelios una imagen de Jesús tan judía como la que nos ofrece Mateo en este texto. La lógica de la encarnación está aquí llevada al máximo de identificación con la historia concreta de unas gentes. Paralelamente es difícil encontrar otro texto como éste en el que la quiebra de esa historia concreta sea tan clamorosa. Mateo lo ha conseguido con una imagen de mujer sencillamente asombrosa.

Ella, que no es miembro del Pueblo de Dios (es de la tierra que hoy llamamos Líbano), encarna el ideal de lo que debe ser un miembro del Pueblo de Dios.

La consecuencia es lo arriesgado del manejo de conceptos y términos tales como Pueblo de Dios e Iglesia, porque ni están todos los que son ni son todos los que están. Pasaba ayer y pasa hoy.

Pablo ya nos lo dijo en un texto anterior al que leemos hoy: "Toda diferencia entre judío y no judío ha quedado superada, pues uno mismo es el Señor de todos, y su generosidad se desborda con todos los que le invocan" (Rom. 10, 12). También lo dijo en otros lugares: "Todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios... Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno" (Gál. 26, 28; cf. A. Benito). Mateo parece ironizar con las bromas de su época: ¿quiénes son los perros y quiénes los amos? Mejor aún: ¿tiene sentido seguir hablando de perros y de amos? La paradoja está servida. Un texto vigoroso por sus contrastes y desarrollo imprevisto, por su lenguaje nada atenuado: pone el dedo en la llaga por el procedimiento del absurdo. Detrás de la defensa apasionada de la Ley de Dios y de la tradición por parte de los pastores se esconde, entre otras cosas, una infravaloración de las personas. “Mujer, qué grande es tu fe”. Esta frase rompe los esquemas religiosos hasta ahora vigentes en el Pueblo de Dios. Nacionalidad, condición social y sexo quedan eliminados como factores determinantes de pertenencia al Pueblo de Dios (cf. Jn 1,12-13). La elección misma de una mujer para protagonista del relato es un hecho en sí mismo significativo. Si alguien no tenía voz en el interior del Pueblo de Dios, eran precisamente las mujeres. Eligiendo a una mujer primero, extranjera después, y cananea por último, Mateo acaba con todos los esquemas hasta entonces vigentes. No olvidamos nunca que, en el contexto de Mateo, esta fe significa la relativización de la ley y de la tradición, importantes y necesarias, por supuesto, pero nunca prioritarias ni con valor de absolutos. Olvidar esta relativización tiene el riesgo, entre otros, de reducir la fe en Jesús a un pietismo personal: a partir de ahora lo que determina la pertenencia al Pueblo de Dios es la fe en Jesús, la adhesión a su persona (A. Benito).



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