viernes, 27 de febrero de 2009

perdonar y olvidar


Perdonar y olvidar
Con frecuencia oímos decir: "Perdono, pero no olvido". Quien esto
dice, en realidad no perdona, porque guarda rencor. De ahí que se diga
que no se perdona de verdad cuando, en el fondo, no se está dispuesto
a olvidar. Perdonar, ¿es olvidar? ¿Producen ambos el mismo efecto? Se
trata de una cuestión de gran importancia, pues el perdón es esencial
para una vida feliz y equilibrada: "El que es incapaz de perdonar es
incapaz de amar" (Martin Luther King). Me parece que hay que
distinguir "olvidar", cuando quiere decir "resentimiento", y "olvidar"
como "desaparecer de la memoria". Me referiré al primer sentido: hay
que olvidar; "no escatimes el perdón: es imposible caminar con tantas
heriditas abiertas… perdona todas las viejas heridas y cicatriza con
resinas de amor" (Zenaida Bacardí de Argamasilla). Es no querer mal,
no hay otro camino. "Perdón es una palabra que no es nada, pero que
lleva dentro semillas de milagros" (Alejandro Casona), semillas
sembradas en nuestros corazones por el mismo Jesús, que se alimentan
incluso de las ofensas, sí: cada ofensa recibida es una oportunidad de
mejorar nuestra capacidad de perdonar, porque, en lugar de generar
resentimientos, es abono para esa cosa divina llamada perdón. El
paraíso está detrás de la puerta, se dice, pero muchos han perdido la
llave, una llave que se llama misericordia… Todos estamos necesitados
de amor, de atención, así como de poder dar nuestro amor a los demás.
Por eso siempre hay que pedir perdón: por las ocasiones perdidas, por
la plenitud no vivida de cada relación, por las palabras no
pronunciadas.
Cuenta una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto. En
un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada
al otro. Éste, profundamente ofendido, sin decir nada, escribió en la
arena: –Hoy, mi mejor amigo me ha pegado una bofetada en la cara.
Siguieron adelante y divisaron un oasis. Torturados por la sed, ambos
echaron a correr y el primero que llegó se tiró al agua de bruces sin
pensarlo y, de pronto, comenzó a ahogarse. El otro amigo se tiró al
agua enseguida para salvarlo. Al recuperarse, tomó un cuchillo y
escribió en una piedra: –Hoy, mi mejor amigo me ha salvado la vida.
Intrigado, el amigo le preguntó: – ¿Por qué después de haberte hecho
daño, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro le respondió: – Cuando un gran amigo nos ofende,
debemos escribir en la arena, porque el viento del olvido se lo lleva;
en cambio, cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la
piedra de la memoria del corazón, donde ningún viento en todo el mundo
podrá borrarlo.
El error de muchos es pensar que el perdón debe surgir de sus
corazones, que es algo que debemos sentir, que debe "nacernos", en
cierto modo. Pero "el perdón es una decisión, no un sentimiento,
porque cuando perdonamos no sentimos más la ofensa, no sentimos más
rencor. Perdona, que perdonando tendrás en paz tu alma y la tendrá el
que te ofendió" (Madre Teresa de Calcuta). El perdón es lo mejor, no
sólo individualmente sino también para cada una de nuestras sociedades
y para el mundo en general: "La espiral de la violencia sólo la frena
el milagro del perdón" (Juan Pablo II). En cierto modo, todos somos
co-responsables de las acciones y omisiones de cada uno, y es la
gotita de cada día la que crea la revolución del amor: "Lo mejor que
puedes dar a tu enemigo es el perdón; a un oponente, tolerancia; a un
hijo, un buen ejemplo; a tu padre, deferencia; a tu madre, una
conducta de la cual se enorgullezca; a ti mismo, respeto; a todos los
hombres, caridad" (John Balfour). Cuando alguien es perdonado se
convierte en una persona distinta, aunque tarde en reaccionar: "Nada
envalentona tanto al pecador como el perdón" (William Shakespeare). El
motivo es que se siente querido, y valorado en mucho, porque las
personas siempre están por encima de sus errores (Jutta Burggraf). Y
al crecer la conciencia de su valía se porta en consecuencia, se porta
mejor. Por otra parte, crece también el que perdona, pues "nada nos
asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos a perdonar" (San
Juan Crisóstomo).
Llucià Pou Sabaté


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