lunes, 16 de abril de 2012

Martes de la segunda semana de Pascua: el amor es vínculo de esta familia de hijos de Dios, con la nueva vida que se fomenta en la consideración de la

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 4, 32-37: En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo: lo poseían todo en común y nadie llamaba suyo propio nada de lo que tenía. Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con mucho valor. Y Dios los miraba a todos con mucho agrado. Ninguno pasaba necesidad, pues los que poseían tierras o casas las vendían, traían el dinero y lo ponían a disposición de los apóstoles; luego se distribuía según lo que necesitaba cada uno. José, a quien los apóstoles apellidaron Bernabé, que significa Consolado, que era levita y natural de Chipre, tenía un campo y lo vendió; llevó el dinero y lo puso a disposición de los apóstoles.

Salmo 93/92, l-2.5: R. El Señor reina, vestido de majestad.
El Señor reina, vestido de majestad, el Señor, vestido y ceñido de poder. R.
Así está firme el orbe y no vacila. Tu trono está firme desde siempre, y tú eres eterno. R.
Tus mandatos son fieles y seguros; la santidad es el adorno de tu casa, Señor, por días sin término. R.

Lectura del evangelio según san Juan 3, 5a. 7b-l 5: En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: -«Tenéis que nacer de nuevo; el viento sopla donde quiere y oyes su ruido, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que ha nacido del Espíritu.» Nicodemo le preguntó: - «¿Cómo puede suceder eso?» Le contestó Jesús: - « Y tú, el maestro de Israel, ¿no lo entiendes? Te lo aseguro, de lo que sabemos hablamos; de lo que hemos visto damos testimonio, y no aceptáis nuestro testimonio. Si no creéis cuando os hablo de la tierra, ¿cómo creeréis cuando os hable del cielo? Porque nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna.»

Comentario: 1. Aparece aquí un nuevo resumen de la vida de la primera comunidad cristiana, la Iglesia, la familia de Jesús, ahí en germen estaba lo que ahora vemos en tantos sitios, donde siempre está la manifestación de todo el Cuerpo místico de Cristo, en cuya unidad está la salvación (S. Th. III, 73, 3; Lumen gentium 26). Ahí vemos cómo se busca la concordia entre los hermanos, el perdón y la armonía, como luego recordamos en el canto del Ubi caritas: “cesen las disputas malvadas y los conflictos, para que viva entre nosotros Cristo Dios”, pues ese amor entre los hermanos manifiesta visiblemente la unidad interna de la Iglesia: “un solo Señor, una sola fe y un solo bautismo” (Ef 4,5), que con el Papa contiene “la unidad de un solo Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo” (Unitatis redintegratio 2).
La renuncia efectiva de las riquezas (vv. 34-35) se explicarán después con el caso de Bernabé (y en otro trozo posterior, el de Ananías-Zafira), que señala desprendimiento y sencillez de corazón, y se intuye ahí un sistema organizado de ayuda a los necesitados, asistencia a los pobres más o menos institucionalizada en la línea de lo que hoy vemos en “Caritas”. Estas dos cosas que trata aquí Lucas van unidas: amor y desprendimiento. Jesús decía que no se puede amar a Dios y a las riquezas, y podríamos añadir que si uno pone el corazón en las cosas, éstas ejercen un poder de atracción como el anillo de “El Señor de los anillos”, que va tomando nuestra voluntad hasta ser esclavo de esa idolatría, el “dios don dinero”, y entonces no cabe el amor en el corazón pues el cáncer se ha hecho con todo el espacio. Jesús nos habló de esto en aquel monte: sea cual sea el lugar donde se encuentra el «monte de las Bienaventuranzas», éste en realidad se ha de formar en nuestro corazón, que entonces se distingue por esta paz y esta belleza, la libertad para servir, libertad para la misión, confianza extrema en Dios, que se ocupa no sólo de las flores del campo, sino sobre todo de sus hijos. El desapego de ciertos orientales de lo material significa un correctivo para nosotros y nuestro tiempo, que con el sistema capitalista hemos perdido la libertad y el dinamismo que de ella viene. Hemos de recuperar la sencillez, y «tener como si no se tuviera» (cf. 1 Co 7, 29ss). Me decía una persona estos días que vendió un reloj caro, y le dolía hacerlo aunque tuviera la ventaja de poder hacer unas compras necesarias. Pero luego vio que se sentía más libre, pues antes estaba muy pendiente de si se le rayaba o perdía, y ahora estaba más tranquilo. Utilizar los bienes materiales como un medio para el desarrollo personal y el bien social, aumenta nuestra capacidad de amar a Dios, a las personas y a todas las cosas nobles de este mundo. Va bien tener un “remanente” para llegar a final de mes, pero no caer en una excesiva preocupación. Quien pone su confianza en las cosas de la tierra, apartando su corazón del Señor, está condenado a la esterilidad y a la ineficacia para aquello que realmente importa: será como un cardo en la estepa, no verá llegar el bien; habitará en la aridez del desierto, tierra salobre e inhóspita (Jer 17,6). Ya se entiende que ese no amar las cosas significa no poner en ellas el amor que se debe a las personas solamente, pues una persona que ame «así» las cosas no deja lugar en su alma para el amor a Dios. Son incompatibles el «apegamiento» a los bienes y querer al Señor: no podéis servir a Dios y a las riquezas (Mt 6, 24). Las cosas pueden convertirse en una atadura que impida el perfecto señorío y la más plena libertad. Ese amor a los bienes llenó de tristeza al joven rico, que tenía muchas posesiones (Mc 10,22) y estaba muy apegado a ellas. Un ídolo ocupa entonces el lugar que sólo Dios debe ocupar. Se trata, en este equilibrio que supone la educación, de no absolutizar algún aspecto, y vivir la vida en plenitud: "La vida es corta, viviendo todo falta, muriendo todo sobra" (Lope de Vega).
2. Se canta en el salmo la realeza de Dios, Él reina sobre todo el mundo y su trono es firme y eterno. Este reinado es punto central en la predicación de Jesús, ya se manifestó con su vida (cf. Mt 4,17; 12,8, etc.), es un reino eterno y universal (cf. Jn 17,5), y con su Cruz y resurrección establece la Iglesia, que recuerda todo esto en la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo con la que se cierra el año litúrgico. Es un reinado que ya Dios estableció con la creación, luego esta realeza se ejercita al dar una Ley al pueblo escogido, y su presencia en el Templo, profecía también de esa Ley nueva y Templo del Espíritu y vida que se nos invita a tener en nuestro corazón, como comenta también Eusebio de Cesarea: “esta Casa es la Iglesia. Para permanecer firme para siempre nada le conviene mejor que la santidad. Pues de la misma manera que lo que es propio del testimonio de Cristo es la verdad, así también lo que es propio de su casa es la santidad”.
3. a) “El Evangelio de hoy continúa la larga entrevista de Jesús con Nicodemo, que ayer comenzó, y que continuaremos leyendo los días siguientes. Se centra en lo que constituye la columna vertebral de la teología de Juan: El don de la vida eterna para todo el que cree en Jesús como enviado e Hijo de Dios. En este diálogo entre Nicodemo y Jesús, el evangelista Juan nos quiere mostrar que la plenitud de la vida, en toda mujer y en todo hombre, se adquiere no por el cumplimiento de la ley, sino por la capacidad de amar. Nicodemo es un representante judío, observante y maestro de la ley, que espera un Mesías del orden, un maestro capaz de explicar la ley e inculcar su práctica, para llegar así a construir el hombre y la sociedad. Jesús nos llama a la vida plena, en el amor a Dios y a los hermanos, no por la observancia de la ley, sino por la capacidad de amar. Esta capacidad que da el Espíritu nos viene de Dios como plenitud del ser humano. El Hijo de Dios, Jesús, que ha “bajado” para hacerse “hijo de la humanidad”, viene a dar testimonio y exige ser creído. “Si os he dicho cosas de la tierra y no creéis, ¿cómo creeréis cuando os diga cosas del cielo?” Él es la fuente de la vida definitiva, el Espíritu que muestra su amor con el don de la vida. Jesús crucificado da vida eterna. Dios en Jesús nos ofrece a todos la vida plena. Sólo con hombres y mujeres dispuestos a amar hasta la muerte puede construirse la verdadera sociedad humana. Su vida será la práctica del amor, el don de sí mismos, con la universalidad con que Dios ama a la humanidad entera. Buena ilustración idealizada de esto lo encontramos en la imagen de la primera comunidad cristiana, presentada en la Primera Lectura: La fe en Cristo resucitado, vivida a fondo, nos ha de llevar a la comunión total en el amor fraterno, que se traduce en unanimidad, participación de bienes, y ayuda mutua en todo. Dios en Jesús ofrece a todos la vida plena. El ser humano tiene que optar entre la vida y la muerte. Quien de alguna manera es enemigo del ser humano y de la vida, la rechaza y se condena a sí mismo a morir. Quien está por el ser humano y por la vida, se adhiere a Jesús (Emilio Gómez).
b) Esta vida nueva como hijos de Dios se resume en el Evangelio, que a su vez se puede expresar en tres cosas: todo lo que es Jesús vivo está en la Eucaristía, lo que enseñó con esta vida como camino para vivir auténticamente está en las Bienaventuranzas, y todo lo que necesitamos y rezamos está en la oración que nos enseñó, y cuyo principio ahora comentaremos: “Padre nuestro, que estás en el cielo”. Con la invocación «Padre» está resumido este compendio de todo el Evangelio, que es la oración que Jesús nos enseñó. Reinhold Schneider -como también Joaquim Jeremias-, nos dice que es un gran consuelo poder llamar a Dios con este nombre, Padre, “papá”, como dice un niño: “En una sola palabra como ésta se contiene toda la historia de la redención. Podemos decir Padre porque el Hijo es nuestro hermano y nos ha revelado al Padre; porque gracias a Cristo hemos vuelto a ser hijos de Dios». Pero el hombre de hoy no percibe inmediatamente el gran consuelo de la palabra «padre», pues muchas veces la experiencia del padre o no se tiene, o se ve oscurecida por las deficiencias de los padres.
Comentaba Benedicto XVI: “Por eso, a partir de Jesús, lo primero que tenemos que aprender es qué significa precisamente la palabra «padre». En la predicación de Jesús el Padre aparece como fuente de todo bien, como la medida del hombre recto («perfecto»): «Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen. Así seréis hijos de vuestro Padre que está en cielo, que hace salir el sol sobre buenos y malos.» (Mt 5, 44s). El «amor que llega hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1), que el Señor ha consumado en la cruz orando por sus enemigos, nos muestra la naturaleza del Padre: este amor es Él. Puesto que Jesús lo pone en práctica, Él es totalmente «Hijo» y, a partir de este criterio, nos invita a que también nosotros seamos «hijos».
Veamos otro texto más. El Señor recuerda que los padres no dan una piedra a sus hijos que piden pan, y prosigue: «Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden?» (Mt 7, 11). Lucas especifica las «cosas buenas» que da el Padre cuando dice: «... ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a quienes se lo piden?» (Lc 11, 13). Esto quiere decir: el don de Dios es Dios mismo. La «cosa buena» que nos da es Él mismo. En este punto resulta sorprendentemente claro que lo verdaderamente importante en la oración no es esto o aquello, sino que Dios se nos quiere dar. Este es el don de todos los dones, lo «único necesario» (cf. Lc 10,42). La oración es un camino para purificar poco a poco nuestros deseos, corregirlos e ir sabiendo lo que necesitamos de verdad: a Dios y a su Espíritu.
Cuando el Señor enseña a conocer la naturaleza de Dios Padre a partir del amor a los enemigos y a encontrar en eso la propia «perfección», para así convertirnos también nosotros en «hijos», entonces resulta perfectamente manifiesta la relación entre Padre e Hijo. Se hace patente que en el espejo de la figura de Jesús reconocemos quién es y cómo es Dios: a través del Hijo encontramos al Padre. «El que me ve a mí, ve al Padre», dice Jesús en el Cenáculo ante la petición de Felipe: «Muéstranos al Padre» (Jn 14, 8s). «Señor, muéstranos al Padre», le decimos constantemente a Jesús, y la respuesta, una y otra vez, es el Hijo: a través de Él, sólo a través de Él, aprendemos a conocer al Padre. Y así resulta evidente el criterio de la verdadera paternidad. El Padrenuestro no proyecta una imagen humana en el cielo, sino que nos muestra a partir del cielo —desde Jesús— cómo deberíamos y cómo podemos llegar a ser hombres. Pero ahora debemos observar aún mejor para darnos cuenta de que, según el mensaje de Jesús, el hecho de que Dios sea Padre tiene para nosotros dos dimensiones: por un lado, Dios es ante todo nuestro Padre puesto que es nuestro Creador. Y, si nos ha creado, le pertenecemos: el ser como tal procede de Él y, por ello, es bueno, porque es participación de Dios. Esto vale especialmente para el ser humano. El Salmo 33, 15 dice en su traducción latina: «Él modeló cada corazón y comprende todas sus acciones». La idea de que Dios ha creado a cada ser humano forma parte de la imagen bíblica del hombre. Cada hombre, individualmente y por sí mismo, es querido por Dios. Él conoce a cada uno. En este sentido, en virtud de la creación, el ser humano es ya de un modo especial «hijo» de Dios. Dios es su verdadero Padre: que el hombre sea imagen de Dios es otra forma de expresar esta idea.
Esto nos lleva a la segunda dimensión de Dios como Padre. Cristo es de modo único «imagen de Dios» (cf. 2 Co 4, 4; Col 1, 15). Basándose en esto, los Padres de la Iglesia dicen que Dios, cuando creó al hombre «a su imagen», estaba prefigurando a Cristo y creó al hombre según la imagen del «nuevo Adán», del Hombre que es la medida de la humanidad. Pero, sobre todo, Jesús es «el Hijo» en sentido propio, es de la misma sustancia del Padre. Nos quiere acoger a todos en su ser hombre y, de este modo, en su ser Hijo, en la total pertenencia a Dios.
Así, la filiación se convierte en un concepto dinámico: todavía no somos plenamente hijos de Dios, sino que hemos de llegar a serlo más y más mediante nuestra comunión cada vez más profunda con Cristo. Ser hijos equivale a seguir a Jesús. La palabra Padre aplicada a Dios comporta un llamamiento para nosotros: a vivir como «hijo» e «hija». «Todo lo mío es tuyo», dice Jesús al Padre en la oración sacerdotal (Jn 17, 10), y lo mismo le dice el padre al hermano mayor en la parábola del hijo pródigo (cf. Lc 15, 31). La palabra «Padre» nos invita a vivir siendo conscientes de esto. Así se supera también el afán de la falsa emancipación que había al comienzo de la historia del pecado de la humanidad. Adán, en efecto, ante las palabras de la serpiente, quería él mismo ser dios y no necesitar más de Dios. Es evidente que «ser hijo» no significa dependencia, sino permanecer en esa relación de amor que sustenta la existencia humana y le da sentido y grandeza.
Por último queda aún una pregunta: ¿es Dios también madre? Se ha comparado el amor de Dios con el amor de una madre: «Como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré Yo» (Is 66,13). «¿Puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues aunque ella se olvide, Yo no te olvidaré» (Is 49, 15). El misterio del amor maternal de Dios aparece reflejado de un modo especialmente conmovedor en el término hebreo rahamim, que originalmente significa «seno materno», pero después se usará para designar el con-padecer de Dios con el hombre, la misericordia de Dios. En el Antiguo Testamento se hace referencia con frecuencia a órganos del cuerpo humano para designar actitudes fundamentales del hombre o sentimientos de Dios, como aún hoy en día se dice «corazón» o «cerebro» para expresar algún aspecto de nuestra existencia. De este modo, el Antiguo Testamento no describe las actitudes fundamentales de la existencia de un modo abstracto, sino con el lenguaje de imágenes tomadas del cuerpo. El seno materno es la expresión más concreta del íntimo entrelazarse de dos existencias y de las atenciones a la criatura débil y dependiente que, en cuerpo y alma, vive totalmente custodiada en el seno de la madre. El lenguaje figurado del cuerpo nos permite comprender los sentimientos de Dios hacia el hombre de un modo más profundo de lo que permitiría cualquier lenguaje conceptual”; esto no obstante, “nunca, ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento, se califica o se invoca a Dios como madre. En la Biblia, «Madre» es una imagen, pero no un título para Dios”. Las deidades femeninas antiguas eran panteístas, “la imagen del padre era y es más adecuada para expresar la alteridad entre Creador y criatura… la pura trascendencia de Dios”, por eso seguimos con ello, “el lenguaje de oración de toda la Biblia, en la que, como hemos dicho, a pesar de las grandes imágenes del amor maternal, «madre» no es un título de Dios, no es un apelativo con el que podamos dirigirnos a Dios. Rezamos como Jesús nos ha enseñado a orar, sobre la base de las Sagradas Escrituras, no como a nosotros se nos ocurra o nos guste. Sólo así oramos de modo correcto.
Por último, hemos de ocuparnos aún de la palabra «nuestro». Sólo Jesús podía decir con pleno derecho «Padre mío», porque realmente sólo Él es el Hijo unigénito de Dios, de la misma sustancia del Padre. En cambio, todos nosotros tenemos que decir: «Padre nuestro». Sólo en el «nosotros» de los discípulos podemos llamar «Padre» a Dios, pues sólo en la comunión con Cristo Jesús nos convertimos verdaderamente en «hijos de Dios». Así, la palabra «nuestro» resulta muy exigente: nos exige salir del recinto cerrado de nuestro «yo». Nos exige entrar en la comunidad de los demás hijos de Dios. Nos exige abandonar lo meramente propio, lo que separa. Nos exige aceptar al otro, a los otros, abrirles nuestros oídos y nuestro corazón. Con la palabra «nosotros» decimos «sí» a la Iglesia viva, en la que el Señor quiso reunir a su nueva familia. Así, el Padrenuestro es una oración muy personal y al mismo tiempo plenamente eclesial. Al rezar el Padrenuestro rezamos con todo nuestro corazón, pero a la vez en comunión con toda la familia de Dios, con los vivos y con los difuntos, con personas de toda condición, cultura o raza. El Padrenuestro nos convierte en una familia más allá de todo confín”. Me contaba un amigo chino que ha aprendido de la fe cristiana a rezar por todo el mundo, porque en su tierra los budistas rezan sólo por la familia; tampoco rezan por sí mismos, sino por las necesidades de los demás. También decía que él no es capaz de amar cosas, y pensamos que el amor es sólo para personas, que si se aman las cosas, ésas esclavizan. Estuvimos considerando que podemos ayudar a Oriente con esa expansión de “prójimo”, lo bonito de ser de “la familia de Jesús”, a la que todos los hombres están llamados, ser todos “familia”, y Jesús nos da la clave de ese amor: prójimo son todos, y la regla de oro es amar a Dios sobre todas las cosas, y a los demás como a uno mismo. Pero también hemos de aprender de oriente, a no amar las cosas, pues se cae en esclavitud de idolatría (no se puede ser amigo de Dios y las riquezas). ¿Y cómo he de amarme, es decir hay que ser algo “egoístas”? Cuando me miro al espejo sin relación a los demás, me neurotizo, quizá sirve esta consideración: sólo nos conocemos cuando nos damos, es al mirarme con los ojos que me miran cuando sé quien soy.
Pero volvemos al final de la consideración de Ratzinger: “A partir de este «nuestro» entendemos también la segunda parte de la invocación: «... que estás en el cielo». Con estas palabras no situamos a Dios Padre en una lejana galaxia, sino que afirmamos que nosotros, aun teniendo padres terrenos diversos, procedemos todos de un único Padre, que es la medida y el origen de toda paternidad. «Por eso doblo las rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra», dice san Pablo (E/3, 14s). Como trasfondo, escuchamos las palabras del Señor: «No llaméis padre vuestro a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo» (Mt 23, 9). La paternidad de Dios es más real que la paternidad humana, porque en última instancia nuestro ser viene de Él; porque Él nos ha pensado y querido desde la eternidad; porque es Él quien nos da la auténtica, la eterna casa del Padre. Y si la paternidad terrenal separa, la celestial une: cielo significa, pues, esa otra altura de Dios de la que todos venimos y hacia la que todos debemos encaminarnos. La paternidad «en los cielos» nos remite a ese «nosotros» más grande que supera toda frontera, derriba todos los muros y crea la paz”.
Esta nueva vida, con una comunión en fraternidad basada en la clara conciencia de la filiación divina, que empapa todo el Evangelio, da unidad a todo lo que hacemos y ofrece al hombre una respuesta exhaustiva a sus preguntas. La Iglesia, para ayudarnos nos propuso desde el comienzo la norma de rezar tres veces el Padrenuestro cada día (queda la costumbre en las tres oraciones de la Misa, laudes y vísperas), para ir subiendo poco a poco a las almas a comprender la llamada divina, y ser contemplativos. El misterio de nuestra filiación en Cristo tiene muchas perspectivas: la elevación de la naturaleza humana y la divinización del cristiano, inhabitación de la Santísima Trinidad y acción del Espíritu Santo en el alma del justo, la configuración con Cristo... pero quiero subrayar la fuerza que tiene el conocimiento operativo–sapiencial de esta verdad, fruto de su consideración. Se trata de una toma de conciencia de filiación divina fomentada con su consideración frecuente: de ahí proviene un modo de vivir con serenidad, alegría... un nuevo modo de conocer y de amar, según Dios, que perfecciona el nuestro, que comprende todas las virtudes y los dones: audacia, gratitud y magnanimidad; de ahí surge una lucha ascética confiada, el sentido de la penitencia unida a la alegría, en un espíritu de conversión de los hijos de Dios; humildad y «endiosamiento»; una juventud del alma que proviene del amor y que lleva –con sentido deportivo– a una esperanza: «todo es para bien».... San Josemaría Escrivá desarrolló con su vida y su impulso espiritual un modo de vivir la filiación divina –que se ha analizado en diversas perspectivas – y que estalla en una espiritualidad que surge de ese amor filial: “Niño audaz, grita: ¡Qué amor el de Teresa! —¡Qué celo el de Xavier! —¡Qué varón más admirable San Pablo! —¡Ah, Jesús, pues yo… te quiero más que Pablo, Xavier y Teresa!”.

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