martes, 18 de diciembre de 2012


Adviento: 19 de Diciembre: cultivar el silencio creador… para escuchar la voz de Dios

“Hubo en los días de Herodes, rey de Judea, un sacerdote, llamado Zacarías, del grupo de Abías, casado con una mujer descendiente de Aarón, que se llamaba Isabel; los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor. No tenían hijos, porque Isabel era estéril, y los dos de avanzada edad. Sucedió que, mientras oficiaba delante de Dios, en el turno de su grupo, le tocó en suerte, según el uso del servicio sacerdotal, entrar en el Santuario del Señor para quemar el incienso. Toda la multitud del pueblo estaba fuera en oración, a la hora del incienso. Se le apareció el Ángel del Señor, de pie, a la derecha del altar del incienso. Al verle Zacarías, se turbó, y el temor se apoderó de él. El ángel le dijo: «No temas, Zacarías, porque tu petición ha sido escuchada; Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque será grande ante el Señor; no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel, les convertirá al Señor su Dios, e irá delante de Él con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto». Zacarías dijo al ángel: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad». El ángel le respondió: «Yo soy Gabriel, el que está delante de Dios, y he sido enviado para hablarte y anunciarte esta buena nueva. Mira, te vas a quedar mudo y no podrás hablar hasta el día en que sucedan estas cosas, porque no diste crédito a mis palabras, las cuales se cumplirán a su tiempo».

El pueblo estaba esperando a Zacarías y se extrañaban de su demora en el Santuario. Cuando salió, no podía hablarles, y comprendieron que había tenido una visión en el Santuario; les hablaba por señas, y permaneció mudo. Y sucedió que cuando se cumplieron los días de su servicio, se fue a su casa. Días después, concibió su mujer Isabel; y se mantuvo oculta durante cinco meses diciendo: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor en los días en que se dignó quitar mi oprobio entre los hombres»”  (Lucas 1,5-25).

1. –“Zacarías... Isabel... Ambos eran justos a los ojos de Dios”. Leeremos la "anunciación" del nacimiento de Juan Bautista. La vocación de Juan Bautista, el que "caminará delante de Dios" está preparada en el corazón y la vida de sus padres que "eran justos a los ojos de Dios".
Responsabilidad de los padres y de las madres. En su modo de vivir, y antes del nacimiento y de la educación de sus hijos, ya están en juego otras vidas.
Te ruego, Señor, por todos los padres de la tierra. Que estén contentos de sus hijos y que sean conscientes de su tarea educativa que se enraíza ante todo en su modo de vida.
-“Isabel era estéril”... A Zacarías le cuesta creer en un posible nacimiento, duda. Humanamente, se comprende. "Soy un hombre viejo y mi mujer de edad muy avanzada". Normalmente ya no hay esperanza de fecundidad. Será pues un nacimiento excepcional como el de Jesús. Y San Lucas evoca algunos natalicios milagrosos del Antiguo Testamento: Isaac, nacido de Abraham de edad muy avanzada. Y de Sara, estéril... Samuel que viene al mundo como un "don de Dios" a una pobre madre sin hijos... y luego José, y Sansón, etc. Un tema bíblico que anuncia el de la maternidad virginal de María: "no hay nada imposible para Dios".
Ante lo “sobrenatural” del nacimiento de Juan el Bautista, Zacarías no manifiesta en el momento oportuno la visión sobrenatural de la fe: «¿En qué lo conoceré? Porque yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad» (Lc 1,18). ¿Pone a prueba a Dios? ¿Le falta la docilidad confiada en los planes de Dios?, no sabemos, la cuestión es que habla cuando “no toca”, y ha de tener un “aprendizaje” para desempeñar mejor su misión. “Soy dueño de mi silencio y esclavo de mis palabras”, decía la canción del grupo “Héroes del silencio”. A veces hablar es no poner atención, estar “despistado”, es decir “fuera de la pista”, y hay que volver a la pista, dejar de estar “fuera de juego” y volver al juego. Es decir, estar preparados para la Navidad, mantener la presencia de Dios a lo largo del día, y para ello tener “el arte de callar”.
El silencio es necesario para escuchar a Dios, para oírle. "Si escuchas la voz de Dios, no endurezcas tu corazón”. Y dice también la Escritura: "Envía tu luz y tu salvación" (Salmo 34). Hemos de pedir luz para descubrir nuestra situación, sin preocuparnos mucho si nos equivocamos, pero aprendiendo de la experiencia, y si es necesario hacer “dieta” de hablar, “ayuno” de palabras, para mejorar en los planes y proyectos. Silencio, para considerar la Presencia, no la ausencia. ¿Para pensar? Sí, y aún mejor: para oír a Dios en mí. Establecer momentos en los que vamos a una isla desierta, para tener en ese oasis paz de ruidos, y encontrarnos a nosotros mismos con sinceridad, atrevernos a ello…
-“No temas, Isabel te dará un hijo que será para ti objeto de gozo y de júbilo y muchos se regocijarán en su nacimiento”. ¡La salvación comienza! Nos llenamos de alegría. Los evangelios de la infancia están inmersos en una atmósfera de alegría. Es el ambiente de Navidad y de Año Nuevo.
-“Caminará delante de Dios revestido del espíritu y de la virtud de Elías”. Recuerdo bíblico; Elías fue el primer profeta... el hombre celoso de la gloria de Dios... cuyo retorno se esperaba para preceder al "mesías". Juan Bautista, como sus padres, "caminará delante de Dios". ¿Camino yo en la presencia de Dios?
-“Para reunir los corazones de los padres con los de los hijos y conducir los incrédulos a la prudencia y fe de los hombres rectos a fin de preparar al Señor un pueblo perfecto capaz de acogerle”. Maravillosa tarea: trabajar para Dios, preparar a los hombres para que sepan "acoger" a Dios. Recuerdo bíblico: el evangelista cita aquí una fórmula del profeta Malaquías (2, 6).
¿Trabajo yo también para Dios? En el mundo de hoy hay "preparaciones". Por medio de una contemplación optimista, busco, en las corrientes actuales de la historia, lo que en germen se está preparando. ¿Participo en ello? Señor, Venga a nosotros tu reino.
-“Yo soy Gabriel, que estoy en la presencia de Dios, de quien he sido enviado a hablarte y a traerte esta feliz nueva”. "En la presencia de Dios", "Delante de Dios". La fórmula se repite sin parar en este comienzo del evangelio. Reflexiono en lo que esta fórmula puede significar para mí. "Estoy delante de ti, ante tu mirada... luego, no estoy nunca solo".
"Buena nueva". Lo que viene de Dios ¡es bueno! Me detengo a pensar en lo que me llega en este momento, y que debería ser una "buena nueva" si yo supiera ver más allá de las apariencias.
-“Y desde ahora quedarás mudo, por cuanto no has creído...” "¡He aquí lo que el Señor ha hecho en mí!" decíase Isabel. La duda de Zacarías lo condujo al silencio, hasta el día que cantará su "benedictus". Isabel, canta ya su acción de gracias en su corazón (Noel Quesson).
“O Radix Iesse”, reza la antífona solemne de hoy: «Oh Renuevo del tronco de Jesé, / que te alzas como un signo para los pueblos, / ante quien los reyes enmudecen / y cuyo auxilio imploran las naciones: / ven a librarnos, no tardes más».
Jesé fue el padre de David. Por tanto «la raíz o el renuevo de Jesé» es la descendencia de la familia de David. El padre de Jesús, José, era de la familia de David, como se había anunciado que seria el Mesías. Pablo ve en este anuncio la universalidad del reinado de Cristo: «Como dice Isaías (11,1.10), aparecerá el retoño de Jesé, el que se levanta para imperar sobre las naciones. En él pondrán los gentiles su esperanza» (Rm 15,12). Nosotros también deseamos que venga a liberarnos de nuestros males (J. Adazábal).
2. El anuncio del nacimiento de Sansón se relaciona con los de Juan y Jesús, y el anuncio del nacimiento de Isaac (Gén 18,9-15). Para Sansón, la debilidad está representada por la esterilidad de su madre, la avanzada edad de su padre y su propia repulsa de los medios normales de subsistencia. La fuerza que le domina aparece así como un don de Dios. Sansón morirá, precisamente, el día en que utilice esta fuerza en provecho propio, y no como un don de Dios, sino como un título de su gloria personal.
-“El ángel del Señor se apareció a la mujer de Manoa: «Bien sabes que eres estéril y que no has tenido hijos; pero tú concebirás y darás a luz un hijo... que será dedicado a Dios desde su concepción»”. La debilidad está representada por la fragilidad del recién nacido y la esterilidad de su madre. Lo que será de mayor es pues un don gratuito. Así, la vida humilde y sencilla que llevó Jesús en la tierra no fue un paréntesis excepcional en la vida eterna de un Dios todopoderoso, sino el más perfecto reflejo de lo que Dios tiene en mayor estima: ¡su amor! ¡Sánanos, Señor, de nuestros sueños de grandeza!
-“El comenzará a salvar a Israel”. Sansón fue un salvador temporal, un liberador que luchó contra los enemigos humanos de Israel, pero a través de esa salvación temporal, Dios ayudaba humanamente a su pueblo y le dejaba entrever otro tipo de «liberación». El verdadero salvador es Jesús. Su nombre, Jesús, en hebreo significa: «Dios salva». Señor, libéranos del pecado. ¡Líbranos del «mal»! Líbranos de todo mal.
-“En lo sucesivo, no bebas vino ni bebida fermentada”. Es un signo de vida austera, el signo del «nazir», del que ha renunciado a muchas cosas para consagrarse exclusivamente a Dios. Juan Bautista también será un nazir. Es el origen lejano de la vida monástica, consagrada. El niño creció, el Señor le bendijo, y el espíritu del Señor comenzó a conducirle. Sabemos por la historia de Sansón que éste no permaneció siempre digno de la misión que había recibido. Morirá precisamente el día que usará su fuerza sobrehumana en provecho personal..., como un título de gloria personal y no como un don de Dios. Ayúdanos, Señor, a ser siempre dóciles a la moción de tu Espíritu (Noel Quesson).
3. En el salmo reconocemos humildemente que Dios es nuestra roca y nuestro refugio, el que nos libra de las dificultades, el que ya desde el seno de nuestra madre nos conoce y nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Dios sale al encuentro del hombre, que ha sido dominado por el pecado, o azotado por la pobreza, por la enfermedad o por la injusticia, para librarlo de todo aquello que lo oprime, pues a Él no se le olvida que somos sus hijos. Aún antes de que fuésemos concebidos Él no sólo sabía nuestro nombre, sino que ya nos amaba entrañablemente (homiliacatolica.com).
Llucià Pou Sabaté

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