viernes, 28 de mayo de 2010

Viernes de la 8ª semana, año 2. “Sed buenos administradores de la múltiple gracia de Dios”, dice S. Pedro, y es que la gracia nos transforma por la oración y las buenas obras.



1. Es el último pasaje que leemos de la
primera carta de Pedro. Aquellos primeros años tenían la creencia de que el fin del mundo estaba próximo: «El fin de todas las
cosas está cercano: sed, pues, moderados y sobrios, para poder orar».
Pero estos consejos, actitudes a las que invitan valen igual para nosotros: por ejemplo la fortaleza que un cristiano ha de
tener frente al «fuego abrasador» o las persecuciones que le puedan
poner a prueba su fe: tener el espíritu dispuesto a la oración, llevar un
estilo de vida sobrio y moderado, mantener firme el amor mutuo,
practicar la hospitalidad, poner a disposición de la comunidad las
propias cualidades, todo a gloria de Dios: “Ante todo, mantened en tensión el amor mutuo, porque el
amor cubre la multitud de los pecados. Ofreceos mutuamente
hospitalidad, sin protestar. Que cada uno, con el don que ha recibido,
se ponga al servicio de los demás, como buenos administradores de la
múltiple gracia de Dios”. ¡Señor, ayúdame a "amar intensamente"! y ¡que este amor «cubra mis
pecados!» Amar a los demás, servirles, es compensar el mal que por
otra parte hacemos. La caridad cubre nuestros pecados, y Dios ve la
caridad... ¡como si ella camuflara nuestras faltas a los ojos de Dios! -Practicad la hospitalidad entre vosotros... Poned al servicio de los
demás la gracia que cada uno de vosotros haya recibido... Pedro indica
concretamente dos modos de amar:
-la acogida, la hospitalidad... literalmente, «el amor al extraño».
Esa hospitalidad, tan querida del alma oriental y tan generalmente
abandonada en occidente: ¡ser bautizado es ser acogedor!
-La puesta en común de los «carismas»... nuestras dotes personales
puestas al servicio de todos: ¡ser bautizado es compartir lo que se ha
recibido! Si alguien tiene el don de la palabra, ¡que sea portavoz de
Dios! Si tiene el don del servicio, ¡que lo cumpla con la fuerza que
Dios le da! Dios está aquí, presente, asoma sin cesar. Nuestros
«carismas» -dones recibidos- proceden de El. No podemos guardarlos
celosamente para nosotros mismos.
“El que toma la palabra, que hable palabra de
Dios. El que se dedica al servicio, que lo haga en virtud del encargo
recibido de Dios. Así, Dios será glorificado en todo, por medio de
Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos
de los siglos. Amén. Queridos hermanos, no os extrañéis de ese fuego
abrasador que os pone a prueba, como si os sucediera algo
extraordinario. Estad alegres cuando compartís los padecimientos de
Cristo, para que, cuando se manifieste su gloria, reboséis de gozo”
(1 Pedro 4,7-13). -Alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de
Cristo. San Pedro, mártir, crucificado como Jesús... rogad por
nosotros (Noel Quesson).
No está mal que la carta
termine aludiendo a sufrimientos y persecuciones. Tal vez aquí se
refiere a alguna persecución contra los cristianos por los años 60
(cuando murieron Pedro y Pablo en Roma). Pero estas pruebas han sido
continuas a lo largo de los dos mil años de la comunidad cristiana y
siguen existiendo también ahora en la comunidad y en la vida de cada
uno: pruebas que dan la medida de nuestra fidelidad a Dios y nos van
haciendo madurar en nuestro seguimiento de Cristo.
Pedro protestaba, ahora aceptar el sufrimiento, lo ha asimilado, lo recomienda, da pruebas de conversión ante el sanedrín, y finalmente ante el emperador Nerón, hasta el martirio. No olvidemos que ese mismo san Pedro
morirá mártir en el año 64 o 67, es decir, ¡uno o dos años después de
esta carta! El «fin de todas las cosas»,
es un estimulante.
2. “Llega el Señor a regir la tierra.
Decid a los pueblos: "El Señor es rey, / él afianzó el orbe, y no se
moverá; / él gobierna a los pueblos rectamente."
Alégrese el cielo, goce la tierra, / retumbe el mar y cuanto lo llena;
/ vitoreen los campos y cuanto hay en ellos, / aclamen los árboles del
bosque” (Salmo 95,10-13). Seguimos como en días pasados el salmo donde se contempla la salvación llevada a cabo por Jesús, con su obra redentora.
3. Jesús, al día siguiente, cuando salió de
Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas y se acercó
para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas,
porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo: -«Nunca jamás coma
nadie de ti.»” No encontró en ella, sino hojas, porque no era
tiempo de higos. Dijo a la higuera. Extraña maldición. Si Jesús tratase
de saciar el hambre, este gesto sería de un demente: ¡encolerizarse
contra un árbol por no encontrar frutos cuando no es la estación! No
es pues a ese nivel material que hay que interpretar esta maldición.
Jesús ha querido hacer un gesto "enigmático", y Marcos subraya la
extrañeza: los apóstoles "oyen", pero no quieren creerlo y quedarán
muy sorprendidos el día siguiente, al ver que la maldición se ha
realizado. La solución del enigma se dará más tarde. Y no será por
casualidad el hecho de que la "purificación" del Templo esté inserta,
como "un bocadillo" entre las dos mitades del episodio de la "higuera
maldita".
“Los discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, entró en
el templo y se puso a echar a los que traficaban allí, volcando las
mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no
consentía a nadie transportar objetos por el templo”.
Jesús cita al profeta Jeremías (7,11): el profeta reprocha a los hombres de su tiempo el hecho de participar en el culto con el fin de asegurarse... el
culto del templo es falaz, pues las gentes no se convierten. "Habláis
siempre del culto, decís: "Santuario de Dios, santuario de Dios,
santuario de Dios", pero oprimís al extranjero, al huérfano y a la
viuda. Robáis, matáis y venís luego a poneros delante de mí... ¿Es
este Templo una cueva de bandidos?'' Jesús cita también al profeta
Isaías (56,7). Es la afirmación sorprendente de que el Templo judío va
a ser "abierto a las naciones paganas". Esto enlaza con el tema
misionero, habitual en san Marcos. Jesús hace un gesto mesiánico
anunciado por el profeta Zacarías, 14, 21: "Ya no habrá más mercaderes
en el templo del Señor, en ese día".
“Y los instruía, diciendo: -«¿No está escrito: "Mi casa se llamará casa de oración para todos los pueblos." Vosotros, en cambio, la habéis convertido en cueva de bandidos.»” Lo de la higuera va unido a lo del templo, Jesús quiere que el Templo sea «casa de oración para todos los pueblos», lugar de oración auténtica. y no una «cueva de bandidos» y de ajetreo de cosas y comercio.
 “Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas
y, como le tenían miedo, porque todo el mundo estaba asombrado de su
doctrina, buscaban una manera de acabar con él. Cuando atardeció,
salieron de la ciudad”. Es la purificación del lugar donde Dios está presente. Jesús quiere devolver al Templo su pureza primitiva, su destino sagrado, y subraya
que este lugar santo está "destinado a todos": apertura universalista.
¿Qué sentido tengo yo de la plegaria? ¿De lo sagrado? ¿De Dios
presente?
-Llegó todo esto a oídos de los príncipes de los sacerdotes y de los
escribas. Buscaban cómo perderle... Al caer la tarde, salió de la
ciudad.

“A la mañana siguiente, al pasar, vieron la
higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
-«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado.» Jesús
contestó: -«Tened fe en Dios. Os aseguro que si uno dice a este monte:
"Quítate de ahí y tirate al mar", no con dudas, sino con fe en que
sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: Cualquier cosa que
pidáis en la oración, creed que os la han concedido, y la obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para
que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas» (Marcos 11,11-26; J. Aldazábal). -Pasando de madrugada, vieron que la higuera se había secado de raíz. He aquí la llave del extraño enigma de la víspera: Jesús no apuntaba a
la higuera, sino al Templo: Porque el Templo no responde ya a la
espera de Dios, suscita la "cólera de Dios" y será destruido (Mc 13,
2) (Noel Quesson). Fe es esperar de Dios, no de nosotros mismos ni de nuestras obras. San Josemaría comentó así esta escena de
La higuera estéril:Jesús maldice este árbol, porque ha hallado solamente apariencia de fecundidad, follaje. Así aprendemos que no hay excusa para la ineficacia. Quizá dicen: no tengo conocimientos suficientes… ¡No hay excusa! O afirman: es que la enfermedad, es que mi talento no es grande, es que no son favorables las condiciones, es que el ambiente… ¡No valen tampoco esas excusas! ¡Ay del que se adorna con la hojarasca de un falso apostolado, del que ostenta la frondosidad de una aparente vida fecunda, sin intentos sinceros de lograr fruto! Parece que aprovecha el tiempo, que se mueve, que organiza, que inventa un modo nuevo de resolver todo… Pero es improductivo. Nadie se alimentará con sus obras sin jugo sobrenatural.
         ”Pidamos al Señor que seamos almas dispuestas a trabajar con heroísmo feraz. Porque no faltan en la tierra muchos, en los que, cuando se acercan las criaturas, descubren sólo hojas: grandes, relucientes, lustrosas. Sólo follaje, exclusivamente eso, y nada más. Y las almas nos miran con la esperanza de saciar su hambre, que es hambre de Dios. No es posible olvidar que contamos con todos los medios: con la doctrina suficiente y con la gracia del Señor, a pesar de nuestras miserias.
         ”Os recuerdo de nuevo que nos queda poco tiempo: tempus breve est, porque es breve la vida sobre la tierra, y que, teniendo aquellos medios, no necesitamos más que buena voluntad para aprovechar las ocasiones que Dios nos ha concedido. Desde que Nuestro Señor vino a este mundo, se inició la era favorable, el día de la salvación, para nosotros y para todos. Que Nuestro Padre Dios no deba dirigirnos el reproche que ya manifestó por boca de Jeremías: en el cielo, la cigüeña conoce su estación; la tórtola, la golondrina y la grulla conocen los plazos de sus migraciones: pero mi pueblo ignora voluntariamente los juicios de Yavé.
         ”No existen fechas malas o inoportunas: todos los días son buenos, para servir a Dios. Sólo surgen las malas jornadas cuando el hombre las malogra con su ausencia de fe, con su pereza, con su desidia que le inclina a no trabajar con Dios, por Dios. ¡Alabaré al Señor, en cualquier ocasión! El tiempo es un tesoro que se va, que se escapa, que discurre por nuestras manos como el agua por las peñas altas. Ayer pasó, y el hoy está pasando. Mañana será pronto otro ayer. La duración de una vida es muy corta. Pero, ¡cuánto puede realizarse en este pequeño espacio, por amor de Dios!
         ”No nos servirá ninguna disculpa. El Señor se ha prodigado con nosotros: nos ha instruido pacientemente; nos ha explicado sus preceptos con parábolas, y nos ha insistido sin descanso. Como a Felipe, puede preguntarnos: hace años que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis conocido? Ha llegado el momento de trabajar de verdad, de ocupar todos los instantes de la jornada, de soportar -gustosamente y con alegría- el peso del día y del calor”.
         Recuerdo un amigo, hace muchos años, que me escribió una carta. Adolescente, quedó impactado por estas palabras, decía que hacía mucho tiempo que no veía un cura y no se confesaba, que se dejaba ir por la poltronería y la dejadez, por la bajada del ir dejándose llevar por lo más placentero… no estaba contento de sí mismo. Al leer esas palabras del comentario de la escena de la higuera que no daba frutos y que quedaba seca, fue a buscar un cura y se confesó.

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