sábado, 16 de abril de 2011

Cuaresma 5, miércoles: Jesús y la auténtica liberación; la libertad interior del amor

Cuaresma 5, miércoles: Jesús y la auténtica liberación; la libertad interior del amor

Libro de Daniel 3,14-20.91-92.95: Nabucodonosor tomó la palabra y les dijo: "¿Es verdad Sadrac, Mesac y Abed-Negó, que ustedes no sirven a mis dioses y no adoran la estatua de oro que yo erigí? ¿Están dispuestos ahora, apenas oigan el sonido de la trompeta, el pífano, la cítara, la sambuca, el laúd, la cornamusa y de toda clase de instrumentos, a postrarse y adorar la estatua que yo hice? Porque si ustedes no la adoran, serán arrojados inmediatamente dentro de un horno de fuego ardiente. ¿Y qué Dios podrá salvarlos de mi mano?" Sadrac, Mesac y Abed-Negó respondieron al rey Nabucodonosor, diciendo: "No tenemos necesidad de darte una respuesta acerca de este asunto. Nuestro Dios, a quien servimos, puede salvarnos del horno de fuego ardiente y nos librará de tus manos. Y aunque no lo haga, ten por sabido, rey, que nosotros no serviremos a tus dioses ni adoraremos la estatua de oro que tú has erigido". Nabucodonosor se llenó de furor y la expresión de su rostro se alteró frente a Sadrac, Mesac y Abed-Negó. El rey tomó la palabra y ordenó activar el horno siete veces más de lo habitual. Luego ordenó a los hombres más fuertes de su ejército que ataran a Sadrac, Mesac y Abed-Negó, para arrojarlos en el horno de fuego ardiente. Entonces el rey Nabucodonosor, estupefacto, se levantó a toda prisa y preguntó a sus consejeros: «¿No hemos echado nosotros al fuego a estos tres hombres atados?» Respondieron ellos: «Indudablemente, oh rey.» Dijo el rey: «Pero yo estoy viendo cuatro hombres que se pasean libremente por el fuego sin sufrir daño alguno, y el cuarto tiene el aspecto de un hijo de los dioses.» Nabucodonosor exclamó: «Bendito sea el Dios de Sadrak, Mesak y Abed-Negó, que ha enviado a su ángel a librar a sus siervos que, confiando en Él, quebrantaron la orden del rey y entregaron su cuerpo antes que servir y adorar a ningún otro fuera de su Dios.

Daniel 3,52-56: «Bendito seas, Señor, Dios de nuestros padres, loado, exaltado eternamente. Bendito el santo nombre de tu gloria, loado, exaltado eternamente. / Bendito seas en el templo de tu santa gloria, cantado, enaltecido eternamente. / Bendito seas en el trono de tu reino, cantado, exaltado eternamente. / Bendito Tú, que sondeas los abismos, que te sientas sobre querubines, loado, exaltado eternamente. / Bendito seas en el firmamento del cielo, cantado, glorificado eternamente.

Evangelio según San Juan 8,31-42: En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos que habían creído en Él: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres». Ellos le respondieron: «Nosotros somos descendencia de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Os haréis libres?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo. Y el esclavo no se queda en casa para siempre; mientras el hijo se queda para siempre. Así pues, si el Hijo os da la libertad, seréis realmente libres. Ya sé que sois descendencia de Abraham; pero tratáis de matarme, porque mi Palabra no prende en vosotros. Yo hablo lo que he visto donde mi Padre; y vosotros hacéis lo que habéis oído donde vuestro padre».
Ellos le respondieron: «Nuestro padre es Abraham». Jesús les dice: «Si sois hijos de Abraham, haced las obras de Abraham. Pero tratáis de matarme, a mí que os he dicho la verdad que oí de Dios. Eso no lo hizo Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre». Ellos le dijeron: «Nosotros no hemos nacido de la prostitución; no tenemos más padre que a Dios». Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que Él me ha enviado».
Comentario: 1. En los tiempos de Antíoco, los judíos fueron obligados a venerar otros dioses, pero hubo quienes no quisieron acatar el mandamiento del rey, y algunos fueron torturados. También responderá así san Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hch 5,29). Es un canto de libertad en medio de la esclavitud (el Evangelio de hoy profundizará más en lo que es la libertad verdadera). Es precioso el ejemplo de fortaleza que nos dan esos tres jóvenes del horno de Babilonia, que en un ambiente hostil, pagano, saben pensar por libre, por encima de las órdenes y amenazas de la corte real en la que sirven. Las personas coherentes son admiradas y por eso su cántico es propuesto como modelo (además de la oración penitencial que leíamos el martes de la tercera semana, la alabanza a Dios que hoy leemos como salmo se canta en la hora de Laudes de los domingos, a trozos: el cántico de las criaturas). “Unas alabanzas así sólo pueden brotar de corazones realmente libres” (J. Aldazábal).
a) Es también un ejemplo de cómo la pertenencia a un sistema no determina el modo de actuar. La cultura dominante, que se convierte en una forma habitual de pensar y de actuar, un hábito, algo normal, espontáneo, casi inconsciente, puede producir ignorancia en muchos (como luego dirá el Evangelio, la persona acaba siendo esclava del pecado, dominada por él aun sin darse cuenta). En esa situación, la injusticia no es un pecado simplemente personal, forma parte del sistema social, es un pecado también social. Como en las imágenes de literatura (“Un mundo feliz”) o películas (“Matriz”, “Blade runer”) las personas se vuelven robots mecanizados a quienes se les impone una idea y una como religión del Estado. Está prohibido pensar de modo distinto que el partido en el poder o la cultura dominante, se genera un pensamiento único. El que se niega a ello es enviado al gran horno -los hornos crematorios de los totalitarismos de ayer, las difamaciones y calumnias de hoy-. Frente a intoxicaciones colectivas hay quien elige mantener una posición personal: no quieren someterse a nadie, sino sólo a Dios. También “El señor de los anillos” es un ejemplo de cómo unos débiles hobbits unidos a otros más poderosos, formando una comunidad, pueden afrontar esos poderes del mal y liberar a tantos ignorantes. Han hallado un «absoluto», un Sentido. Han encontrado una razón de vivir que es más importante que su propia vida. La muerte misma no les condiciona, no les da miedo, no empaña su libertad, ni es capaz de doblegarles. La historia está hecha por la gente sencilla, y algunos son escogidos para grandes cosas (como muestran los niños de las apariciones de Lourdes y Fátima), es el mundo de los sencillos, que creen, que son fieles a esa misión divina (también Juan Diego, ante la Virgen de Guadalupe). Y ante los ataques y calumnias, «atados»... cantan como los 3 jóvenes: «Bendito eres, Señor Dios de nuestros padres, a Ti el honor y la gloria para siempre». No se encadena al espíritu. Podemos preguntarnos en nuestro examen: ¿Tengo yo ese sentimiento de que es Dios quien me libera? Jesús en la cruz, sujetado también, clavado en la madera... era total e íntimamente libre. Señor, concédenos seguirte libremente, incluso si es preciso ir contra la corriente.
b) Las ocasiones de heroísmo son excepcionales. El martirio en su forma violenta se presenta raras veces, pero el martirio del día a día es más importante: permanecer fiel en cumplir los compromisos aceptados... continuar con nuestros compromisos lo mejor posible... seguir en la tarea comenzada aunque nos parezca que no avanzamos... empezar de nuevo, sin tregua el combate contra un defecto que nos hace sufrir... reemprender la resolución mil veces hecha. Señor, no confío en mí... creo y confío en Ti... (Noel Quesson). Con la ayuda de la gracia, como decimos en la Entrada: «Dios me libró de mis enemigos, me levantó sobre los que resistían y me salvó del hombre cruel» (Sal 17,48-49s). Y es lo que pedimos, acabando este tiempo de preparación, en la Colecta: «Ilumina, Señor, el corazón de tus fieles, purificado por las penitencias de Cuaresma; y Tú que nos infundes el piadoso deseo de servirte, escucha paternalmente nuestras súplicas». Pedimos obrar como justos, que obran libremente, por amor a Dios. Dice San Jerónimo: «Él, que promete estar con sus discípulos hasta la consumación de los siglos, manifiesta que ellos habrán de vencer siempre, y que Él nunca se habrá de separar de los que creen».
Estos tres son mártires en vistas de Jesús. Orígenes dirá: «El Señor nos libra del mal no cuando el enemigo deja de presentarnos batalla valiéndose de sus mil artes, sino cuando vencemos arrostrando valientemente las circunstancias». Todo es figura de Cristo en su Pasión. El fuego no toca a sus siervos. El condenado, el vencido, se levanta glorioso al tercer día de entre los muertos.
c) La Iglesia desde sus primeras persecuciones vio en los tres jóvenes arrojados al horno de Babilonia su propia imagen: los jóvenes perseguidos, castigados, condenados a muerte, perseveran en la alabanza divina y son protegidos por una brisa suave que los inmuniza del fuego mortal. También la Iglesia, en medio de sus persecuciones continúa alabando al Señor con el Cántico de Daniel: «A Ti gloria y alabanza por los siglos. Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres... Bendito tu nombre santo y glorioso. Bendito eres en el templo de tu santa gloria. Bendito sobre el trono de tu reino. Bendito eres Tú, que sentado sobre querubines, sondeas los abismos. Bendito eres en la bóveda del cielo. A Ti gloria y alabanza por los siglos».
La fe, el testimonio de estos jóvenes, capaces de arriesgarlo todo, hasta su propia vida, por su confianza absoluta en Dios, es algo maravilloso. Y no dependen de una especie de "negocio" con Dios, pues su oración es madura, no depende de los resultados: confían en Dios, pero no piden un milagro y que los salve, quieren ser fieles aun con la consecuencia de morir por ello. Sobrecogido de temor, el tirano descubre que hay un poder por encima de su poder, sucede con frecuencia que la fe, en su debilidad frente al poder externo, convierte con su fuerza interior. Las dificultades abren paso a la fe, la virtud mejora en la dificultad, a veces necesitamos que se arruinen nuestros planes para que admiremos la sabiduría, bondad y poder de Sus planes. A veces, ser vencidos es la única forma de salir ganando. La fidelidad, dirá Jesús, es lo que define al creyente: "Si permanecéis fieles a mi palabra..." (como veremos luego). San Alfonso María de Ligorio dice de los mandamientos: "¿pesan al cristiano los divinos mandamientos? Sí, como al ave sus alas". Las alas pesan, pero las alas son vuelo, vida. Unirse a la palabra de Dios, Jesús, “es vuelo, es vida, y es libertad” (Fray Nelson).
2. Juan Pablo II comentó abundantemente este cántico, que “refleja el alma religiosa universal, que percibe en el mundo la huella de Dios, y se alza en la contemplación del Creador. Pero en el contexto del libro de Daniel, el himno se presenta como agradecimiento pronunciado por tres jóvenes israelitas -Ananías, Azarías y Misael-, condenados a morir quemados en un horno por haberse negado a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor. Milagrosamente fueron preservados de las llamas. En el telón de fondo de este acontecimiento se encuentra la historia especial de salvación en la que Dios escoge a Israel como a su pueblo y establece con él una alianza. Los tres jóvenes israelitas quieren precisamente permanecer fieles a esta alianza, aunque esto suponga el martirio en el horno ardiente. Su fidelidad se encuentra con la fidelidad de Dios, que envía a un ángel para alejar de ellos las llamas (cf. Daniel 3, 49)”, en la línea de los cánticos como el de Éxodo 15, y resuena como anticipación de la resurrección de Jesús y como ejemplo de oración dominical como recuerdan antiquísimos testimonios: “Las catacumbas romanas conservan vestigios iconográficos en los que se pueden ver a tres jóvenes que rezan incólumes entre las llamas, testimoniando así la eficacia de la oración y la certeza en la intervención del Señor”.
"Bendito eres en la bóveda del cielo: a Ti honor y alabanza por los siglos" (Daniel 3, 56): se siente el alma agradecida “no sólo por el don de la creación, sino también por el hecho de ser destinatario del cuidado paterno de Dios, que en Cristo le ha elevado a la dignidad de hijo.
Un cuidado paterno que permite ver con ojos nuevos a la misma creación y permite gozar de su belleza, en la que se entrevé, como distintivo, el amor de Dios. Con estos sentimientos, Francisco de Asís contemplaba la creación y elevaba su alabanza a Dios, manantial último de toda belleza. Espontáneamente la imaginación considera que el santo de Asís debió experimentar el eco de este texto bíblico cuando, en San Damián, después de haber alcanzado las cumbres del sufrimiento en el cuerpo y en el espíritu, compuso el "Cántico al hermano sol."”
Engarzada esta luminosa oración en forma de letanía, el cántico de las criaturas es de acción de gracias, por todas las maravillas del universo. El hombre se hace eco de toda la creación para alabar y dar gracias a Dios. “El dolor rudo y violento de la prueba desaparece, parece casi disolverse en presencia de la oración y de la contemplación. Precisamente esta actitud de confiado abandono suscita la intervención divina… Las pesadillas se deshacen como la niebla ante el sol, los miedos se disuelven, el sufrimiento es cancelado cuando todo el ser humano se convierte en alabanza y confianza, expectativa y esperanza. Esta es la fuerza de la oración cuando es pura, intensa, cuando está llena de abandono en Dios, providente y redentor”.
“Este himno es como una letanía, repetitiva y a la vez nueva: sus invocaciones suben hasta Dios como figuras espirales de humo de incienso, recorriendo el espacio con formas semejantes pero nunca iguales. La oración no tiene miedo de la repetición, como el enamorado no duda en declarar infinitas veces a la amada todo su cariño. Insistir en las mismas cuestiones es signo de intensidad y de los múltiples matices propios de los sentimientos, de los impulsos interiores, y de los afectos… Comienza con seis invocaciones dirigidas directamente a Dios”.
Nabucodonosor, el tremendo soberano babilonio que aniquiló la ciudad santa de Jerusalén en el año 586 a.c. y deportó a los israelitas «a orillas de los ríos de Babilonia» (Cf. Salmo 136), no puede nada ante ese poder de la fe, estandarte durante las persecuciones de los reyes sirio-helenos del siglo II a.c. Precisamente tuvo lugar entonces la valiente reacción de los Macabeos, combatientes por la libertad de la fe y de la tradición judía: “El cántico, tradicionalmente conocido como el de «los tres jóvenes», es como una llama que ilumina en la oscuridad del tiempo de la opresión y de la persecución, tiempo que con frecuencia se ha repetido en la historia de Israel y en la historia del cristianismo. Y nosotros sabemos que el perseguidor no asume siempre el rostro violento y macabro del opresor, sino que con frecuencia se complace en aislar al justo con el sarcasmo y la ironía, preguntándole con sarcasmo: «¿En dónde está tu Dios?» (Salmo 41, 4. 11).
En la bendición que los tres jóvenes elevan desde el crisol de su prueba al Señor Omnipotente quedan involucradas todas las criaturas. Entretejen una especie de tapiz multicolor en el que brillan los astros, se suceden las estaciones, se mueven los animales, se asoman los ángeles y, sobre todo, cantan los «siervos del Señor», los «santos» y los «humildes de corazón» (Cf. Daniel 3, 85.87).
El pasaje que acabamos de proclamar precede a esta magnífica evocación de todas las criaturas. Constituye la primera parte del cántico, que evoca la presencia gloriosa del Señor, transcendente y al mismo tiempo cercana. Sí, Dios está en los cielos, donde «sondea los abismos» (Cf. 3, 55), pero está también en «el templo santo glorioso» de Sión (Cf. 3, 53). Se sienta en el «trono de su reino» eterno e infinito (Cfr. 3, 54), pero también «sobre querubines» (Cf. 3, 55), en el arca de la alianza, colocada en el Santo de los Santos del templo de Jerusalén.
Es un Dios que está por encima de nosotros, capaz de salvarnos con su potencia, pero también un Dios cercano a su pueblo, en medio del cual ha querido morar en su «templo santo glorioso», manifestando así su amor. Un amor que revelará en plenitud para que «habite entre nosotros» su Hijo, Jesucristo, «lleno de gracia y de verdad» (Cf. Juan 1, 14). Él revelará en plenitud su amor al enviar entre nosotros al Hijo a compartir en todo, a excepción del pecado, nuestra condición marcada por pruebas, opresiones, soledad y muerte”. Esta alabanza continúa en la Iglesia, como Clemente Romano: «Tú abriste los ojos de nuestro corazón (Cf. Efesios 1, 18) / para que te conociéramos a Ti, el único (Cf. Juan 17, 3) / altísimo en lo altísimo de los cielos, / el Santo que estás entre los santos, / que humillas la violencia de los soberbios (Cf. Isaías 13, 11), / que deshaces los designios de los pueblos (Cf. Salmo 32, 10), / que exaltas a los humildes, / y humillas a los soberbios (Cf. Job 5, 11). / Tú, que enriqueces y empobreces, / que quitas y das la vida (Cf. Deuteronomio 32, 39), / benefactor único de los espíritus, / y Dios de toda carne, / que sondeas los abismos (Cf. Daniel 3, 55), / que observas las obras humanas, / que socorres a los que están en peligro, / y salvas a los desesperados (Cf. Judit 9, 11), / creador y custodio de todo espíritu, / que multiplicas los pueblos de la tierra, / y que entre todos escogiste a los que te aman / por medio de Jesucristo, / tu altísimo Hijo, / mediante el cual nos has educado, nos has santificado / y nos has honrado».
San Máximo el Confesor también rezará, tomando pie de este canto penitencial: «No nos abandones para siempre, por amor de tu nombre, no repudies tu alianza, no nos retires tu misericordia (Cf. Daniel 3, 34-35), por tu piedad, Padre nuestro que estás en los cielos, por la compasión de tu Hijo unigénito y por la misericordia de tu Santo Espíritu... No desoigas nuestra súplica, Señor, y no nos abandones para siempre. Nosotros no confiamos en nuestras obras de justicia, sino en tu piedad, por la que conservas nuestra estirpe... No detestes nuestra indignidad, más bien ten compasión de nosotros por tu gran piedad, y por la plenitud de tu misericordia cancela nuestros pecados para que sin condena nos acerquemos a tu santa gloria y podamos ser considerados dignos de la protección de tu unigénito Hijo… Sí, Señor dueño omnipotente, escucha nuestra súplica, pues no reconocemos a otro que fuera de Ti».
3. En el Evangelio, Jesús nos dice: "Si os mantenéis en mi palabra seréis de verdad discípulos míos". Quiere decir que la palabra de Jesús es como el espacio vital en que el hombre ha de mantenerse siempre. La palabra de Jesús es como la señal de tráfico para la vida del creyente. La señal única y definitiva. La norma suprema a la cual el creyente apuesta su vida. Y al discípulo auténtico y fiel le promete el conocimiento de la verdad y la libertad. "Conoceréis la verdad y la verdad os haré libres". Esta maravillosa sentencia de Jesús de la verdad que hace libres, forma ya parte del mejor patrimonio de la humanidad. Últimamente han dicho que es al revés, que es la libertad lo que nos hace verdaderos, en realidad son las dos cosas, la verdad nos hace libres y la libertad ha de ser la base de nuestra verdad, pues así como los seres tienen sus trascendentales (ser, verdad, belleza, bien) la persona tienen sus caracteres irreductibles personales (inteligencia, amor, libertad), y para que un acto sea humano ha de tener las tres condiciones: ser inteligente y por tanto abierto a la verdad, libre y fruto del amor. Sin referencia a la verdad auténtica no hay libertad y amor auténticos, pues mucha gente acude a estas palabras para imponer su verdad y su concepto de libertad y de amor a los demás. Aquí el evangelista no habla de una verdad teórica, para “saber”, sino de la verdad en la persona de Jesús. Para san Juan la verdad aparece vinculada total y absolutamente a la persona de Jesús. Y alcanzamos la máxima revelación de la Verdad, pues no es seguir un maestro, un portador de una verdad doctrinal, sino una vida-verdad (14, 6) pues Él, personalmente, es el camino, la verdad y la vida. Y esta verdad, o sea su Persona, es la que "hará libres", a los que aceptan y experimentan esta verdad. Esto es lo decisivo de la fe, la liberación.
Los judíos indican que tienen libertad interior, pues pueden vivir en regímenes adversos, pero Jesús les habla de esa libertad interior más profunda. No se trata en primer término de una liberación política o social (podemos vivir en cualquier sociedad humana), sino de una encarnación de la vida de Jesús, libres de las potencias de la muerte, del pecado, de las tinieblas, y una liberación del hombre de sí mismo. Experiencia de libertad radical, como Jesús, que no tiene miedo. Salvación y libertad son lo mismo aquí. Es un proyecto siempre abierto, con Jesús, camino de verdad y vida libre. ¡Estar en casa! Estar siempre en la casa del Padre, siempre con Dios, como recordábamos ayer, ese Dios que “soy el que soy con vosotros”, Dios aquí presente, en mi vida y nuestra historia: “Si el Hijo os libera, seréis verdaderamente libres”. Sucedía alguna vez que "un hijo de la casa", tramaba amistad con uno de sus esclavos, y sentía el deseo de "liberarle"... para que no continuara en situación de dependencia humillante. Es lo que ha hecho Jesús con nosotros. Nos ha introducido en "su casa", en "su familia". Él nos ha liberado, redimido. En aquel momento, los criados podían ser despedidos en cualquier momento, mientras que los miembros de la familia estaban firmemente vinculados a la casa. El Hijo nos saca de servidumbres, y trae la verdadera libertad y la regala; pero esto no significa que podemos abusar, pues sentirse libres requiere vivir la vida de Jesús, darse: "A vosotros, hermanos, os han llamado a la libertad, pero que esa libertad no dé pie a los bajos instintos. Al contrario, que el amor os tenga al servicio de los demás" (Gal 5, 13-14). La libertad característica del cristiano es la libertad de amar. "Soy libre, cierto, nadie es mi amo; sin embargo, me ha puesto al servicio de todos" (1Co 9,19). "El cristiano es un hombre libre, dueño de todas las cosas; no está sometido a nadie. El cristiano es un servidor lleno de obediencia, se somete a todos" (M. Lutero). Esto es paradójico, como todo el evangelio; la esclavitud a los demás es el signo de haber sido realizada la liberación de la esclavitud. Dice san Agustín: "La libertad es un placer. Mientras que tú haces el bien por miedo, no gozas de Dios. Mientras que estés obrando como un esclavo no puedes disfrutar. Que Dios te fascine y entonces serás libre", y aquí acabamos este itinerario de libertad, que se activa en el amor.
¿Hago yo esta experiencia? ¿Siento que el pecado me ata, me encadena? San Pablo decía: "No hago el bien que quisiera, y hago el mal que no quisiera... ¿Quién me librará?" (Rm 7,24). Señor:¡Dame amor a esta Palabra, libérame, Señor! Siguiéndote no caminamos hacia una esclavitud (como alguien dijo, que era una religión de esclavos), no hacia una "vida disminuida" (como dicen otros, que ser cristiano está en contra de la vida y sus placeres), sino que viviéndola tengo esta experiencia de libertad, dentro de mí veo esta expansión total, "vida en plenitud"... ¡Libre! Palabra preciosa que muchos artistas han querido retratar, como Matisse (en “La danza”), el padre del color quiso ir más allá de la impresión, captar la naturaleza y la persona en su mundo interior, pero pienso que su visión naturalista es muy pobre, cuando capta sólo un aspecto de la alegría de vivir, no ha podido reflejar lo que en profundidad significa ¡ser libre!, que es tener holgura interior, sin trabas ni obstáculos, sin tantas cosas que me encadenan: mis hábitos, mis límites, mis pecados... y esto no se consigue dejando los instintos de forma natural sino con la educación de las virtudes, la libertad es una conquista, un trabajo, como un cuadro, dejando que el pincel, cada uno, sea llevado por Dios: con esfuerzo y gracia: Hazme libre, Señor. La Cuaresma es un tiempo muy a propósito para la liberación. Hoy, ¿de qué atadura procuraré liberarme? ¿Qué cadenas voy a romper con tu ayuda?
“Yo hablo lo que he visto en el Padre”. Jesús es perfectamente libre, porque es perfectamente Hijo. Ama, y es libre porque ama: no está apegado a sí mismo. Nada le detiene, ninguna retrospección sobre sí mismo. Ningún egoísmo. Ningún obstáculo al amor.
“Yo no he venido de mí mismo”. El amor hace salir de uno, ¡libera! Amar al solo Dios verdadero. Someterse al solo Dios verdadero. Es el único medio de no estar sometido a nadie, sino a Dios, y de liberarse de cualquier ídolo. Líbrame, Señor, de mis ídolos, de todo lo que no tiene valor verdadero alguno, de todo lo que obstaculiza mi libertad (Noel Quesson). Jesús, te veo libre ante tu familia, ante los discípulos, ante las autoridades, ante los que entendían mal el mesianismo y querían hacerte rey. Libre para anunciar y para denunciar, para seguir tu camino con fidelidad, con alegría, con libertad interior. Cuando estás ante unos acusadores, eres mucho más libre que los que te condenan. Como lo era Pablo aunque muchas veces le tocara estar encadenado. Como lo fueron los admirables jóvenes de hoy en el ambiente pagano y en el horno de fuego. Como lo fueron tantos mártires, que iban a la muerte con el rostro iluminado y una opción gozosa de testimonio por Jesús. Celebrar la Pascua es dejarse comunicar la libertad por el Señor resucitado. Cuando cumplimos las “obligaciones” sociales, religiosas, ¿lo hacemos desde el amor, desde la libertad de los hijos, o desde la rutina o el miedo o la resignación?
Cuando rezamos el Padrenuestro deberíamos decir esas breves palabras con un corazón esponjado, un corazón no sólo de criaturas o de siervos, sino de hijos que se saben amados por el Padre y que le responden con su confianza y su propósito de vivir según su voluntad. Es la oración de los que aman. De los libres (J. Aldazábal). «El sacramento que acabamos de recibir sea medicina para nuestra debilidad» (comunión); «Dios nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la Redención, el perdón de los pecados» (Ant. Comunión: Col 1,13-14). San Agustín dice: «Eres, al mismo tiempo, siervo y libre: siervo porque fuiste hecho, libre porque eres amado de Aquel que te hizo, y también porque amas a tu Hacedor». Al terminar nuestra oración acudimos a la Virgen para que nos enseñe a vivir nuestra vocación de libertad –don y tarea- con Cristo en medio de nuestra vida ordinaria, con la mirada puesta en el cielo, en la libertad completa.

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