domingo, 25 de octubre de 2009

Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario: el Dios de la Alianza se hace tan próximo en Jesús, pan de vida, que nos da la posibilidad de transformarnos en Él, sentirnos formar parte de Dios

Domingo de la 21ª semana de Tiempo Ordinario: el Dios de la Alianza se hace tan próximo en Jesús, pan de vida, que nos da la posibilidad de transformarnos en Él, sentirnos formar parte de Dios

 

Lectura del libro de Josué 24,1-2a.15-17.18b. En aquellos días, Josué reunió a las tribus de Israel en Siquén. Convocó a los ancianos de Israel, a los cabezas de familia, jueces y alguaciles, y se presentaron ante el Señor. Josué habló al pueblo: - «Si no os parece bien servir al Señor, escoged hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros antepasados al este del Éufrates o a los dioses de los amorreos en cuyo país habitáis; yo y mi casa serviremos al Señor.» El pueblo respondió: - «¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a dioses extranjeros! El Señor es nuestro Dios; Él nos sacó a nosotros y a nuestros padres de la esclavitud de Egipto; Él hizo a nuestra vista grandes signos, nos protegió en el camino que recorrimos y entre todos los pueblos por donde cruzamos. También nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!»

 

Salmo 33,2-3.16-17.18-19.20-21.22-23. R. Gustad y ved qué bueno es el Señor.

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.

Los ojos del Señor miran a los justos, sus oídos escuchan sus gritos; pero el Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria.

Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias; el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos.

Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra el Señor; Él cuida de todos sus huesos, y ni uno solo se quebrará.

La maldad da muerte al malvado, y los que odian al justo serán castigados. El Señor redime a sus siervos, no será castigado quien se acoge a Él.

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios 5,21-32. Hermanos: Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano. Las mujeres, que se sometan a sus maridos como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la Iglesia; Él, que es el salvador del cuerpo. Pues como la Iglesia se somete a Cristo, así también las mujeres a sus maridos en todo. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a su Iglesia. Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua y la palabra, y para colocarla ante sí gloriosa, la Iglesia, sin mancha ni arruga ni nada semejante, sino santa e inmaculada. Así deben también los maridos amar a sus mujeres, como cuerpos suyos que son. Amar a su mujer es amarse a sí mismo. Pues nadie jamás ha odiado su propia carne, sino que le da alimento y calor, como Cristo hace con la Iglesia, porque somos miembros de su cuerpo «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne.» Es éste un gran misterio: y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

 

Santo Evangelio según san Juan 6,60-69. En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: -«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban, les dijo: -«¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.» Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: - «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede.» Desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: - «¿También vosotros queréis marcharos?» Simon Pedro le contestó: - «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.»

 

Comentario: 1. Josué 24,1-2a.15-17.18b. La asamblea de Siquén tiene una gran importancia religiosa. En Siquén, el Señor, que se manifestó en el Sinaí, es acogido como el Dios de todas las tribus. Todas aceptan su ley. Crece la conciencia del pueblo de Dios. El pasaje tiene la forma habitual de los tratados de alianza: recuerdo de los beneficios concedidos; fidelidad que se exige y se promete; rito que sella el mutuo compromiso. Dios mantiene su promesa: tierra y libertad. El pueblo se compromete a obedecer y servir sólo a este Dios. Testigo de la alianza es el pueblo, su conciencia. Y testigo es una gran piedra, estela sagrada, en la que se ha hecho la inscripción original. Como en ella quedan grabadas palabras, así deben quedar en nuestro corazón. No sólo para que las leamos y recordemos, sino para que las pongamos en práctica. Que el tiempo no las desgaste ni desfigure sus rasgos, sino que la fe las arraigue y el amor las mantenga vivas por las obras. Siquén era ya famoso por su santuario, cuyos orígenes se remontan a los tiempos de los patriarcas de Israel (cf Gn 12,6; 33,18,20; 35,2-4). Josué reúne en este lugar a las doce tribus del pueblo en asamblea general. Se trata de un asunto de capital importancia: asentado ya en tierras de Canaán, este pueblo ha de decidir ahora si quiere servir a Yavhé o prefiere someterse a los dioses falsos del territorio en el que ha de vivir en adelante. La alianza del Sinaí debe ser aceptada por todas las tribus y renovada por las nuevas generaciones. En cierto sentido, se trata de una asamblea constituyente del pueblo de Dios. La alianza es una relación con Dios que está siempre naciendo en la respuesta de cada una de las generaciones y de cada uno de los miembros del pueblo de Israel. En este mismo lugar, en Siquén, Jesús revelará a la Samaritana cuál es el verdadero culto, el que se da a Dios en espíritu y en verdad (Jn 4). El asentamiento de los pueblos primitivos en lugares fijos dio lugar al florecimiento de la cultura agraria y a la aparición de cultos territoriales. Los habitantes construían su ciudad a partir del templo o "casa de dios" y ordenaban religiosamente el espacio y la convivencia que en éste se desarrollaba. Cada pueblo o nación y cada territorio tenía sus dioses, y la religión, que había dado origen a la cultura, actuaba con sus ritos y sus mitos consolidando el orden que ella misma había establecido. De acuerdo con esta concepción religiosa, los antepasados de Israel sirvieron a los dioses caldeos hasta que Abraham dejó su tierra y su parentela para seguir la llamada del Dios vivo que no se ata a ningún lugar y abre caminos para la historia de la salvación universal. Pero, cuando los descendientes de Abraham, los hebreos, se asentaron a las orillas del Nilo, aceptaron el culto a los dioses territoriales y terminaron sirviendo a los egipcios como esclavos. Por eso la salida de Egipto, el éxodo, fue una liberación tanto de la idolatría como de la esclavitud de los israelitas. Durante la larga marcha a través del desierto Yahvé se muestra a su pueblo como Señor de la historia, como Aquel que camina delante de Israel. Por fin llegan los israelitas al país de los amorreos y se disponen a tomar tierra. Su identidad como pueblo y su libertad futura depende ahora de que sigan fieles a Yahvé y no se sometan a los dioses de los amorreos. Es la hora de la gran decisión, y para ello convoca Josué la gran asamblea ("Eucaristía 1991").

-Es muy verosímil que un grupo de gente perteneciente a las tribus de Manasés y de Efraín (=casa de José), y capitaneada por Josué, fuera la que vivió la gran experiencia del Sinaí en la ruta de Egipto a la tierra prometida. Ellos serían los que se comprometieron a servir fielmente al Señor. -A su llegada a Palestina estos clanes se encontraron con otros, también semitas, que habían ido ocupando poco a poco aquel territorio. Josué 24 es el recuerdo del pacto o alianza que Josué y los suyos establecieron con los otros clanes, comprometiéndose éstos últimos a abandonar a sus dioses y servir sólo al Dios del Sinaí. -Este pacto contribuyó al nacimiento de la anfictionía israelita: unión religiosa de las tribus, pero conservando cada una su autonomía política.

-Josué, anciano, se ha despedido ya de los suyos (cap. 23) porque va a emprender el camino de todo mortal. Un redactor final del libro que lleva su nombre añadió a la obra, en época posterior al destierrro, una serie de capítulos, entre los que se encuentra el 24, que dan una interpretación teológica de la ocupación de la tierra: se interpreta ahí los momentos más importantes de la historia del pueblo elegido siguiendo el modelo literario de alianza de los pueblos orientales (cf 8,30-35, así como los textos de la alianza sinaítica en Ex 19-20,24, y de la renovación de la alianza por Moisés en Moab: Dt 29-30). Tras la presentación del gran soberano, Dios (v 2a), se recuerdan las más importantes gestas históricas realizadas por el Señor en el pasado (vv 2b-13). Mirando con detención a la historia se descubre la mano divina: todas las grandes obras narradas en el Génesis y en el Éxodo son puro don divino, no esfuerzo humano (v 13; cf  Dt 6,10 ss). Y ante tanto beneficio divino la adecuada respuesta humana debe ser el servicio al Señor: el "pues bien" del v 14 introduce el mandato-respuesta del servicio. En el diálogo entre Josué y el pueblo (vv 15-24) éste se compromete libremente a servir de forma exclusiva al Señor (vv  21,14). Termina este relato con la puesta por escrito del documento y con la invocación de los testigos.

-Toda la historia del pueblo ha sido puro don divino, por eso de gente agradecida es el saber corresponder con el servicio a Dios y no a las otras divinidades (el término "servir" suena 14 veces en el relato). No se trata de un servicio impuesto (=nueva esclavitud) sino de una libre, sincera y madura elección. Servir al Señor es tarea muy ardua ya que no quiere ser uno más sino el único, y Josué insiste machaconamente en esta dificultad. El pueblo, también de forma reiterativa, expresa su libre elección (vv 16, 21,24).

-El dilema de la elección entre el servicio a Dios o a los ídolos es una constante en la historia de Israel. El pueblo elige libremente a Dios, pero toda su historia está salpicada de tristes recuerdos: es más fácil seguir a los ídolos porque son mucho menos exigentes que el Dios de Israel. El pueblo responde ratificando la alianza del Sinaí: Yahvé, el que lo sacó de la esclavitud de Egipto, será su Dios. Elegir a Yahvé es también elegir un modo de existencia desarraigada, orientada hacia el futuro, en el que se cumplirán las promesas. Elegir a Yahvé es elegir al Dios vivo, al Dios que libera siempre de un mal pasado, a condición de vivir abiertos a la sorprendente gracia de un futuro mejor. Yahvé, el Dios siempre mayor, es el futuro y la verdadera Tierra Prometida hacia la que siempre se está en camino. Los profetas alzarán su voz para mantener la pureza de la fe en Yahvé contra toda idolatría, pero también contra toda desviación del culto que pretenda domesticar a Yahvé y encerrarlo entre cuatro paredes (en el templo) y convertir la religión en elemento estabilizador de un orden concreto y de una determinada cultura. Esta línea profética llegará a su plenitud en Jesucristo. La fe cristiana, heredada de la fe de Abrahán y de los profetas, no es el cemento de la sociedad establecida, sino el fermento y el revulsivo que nos hace caminar hacia la sociedad futura y el verdadero reino de Dios ("Eucaristía 1976").

-También el pueblo de la Nueva Alianza se enfrenta, muchas veces, con alternativas, y es necesario escoger. Los nuevos dioses son muy atractivos: poder, dinero, amor... ¿Qué solemos escoger? Los brotes de entusiasmo están muy bien, pero son insuficientes. Por eso nuestra historia también está plagada de tristes recuerdos. -Y que nadie se crea intachable. Es muy fácil creerse bueno y anatematizar y excomulgar a los demás, pero el que esté libre... que tire la primera piedra. La actitud del intolerante es la más pobre, la más insoportable, la más llena de defecciones, la más farisaica... y la menos bíblica. Todos somos humanos y fallamos, por eso los autores bíblicos nos recuerdan que la Alianza se renueva muchas veces. El hombre bíblico siempre es comprensivo, nunca dogmático (A. Gil Modrego). Después del largo camino por el desierto, tantas  dificultades llegan a término. Tres aspectos resultan especialmente significativos:

a. Es una decisión. Y una decisión nada fácil, que el mismo Josué presenta de manera  polémica e incluso desafiante. Nuestra voluntad de seguimiento de Jesús también es una  decisión, y no algo que vamos arrastrando sin planteárnoslo nunca. (¡Y sin que, en  consecuencia, nos implique nunca nada!)  Es más, hay que re-planteárselo a menudo: dedicar un tiempo cada año, por ejemplo, para ver si seguimos esa decisión que hemos tomado.

b. La decisión se toma por un convencimiento experiencial profundo. Los motivos que el  pueblo da para seguir al Señor no son motivos teóricos: es la experiencia, la liberación  vivida, toda una historia que hace inimaginable ninguna otra posibilidad que no sea esta de  seguir al Señor. La última frase es maravillosa: "También nosotros serviremos al Señor: ¡es  nuestro Dios!". El motivo es éste: Él "es nuestro Dios". También el seguimiento de Jesús  funciona así. Es la gran síntesis de Pedro: "¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras  de vida eterna".

c.  La asamblea es el lugar de la decisión. La  decisión de seguir al Señor no es una decisión individual, sino una decisión que se plantea  colectivamente, en asamblea. La asamblea es el lugar en donde se afirma y se renueva  esta voluntad de seguimiento. Y eso nos ha de interpelar a nosotros. Nosotros tampoco  somos cristianos individualmente, como si fuera una cuestión de línea directa entre cada  uno y Dios. Nuestra asamblea eucarística de cada domingo es el lugar donde se hace  visible y real esta característica básica del ser cristiano, serlo en comunidad. Y la Eucaristía  tiene que ser un lugar donde reafirmar y renovar, cada domingo, la adhesión al Señor.

Ser hombre de fe no es cosa fácil; no son pocos los que, ante las exigencias que Cristo plantea para la vida, optan por un dios cómodo y fácil, por un dios más oportuno y llevadero; un dios, que, simplemente, esté acorde con la vida que el hombre suele llevar, que la respalde y la haga buena; que no pida cambios ni conversiones. Dioses así, evidentemente, no aportan al hombre nada de interés; una pequeña satisfacción del propio egoísmo, una relativa tranquilidad de la conciencia y poco más. Pero no le aportan al hombre vida; porque son dioses cuyos lenguajes han sido prefabricados por el propio hombre, y el hombre, por mucho que se autodivinice, nunca podrá darse vida a sí mismo. 

Nosotros, al reunirnos para celebrar la Eucaristía, proclamamos nuestra disponibilidad para aceptar la Palabra de Dios, por muy exigente que nos pueda resultar, y también proclamamos nuestra convicción de que ésa es la única palabra de verdad, la única palabra de vida para el hombre. Con este sentimiento, comenzamos nuestra celebración (Luis Gracieta).

2. Salmo 34/33: Es el "magnificat" del antiguo testamento: Son muchos los beneficios que el salmista ha recibido del Señor y se ve en la necesidad de agradecérselos. En tantos momentos, especialmente en las pruebas de la vida, ha visto la mano bondadosa de Dios, su fidelidad, su solicitud, que ahora quiere expresar en un canto estupendo toda su gratitud al Dios providente de Israel. Las pruebas que Dios permite no superan nunca las fuerzas del justo, de modo que las fuerzas del mal no parecen romper el equilibrio de la fidelidad. El salmista tiene experiencia de esta protección y solicitud de Dios y por eso le agradece su bondad y al mismo tiempo comunica a los demás su vivencia, exhortándolos a la fidelidad y a la confianza, invitándoles incluso a que ellos mismos tengan esa experiencia de la providencia y de la cercanía de Dios. Por esto este salmo tiene igualmente un cariz sapiencial y exhortativo. Como muchos salmos de tipo sapiencial, el salmo 33 tiene en su original hebreo forma acróstica o alfabética.

a) El salmista se exhorta a sí mismo y a los demás a agradecer y bendecir al Señor: vv. 2-4: el salmista alaba incesantemente, en todo tiempo, al Señor; su alabanza está siempre en sus labios. En Dios tiene puesta su gloria: su orgullo y su felicidad es Yahvé, su todo. Este inicio nos recuerda el comienzo del Magníficat de María: también la Virgen se sentía dichosa y feliz viendo las maravillas del Señor. ¿Qué categoría es invitada a dar gracias? Los "pobres", los "Anawim". "Óiganlo y alégrense hombres humildes". Sí, los "desgraciados", los "humildes", los "corazones que sufren", son proclamados "dichosos", ¡en tanto que los ricos son tildados de "desprovistos"! "Bienaventurados los pobres, porque de ellos es el Reino de los Cielos" comprendemos mejor, en salmos como éste, hasta qué punto Jesús estaba impregnado de la oración de su pueblo... Como María, de quien reconocemos aquí el "Magnificat". La acción de gracias, la alabanza, era el clima dominante del alma de Jesús. Una de sus oraciones es de igual tonalidad que este salmo: "Padre, te doy gracias porque revelaste estas cosas a los pobres y humildes y las ocultaste a los sabios y prudentes" (Lc 10,21).

Salmo: "Bendigo al Señor en todo momento... mi alma se gloría en el Señor..."

Magníficat: "Proclama mi alma la grandeza del Señor,

                 se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador..."

b) Invitación a la confianza en Dios: vv. 9-21. El conocido versículo: "Gustad y ved qué bueno es el Señor" es una enseñanza en que pretende el salmista que tengamos una experiencia de Dios se diría incluso física, material, de tan conocida, de tan probada. Dicen los entendidos que esta expresión hebrea derivaría de una más antigua de la literatura ugarítica que rezaría así: "Comed y bebed qué bueno es el Señor", el Dios de nuestra fe, que debería ser algo tan conocido, tan cercano, tan experimentado como el comer o el beber. Feliz mil veces el hombre que a este Dios se acoge, que tiene en Él puesta su entera confianza, que acude siempre a Él, cuyo primer pensamiento es Dios y su primera invocación, el nombre del Señor.

c) Conclusión: resumen de la enseñanza de todo el salmo. El evangelista San Juan cita explícitamente este salmo cuando al explicar que se atravesó el costado de Jesús en la cruz en lugar de romperle las piernas como se hizo con los otros crucificados dice: "esto sucedió para que se cumpliera la escritura que dice: no le romperán ni uno solo de sus huesos" (Sl 33,21; Jn 19,36).

He aquí una paradoja ¡Jesús, el pobre por excelencia, nos invita a escuchar su "acción de gracias" porque el Padre "vela sobre Él y guarda cada uno de sus huesos". Vemos una vez más, que la Biblia nos invita a hacer una lectura más profunda. La promesa de felicidad que llena este salmo no puede comprenderse en sentido literal, inmediato, materialista. Hay que pensar en Jesús al escuchar al salmista que dice, como la cosa más natural: "las pruebas llueven sobre el justo, pero cada vez el Señor lo libra y vigila sobre cada uno de sus huesos... Ni uno solo de ellos será roto". Tan sólo la resurrección dará final cumplimiento a esta promesa…

Promesas de felicidad. Quien quiere ser feliz debe "huir del mal", "practicar el bien", "adorar a Dios", "buscar a Dios". ¡Ingenuidad! dirán ciertos espíritus fuertes. ¿Y si esto es verdad? ¡Si los únicos felices son aquellos de quienes habla el salmo! Hagamos la experiencia (Noel Quesson)."Los ojos de Dios están puestos en los justos", Dios se complace en ellos. Sus oídos están siempre atentos a las peticiones y a las súplicas de sus fieles. Cuando uno clama a Dios, lo escucha y lo atiende, le libra de sus angustias, porque el Señor está cerca de los atribulados, de los abatidos y perseguidos, y Él les devuelve la vida y la esperanza. El salmista insiste en la confianza, en la idea de la pronta intervención de Dios. El justo está bajo las alas protectoras del Señor y nada le puede afectar.

La lección dada por el autor del salmo con su fina intuición del corazón y de la vida, la cierra ahora con un resumen de la misma. La maldad conduce al malvado a la perdición. El mal sólo puede crear el mal, la violencia, la violencia, y no pueden tener otra recompensa que el mal. Otro sabio del Antiguo Testamento ha escrito: "El que cava una fosa caerá en ella, el que deshace una pared es mordido por el áspid" (Eccl 10,8). Y para terminar, en un tono optimista, el autor engloba en el último versículo la actuación de Dios respecto al justo: Dios lo salva y lo redime liberándolo de todo peligro; quien se acoge a Él no será jamás confundido: la fidelidad del Señor es eterna, su bondad sobre los justos no conoce el crepúsculo.

Salmo sencillo, reiterativo, pero de una lección grande, siempre actual y necesaria. Composición poética fruto de una experiencia religiosa riquísima. La confianza en Dios, la fe perseverante y la confianza en el Dios de la salvación que nunca falta, y se obtiene de Él más aún de lo que se le pide.

Si durante tres mil años este salmo ha ido dando su lección a los corazones de los fieles, tal vez en nuestro tiempo es cuando esta lección se hace más apremiante. El mundo moderno parece alejado de Dios, inmerso en la inquietud, en la angustia, en la inseguridad. La confianza parece ausente, y la paz como desterrada de un mundo lleno de convulsiones y de guerras.

Pues sobre este mundo resuena una palabra de esperanza, de confianza: es el salmo 33, magnífica lección que alimenta el corazón del hombre creyente, y estupendo preludio a la gran doctrina de Cristo, que nos enseñó el sermón de la montaña y la oración del padrenuestro (J. M. Vernet).

El bienestar y el éxito no dependen sin más de la conducta recta, sino de la acción del Señor que escucha y libra al justo que clama a Él, por su arrepentimiento y la vuelta humilde a Dios, y como decía S. Ambrosio, comentando "aquellas palabras del Apóstol: Estad siempre alegres en el Señor. Las alegrías de este mundo conducen a la tristeza eterna, en cambio, las alegrías que son según la voluntad de Dios durarán siempre y conducirán a los goces eternos a quienes en ellas perseveren. Por ello, añade el Apóstol: Os lo repito, estad alegres.

Se nos exhorta a que nuestra alegría, según Dios y según el cumplimiento de sus mandatos, se acreciente cada día más y más, pues cuanto más nos esforcemos en este mundo por vivir entregados al cumplimiento de los mandatos divinos, tanto más felices seremos en la otra vida y tanto mayor será nuestra gloria ante Dios.

Que vuestra mesura la conozca todo el mundo, es decir, que vuestra santidad de vida sea patente no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; así seréis ejemplo de modestia y sobriedad para todos los que en la tierra conviven con vosotros y vendréis a ser también como una imagen del bien obrar ante Dios y ante los hombres.

El Señor está cerca. Nada os preocupe: el Señor está siempre cerca de los que lo invocan sinceramente, es decir, de los que acuden a Él con fe recta, esperanza firme y caridad perfecta; Él sabe, en efecto, lo que vosotros necesitáis ya antes de que se lo pidáis; Él está siempre dispuesto a venir en ayuda de las necesidades de quienes lo sirven fielmente. Por ello, no debemos preocuparnos desmesuradamente ante los males que pudieran sobrevenirnos, pues sabemos que Dios, nuestro defensor, no está lejos de nosotros, según aquello que se dice en el salmo: El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Aunque el justo sufra muchos males, de todos lo libra Señor. Si nosotros procuramos observar lo que Él nos manda, Él no tardará en darnos lo que prometió.

En toda ocasión, en la oración y súplica con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios, no sea que, afligidos por la tribulación, nuestras peticiones sean hechas -Dios no lo permita- con tristeza o estén mezcladas con murmuraciones; antes, por el contrario, oremos con paciencia y alegría, dando constantemente gracias a Dios por todo".

3. En el capitulo segundo del Génesis leemos un relato más extenso sobre la creación del hombre (Génesis, 2, 7). Las manos de Dios —narra el texto sa­grado— toman polvo de la tierra, y la boca de Dios infunde su aliento en ese polvo. En un símbolo sen­cillo a la vez que maravilloso, se realiza el desposo­rio del creador con su criatura; Dios inspira su vida a la estructura creada: lo divino y lo terreno forman una unidad en el hombre. El "aliento de vida" trans­forma al "hombre hecho de tierra" en imagen de Dios. Le hizo participar en la vida interna de Dios y le adornó con libre albedrío y conocimiento superior.

Este nuevo Adán restauró todo lo creado en la idea primigenia de Dios, más aún, Él mismo ya es la restauración (cf Col 1,20). Cuando, con su consummatum est, exhaló en la cruz su último aliento, se repitió lo que había sucedido al principio: Dios inspiró el "aliento de vida" (Génesis, 2, 7) en el rostro muerto de la humanidad, y éste se tornó vivo y hermoso como en los orígenes primeros. "Verdaderamente, el tiempo del rejuvenecimiento estaba ya a la puerta o, mejor dicho, dentro de la puerta", cuando, "después de la resurrección de entre los muertos", Cristo comunicó a sus discípulos, con el mismo aliento divino, su vida de resucitado y les dijo: "Recibid el Pneuma Santo. A quienes perdonareis los pecados, les son perdonados" (Juan, 20, 22 s). El aliento del Señor resucitado destierra la muerte y el pecado, que engendra la muerte. Y donde no hay pecado se abre de nuevo el paraíso. "Hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lucas, 23,43), promete en la cruz el Salvador moribundo al ladrón arrepentido. Ningún querubín cierra ya con espada de fuego la entrada del magnífico jardín de Dios. Nos envuelve de nuevo el perfume de flores que jamás se marchitan, y el árbol de la vida nos ofrece su delicioso fruto. ¿A nosotros? Sí, a todos nosotros, que hemos muerto y resucitado en Cristo, se 'nos ha abierto hoy, en la Pascua, el paraíso. Por eso la madre Iglesia, en su sabiduría, nos lee el grandioso relato del libro de la creación, no para que nos lamentemos por lo perdido, sino para que nos alegremos por lo recuperado. Hemos vuelto a encontrar el paraíso, no el del Adán terreno, que pasó, sino el del "Adán celeste" (1 Corintios, 15,49), que ya no podrá arrebatarnos la serpiente y en el que pudo entrar el buen ladrón. Se ha cumplido la profecía. En este nuevo paraíso vive también un hombre santo y, junto a é1, una mujer santa:  Cristo y la Iglesia.

Adán y su mujer nos anunciaron este magnum mysterium (Efesios, 5, 32). A los Padres les es familiar este lenguaje figurado de Dios, y ellos nos lo exponen fidedigna e inimitablemente. "El Padre escondido —escribe Jacobo de Batna en Sarug— escogió para su Hijo unigénito una esposa y, por medio de la profecía, la llevó a El en figura... Vino Moisés y, como hábil pintor, dibujó al esposo y a la esposa y cubrió después el grandioso cuadro con un velo. En su libro (Génesis, 2,24) escribió que el hombre dejaría padre y madre y se uniría a su mujer, para formar los dos una sola carne. El profeta Moisés, hablando del hombre y la mujer, anunciaba a Cristo y a su Iglesia. Con el ojo penetrante de la profecía vio cómo Cristo... se hace uno con la Iglesia... Pero no consideró al pueblo digno de este gran misterio, que expresaba en el hombre y la mujer diciendo que serían una sola cosa... Miraba a Cristo y lo llamó varón, a la Iglesia, y la llamó mujer... Pintó un cuadro en el aposento del real esposo y lo llamó hombre y mujer, aunque sabía que bajo este velo se ocultaban Cristo y la Iglesia. En lugar de ellos, para mantener oculto el misterio, se anunciaron hombre y mujer... Nadie sabía qué era este grandioso cuadro y a quién representaba. Pero vino Pablo después de las bodas, vio el velo y lo levantó, aclarando el hermoso enigma. Reveló e hizo ver al mundo entero que los que Moisés había pintado con pneuma profético eran Cristo y su Iglesia. El apóstol exclama con arrebatado entusiasmo. '¡Grande es este misterio!' (Efesios, 5, 32). El fue el primero en mostrar a quién representaba esta imagen escondida tras el velo, que la profecía llamaba hombre y mujer. 'Yo sé que son Cristo y su Iglesia, que siendo dos se hacen una sola cosa' (cfr. Efesios, 5, 32)... Acerquémonos todos a contemplar esa gloria que nunca podremos saciarnos de mirar. El gran misterio que antes estaba oculto, se ha revelado ahora. Los convidados a las bodas pueden gozarse en la hermosura del esposo y de la esposa."

Describiendo la unión de Cristo con la Iglesia, Jacobo de Batna en Sarug prosigue: "No están las mujeres tan estrechamente unidas con sus maridos como la Iglesia con el Hijo de Dios. ¿Qué esposo ha muerto jamás por su esposa, exceptuando nuestro Señor, y qué esposa ha escogido a un muerto por marido?... Él murió en la cruz y entregó su cuerpo a la esposa, radiante de gloria; ésta lo toma y diariamente lo come en su mesa..., para que el mundo vea que los dos se han hecho una sola cosa. Cuando Él hubo muerto en la cruz, ella no lo cambió por otro marido sino que amó su muerte, porque sabía que esta muerte le comunicaba con la vida. El hombre y la mujer eran sólo un medio de expresar este misterio, del que eran sombra, tipo, figura. Bajo sus nombres significaba Moisés el gran misterio... El gran Apóstol descubrió su resplandor y se lo mostró al mundo."

En Pascua, la comunidad congregada para el culto sagrado, contempla ese resplandor. Y no sólo lo contempla: ella misma irradia el resplandor. Ella es la mujer santa que el segundo Adán hizo nacer del agua y la sangre de su costado, que ahora hace "aparecer ante Él sin mancha ni arruga" (Efesios, 5, 27) en el santo misterio de cada Pascua, más aún, cada día, cuando en el misterio de la "memoria de su pasión" Él "se duerme" sobre el altar. Con íntimo amor se ha unido a ella y la ha transformado en cuerpo suyo. Ya en el siglo II un autor cristiano escribía: "No creo que ignoréis que la Iglesia viviente es el cuerpo de Cristo, pues dice la Escritura: 'Hizo Dios al hombre varón y hembra' (Génesis, 1, 27). El varón es Cristo, la hembra la Iglesia" (2 Clemente, 14). Con esta Iglesia suya Cristo está ante el Padre, no como dos, sino como una sola cosa. Porque el Padre "sólo acepta a un único hombre, cuya cabeza es Cristo. Él, el hombre único, el Cristo total, no se halla fuera de nosotros, puesto que es a la vez uno y muchos". También nosotros pertenecemos a ese cuerpo, cada uno y cada una de nosotros, a pesar de que todavía llevemos las debilidades y flaquezas humanas. Pues la hermosura de la "cabeza" glorificada llena también al "cuerpo" con la gloria de la resurrección.

Ahora comprendemos el gozoso himno de la luz que entona el diácono en la vigilia de Pascua y su júbilo por la borrada culpa de Adán. Ahora reconocemos la profunda verdad de las oraciones de esta vigilia, en que la Iglesia nos va descubriendo la realidad oculta tras las profecías; y, al brillo de la luz nueva, vemos cómo "lo caído se levanta, lo viejo se renueva y todo recupera su integridad" en virtud de la sangre de Cristo, que "redimió maravillosamente" lo que "maravillosamente había creado" (Bonifatia Brügge).

"¡Oh Padre, cómo bendeciremos tu bondad! ¡Oh Padre, cómo proclamaremos tu sabiduría! / ¿Alabaremos el pecado / que nos procuró tal salvador? / ¿Exaltaremos la culpa de Adán, / que con tal sangre fue borrada? / Una sola cosa podemos hacer: darte gracias / por tu único Hijo amado, / nuestro Señor Jesucristo / primogénito  entre  muchos  hermanos, / sumo sacerdote de nuestras oblaciones, / único mediador a la diestra de Dios, / por quien nos acercamos confiados al trono de gracia / y ofrecemos nuestro sacrificio: / nos ofrecemos a nosotros mismos, / nosotros mismos con nuestra Eucaristía. / ¡Acepta nuestra ofrenda de acción de gracias! /  Nosotros, 'Cristo-Ecclesia', estamos ante ti, / nupcialmente unidos en alianza santa" (O. Casel; Gaudium et spes 48, S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa 23, Juan Pablo II, Familiaris Consortio 13, cf Biblia de Navarra).

El contexto de este pasaje es la sección de aplicaciones prácticas de esta carta. No se trata de dar doctrina sólo sobre el matrimonio, sino de enfocar toda la vida doméstica como se ve en los pasajes cercanos. Es importante tener en cuenta todo esto porque tales exhortaciones, las llamadas "reglas de preceptos domésticos" que el autor emplea tomándolas de los ambientes éticos de su tiempo, reflejan mucho más las influencias culturales que otros textos. Lo humano está más en la superficie, por desgracia hay una preponderancia de lo masculino que desdibuja la línea de fondo teológica apuntada más arriba.

Son formas en que se vierte la Palabra de Dios y no son tan inmutables como otras. Por esto hay aquí expresiones más extrañas para nosotros y que no deben entenderse como Palabra de Dios también en su forma externa, accidental.

Esto supuesto, la primera parte (vs. 22-24) habla de la sumisión de la mujer al marido y la segunda del amor del marido a la mujer (25-30); el final (31-32) podría ser algo común. Evidentemente, el autor de la carta es hijo de su tiempo y la cultura del mismo pesa sobre él. Por eso acepta y parte de la situación social de su tiempo y, en parte, no la cambia. Por eso habla del sometimiento de la mujer al marido. Pero hace un avance no indiferente: ha de ser en el Señor, o sea, por amor y no por miedo. Cuando ha cambiado la cultura y la sociedad, permanece la llamada al amor, pero no el sometimiento servil propio de otra época.

El amor del marido tiene como modelo el de Cristo. Eso es un gran avance también, no sólo para esa época, sino para todas. Por eso insiste largamente en ello. Amor que es entrega, por lo cual no se diferencia tanto del "sometimiento" de la mujer. Hay una profunda igualdad de los cónyuges, que aparece más clara, vg., en 1 Co 7,1-4, y que también representa un cambio fuerte en la concepción del matrimonio en aquel tiempo.

Dentro de la sección más ética y moral de la carta aparecen los celebérrimos versículos de la tradición paulina sobre el matrimonio.

En primer lugar, para interpretar correctamente este texto no hay que olvidar las circunstancias culturales del tiempo y ambiente. Esto es algo elemental para todo texto bíblico, pero es más esencial cuando se trata de textos muy concretos que hacen referencia a circunstancias humanas inmediatas como es, por ejemplo, la vida conyugal.

En este caso hay que tener presente la sensibilidad del momento, sin duda machista en un grado máximo, consagrada por la legislación, tanto romana como judía, y que los cristianos del siglo primero, como hombres que eran en esa época, aceptaban y vivían sin más. De hecho su fe no les cambiaba inmediatamente la mentalidad y las costumbres sino que es un proceso a largo plazo.

Por eso no es justo interpretar el texto como si consagrara ese machismo o sexismo que aparece en varias expresiones del texto.

Eso es paja que va mezclada entre el trigo de la Palabra de Dios y la vehicula. Dicho esto, el texto ofrece un avance enorme, o mejor un doble avance. Por un lado la básica igualdad en una sociedad que no pensaba así de las relaciones hombre-mujer. Aquí hay una de las semillas de la posterior igualdad de los sexos en todos los campos, aunque no se haya llegado todavía a ella.

El segundo es el valor simbólico de la unión conyugal. El amor entre esposos es una parábola del otro amor, el de Cristo a su comunidad. Lo cual hace ver la importancia de este amor y su valor. Es quizás, el texto más elevado en el Nuevo Testamento, sobre el amor y las relaciones sexuales. No se puede decir más. Tampoco separar amor de sexo.

Quedándonos, pues, con lo esencial: el amor de hombre y mujer, de mujer y hombre, visto con los ojos de Cristo, es reflejo de la relación Cristo-Iglesia. Ello por sí mismo, no por artificiales espiritualismos, ni por menosprecio de la relación que fuera necesario sublimar. Sino porque Dios es amor y donde hay amor, ahí está Dios. En esta línea hay mucho campo para la pareja de hoy y de siempre (Federico Pastor).

Pablo vuelve su mirada a la comunidad doméstica, la más pequeña comunidad de vida social, delimitando para cada miembro de la misma cuál es su puesto y cuáles sus correspondientes obligaciones. Así como en el siglo XVI se hicieron catálogos de las obligaciones de los miembros familiares, igualmente en contenido, aunque de manera mucho más breve, los tiene la antigüedad cristiana, como se refleja en Col 3, 18-41 o, de diferente manera, en 1 Pe 2, 13-3,17. Así también los tuvo la estoa o el judaísmo helenístico...

En lo que respecta a las obligaciones mutuas de mujer y hombre (la parte más débil se pone siempre delante) no puede hablar el apóstol sin referirse a la esencia misma del matrimonio. Da por supuesto tácitamente que el matrimonio fue instituido por Dios, y sus correspondientes obligaciones que de él se desprenden son expresiones de su voluntad (cf. 1 Cor 7). Pablo va aquí a lo profundo, estableciendo la unión entre cónyuges en paralelo a la unión de Cristo con su iglesia, su esposa mística.

En esta confrontación, Pablo habla más de Cristo y la iglesia -lo que constituye propiamente su tema- que del hombre y la mujer, pero sabe arrojar tanta luz desde ese alto punto de vista al tema del matrimonio, que sus palabras configuran la más sublime imagen que nunca se haya proyectado del matrimonio ("Eucaristía 1991").

Pablo amonesta a los casados sobre el espíritu que debe animar todas sus relaciones mutuas. Antes de ocuparse de los deberes de uno y otro cónyuge, establece un principio general, que es válido para los dos: "Sed sumisos unos a otros con respeto cristiano". Y este respeto cristiano entre los esposos, que son igualmente miembros de un mismo cuerpo de Cristo (la iglesia), no queda anulado después en virtud de la visión patriarcal del matrimonio que comparte Pablo con todos sus contemporáneos.

Pablo distribuye la materia en dos partes: la primera se refiere a las esposas; la segunda, a los maridos. En aquélla acentúa la sumisión respetuosa de la mujer a su marido; en ésta, el amor que el marido ha de tener a su mujer. Pablo consigue dar un sentido profundo a la relación entre los cónyuges, al compararla con la relación existente entre Cristo y la Iglesia; pero esta comparación viene a confirmar la visión jerárquica del matrimonio con desventaja para la mujer.

El marido es la cabeza de la mujer y ésta su cuerpo (ambos unidos forman una sola carne), de la misma manera que Cristo es la cabeza de la iglesia y ésta su cuerpo (1, 22s). Por lo tanto -concluye Pablo-, las mujeres deben someterse a su marido como al Señor; pero esto supone que los maridos se comporten de hecho con sus mujeres como Cristo se comporta con la iglesia, a la que ama hasta el extremo de dar su vida por ella.

El "baño del agua" y la "palabra" son el bautismo y el evangelio respectivamente. Los que hemos sido bautizados y creemos en un mismo evangelio constituimos una misma iglesia, la cual recibe a Cristo lo mismo que una esposa a su propio esposo. El amor de Cristo que se entrega hasta la muerte por todos nosotros (muerte redentora simbolizada en el bautismo y proclamada en el evangelio) purifica a la iglesia de toda mancha y la engalana como conviene a su esposa. Pablo describe con estas palabras el ideal de la iglesia, aunque sabe muy bien que la iglesia real todavía tiene que ser purificada más y más hasta que llegue a la plenitud del Reino y a la celebración de las bodas eternas. Según el Génesis (Gn 2,24), el marido se hace con su mujer una sola carne, lo cual significa tanto como ser ambos una misma realidad.

De tal suerte que el marido puede y debe amar a su mujer como a sí mismo. También Cristo, como esposo y cabeza de la iglesia, se hace con ella una misma carne, un cuerpo total en el que los fieles son igualmente miembros unidos en Cristo y por Cristo. Esta unidad con Cristo, que es la cabeza, y en Cristo (en el que ya no hay hombre ni mujer, ni señores o esclavos), constituye una prioridad evangélica que elimina cualquier discriminación y relativiza la visión de un matrimonio jerarquizado en el que la mujer estaría en desventaja. Recordemos que tal concepción del matrimonio tiene su origen más en el mundo cultural de Pablo que en el evangelio.

Este hermoso texto del Génesis, aplicado a Cristo, significa que el Hijo de Dios se pone de nuestra parte y se hace con la iglesia una misma realidad ("una sola carne") frente al Padre. En cierto sentido, podemos decir que Jesús, unido a la iglesia y en la distancia del Padre ("Padre, ¿por qué me has abandonado?"), responde por nosotros y con nosotros, los hombres, ante el mismo Dios.

El matrimonio cristiano es un gran misterio, es decir, un sacramento. Como tal representa "in nuce" toda la historia del amor de Dios a su pueblo que culmina en la encarnación de su Hijo, que es el Esposo de la iglesia. Este tema de los desposorios de Dios con su pueblo aparece claramente en los profetas (cfr Os 2; Is 54,1-8; 62,4s; Jer 2,2; 3,20) y en los evangelios (Mt 22,1-4; Jn 3,29: "Eucaristía 1976").

-Este es un gran misterio, y yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,21-32) Siguiendo con el desarrollo del estatuto del cristiano en su nueva vida, Pablo llega a la vida familiar. Para dar un fundamento teológico a las situaciones recíprocas del marido y la mujer, enumera los deberes de uno y otro, apoyándose siempre en afirmaciones sobre lo que sucede en la unión de Cristo y la Iglesia.

Pablo no sentía dificultad alguna en trazar la imagen de la Iglesia como Esposa de Cristo. El profeta Oseas, para describir las exigencias de la Alianza, ya había recurrido a esta imagen de Dios, esposo de su pueblo, y había desarrollado el tema con realismo (Os 2, 18-22). En su segunda carta a los Corintios, Pablo ve en Cristo al esposo, y en la Iglesia a la esposa (2 Co 11 2). En la carta a los Efesios, ve a Cristo como Cabeza, y a la Iglesia como Cuerpo. Es una nueva manera de expresar la unidad entre Dios y su pueblo; es un modo de expresión totalmente nuevo. Por otra parte, la nueva imagen utilizada por Pablo no era una creación artificial de su imaginación. En la Biblia, y según lo que nos dice el Génesis, la esposa es el cuerpo de su esposo (Gn 2, 23-24). Por eso, después de citar este pasaje del Génesis, Pablo declara que este misterio es grande; y lo dice pensando en Cristo y en la Iglesia. Esta frase, bastante difícil para nosotros, parece significar lo siguiente: el tipo de unión presentado por el Génesis, la figura que representa, es una realidad que se aplica a la unión de Cristo y de la Iglesia y que, al mismo tiempo, es el antecedente de todo matrimonio. Este "tipo" de la unión del hombre y la mujer que encontramos en el Génesis, se realiza en la unión de Cristo y su Iglesia y, a su vez, el matrimonio encuentra hoy su verdadera realización en conformidad con esta unión de Cristo y su Iglesia.

El Apóstol, de este modo, nos comunica un aspecto de su teología de la Iglesia. Por lo que se refiere a la estructura de ésta, nos dice lo que piensa acerca de la estructura de la vida conyugal.

La expresión: "Es éste un gran misterio" ha hecho pensar en la afirmación del sacramento (traducción de la palabra griega "misterio") del matrimonio. Esto, indudablemente, significa ampliar el verdadero alcance del texto; parece más correcto ver en ello la imagen de un matrimonio, una forma de comprender lo que la Iglesia definirá como el sacramento del matrimonio. Por otra parte, de este modo lo entiende el mismo Concilio de Trento, cuando declara: "El Apóstol indica, hace entrever (innuit) en este texto las cualidades sacramentales del matrimonio" (DENZINGER 969: Adrien Nocent).

Así explicaba S. Agustín: "Cristo aparece en las Escrituras mencionado de distintas formas. A veces como Palabra igual al Padre; a veces como mediador, cuando la Palabra se hizo carne para que habitase entre nosotros (Jn 1,14), cuando el Unigénito por quien fueron hechas todas las cosas no juzgó una rapiña el ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo tomando la forma de siervo y haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Flp 2,6-7); a veces como Cabeza y cuerpo, explicando el mismo Apóstol con toda claridad lo que se dijo en el Génesis del varón y la mujer: Serán dos en una sola carne (Gn 2,24; Ef 5,32). Ves que es él quien lo expone; no parezca que soy yo quien osa presentar propias conjeturas. Serán -dijo- dos en una sola carne; y añadió: Esto encierra un gran misterio. Y para que nadie pensase todavía que estaba hablando del varón y de la mujer, refiriéndose a la unión natural de los dos sexos y a la cópula carnal, dijo: Yo lo refiero a Cristo y a la Iglesia.

Lo dicho: Serán dos en una sola carne, no ya dos, sino una sola carne, se entiende según esa realidad que se da en Cristo y en la Iglesia. Como se habla de esposo y esposa, así también de cabeza y cuerpo, puesto que el varón es cabeza de la mujer. Sea que yo hable de cabeza y cuerpo, sea que hable de esposo y esposa, entended una única realidad. Por eso, el mismo Apóstol, cuando aún era Saulo, escuchó: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? (Hch 9,4), puesto que el cuerpo va unido a la cabeza. Y cuando él, ya predicador de Cristo, sufría de parte de otros lo mismo que él había hecho sufrir cuando era perseguidor, dice: Para suplir en mi carne lo que falta a la pasión de Cristo (Col 1,24), mostrando que cuanto él padecía pertenecía a la pasión de Cristo. Esto no puede aplicarse a él en cuanto cabeza, puesto que, presente ya en el cielo, nada padece; sino en cuanto cuerpo, es decir, la Iglesia, cuerpo que con su cabeza forma el único Cristo.

Mostrad, pues, que sois un cuerpo digno de tal cabeza, una esposa digna de tal esposo. Tal cabeza no puede sino tener un cuerpo adecuado a ella, ni tan gran varón toma una mujer no digna de él. Para mostrarse a sí -dijo- a la Iglesia gloriosa, sin mancha ni arruga (Ef 5,27). Ésta es la esposa de Cristo que no tiene ni mancha ni arruga. ¿Quieres no tener mancha? Cumple lo que está escrito: Lavaos, estad limpios; eliminad las maldades de vuestros corazones (Is 1,16). ¿Quieres no tener arrugas? Extiéndete en la cruz. Para estar sin mancha ni arruga no necesitas sólo lavarte, sino también tenderte. Por medio del lavado se eliminan los pecados; al tenderte se produce el deseo del siglo futuro, razón por la que fue crucificado Cristo. Escucha al mismo Pablo, ya lavado: Nos salvó no por las obras de justicia que hubiéramos hecho, sino, en su misericordia, por el baño de la regeneración (Tit 3,5). Escúchale a él mismo tendido: Olvidando -dijo- lo que está detrás y tendido hacia lo que está delante, en mi intención, persigo la palma de la suprema vocación de Dios en Cristo Jesús (Flp 3,13-14)".

(En otro lugar habla del Cristo total…) "Y desde aquella ciudad a la que peregrinamos nos han llegado unas cartas: son las Sagradas Escrituras que nos exhortan a vivir bien. ¿Por qué decir que nos han llegado cartas? El mismo rey descendió y se hizo camino para nuestra peregrinación, para que caminemos en él y no nos equivoquemos, ni desfallezcamos, ni caigamos en manos de los salteadores, ni vayamos a parar en los lazos que nos ponen junto al camino. Conozcamos, pues, al Cristo total e íntegro junto con la Iglesia; al único que nació de la Virgen María, la Cabeza de la Iglesia, es decir, el mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús (1 Tim 2,5). Mediador para reconciliar por medio de sí a los que se habían alejado, pues mediador sólo se puede ser entre dos partes. Nos habíamos alejado de la majestad de Dios a quien ofendimos con nuestro pecado; fue enviado el Hijo como mediador para deshacer con su sangre nuestros pecados que nos mantenían alejados de Dios, y, para que puesto en medio, nos devolviese a él y nos reconciliase con aquel de quien nos hallábamos alejados por nuestros pecados y delitos. Él es nuestra Cabeza, él es Dios igual al Padre, la palabra de Dios por quien fueron hechas todas las cosas (Jn 1,3). Dios para crear, hombre para recrear; Dios para hacer, hombre para rehacer".

4. Jn 6, 61-70. La infinitud divina se encierra en los estrechos límites del cuerpo humano de Jesús y este cuerpo es alimento generador de vida sin término. En los dos domingos anteriores era la autoridad religiosa judía la que cuestionaba ambos hechos; hoy son los propios discípulos de Jesús quienes lo hacen. "Este modo de hablar es intolerable, ¿quién puede admitir eso?" Esta crítica no tiene necesariamente su origen en la mala voluntad humana, sino en la dificultad real de conciliar términos antitéticos (inmanente-trascendente; divino-humano). Esta conciliación es un verdadero escollo racional. "¿Esto os escandaliza?" (Mejor traducción que la litúrgica: "¿esto os hace vacilar?"). (Recuérdese lo escrito el domingo catorce a propósito del sentido etimológico de escándalo-escandalizar). El escollo se agranda a la hora de pensar en el retorno de Jesús a donde estaba antes. Esta misma problemática ya había aparecido en el diálogo con Nicodemo (cfr. Jn. 3, 11-13). La dificultad es real y su solución exclusivamente racional poco menos que imposible. Un claro reflejo de esto es el lenguaje del evangelista. Algo pasa, escribía el domingo pasado, que el lenguaje de Juan no acierta a expresar o que, si lo expresa, lo hace de manera contradictoria.

Compárense estas dos afirmaciones: "Mi carne es verdadera comida; la carne no sirve de nada". Con esta segunda afirmación el evangelista deja cumplida constancia de la validez y del peso de las críticas anteriores. La carne, es decir, la persona con toda su carga de ser efímero y perecedero, no puede, en efecto, ser generadora de vida sin término. Y, sin embargo, Juan sigue manteniendo la validez de la primera afirmación: "Mi carne es verdadera comida". ¿Por qué? Porque, para Juan, Jesús es simultáneamente espíritu. "El espíritu es quien da vida. Las palabras que yo os he dicho son espíritu y son vida". Pero, una vez más, Juan insiste en la necesidad de la experiencia mística para poder descubrir, entender y aceptar esto: "Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede". Y no quisiera pecar de exagerado al afirmar que Juan da a esta experiencia el nombre de fe: "algunos de vosotros no creen".

Por primera y única vez en el cuarto Evangelio aparecen los doce. Lo hacen como grupo ya formado y cuya existencia se da por descontado. Juan los presenta como los hombres de la experiencia mística: "¿A quién vamos a acudir? En tus palabras hay vida eterna. Nosotros creemos". Es Pedro quien habla por todos. Nos hallamos probablemente ante el equivalente de Mt 16,15-16. Dos formulaciones diferentes del mismo hecho: del descubrimiento del insondable misterio de Jesús, de su persona de carne y hueso. De ahí el carácter fundamental e insustituible de los doce (Alberto Benito).

La actividad de Jesús en Galilea entra en una situación crítica: Después de rechazar Jesús la concepción mesiánica popular con todo su exacerbado nacionalismo, el entusiasmo de las multitudes se va enfriando y llega un momento en que, escandalizadas éstas por las palabras de Jesús, lo abandonan. La desilusión penetra incluso en el interior del círculo de los más adictos, en el grupo de los "discípulos" (más amplio que el de los "Doce", cf Lc 10,1). Pero Jesús, a pesar de este fracaso, anuncia ya la victoria de su resurrección y la gloria de su ascensión a los cielos.

Los que permanezcan hasta el fin tendrán un día experiencia de este misterio y conocerán la existencia gloriosa del Señor ascendido a los cielos. Entonces se acabarán todas las vacilaciones y serán confirmados en la fe. Comprenderán también que Jesús, por su ascensión a los cielos libre de todas las limitaciones naturales, poseerá para los creyentes un cuerpo espiritualizado; esto es, un cuerpo bajo la acción del Espíritu Santo y capaz de dar vida a cuantos lo reciban.

Ya ahora, las palabras de Jesús son espíritu y vida. El Espíritu de Dios da a las palabras de Jesús un sentido y una fuerza divina capaz de dar a cuantos las escuchan con fe. Pero no todos quieren escucharle, no todos creen en él. Estos no pueden entender nada y se escandalizan.

Muchos discípulos abandonan a Jesús, y aun entre los "Doce" que se quedan con él, hay un traidor. Sin embargo, Pedro responde a la pregunta de Jesús haciendo en nombre de sus compañeros una sincera profesión de fe. Ellos creen que Jesús tiene palabras de vida eterna y que es el Mesías o "Santo de Dios" por otra parte, como dice muy bien Pedro, la cuestión no es sólo seguir o dejar a Jesús, sino encontrar a otro que tenga como él palabras capaces de dar vida eterna ("Eucaristía 1976").

Los oyentes califican de "intolerable" el discurso de Jesús. Es un discurso que, sobre todo por la conexión que se establece entre el discurso del pan y el discurso de la eucaristía, plantea a los oyentes una grave exigencia, como exigencia de la fe en Jesús y también como exigencia de una concreción de esa fe en la participación en la mesa del Señor. Ello pone de manifiesto una vez más que la fe no es algo autónomo e independiente, sino más bien una decisión personal, que incluye la aceptación personal de Jesús por parte del hombre. Jesús no priva a los oyentes de su decisión. Así lo demuestra la pregunta: ""¿Esto constituye un tropiezo (o escándalo) para vosotros?" Jesús articula con ello el asentimiento del círculo de los oyentes, que comprende también a quienes hasta ahora han pertenecido al grupo de los discípulos de Jesús. También ellos, como antes los judíos, empiezan a murmurar, con lo que manifiestan su mala disposición para creer. El "tropiezo", o el escándalo como antes se prefería decir, no se puede evitar. "La posibilidad del escándalo es la encrucijada o significa lo mismo que hallarse en un cruce de caminos. Uno se inclina hacia el escándalo o hacia la fe; pero jamás se llega a la fe sino a través de la posibilidad del escándalo" (Kierkegaard; "El NT y su mensaje", Herder).

S. Agustín comenta: "Acabamos de oír al Maestro de la verdad, Redentor divino y Salvador humano, encarecernos nuestro precio: su sangre. Nos habló, en efecto, de su cuerpo y de su sangre: al cuerpo le llamó comida; a la sangre, bebida. Los fieles saben que se trata del sacramento de los fieles; para los demás oyentes, estas palabras tienen su sentido vulgar. Cuando, por ende, para realzar a nuestros ojos una tal vianda y una tal bebida, decía: Si no coméis mi carne y no bebéis mi sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,54) -y ¿quién sino la Vida pudiera decir esto de la Vida misma? Este lenguaje, pues, será muerte, no vida, para quien juzgare mendaz a la Vida- se escandalizaron los discípulos; no todos, a la verdad, sino muchos, diciendo entre sí: ¡Qué duras son estas palabras! ¿Quién puede sufrirlas? (Jn 6,61). Y el Señor, habiendo conocido esto dentro de sí mismo, y habiendo percibido el runrún de los pensamientos, respondió a los que tal pensaban, aunque nada decían con la boca, para que supieran que los había oído y desistiesen de seguir pensando lo que pensaban...

¿Qué les respondió? ¿Os escandaliza esto? Pues ¿qué será el ver al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? (Jn 6,62-63). ¿Qué significa Os escandaliza esto? ¿Pensáis que de este cuerpo mío, que vosotros veis, he de hacer partes y seccionarme los miembros para dároslos a vosotros? Pues, ¿qué será el ver al Hijo del hombro subir a donde estaba antes? Está claro: si pudo subir integro, no pudo ser consumido. Así, pues, nos dio en su cuerpo y sangre un saludable alimento, y, a la vez, en dos palabras resolvió la cuestión de su integridad. Coman, por tanto, quienes lo comen y beban los que lo beben; tengan hambre y sed; coman la Vida, beban la Vida. Comer esto es rehacerse; pero de tal modo te rehaces, que no se deshace aquello con que te rehaces. Y beber aquello, ¿qué cosa es sino vivir? Cómete la vida, bébete la vida; tú tendrás vida sin mengua de la Vida. Entonces será esto, es decir, el cuerpo y la sangre de Cristo será vida para cada uno, cuando se coma espiritualmente lo que en este sacramento se toma visiblemente, y se beba espiritualmente lo que significa. Porque se lo hemos oído decir al Señor: El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros, dice, algunos que no creen (Jn 6,64-65). Eran los que decían: ¡Cuán duras palabras son éstas!, ¿quién las puede aguantar? (Jn 6,62). Duras, sí, mas para los duros; es decir, son increíbles, mas para los incrédulos".

"La señal para saber si alguien come y bebe ese alimento y bebida es si Cristo permanece en él y él en Cristo; si Cristo habita en él y él en Cristo, y si está unido a él sin ser abandonado. Con palabras grávidas de misterio nos ha enseñado y nos ha exhortado a estar en su cuerpo, unidos a sus miembros bajo la misma cabeza, comiendo su carne y no abandonando su unidad. Muchos de los entonces presentes no entendieron y se escandalizaron; al oír esas cosas sólo pensaban en la carne porque ellos mismos eran carnales. El apóstol dice con verdad: Entender según la carne es muerte (Rom 8,6). El Señor nos entrega su carne para que la comamos, y entender esto según la carne es muerte, no obstante que Él diga de su carne que en ella está la vida eterna. Luego no debemos entender la carne carnalmente, como se deduce de las palabras siguientes.

Muchos de los que le escuchaban, discípulos, no enemigos, dijeron: ¡Qué discurso tan duro es este! ¿Quién puede oírlo? (Jn 6,61). Si los mismos discípulos juzgaron duras esas palabras, ¿cómo las juzgarían los enemigos? Pero era necesario que se expresase de modo tal que no todos las entendieran. Los secretos de Dios deben despertar nuestra atención, no nuestra aversión. Ellos desfallecieron luego, tan pronto como oyeron sus palabras. No dieron crédito al que les decía algo sublime ni al que ocultaba gracias inefables en sus palabras. Ellos las entendieron a su aire, muy humano, a saber: que Jesús quería o se disponía a dar, convertida en pedazos, a quien creyese, la carne de que se había revestido la Palabra. ¡Qué duras son estas palabras! ¿Quién puede soportarlas?, dicen.

Conociendo Jesús en sí mismo que murmuraban de eso sus discípulos, les respondió con estas palabras: «¿Os escandalizáis, porque os he dicho que os daré a comer mi carne y a beber mi sangre? ¿Es eso lo que os escandaliza? ¿ Y si viérais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes?» (Jn 6,63). ¿Qué significa esto? ¿Elimina su dificultad? ¿Les abre el significado de lo que les escandalizaba? Sí, en verdad, en el caso de que lo comprendiesen. Ellos creían que les iba a dar su cuerpo, y él les dice que subirá al cielo, todo entero. Cuando veáis al Hijo del hombre subir a donde estaba antes, entonces os daréis cuenta de que no os da a comer su cuerpo como vosotros pensáis; os daréis cuenta de que su gracia no se come a bocados.

¿Cuál es el sentido de las palabras que siguen: El Espíritu es el que da la vida, mas la carne no sirve de nada. Digámosle -él nos lo consiente siempre que sea, con ánimo de aprender, no de contradecirle-; digámosle: «¡Oh Señor!, Maestro bueno, cómo es que la carne no sirve de nada, diciendo tú: -Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros? ¿No sirve de nada la vida? ¿No somos lo que somos para alcanzar la vida eterna que nos prometes con tu carne? ¿Qué significa la carne no sirve de nada?». No sirve de nada en el sentido en que lo entendieron ellos: carne muerta, hecha pedazos o como se vende en la carnicería, no la carne vivificada por el Espíritu. Se dice que la carne no sirve de nada igual que se afirma que la ciencia hincha (1 Cor 8,1). ¿Por eso se debe odiar ya la ciencia? No. ¿Qué significa la ciencia hincha? Cuando está sola, sin la caridad. Por eso añadió: la caridad edifica. Junta la caridad a la ciencia y la ciencia será útil; no por sí sola, sino por la caridad. Lo mismo aquí. La carne no sirve de nada, es decir, la carne sola; pero júntese el Espíritu con la carne, como se junta la caridad con la ciencia, y entonces vale muchísimo. Porque si la carne no valiese nada, la Palabra no se hubiese hecho carne para vivir con nosotros. Si Cristo nos valió mucho gracias a su carne, ¿cómo la carne no sirve de nada? Sirviéndose de la carne el Espíritu realizó nuestra salvación. La carne es un recipiente; mira lo que contiene, no lo que ella es. Los apóstoles, fueron enviados; su carne ¿no nos sirvió de nada? Si la carne de los apóstoles nos sirvió de algo, ¿es posible que la carne del Señor no nos sirva de nada? ¿Cómo nos llega el sonido de su palabra sino por la voz de la carne? ¿De dónde la pluma y de dónde la escritura? Todo esto lo hace la carne, pero moviéndola el Espíritu como órgano e instrumento suyo. El Espíritu es, pues, quien vivifica, mas la carne no sirve de nada: pero se trata de la carne como ellos la entendieron. Yo no doy a comer mi carne en ese sentido".

 

Llucià Pou Sabaté

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